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Un trabajo silencioso...

 

Corrían los comienzos de los años 90, y el resurgir de las cofradías y hermandades en Toledo. Ya había correteado por la iglesia de El Salvador, por aquel entonces, sede del Cristo del Calvario. Sus llantos, sus juegos, sus primeros pasos... los dio envuelto por el ambiente cofrade que se respiraba en su familia. Aún recuerdo su hábito del Calvario, que apenas medía 50 centímetros, y ese chupete que asomaba bajo su capucha de penitente, y su primera procesión de Viernes Santo, en la que acabó sentado en lo alto de la carroza, a los pies del Cristo del Calvario. El ritmo de los penitentes era demasiado pesado para sus piernecitas de apenas dos años. Él no sabía por qué, pero de la mano de su padre cambió de hermandad, entrando a formar parte de una recientemente reordenada Hermandad de las Angustias. Caras nuevas, gente nueva... pero, eso sí, el ritmo cofrade, con sus velas y su incienso seguía siendo el mismo, si no mayor. Enseguida su gracia y desparpajo, y la falta de niños en la hermandad, le hicieron, junto a su inseparable amigo Martos, pasar a ocupar un lugar destacado en el orden de la procesión.

Fue pasando por todas las ocupaciones posibles: acólito, incensario, cruz de guía... hasta que un año dejó de vérsele: quería que su esfuerzo y su trabajo fueran directamente dedicados a su Virgen de las Angustias, y decidió ocupar un puesto dentro de la carroza, donde cada Viernes Santo, empujaba con todo su corazón. Un trabajo tan humilde y silencioso como necesario, al igual que ese otro trabajo desconocido de la preparación de los pasos y de las imágenes. Aún recuerdo cómo le temblaban las manos cada vez que tenía que abrazar las imágenes... tantas veces que, acompañando a su padre, le tocó esa gran responsabilidad: había que colocar a Nuestra Señora en lo más alto del paso, y para ello se requería de un gran esfuerzo y concentración. Con qué gran ilusión y respeto hacia su trabajo y, cómo no, a quién sostenía en sus brazos, llevaba a cabo su misión. Y, como siempre, en silencio.

Para el año 2005, desde la Hermandad se decidió hacer un paso nuevo, que nos dejara la opción de poder portar a hombros a Nuestra Señora. Había que diseñar un sistema para que el nuevo paso pudiese desfilar en ruedas o, por si algún día el sueño de esta Hermandad se cumplía, portando a su Madre sobre los hombros. Y otra vez, aparecía Víctor: entre tubos de hierro y con un metro en la mano, Ramón, de "Orfebrería Orovio de la Torre", le tomaba medidas. Una interminable jornada para conseguir que en un mínimo espacio entrara el mayor número de cargadores posible. Y una vez más, en silencio.
   

Y así fue: el día 15 de septiembre del año 2007, Nuestra Señora de las Angustias recorría las calles de Toledo sobre los hombros de sus veintiún cargadores. Entre ellos, con su trabajo emocionado y silencioso, volvía a aparecer Víctor. Fueron tres años más los que cargó. Luego pasó a realizar otros trabajos, también necesarios. Pero él, en su silencio, siempre esperaba volver a portar a su Querida Madre.

Y así fue pasando el tiempo. Su actividad en la Hermandad se iba haciendo extensiva a otras hermandades y a la parroquia. Durante algún tiempo se hizo cargo de la limpieza del templo y, cuando se decidió formar un coro especializado en las misas en rito hispano-mozárabe, allí estaba Víctor. Aún recuerdo la ilusión con la que chapurreaba en latín, y la satisfacción al finalizar la celebración en la que participaba.

Y cuando nadie lo esperaba, la Virgen lo llamó a su lado. Y una tarde, como siempre, en silencio, él acudió a su llamada.

Seguro estoy de que allí donde estés, Nuestra Madre te ha recogido con sus brazos abiertos, como tantas veces tú la cogiste a Ella, y a su Hijo, con tu trabajo silencioso...