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PREGÓN DE FIESTAS EN HONOR A

NTRA. SRA. DE LAS ANGUSTIAS, AÑO 2012.

 

   

 

A mis padres y hermanos.       

Agradezco a        

Matilde, Fran y Rodrigo        

su paciencia y lealtad        

en el proceso de creación        

de este Pregón.        

 

 

Con la venia del Señor reservado en el Sagrario

CÓMO QUIERES QUE TE LLAME…

Los vencejos sobrevuelan la antigua parroquia de Santiago de la Espada. Se levanta airosa la torre de la

Iglesia Mayor de Quintanar de la Orden en medio de la llanura manchega. Gravedad del bronce que da

alma a la piedra sirviendo de pulso al paso de los días. Salgo al exterior del templo, dejando atrás el

agradable frescor que custodian los anchos muros en este séptimo mes del calendario. Las negras

siluetas continúan danzando sobre la Plaza del Grano que se extiende a los pies de la portada.

Miro al cielo, entorno la mirada, y pienso en Tí. Hay en esta anochecida algo de estreno en el aire. 

Y es que, en la Ciudad Primada, unos dedos temblorosos a esta hora están prendiendo la Historia en

pliegues airosos que caen desde tu pelo hasta el escabel que sirve a tus pies de peana. Hay un rumor de

olas y un olor a sal que inunda la plaza en la hora en que el poniente se cubre de oro. Un Niño en mantillas

blancas descansa en tus rodillas.

En el convento carmelita del Espíritu Santo hay una sonrisa niña que se dibuja con la caricia de las

yemas de las manos que tienen el privilegio de descubrir el velo y mostrarte ante nuestra ilusión.

¿Quién me habló de Ti en esta tarde? ¿Quién trajo tu recuerdo hasta mi orilla, impregnando todo el aire

con tu presencia y el olor a pan tierno del Niño que descansa en tu regazo? ¿No fueron acaso estos

vencejos, que han venido cruzando campos y montes, para contar aquí lo que sucede junto a la misma

torre de la Catedral, pétrea ojiva que amenaza con desgarrar el velo que cubre la Ciudad en las mañanas

de invierno?

Son los vencejos que vinieron desde lejos para rodear esta torre nuestra, pesada y fuerte, quienes

trajeron tu memoria aún por estrenar y el velo del crepúsculo que ya cubre los tejados. Pero estas

negras aves son las mismas que portan en su oscuro traje presagios de las noches que vendrán. Que

serán heraldos de otras noticias que trocarán la espuma de las olas por las tinieblas del Gólgota y la sal

del mar por la de las lágrimas.

Son estas aves que hoy me hablan de un Niño acunado por su Madre las que me hablarán, en apenas

años, quizá meses, tal vez días, de este mismo Niño otra vez en el regazo de la Madre. Más no ya tierno

por infante sino tierno por desarmado e inerte. Sólo por la sangre revestido. Que es ya un Hombre de

Dolor entre pálidos lienzos el que en tus rodillas reposa.

Apenas hay distancia entre una estampa y la otra. Entre la Madre con el Niño nacido de sus entrañas, y

la Madre con el fruto bendito de su vientre, triturado como el grano de trigo en el molino y el racimo en

el lagar. Hay tan sólo la distancia que marcan los vencejos en el cielo, apenas unos versos.

 

Hoy me traen los vencejos

sobre el azul del paisaje

noticias que hablan de Ti,

y presagios negros traen

al trazar cruces sus alas

que se enquistan en el aire.

Por eso deja, Señora,

que olvide por un instante

ese nombre que tú tienes

y que nos hiela la sangre.

Tu nombre son nueve letras

que se clavan en la carne

porque solo al enunciarlas

de llanto se tiñe el aire

y se convocan suspiros

que se te prenden al talle.

Tu nombre es escalofrío,

es dolor en tu semblante,

es pasión y sacrificio,

es una daga punzante.

Tu nombre son cinco lágrimas

como la sal de los mares,

que resumen y condensan

las penitas de las madres.

Por eso pido tu venia

al comenzar a cantarte

y te pregunto, Señora,

¿Cómo quieres que te llame?

Que pueda olvidar tu nombre,

permite por un instante,

para levantar la voz

y poder al fin llamarte

Bisagra del cielo abierta,

Primada Iglesia triunfante,

cigarral, patio enrejado,

cobertizo que me guarde,

Zocodover de los cielos

y clausura susurrante,

por ser de Dios el Sagrario

y custodia deslumbrante.

Que se eleven mis palabras

como el bálsamo más suave,

que pasen siete cuchillos,

que tus siete penas pasen,

que huyan las amarguras,

y que los dolores callen.

Que se eleve la palabra

que tus lágrimas restañe

y se condense la luz

por encender tus fanales.

Que se viertan a tus plantas

la gracia, el sol y el aire,

porque sirvan de peana

los versos que te engalanen.

Que convoque cielo y tierra,

los saberes y las artes,

cante Toledo conmigo,

y este pregón, al cantarte,

ponga la gloria en tus sienes,

por tus Angustias de Madre.

 

SALUTACIÓN

El primer saludo de este pregón estaba destinado al Ilmo. Mons. José Antonio Martínez, Vicario Judicial

y Párroco de ésta de las Santas Justa y Rufina. Saludo que, ante su ausencia por enfermedad, se torna

en oración ante la Virgen de las Angustias.

Ilmo. Mons. Director del Secretariado de Medios de Comunicación Social y Oficina de Prensa del

Arzobispado de Toledo, querido Don Juan.

Señor Presidente y Junta de Cofradías de Toledo

Señor Hermano Mayor, Señores miembros de la Junta de Gobierno y Hermanos de la Venerable, Real e

Ilustre Hermandad de Nuestra Madre María Inmaculada en su Mayor Angustia y Piedad, y Cristo Rey en

su Entrada Triunfal en Jerusalén, con sede en esta Parroquia.

Querida familia.

Amigos.

Señoras y señores.

 

AGRADECIMIENTO

Aquella era una mañana soleada del mes de marzo. El calendario detenía su avance inexorable en el día

número trece. Y aquel día de la semana llevaba por nombre aquel que evoca al dios romano de la

guerra: martes. Conjunción esta, martes y trece, que hace que muchos hombres, llevados por la superstición,

esperen de tales jornadas fatídicos acontecimientos. En un día tal caminábamos por la Calle de

la Plata, dirección a las Cuatro Calles. Ejercicio que supone un auténtico alarde de paciencia o de equilibrio.

Pues los escasos metros que separan estos dos puntos se encuentran jalonados a esas horas de

visitantes despistados, guías turísticos presurosos, racimos de paseantes, mareas de escolares, personas

que realizan sus compras, distribuidores, comerciantes y un sinfín de personajes más.

Pero hay en medio de ese gran decorado, como de parque temático, un rincón desconocido para muchos.

Un pequeño oasis de silencio y de fe, herméticamente cerrado por estos viejos muros. En medio de tanto

trajín es un remanso de paz esta Iglesia Parroquial dedicada a las santas alfareras sevillanas.

Aquella mañana decidimos prolongar nuestro itinerario con el fin pasar junto a la puerta de esta iglesia. Es

una vieja costumbre que conservo desde que era un niño. Por entonces me gustaba siempre que visitaba

Toledo pasar junto a la puerta de Santa Justa, con la ilusión de encontrarla abierta, para poder cruzar esta

cancela y poder contemplar por vez primera las imágenes que ya conocía a través de los programas de

Semana Santa que mi tía me hacía llegar a Consuegra. Tantas veces había leído las descripciones de los

pasos, los itinerarios, las reseñas históricas, que casi podría haberlas repetido de memoria.

En esa mañana marceña tu puerta estaba cerrada. Más se abrió la puerta trasera. Y un rostro amigo nos

invitó a traspasar el umbral. Los hermanos de las Angustias preparaban el altar de cultos para el Triduo

de Cuaresma. En el patio de la iglesia los candeleros recién lustrados esperaban ser alineados en el

montaje efímero situado en el presbiterio.

Como en un sueño de infancia, al final del pasillo que conforman los bancos de madera, ante las gradas

del altar, esperabas Tú. Ante la invitación de tus hermanos pude acercarme hasta tus plantas, y así

mirarte. No sé si aquella mañana simplemente te miré o te recé. Que quizá mirar y rezar sean exactamente

lo mismo cuando se está frente a Ti.

Y así fue, estando a tus plantas, cuando el Hermano Mayor de esta Venerable, Real e Ilustre Hermandad

tuvo a bien brindarme realizar este pregón. Pregón que fue compañero de las noches de septiembre.

Pregón alumbrado entre resplandores tibios de luna. Persiguiendo una estrella bajo el arco de los

sueños. Ese arco alzado como por un César del Renacimiento, en un una ciudad de leyenda que levanta

en barro catedrales y joyeros en forma de capilla. Buscando la estrella que guiase estas palabras que

son hoy ofrenda estremecida.

Por eso mi agradecimiento en esta noche se dirige en primer lugar a Ti, Señora Nuestra, por acogerme

en tu casa, como aquella mañana, y brindarme en tus manos aquella cariñosa petición. Porque en

aquella cercanía te mostraste más íntima que nunca, más mía que nunca. Y con la Madre la acción de

gracias se eleva al Divino Maestro, dispensador de la lección del amor y de la entrega desde la cátedra

del regazo materno.

Lección das de amor, Señor,

en el materno regazo

que condensa en el abrazo

la dulzura y el dolor,

la congoja y el pavor

de ver la vida, muriendo;

a Dios, herido en tal trance.

Por tu muerte haz que alcance

tu ciencia: amar sufriendo

y, al fin, morir viviendo.

Gracias a Don José Infantes que tuvo a bien presentarme para realizar este Pregón. Gracias a Don José

María Briones, Hermano Mayor, por haber puesto su confianza en aquel sacerdote joven y desgarbado.

Gracias a los miembros de la Junta de Gobierno por hacerme esta merced. Que es regalo inmerecido el

que me hacéis, al permitirme rozar el talle de Angustias con la ofrenda de la voz y la palabra.

Gracias a ti, Víctor, por tus palabras de presentación. Tuyo es el golpe de llamador que da inicio a este

rito del Pregón. Son tus palabras de cariño respuesta a aquel que siento por vosotros.

Y gracias a ti, Toledo. Que me acogiste entre tus murallas en una tarde en que el verano llegaba a su

ocaso y comenzaba a despuntar el otoño, como esta. A ti, que me descubriste poco a poco tu rostro

mientras se maduraba la espera en la almáciga primada del amor. Gracias a ti, porque fue sobre la

patena de tu altar donde fui ungido sacerdote y enviado a los hombres para perpetuar el Memorial de

la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor.

 

SIETE DOLORES

Llega septiembre. Y con él, a los pueblos de nuestra archidiócesis multitud de fiestas patronales. Con

septiembre llega el Día del Cristo a muchos pueblos de La Mancha. Y con septiembre también las fiestas

en honor a Santa María con motivo de la fiesta de la Natividad de la Virgen o la conmemoración de sus

Dolores.

Como si Toledo quisiera emular a los pueblos, las puertas de sus iglesias amanecen orladas por convocatorias

de cultos que invitan a festejar señeras devociones cristíferas. Se alza un Calvario en SantoTomé.

Por Santa Leocadia cinco llagas son lección de Misericordia. Y en Santa Justa el Señor es descendido

de la Santa Cruz. Queriendo mostrar cómo el Gólgota es el precio de la Gloria, por San Andrés

hacen florecer la Alegría y la fuente de la Salud se abre en San Clemente. La Ciudad despierta del letargo

en el que parece sumirse tras los cultos catedralicios de la Patrona Virgen del Sagrario.

Y es también septiembre, porque así lo manda la liturgia y lo quiere su Cofradía, el tiempo de las Angustias.

Es mes de cultos solemnes, de celebraciones en Rito Mozárabe y de procesión matutina de la Señora.

De este modo recordamos los siete dolores de María. Podríamos preguntarnos de dónde procede este

número, exacto y cabal, de los siete dolores. Parece ser esta una cifra de influencia bíblica. En la Sagrada

Escritura es frecuente el empleo de número siete. Y con él se significa la indeterminación y también la

universalidad. Por eso el 15 de septiembre celebramos los dolores de María en número de siete.

Porque celebramos la totalidad de sus dolores. Todos aquellos que la afligieron durante su vida terrena.

Permitidme que evoque los siete dolores de María. Siete dolores de nuestro tiempo que laceran el

pecho de Angustias en este mes de septiembre.

El talante y la mentira

con valores meridianos,

empujando a los cristianos

y buscando su final.

La persecución al Papa

y la locura deicida

de la Iglesia perseguida

es en Ti primer puñal.

Cuántos claveles brotaron

con la sangre de la herida.

Cuánta nobleza caída

por cada vida arrancada.

Tanto huérfano en España,

tanta pena en derredor

por la lacra del terror,

es en tu pecho la espada.

Con la inocencia vendida,

como el néctar derramado.

Con el dolor desgarrado

de los llantos de un chiquillo.

Con las víctimas del odio,

tantos muertos en la tierra,

cosechados por la guerra,

son por Ti tercer cuchillo.

Meses ya sin un trabajo,

sin llegar la primavera.

Horas de cola y espera

es, al fin, búsqueda aciaga.

Noches de negra amargura

son las familias en paro.

Su desdicha y desamparo

es en Ti, la cuarta daga.

Entra en el seno el metal

que lo arroja tras de sí.

Al girar el bisturí

rompe el cuerpo y corta el hilo.

Ya es un ángel en tu manto

ese ánima caída.

Con el aborto homicida

hunde en Ti el quinto filo.

Cuántos viajes sin retorno,

cuántos lirios descastados,

cuántos sueños enterrados,

ocultos bajo la arena.

Ya no hay sosiego, ni luz,

gozo y dicha, eran antes.

Son los hombres inmigrantes

la sexta punzante pena.

Sin la chispa luminosa

que levanta resplandores,

corazones soñadores

caen por el resbaladero.

Tantos hombres sin su meta,

tantas almas sin bonanza

por la falta de esperanza

es por ti, séptimo acero.

Siete angustias van llorando

en oleajes de cera

al romper la primavera

tu jardín de flores mustias.

Que bajen desde los cielos

por alumbrar tus despojos

siete estrellas a tus ojos

que lloren tus siete angustias.

 

LA VIDA EN UNA SEMANA

Con el crujido de las puertas de Santa Justa se abren de par en par las puertas de la Semana Mayor. El

Domingo de Ramos se abre aquí la primera página de un libro que quedará cerrado antes de que nos

demos cuenta. Es el chirriar de estos mismos goznes el que cierra la Semana Santa, cuando en la noche

del Viernes se clausuran las puertas de Santa Justa y, con ellas, la Semana Mayor comienza su final.

Con las palmas del Domingo, Cristo Rey hace su entrada en la Ciudad Santa, Jerusalén, de Toledo. A los

pocos días, el mismo Jesús que procesionó a lomos de un borriquillo pasa acariciando el aire con su

mano la tarde del Viernes Santo, durmiendo en el regazo de Angustias de su Madre. Cristo Rey en el

ocaso del Domingo, Señor de las Ánimas en la noche del Viernes.

 

RETABLO DEL DOLOR

Y ahora, decidme, en qué capilla o convento de esta Ciudad Primada encontráis retablo semejante al de

la estrecha puerta de esta parroquia la tarde del Viernes Santo. Si Bigarny y Berruguete, el Greco o

Narciso Tomé dieron forma a retablos geniales, tallando y ensamblando, estofando y policromando,

pintando y dorando, aquí fueron la devoción y el genio popular quienes obraron el prodigio. Como si las

santas alfareras hubieran descendido hasta las riberas del Tajo, hundido sus manos en el barro, y de

aquel limo labrado esta maravilla efímera, depositando en ella el aliento de vida de la fe de Toledo.

Por eso la noche del Viernes Santo entre las jambas de esta puerta de Santa Justa y Rufina la fe y la

devoción de cinco corporaciones saca a la calle el retablo más completo. El retablo de la pasión y

muerte del Dios hecho hombre. La epifanía del amor de Dios a la humanidad herida por el pecado. La

plasmación más sublime del misterio de las tres necesidades que tuvo la Santísima Virgen en el Calvario.

Escaleras, lienzos y sepulcro que la Madre angustiada necesitó para que el cuerpo de su Hijo fuera

descendido, amortajado y sepultado. Oculto estuvo el sol en la tierra. Caída la semilla bajo la piedra.

Lejano el Hijo y cercano y punzante el dolor de la Señora. Y todo bajo la prodigiosa hechura de esta

portada, pequeña para tan gran tesoro como alberga. Que es bajo este dintel donde fugazmente se alza

este retablo del dolor.

Todo comienza a modo de parto. Parto de cruz y de peldaños, de compás de cargadores y de sábanas al

viento. Es como si un barco se dispusiera a zarpar al ancho mar. Pero antes tiene que salir del dique

estrecho de esta iglesia. La pericia y la elasticidad de la pesada piedra dan a luz, un año más, el eterno

equilibrio de escaleras y sudarios en que el Señor es descendido de la cruz.

Como si de una precisa maniobra se tratara en apenas un instante aparece enmarcada en esta puerta

la escena de la Piedad: el Señor ya descendido descansa en brazos de su Madre. ¿Cabe mayor Angustia

en marco tan estrecho como el que inmortaliza en piedra este arco? Se desdibujan los contornos y se

nublan los colores. Ni falló la gubia ni falló el pincel. Que son lágrimas que empañan el mirar de la

Ciudad con la cera que lloran los guardabrisas.

Se dibuja en la misma fachada la estampa clásica del Triunfo de la Cruz. Bajo palio la reliquia del Lignum

Crucis es trasladada por las familias mozárabes de la Ciudad mientras suenan a modo de motete las

palabras de la Santa de Ávila:

En la cruz está la vida

y el consuelo,

y ella sola es el camino

para el cielo.

Si en esta Cruz está el camino para el cielo, en el cuerpo del Redentor encontramos la entrada al paraíso.

Cinco puertas se han abierto en manos, pies y costado. Cinco cruces se dibujan en las vestes blancas.

Tristeza en las maderas oscuras que se deslizan sobre un río pálido de Luna. Evangelistas levantan acta

de la sepultura de Cristo en las cuatro esquinas del paso.

Sepultado el Hijo, sola queda la Madre, bella de tan despojada, tierna de tan lastimada. Toledo le da a

sus cosas importantes gravedad de corte imperial. De corte imperial son los tapices flamencos del

Corpus. De corte imperial es el recibimiento que da a arzobispos, monarcas y reliquias en la Puerta de

Bisagra. Y de duelo de corte de un imperio sobre el que no se pone el sol son las tocas con las que

Toledo viste a la Virgen de luto en esta hora de la Soledad.

Descendimiento, Angustias, Lignum Crucis, Sepulcro y Soledad. A la calle salen las cinco estampas de

este retablo con que el crepúsculo pinta de ceniciento la tarde del Viernes Santo.

Quien quiera portentos, venga

por asomarse a esta puerta

y tocar la gloria abierta

en estrechez tan adusta

con cinco estampas labradas.

Que no hay portento mayor

al retablo del dolor

el Viernes por Santa Justa.

 

SILENCIO DE VIERNES SANTO

Existía hace algunos años una curiosa costumbre en nuestro Seminario Diocesano. Se trataba de una

tradición cuyo origen al menos yo desconozco, en virtud de la cual algunos seminaristas acompañaban

los cortejos de diferentes cofradías de la Ciudad durante la Semana Santa.

De este modo, llegando la Semana Mayor, alguno de los seminaristas veteranos se encargaba de confeccionar

una lista en la que los nombres de los jóvenes levitas iban emparejados a una de las cofradías del

Viernes Santo. Durante los dos primeros años pude acompañar a la Cofradía del Cristo de la Misericordia,

con la que colaboraba por aquel entonces. En tercero y cuarto de Teología asistía los domingos a la

Misa Mayor en la Parroquia de Santo Tomé, por lo que, llegado el Viernes Santo, acompañaba al Cristo

del Calvario, como correspondía. Finalmente, en el curso de quinto, fue la Cofradía de las Angustias la

designada para que la acompañara.

Era también parte de esta costumbre que los acólitos que iban delante del paso de las Angustias, al

llegar a la altura del convento de las Siervas de María en la calle Sillería dirigieran unas palabras a la

Santísima Virgen. Era este un pequeño fervorín que servía para poner en práctica nuestros escasos

rudimentos retóricos. Aquel año acordamos que sería yo el seminarista elegido para alzar la voz y declamar

al llegar al convento. Tomé papel y lápiz, y dejé por escrito un pequeño romance que serviría para

salir de aquel trance. Serían los primeros versos que leería en público.

Los días de la Semana Santa iban transcurriendo lentamente. Llegaba el momento de dirigirse al rector

para solicitar el pertinente permiso. Sin embargo aquella costumbre que tanto nos gustaba a los seminaristas

parecía desconcertar a nuestro rector. Nadie sabía de dónde procedía la tradición. La petición

se realizaba en la mayor parte de los casos simplemente de palabra, sin que nadie se ocupara de darle

forma.

Y llegó lo que otros años habíamos esperado. El rector dijo que no. Y desaparecieron los seminaristas

de los últimos cortejos que aún los mantenían. A la misma hora de la procesión del Santo Entierro se

rezaba en el seminario el Oficio de Lecturas. Aquel año tocaba por fin quedarse.

Ante la negativa no me revelé en absoluto. Es más, se apoderó de mí una consoladora sensación de

alivio. Ya no sería necesario intentar mantener aquella costumbre o privilegio a toda costa. Pero lo que

todavía no he entendido es el desdén con el que se miraba nuestra participación en las procesiones

pasionales. Como si los actos externos fueran una especie de sucedáneo de la auténtica devoción, y el

desfile de Viernes Santo algo sin importancia destinado entretener a personas con poca formación,

pero no para los futuros sacerdotes.

Llegada la hora precisa comenzó la oración en la capilla. La salmodia con su ritmo de marcha fúnebre se

elevaba hasta las bóvedas de la Capilla del Seminario. Tú, salías a la calle. El manto de terciopelos azules

y mantillas se fue extendiendo por Toledo. Navegando sobre este río de cirios encendidos llegó tu paso

hasta la puerta abierta de las Siervas de María. Paró el paso. Se hizo el silencio. Mas no se alzó la voz.

La cadencia de los cantos del Seminario seguía resonando queriendo escaparse por las cristaleras de la

Capilla. En el cajón de un escritorio unas palabras quedaron escritas. Atronó el silencio, y nadie pudo

evitar que la suave brisa recorriera tejados y azoteas, desde la imponente casa de la Plaza de San Andrés

hasta rizar la blonda de encaje de la Virgen del dulce llanto, diciendo:

Luna que en el cielo alumbras

entre tinieblas de cera,

estrellas que vaciláis

al contemplarla tan cerca.

Puerta del Convento abierta

entre suspiros y tocas,

entre el clamor de oraciones

que la cobija y escolta.

Decidle a Angustias que siga

mientras aguanten los pulsos,

que siga sin vacilar,

que no se pare un segundo.

Adoquines temblorosos

al tacto de su pisada,

altos muros erizados

al rozaros su mirada.

Altas cornisas prendidas

a las tramoyas del cielo,

veladores entreabiertos

por cobijar su desvelo.

Decidle a Angustias que avance

por ese pasaje negro,

con las mantillas del luto

prendidas en su recuerdo.

Que está un lamento ronco

entre los bronces temblando,

por espadañas y torres

en el silencio gritando:

No desesperes, Angustias,

sique marchando adelante,

no dejes que te confundan

ni tormentas, ni puñales.

Y no desmayes, Angustias,

sigue surcando la noche,

mientras empujan los vientos

tu vela con su derroche.

Para que no te entretengas

y llegues a tu capilla

y descanse en tu regazo

muerto por amor, la Vida.

 

HAZME SITIO, CARGADOR

Faltan apenas unas horas. No habrá caído el sol por tercera vez sobre el poniente, recortándose entre

la silueta de los cigarrales. Al tercer día, el eco metálico del llamador resonará entre los muros que nos

albergan. Las santas alfareras sevillanas se mirarán sorprendidas desde el retablo de este templo. Pues

será al tercer día, cuando vean ante sus ojos al mismo Hijo de Dios, el que pendió inerte de una cruz,

alzarse a pulso de corazones, triunfante, vencedor de la muerte. Las mismas manos de Madre que lo

acunaron tras ser descendido de la cruz serán las que lo eleven. Y el que expiró a la hora de nona volverá

a caminar, lleno de vida.

Y al tercer día se obrará el milagro, cuando el golpe seco del llamador temple los pulsos batientes y

señale la hora precisa. Porque será la hora de la gracia y de la fuerza. Cuanta fuerza bajo el faldón del

paso. Pero, sobre todo, cuanto amor levantará al cielo el llanto más bello.

El sacerdote tiene una misión parecida a la del cargador: alumbrar el nacimiento de este misterio de

amor cada día sobre la patena y el cáliz en el altar. Y llevar la vida que nace de las heridas del Señor en

el regazo de Angustias a cada hombre, en nuestro mundo, cada día.

Por eso, en esta noche, queridos cargadores de la cuadrilla de la Virgen de las Angustias, permitidme

que ocupe un lugar entre vosotros. Dejadme ser uno más. Pasar desapercibido. Dejad que sienta el

peso del paso sobre mis hombros y que se haga realidad el Evangelio “mi yugo es llevadero, y mi carga

ligeraMt 11, 30. Dejad que aprenda a vuestro lado a caminar con compás y elegancia. Dejad que me oculte tras

los respiraderos y los faldones para ocupar mi sitio en la trabajadera.

Hazme un sitio, cargador,

hazme sitio, te lo ruego.

Que quiero mecer su pena

y acompasar su consuelo.

Déjame curar su herida

y cobijar su desvelo,

hasta templar sus cuchillos

al compás de su pañuelo.

Déjame sentir su llanto,

la caricia de su pelo,

su dulzor y su amargura,

sus gozos y sufrimientos,

déjame sentir su gloria

y compartir sus tormentos.

Hazme sitio, cargador,

por piedad, yo te lo ruego.

Deja que sobre mis hombros

caigan su pena y su duelo.

Que se derrame la sangre

del inocente Cordero

empapando nuestras almas

desde los hombros al suelo.

Pero que no se despierte

que va, por amores, muerto.

Hazme sitio, cargador,

por bondad, yo te lo ruego.

Déjame sufrir contigo

tras el rojo terciopelo,

bajo el metal cincelado

en la fragua de los sueños.

Déjame bogar contigo

en el más dulce velero,

el que congrega los vientos

y los anuda a un madero

tejiendo un blanco sudario

en el cielo de Toledo.

Hazme sitio, capataz,

por amor, yo te lo ruego.

Que está la Madre acunando

un Hijo que lleva muerto.

Y anudado al llamador

un crespón teñido en negro.

Que clamen los corazones

con el compás del esfuerzo,

que resuenen los metales

y por tres veces un eco

alce su voz temblorosa

convocando los silencios:

¡Vámonos contigo, Angustias,

vámonos contigo al Cielo!

 

LA INTIMIDAD DEL TEMPLO

Callada la música de la Marcha Real, la muchedumbre se dispersa por la telaraña que conforma el

callejero del barrio. Los cuatro zancos sobre los que se alza este paso se posan definitivamente sobre la

solería de la iglesia. La última plegaria que se alza al cielo es la del humo de los pabilos apagados, que

asciende hasta el artesonado aromando el espacio de amargura. Vacío el templo y apagadas las luces,

sola quedará la Santísima Virgen con el Hijo de sus entrañas en el regazo. En torno suyo flores que

comienzan su inexorable deterioro y ven palidecer sus colores frente a la viveza de la sangre del Señor

y las lágrimas de la Madre.

Permitidme que así la imagine. Que es en esta intimidad del templo cerrado donde Ella es más nuestra.

Y que sea en esta intimidad de la Madre con el Hijo donde repita las palabras que Julia nos dijo una

mañana de Corpus.

La procesión se alejaba Calle Comercio arriba, alcanzado la plaza de Zocodover. Nos mirábamos sobrecogidos

tras el emocionante paso del cortejo eucarístico. Bajo nuestros pies, el asfalto manchado por

pétalos. Pétalos grandes como corazones. Encendidos como el amor primero. Arriba un mirador vacío

con las cristaleras recién cerradas. Ajeno a lo que hacía unos instantes era gozo y alegría.

En aquellos momentos Julia, testigo del diario acontecer de la Ciudad desde su tienda en la populosa

Calle Ancha proclamó, como ungida por el mismo fuego que movía los corazones de los profetas y justos:

“Qué pena que esto pase tan rápido. Pero al Señor lo tenemos siempre en el Sagrario, para que

vayamos a verlo”.

No hay palabras más consoladoras en este momento en que María queda sola con el Hijo bajo el artesonado

que nos cobija. Qué pena que esta gloria de septiembre sea tan fugaz. Pero a la Madre de las

Angustias y a su Hijo bendito los tenemos siempre con nosotros, para que vayamos a verlos.

 

PROFESIÓN DE FE DE LAS ANGUSTIAS

Que es en este silencio sacro, en esta intimidad sublime, donde reside el secreto que proclama la

Hermandad de las Angustias. En esta capilla pequeña. En las capas azules, y las mantillas y peinas. En

los chorreones de roja cera y en cada pisar del andar de sus cargadores. En los golpes de corazón que

este paso levantan y en cada cuenta del rosario que se desgrana. Con insignias que se alzan como estandartes

de la Roma Imperial y con palmas que vibran el Domingo y se alzan altivas como si Villalpando

las hubiera labrado.

Por eso permitidme que desvele el corazón de este credo al toledano modo que cobijáis en el pecho

junto a esta medalla. Que proclame esta verdad con el bronce de las campanas de la dives toletana y la

escriba en el cielo azul con la palma prestada de santa Leocadia. Palma que agita la mártir patrona en

lo alto de la fachada de la primada haciendo de nuestros días un eterno Domingo de Ramos.

Dejadme que proclame esta fe en el mejor lugar posible. Ante este altar sagrado en el que se inmola el

sacrificio en el antiguo rito visigótico. En el que ofrecemos nuestras vidas y se nos da por alimento el

verdadero pan de vida. Ante el que venerables cofradías de la ciudad reciben a sus hermanos y congregantes.

Donde cada ocho de diciembre los Hermanos de las Angustias renováis el caballeresco lance por

el que hacéis voto y juramento de defender el misterio de la Purísima Concepción de María, si fuera

preciso hasta derramar vuestra sangre.

Que en la Imperial Toledo se alzarán templos prodigiosos y claustros solemnes. Pero en ninguno de ellos

encontramos lo que en esta capilla recoleta. Que el ingenio del hombre labró los más preciosos metales

y modeló la luz en los vitrales catedralicios, dio forma a la naturaleza en sus patios y levantó el espíritu

del hombre con sus espadañas. Pero en ningún otro lugar se encuentra lo que encontramos en este

remanso de paz y devoción.

En ningún lugar como en este encontramos al Mesías anunciado por profetas y al Maestro que vivió

haciendo el bien, y por eso el corazón mismo del Evangelio, como en la estrechez de estas paredes. En

ningún sitio encontramos al Dios tan humano que palpita oculto en los Sagrarios, como en el Jesús del

regazo de Angustias. Ni en la airosa arquitectura ideada por Enrique de Arfe, ni en los pigmentos del

cretense encontramos a Dios tan piadosamente dormido por amor como en esta señera imagen que

acuna la Mujer vestida de sol.

Este es vuestro particular credo toledano, que el Verbo Eterno de Dios vive en medio de nuestro caserío

y, desde aquí, irradia la vida que reparte, aún herido. Que el que tomó carne de las entrañas Purísimas

de María es alguien a quien podemos venir y hablarle al oído. Que muerto y resucitado es la luz del

mundo puesto sobre el fanal de cristal sin mancha que es el talle de la Virgen del dulce llanto.

Tallando imágenes portentosas. Revistiéndolas con el ajuar espléndido fruto de vuestro amor. Alzándolas

sobre pasos altivos. Venerándolas en hornacinas preciosas. Así hacéis vuestra profesión de la fe. Ni

nos confunden las lágrimas ni nos engañan las heridas. En esta carne veneramos y besamos al Dios

hecho hombre, y en estas Angustias honramos a su Madre, la Bienaventurada Virgen María.

Por eso, callen ya mis palabras. Hágase el silencio en el templo. Hasta sentir cómo se acelera el pulso

del corazón al contemplar tanta belleza, y a Dios en ella.

Y en esta quietud, sean los perfiles dorados por el sol de la tarde de esta Ciudad los que cobren vida al

conjuro del latir de nuestros corazones, por alzar el más dulce llanto y abrigar la más honda aflicción.

Con las espumas del Tajo,

en un telar labraría,

unos faldones brocados

porque tu paso revistan.

Para los respiraderos

las murallas tomaría,

y las casas de los barrios

trabarán la canastilla.

Campanarios y espadañas

cual peana alzarían

tu dulce llanto a los cielos

azulados de Castilla

y la Puerta de Bisagra,

desde sus hechuras limpias,

servirá de llamador

con que avisen la cuadrilla.

La torre catedralicia,

una cruz que luzca altiva.

De las brumas y las nieblas,

un sudario de mantillas

porque bajes a tu Hijo

y restañes sus heridas.

Las devociones de Gloria

con sus historias antiguas

serán con sus resplandores

la luz de tus guardabrisas.

De los tapices flamencos

que cubren la amanecida

de las mañanas solemnes

de Corpus, yo te haría,

una saya de volantes

porque la vistas y ciñas.

De los toldos y guirnaldas,

manto azul te bordaría.

Del cretense, los pinceles,

y de Arfe, las ojivas,

por labrarte a Ti el pañuelo

con que seques tus mejillas.

Con el sol de los tres jueves

que más en el año brillan:

Jueves Santo, la Ascensión,

Corpus Christi, forjaría

una diadema de ensueño

porque tu frente la ciña.

Para que Toledo entero

con el alma estremecida

sea el paso que levante

las Angustias de María.

HE DICHO

Este Pregón fue pronunciado por 

D. Juan Ignacio López Serrano

en la Ciudad de Toledo, 

el día 12 de septiembre de 2012,

memoria litúrgica del Dulce Nombre de María.