Con fecha 7 de septiembre del 2016, el Arzobispo de nuestra Diócesis, nombraba  Consiliario al M. I. Sr. D. Francisco Javier Salazar Sanchís. El día 15 de septiembre, coincidiendo con la festividad de Nuestra Señora, Virgen de los Dolores, que en esta Hermandad dedicamos a Nuestra Señora de las Angustias, el nuevo Consiliario, celebró la Santa Misa en la Parroquia de las Santas Justa y Rufina, dando así inicio a su nueva etapa como director espiritual de la Hermandad.

Con fecha de 27 de febrero de 2017, el Arzobispo de nuestra Diócesis, nombraba una Comision Gestora para dirigir la Hermandad. En el mismo Decreto, se nombraba  Presidente  al M. I. Sr. D. Francisco Javier Salazar Sanchís.

Tanto en esta página como en las redes sociales de la Hermandad, se irán recogiendo sus  cartas y reflexiones de formación.

 

 

 

 

COMO LA BRISA

Soy yo, no tengáis miedo. Mateo. (14,22-33): 13 de agosto de 2017


La primera lectura de hoy es de una belleza poética y con la luz de ella leo el evangelio. Dios avisa de que va a pasar y pide a Elías que esté allí. Pasó un huracán, pero Dios no estaba en el viento; pasó un terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto; pasó un fuego devastador, pero Dios no estaba en el fuego. “Después se oyó una brisa tenue: al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió afuera y se puso en pie a la entrada de la cueva.” 

No estaba el Señor en las grandes manifestaciones sino en esa brisa tenue que se percibía como un murmullo. A nosotros nos parece majestuoso un huracán, mucho más majestuoso el viento huracanado que la brisa. Un huracán es un reto de la naturaleza ante el que somos pequeños, es un desafío para nosotros, es algo que nos vence. La brisa nos roza y puede ser molesta o hasta dar cierto placer, pero no configura una amenaza: somos más firmes y más fuertes que ella; pero somos inferiores al huracán y por eso nos resulta más majestuoso el huracán. En cambio, para Dios es igual de majestuoso, de maravilloso, de excepcional un huracán que la brisa, un fuego que un ligero calor. No se compara con ninguna, no hay ninguna superior a Él. A Dios le da igual la brisa que el huracán: coge lo que es útil para estar cerca de ti. Y camuflado en la brisa se hace más cercano, más accesible, puede rozar nuestra piel sin lastimarnos. No quiere fardar, quiere estar contigo. A Dios le encantan las pequeñas cosas –elige pan para convertirlo en su cuerpo- porque con ellas es más accesible a nosotros y para Él todas son igual de pequeñas o igual de grandes (todas son pequeñas a Su lado, pero solo algunas lo son al nuestro).

Las deidades ancestrales de las tribus se referían a tormentas, a volcanes, a eventos brutales de la naturaleza que hacían sentir al hombre pequeño. En cambio, Dios no sigue esa lógica nuestra y aparece como brisa. A veces pienso que esta religión es cierta porque este Dios tiene características contrarias a las que la mente humana le asignaría con su lógica: a este Dios no lo inventa el hombre porque nosotros lo habríamos inventado de otra manera. En nuestra lógica, un dios debe ser tormenta, es huracán, es superior: en la lógica de Dios está hacerse suave, sin violentar, aparecer de forma en que pueda estar con nosotros sin hacernos ver nuestra inferioridad, sin apabullarnos. 

Y con esa visión de un Dios que prefiere ser brisa a ser huracán, leo este evangelio de hoy en el que Jesús, para llegar a donde estaban los suyos, ya muy de noche, como la barca se había ido lejos, en vez de liarse a despertarlos a gritos para que se acercaran a la orilla a por Él, decide ir Él andando, como si tal cosa, por encima del agua. Con toda naturalidad. Como si fuera de lo más normal. Y cuando Pedro le pide que le mande ir a él sobre las aguas, le contesta “pues, ven” –como si fuera algo trivial- y le hace poder andar así, con toda naturalidad, como si allí no pasara nada. Tranquilamente. Me asombra ese “tranquilamente” que se dilucida tantas veces en el Evangelio ante cosas que son como para que toda la vida se ponga del revés. Pero es que Jesús es Dios: Jesús es brisa. 

Dios no nos pega gritos para que con nuestros esfuerzos ímprobos movamos nuestra barca hacia Él y vayamos a recogerlo en medio de la noche. Sabe perfectamente que no lo conseguiríamos y, además, tiene la delicadeza de la brisa: no quiere imponer. No, Él se hace brisa, se hace hombre, y vive con nosotros y como nosotros, muere como nosotros y nos gana la resurrección que nosotros no podíamos tener. Es Él el que camina hasta nuestra barca haya lo que haya a sus pies. Y lo hace sin armar barullo, tenuemente, como la brisa. Un huracán empuja, obliga, y Dios no quiere obligarnos a nada. La brisa acaricia, roza el cuerpo y estremece el alma.

Pedro es capaz de caminar mientras mira a Jesús, mientras entra en esa clave de Dios y sale de esa clave de los hombres que dice que el agua es un fluido y que se desplaza hacia los lados de nuestros pies hundiéndonos. Mientras acepta que Dios es brisa, que Jesús es Dios –y un Dios tan contrario a los cánones de nuestros diosecillos mitológicos de los volcanes, que tiene hasta la delicadeza de no despertarles para que vayan a por Él-, puede andar sobre el agua, puede caminar hacia Él sea cual sea el suelo que pisa.

Esperamos de Dios que sea viento huracanado, que acabe con el mal cortando cizaña y trigo desde que nacen, a la vez, que se muestre de forma rotunda, que actúe como nosotros creemos que debe actuar. Y no es que no hable: es que es brisa. No es que te haya dejado solo en una barca, es que va andando hacia ella pase lo que pase o haya lo que haya a sus pies. No es que no quiera mostrarse: es que no le miramos a Él; nos quedamos mirando el agua y nos hacemos más conscientes de que el agua es un fluido que se desplaza que de que a quien tenemos delante sonriéndonos y haciéndonos andar por esa agua es a Dios.

Si Pedro hubiera mantenido su mirada en Cristo y le hubiera dado más credibilidad a Él que al agua, hubiera seguido pudiendo andar sobre ella. Se hundió por creer más en el agua como agua que en Jesús como Dios. Menos mal que ahí estaba Jesús para agarrarle del brazo y sacarle del agua, que, hasta cuando hacemos que el agua se comporte como tal y nos engulla, Él sigue viniendo en nuestra ayuda. Pero eso sí, en silencio, en medio de la noche, como la brisa. Sin imponer.

Tiene razón María, en medio de la tormenta y de la dificultad los Apóstoles descubren al Señor, pero con ellos ¿No nos pasa eso a veces a nosotros? Momentos de cruz y humillación, momentos de enfermedad, momentos de dificultad… Y pensamos ¿Y donde está Dios? ¿Dormido?

Recuerdo las palabras del Papa Benedicto XVI cuando visitó Auschwitz: “¡Cuántas preguntas se nos imponen en este lugar! Siempre surge de nuevo la pregunta: “¿Dónde estaba Dios en esos días? ¿Por qué permaneció callado? ¿Cómo pudo tolerar este exceso de destrucción, este triunfo del mal?”

¿Dónde estaba Dios? ¿Dónde está Dios? Dios estaba junto al que sufría los horrores de aquel campo de concentración. Dios está conmigo cuando sufro.
Y aquella tarde, en plena tempestad ¿Dónde estaba Jesús? Allí con ellos. En medio de nuestras tempestades y sufrimientos ¿Dónde está Jesús?
Con nosotros. ¡Nunca nos abandona! ¿Quién podrá separarnos del amor de Dios? Se preguntaba San Pablo… ¡Nada!

Por eso la escena termina con un diálogo sorprendente a primera vista de Jesús con sus discípulos: ¿Por qué sois tan cobardes? ¿Aún no tenéis fe? Ánimo. No tengáis miedo . Jesús les invita a descubrir todos los signos de los que han sido testigos… ¿Y todavía no creen?

Pidamos a la Virgen que nos conceda el don de la fe para reconocer a Dios en todos los dones que Él nos hace y nos ayude a reconocer a Jesús presente en medio de nuestras tormentas y tempestades, porque en el silencio, en medio de la noche, como la brisa.Él siempre está.

 

 

LOS MONTES

Transfiguración del Señor. Mateo. (17,1-9)  6 de agosto de 2017


«Pedro, Juan y Santiago acompañaron a Jesús de forma especial en varios momentos francamente sensibles y determinantes. Dentro de sus discípulos, incluso dentro de los apóstoles, estos tres parecen predilectos pues viven con Jesús algunas cosas aparte que son claves. No les quería más a ellos que a otros; simplemente, debe ser que estos tres lo necesitaban y Dios nos da a cada uno cosas distintas, pero las que necesitamos. 

Ellos viven el monte de los olivos de una forma más cercana que el resto de los apóstoles y también viven el monte Tabor: el monte del dolor después de haber vivido el monte de la Gloria. En el monte de los olivos, se entrega el hombre a la Voluntad del Padre; en el monte Tabor, Jesús se muestra como Dios de forma indiscutible y gloriosa. Estos tres apóstoles están en ambos de forma diferente a los demás discípulos de Jesús. ¿A qué les llevó allí?

Les lleva al monte Tabor, se transfigura ante ellos y entabla una conversación con Elías y Moisés ante la –supongo- atónita mirada de Pedro, Juan y Santiago, que no intervienen en nada en ella. Cuando la Voz habla desde la nube y dice “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”, estos tres se tapan la cara contra el suelo y sienten pavor hasta el punto de que Jesús se tiene que acercar a ellos a decirles “no temáis”. ¿A qué van allí, si no participan de la conversación y ni siquiera están preparados para lo que están viendo y oyendo? Tal vez quería Jesús que supieran Quién es Él, aunque les pide que no lo cuenten hasta que Él resucite. 

Dios nos va preparando poco a poco para llegar hasta Él. La fe es algo que recibimos de Dios, pero la fe exige de nosotros una respuesta. Esa respuesta puede ser “creo” o ser “no, no lo quiero”, pero en todo caso, exige una respuesta. Para responder ha de haber un encuentro. Una cosa es que nos “enseñen” a Dios y otra cosa es habernos encontrado con Él. Quienes nos hemos encontrado con Él no podemos dudar de su existencia pero, eso sí, podemos contestar que no. Y eso es terrible. 

Después de la Transfiguración, Pedro, Juan y Santiago debieron tener muy clarito que Jesús era Dios. No creo que volvieran a dudarlo nunca. Un tiempo después, en otro monte, Getsemaní, Jesús les pide que velen con Él una hora. Y ellos se duermen y lo dejan solo. En la noche de la angustia, lo dejan solo: ¿habían olvidado el monte Tabor? Para cuando Jesús llega al monte Gólgota, Pedro le ha negado, Juan ha salido corriendo del monte de los olivos y vete tú a saber por dónde anduvo hasta que le repescó la Virgen y de Santiago no se sabe nada. Pedro le negó y los otros dos huyeron. No olvidemos que vieron cristalinamente que Jesús es Dios.

A veces podemos incluso llegar a comprender, llegar a ver, pero somos tan duros que no basta con el intelecto, ni quiera con la experiencia pasada: hay que educar el corazón. Es el corazón el que decide quedarse en el monte de los olivos despierto o quien se duerme, es el corazón quien huye de la cruz o el que, como el de María Magdalena, está allí; es el corazón el que dice que sí a Dios y mantiene ese sí. Y eso se va haciendo a base de estar con Jesús, de pasar tiempo con Él, de compartir con Él la vida. María Magdalena no estuvo en el monte Tabor, pero no dudó dónde estar en el monte Calvario: la movía un amor extremo. 

En el fondo, pese al dolor de ver cómo las personas pecamos una y otra vez, cómo somos capaces de ver a Jesús mostrando toda su gloria de ser Dios y luego abandonarlo, me deja una esperanza y una inmensa gratitud hacia Dios. Si los santos se hubieran hecho santos en un minuto, al comprender que Dios existe y Cristo es Dios, yo habría abandonado porque yo no lo he hecho. Yo conocí a Dios y tuve ese encuentro con Él de la fe, y respondí que sí… al principio. Después dudé en mi respuesta –que no de que Cristo es Dios-. Después busqué en cubos de basura una felicidad que sabía que solo Él podía darme pero que algo me impedía acudir realmente a Él. Después huí, lo abandoné y, encima, le acusé de haberme abandonado Él a mí. Entonces veo a Juan, a Pedro y a Santiago en el monte Tabor, les veo luego en el monte de los olivos y en el Gólgota, y ya no me asusto de mí: tengo la certeza de que Dios vencerá en mi vida y en mi corazón.

Nuestra fe exige una respuesta. Se nos ha dado por el bautismo la fe, se nos ha dado que el Espíritu Santo more en nosotros y eso, pese a no ser tan plástico como la Transfiguración, es infinitamente mayor y más importante. Se nos ha subido al monte Tabor: ahora, en el arduo monte de los olivos, hay que responder. ¿Crees?, ¿vives?

A Pedro le dio la Iglesia, a Juan le dio a Su Madre y a Santiago… Bueno, a Santiago le encomendó España. Eran predilectos en su misión. Eso me lleva a darme cuenta de que no importa cual haya sido mi respuesta hasta ahora: importa solo cuál es en este momento. Si le dejo hacer, seré el Pedro, el Juan y el Santiago que murieron por Jesús.

Da gracias a Dios por la fe, por haberte subido al monte Tabor a enseñarte que existe. Si no tienes fe, pídela. Hay una oración condicional que no le pasa inadvertida a Dios: “Si estás, si existes, házmelo saber. Te busco”. Cuando el corazón dice esa frase, el alma empieza inmediatamente a subir hacia el monte Tabor. 

Después de leer el comentario de María lo que debe quedarnos claro es que Dios nos pide “subir al monte”, para dejar “abajo” lo superficial y lo vanal y entrar en la profundidad de la intimidad de nuestro ser, de nuestra persona, donde acontece lo importante de nuestra vida. El monte es un lugar especial, donde el Señor siempre nos habla y nos comunica algo importante. Simboliza el camino y el esfuerzo de subida en nuestra vida que todos tenemos que hacer para comunicarnos con el Señor. Es la decisión de nuestra voluntad de escucharle. Es el actuar porque tenemos interés verdadero en lo que Dios nos dice. Es el moverse de situaciones y “posturas” cómodas, para ponerse en el camino de la acción salvadora.

Y una vez que subimos al monte, que buscamos el encuentro con Él, descubrimos que Dios nos habla, no a través de poderosas manifestaciones de este mundo, sino desde lo insignificante, desde los pequeños detalles y nos comunica algo importante. Por eso, nos desanimamos en la oración y no maduramos en la escucha del Señor. Porque esperamos de Dios grandes prodigios y efectos especiales a través de lo superficial de los sentidos para que nos diga algo. El Señor no es como nosotros, no se guía por las normas, modas o dictámenes de este mundo. No es predecible o borrego, como a veces actuamos nosotros. Él sí quiere escucharnos y estar con nosotros de verdad, y no pierde el tiempo en vanalidades ni conversaciones absurdas y vacías.

Los tres Apóstoles en el monte Tabor recibieron por unos segundos unos dardos de luz que recordaron toda su vida. También a nosotros nos ha dado Cristo, en nuestra vida, breves momentos de luz; quizá han sido pocos, y han durado apenas segundos, pero hemos sentido a Dios tan cerca que casi lo tocábamos… ¿Recordaremos? ¿Tendremos memoria durante la noche? 

Quiero pedirle hoy a la Santísima Virgen que, hasta que cumpla nuestra súplica: “muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”, reavive en nuestra memoria las ascuas de esos dardos de luz que un día se clavaron en nosotros. ¡Que recordemos, Madre, que recordemos, porque cuanto entonces vimos, aún sigue allí y no ha de moverse por los siglos!

 

 

 

 

ACEDIA O ALEGRÍA

Parábola del tesoro escondido. Mateo. (13,44-52) 30 de julio de 2017


“En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: -«El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría va a vender todo lo que tiene y compra el campo.” Parece que hemos pedido el sentido de lo que es un tesoro, se ha quedado reservado a historias de piratas o locos submarinistas. Lo más parecido a un tesoro es la lotería o esos juegos de azar, pero cuando le preguntas a la gente qué haría si le tocase suelen hablar de “tapar agujeros” (serán socavones enormes), pero como con cierto desprecio. Los tesoros parecen algo mítico e inexistente. Menos mal que apareció Gollum en “El Señor de los Anillos” para recordarnos lo que es un tesoro (aunque, en este caso, era negativo). Movía toda su pasión, avivaba su constancia, daba sentido a su vida y le hacía superar los más difíciles obstáculos. Cualquier cosa con tal de encontrar “su tesoro”. Si pusiésemos esa pasión para el bien seríamos imparables, pero parece que hemos perdido el conocimiento de las maravillas de Dios.

Del evangelio de hoy me quedo con las palabras “lleno de alegría”. Ha encontrado un tesoro en un campo y tiene que hacer dos cosas. Primero, vender todo lo que tiene; después, comprar el campo. Pero lo impresionante es que lo hace con alegría porque ha encontrado un tesoro.

Me gusta releer de vez en cuando La Isla del Tesoro, de Stevenson. El entusiasmo del pequeño Jim, mucho mayor que el de el resto de protagonistas, embarcándose, dejándolo todo en busca de un tesoro. No tiene más que un mapa, pero desea ardientemente conseguir aquel tesoro.

En la vida cristiana también hay un tesoro que nos llena de alegría. Es el encuentro con Jesucristo y la vida que nos ofrece. Muchas veces se ha visto el cristianismo como una privación, un vivir con menos gas, una existencia a medias. ¡Como si nos quitara algo! Pero el desprendimiento, la lucha ascética, el esfuerzo… nacen de un encuentro, de un tesoro que se nos ha dado en esperanza. Por eso puede venderse todo.

Wilde, comentando este texto, viene a decir que venderlo todo es llegar a la verdadera humildad, desprenderse de lo que nos cierra a la gracia y aceptar desde nuestra pequeñez que Dios nos lo dé todo.
Lo opuesto a esta alegría es la acedia. Una especie de tristeza por los bienes espirituales y por lo arduo de alcanzarlos. Pero quien tiene a Cristo lo tiene todo, ya en esta vida, y después la eterna.

Venderlo todo para poder comprar lo que de verdad importa. Es decir, desprenderse de todo para que nada nos impida conseguir lo que Dios nos ofrece. Vaciar, como diría san Agustín, nuestro odre del vinagre que contiene para poder llenarlo con la miel del Señor.

La experiencia de esa alegría se encuentra en todos los santos, pero ha sido singularmente san Francisco quien la ha expresado de una forma muy particular. El pobre de Asís lo deja todo, quedándose literalmente desnudo, porque ha encontrado a Dios, lo ha descubierto como Padre y no quiere que nada le prive de Él. Por eso irradia una alegría contagiosa y es poseedor de una felicidad incomparable.

Si nos analizamos un poco, descubrimos enseguida que la fuente de nuestra tristeza, no pocas veces, está en que no hemos sabido desprendernos de algo, de dinero o de tiempo, o del apego al propio yo (porque quien lo deja todo pero se enorgullece, sigue sin haber vendido el campo). También puede suceder que la tristeza venga de querer permanecer con lo que ya tenemos y además poseer el tesoro. Como si Jim se hubiera quedado en la posada con su madre y hubiera volado sólo con la imaginación hacia la isla del pirata. Ese cristianismo a medias no nos lleva a la felicidad.

Para mí, tener a Cristo en mi vida ha supuesto llenar de sentido todas las cosas. Realmente es como tener un tesoro escondido con el cual puedo tenerlo todo, alcanzarlo todo, solucionarlo todo. Es verdad que no estamos exentos del sufrimiento o de la cruz de cada día, pero experimentas que nada cae en vacío. Todo puede alcanzar un sentido: con Cristo las cosas pequeñas de cada día realmente tienen un destino, un final feliz.

Hoy es un día precioso para mostrar, en todo, una sonrisa y una satisfacción grande, que todos puedan ver en nosotros personas felices, realizadas, llenas, esperanzadas, ilusionadas por vivir. 

María, en su parte de hoy, nos habla sobre las consecuencias de haber encontrado su tesoro: «Los conversos somos gente pesada por definición. A veces llegamos a importunar al resto y parecemos apisonadoras. Siempre con Dios en la boca, siempre con una foto en whatsapp acorde al tiempo litúrgico, siempre exponiéndonos. Muchas veces me ha parecido que estaba molestando, que se me estaba mirando con cara de “¿pero de verdad esta tía no tiene superado esto de la religión y se lo cree?”. Y me resulta muy triste, pero es así, incluso se me ha dicho. Una vez alguien me dijo que le llamaba la atención que yo creyera en Dios siendo una tía tan inteligente. Espontaneidades con meteduras de pata con las que no sabes si reír por la cara que va poniendo quien lo dice mientras se va dando cuenta de que eso no está bien formulado y es insultante, o si llorar ante la acedia de esa persona. 

Antes ha citado Javier la acedia. La acedia es tristeza por lo bueno, una especie de ceguera que nos impide ver lo bueno de Dios, la alegría que entrañan las cosas buenas, y nos lleva a ver a Dios como malo y a causarnos tristeza, indiferencia, ingratitud o rechazo de las cosas buenas que de Él recibimos e, incluso, hacia Su propia persona. Hay una terrible acedia en el mundo de hoy: se nos ha convencido de que Dios es el malo de la peli y que viene a restar, que la creencia en Él y la forma de vida que propone lleva a restricciones, limitaciones, represiones, renuncias y carencias. Consiste en decir “en ese campo no hay ningún tesoro” y quedarse con las cosuchas que se tienen, con las pequeñas perlas de siempre, como si eso fuera todo lo que se puede obtener y como si esas pequeñas cosas bellas que poseemos ya no fueran tampoco regalo de Dios. 

Tienen acedia los que no buscan, los que se asombran de que crea en Dios siendo inteligente, los que creen que la religión les priva y no les da. Pero también tenemos acedia cuando somos tibios, cuando no nos arde el corazón en deseos de Dios y dejamos nuestra búsqueda de santidad por pereza. Tener pereza de las cosas de Dios creyendo en Él, habiendo recibido de Él la fe y habiendo decidido responder positivamente a ella, es algo gravísimo. Desde la acedia de quien no conoce, alguien me dijo aquello de la inteligencia y la fe, pero desde mi acedia, que sí conozco, deja aparte ratos con Dios por pereza y eso es más grave: puestos a mirarnos, mirémonos bien, que todos lo damos por algún lado y a veces el peor es el propio. 

Volviendo a mi principio, los conversos damos mucha guerra, muchísima guerra, y podemos exasperar a quienes aún no han encontrado el tesoro, llegar a importunarlos gravemente y en esto tal vez debamos tener cuidado, pero también hay que entendernos: encontramos un tesoro ante el que las demás cosas palidecieron. El brillo de aquellos tesoros que creíamos excelsos, preciosos e insuperables de antes, el de las perlas pequeñas del comerciante, el del que poseía el campo, de repente dejan de valer, dejan de interesar. Ente la belleza y la grandiosidad del tesoro que hemos encontrado, todo lo anterior, aunque fuera bueno, buenísimo, no tiene comparación. 

Al hablar de nuestra vida antes de Dios y de nuestra vida tras habernos encontrado con Él, parece que llevábamos una vida terrible o hueca y no es que sea así; muchas veces llevábamos una vida corriente y moliente, con sus alegrías y sus devenires, con sus bondades y sus bajezas, que no era desdichada, pero al ver esa vida después, tras haber visto lo que somos ante los ojos de Cristo, es como comparar cien con infinito, como comparar una piscinita hinchable de bebé con el mar: vamos, que ya no me interesa la piscinita de plástico lo más mínimo. 

Por eso hablamos de Dios, por eso le decimos a la gente “¡tío, que eso es solo es una piscina de juguete, pero tú eres heredero del océano!”. Pero a la acedia no le gusta que le hagan ver que su posesión es únicamente una piscina de plástico de veinticinco litros. A todos aquellos que se sientan importunados por mí, perdonádmelo, pero es porque os quiero: quiero que poseáis el mar. He visto la belleza del mar, me he sumergido en sus profundidades, he sido envuelta entera por él y está lleno de vida, de pececitos, de frescor que envuelve, de belleza que abraza. No puedo ya conformarme con mojarme los pies en el agua de una piscinita de plástico. 

El que encuentra ese tesoro se va a vender sus cosas sin ningún apego a sus cosas, lo hace porque, al lado del tesoro, le importan un bledo sus cosas, cualquier otra cosa. No le cuesta vender sus otras propiedades, no renuncia, ni se reprime, ni se limita ni nada así: solo aparta lo que le aparta de su tesoro. Y nada, absolutamente nada, es comparable con estar sumergida en el mar, con tener a Cristo dentro al comulgar, con saber que soy la niña de sus ojos, que estoy en sus manos, que configuro las delicias de Dios. 

Eso sí, hay quienes se tropiezan un día con el tesoro así, casi tontamente, y hay para quien no le es tan inmediato pero, en todos los casos, el tesoro hay que buscarlo. Tenemos garantizado que si lo buscamos lo vamos a encontrar, pero en muchas ocasiones, hay que buscarlo, pasear por ese campo, ponerse a tiro de Dios. Hay una oración condicional que Dios suele atender “si eres verdad, si estás, házmelo ver”: pedir la fe, pedir encontrar el tesoro, es el primer paso y es un paso seguro. 

Si te dijera “encontré un tesoro en este campo y hay más para ti, te puedo decir dónde”, ¿irías a verlo, aunque solo fuera por curiosidad? Es posible que la acedia nos intente robar eso, o incluso la comprensión de la dimensión del tesoro una vez encontrado, pero la acedia no puede ganar a quien no le hace caso. Como todo en el amor, esto es una elección: acedia o alegría.»

Pidamos a nuestra Madre, la Virgen de la Alegría, que nos ayude a ser capaces del desprendimiento interior, a dejarlo todo en manos de Dios para que Él pueda regalarnos el gran tesoro de su Amor. Como decía santa Teresa, “sólo Dios basta”; sólo Él puede colmar la medida de nuestro gozo.

 

 

 

 

 

 

 

A TODOS NOS GUSTA OPINAR

Parábola trigo y mala hierba. Mateo. (13,24-43) 23 de julio de 2017

 

  «El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?” Él les dijo: “Un enemigo lo ha hecho.”» 
Se acostumbra a decir que no todo es blanco o negro para referirnos a realidades complejas que exigen recapacitar antes de emitir un juicio. Algunos preferirían soluciones más radicales, contundentes e inmediatas.

San Agustín señalaba que el trigo y la cizaña indican la permanencia, en la Iglesia visible, de santos y pecadores a lo largo de toda la historia. Sólo al final, en el juicio, podrá separarse y cada cual sabrá su verdad. Una sociedad de puros, como quisieron los donatistas en la época de Agustín, no es la Iglesia. Cuando se pretende discriminar para quedarse con los buenos se acaba creando una secta o un club de gente “guay” que al final son un incordio de pedantería.

Experimentos de estos los ha habido a lo largo de la historia y, la tentación de llevarlo a cabo, aún más. Pero, por un misterioso aunque misericordioso designio, Dios lo quiere así. Los malos provocan la paciencia de los buenos y estos pueden mover a la conversión de aquellos. Por otra parte, quizás a veces somos cizaña y no trigo y suerte tenemos que no nos arranquen de cuajo, porque fuera de la Iglesia desapareceríamos.

Al menos para mí, que soy de asfalto, si veo un campo y me dicen que separe la cizaña del trigo optaría por echar una cerilla. Son muy parecidos y no sabría distinguirlos. Y muchas veces ese es el problema. En las películas del oeste los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. Pero no suele ocurrir así en la vida real. Quien juzga al malo como muy malo suele equivocarse (aunque existe gente muy mala); y en nuestra propia vida tampoco sabemos distinguir muchas veces. El problema no es que haya cosas malas y buenas, si lo viésemos claramente sería sencillamente elegir lo bueno y rechazar los malo. El problema es que muchas veces no sabemos distinguirlos.

Y reconocer la ignorancia muchas veces es costoso. Preferimos morirnos de una indigestión de cizaña antes que reconocer que no sabemos distinguirla del trigo. Y se ataca a la Iglesia, que es maestra y modelo de la humanidad, porque nos dice lo que es una cosa y lo que es otra.

Y empezamos a decir: “En mi opinión…”, “A mi entender…”, “Según yo creo…” y somos capaces de hacer una tesis doctoral sobre nuestra ignorancia. Y rehusamos a un director espiritual, y discutimos con el confesor (o dejamos de confesarnos), y nos volvemos críticos con todos los que no piensan como yo (es decir, con todos menos conmigo mismo), por una cuestión de simple ignorancia.

Los gemidos del Espíritu nos ayudan a discernir lo bueno de lo malo, Él “escudriña los corazones” y nos concede “la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.”

A lo mejor nuestra Diócesis, nuestra parroquia, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra vida… no son un campo de trigo sin ninguna mala planta. Seguramente, y más cuando estamos tristes o enfadados, descubramos un montón de cizaña. Entonces a aprovechar la gracia de Dios y cambiar la cizaña por trigo antes de que sea tarde. Pero nunca se te ocurra quemar tú mismo la cizaña que tienes alrededor, seguramente arderás tú también. Quien anda condenando y criticando todo lo que le rodea, suele acabar convirtiéndose en lo que critica.

Dejemos que el “Espíritu venga en ayuda de nuestra debilidad” y nos enseñe a escuchar, a comprender, a formarnos. Que seamos humildes para preguntar lo que no entendemos y nos fiemos de la Iglesia. Al enemigo le encanta sembrar la confusión, no caigamos en su juego.

María en su comentario de hoy, da otra perspectiva -algo muy habitual entre nosotros en estos artículos-: «Es muy común echar las culpas a Dios de los males que sufrimos o que existen en el mundo. Le echamos la culpa de la enfermedad y de la muerte a quien creó únicamente la vida y creó para que fuera para siempre. Le echamos la culpa de los abusos de unos hombres a otros, de las injusticias que nos hacemos entre nosotros, de los dolores… de la cizaña. 

Ese “echar la culpa” nace de un pensamiento: “Si Tú puedes pararlo, ¿por qué no lo haces?”. Podemos llegar a ver a Dios como cómplice del mal que vivimos, dado que lo permite. En realidad Dios no permite el dolor como si no fuera con ello: lo que permite es la libertad humana. No está hecho el hombre con una naturaleza mortal: la muerte es cizaña que metió el demonio, pero el hombre está hecho y diseñado para la vida y la vida eterna; hecho a imagen y semejanza de Dios. La muerte, el dolor, la injusticia, la enfermedad no las creó Dios, no es esa su semilla. Dios sembró trigo: la cizaña viene de nuestra libertad mal utilizada. El respeto de Dios a la voluntad del hombre es algo que yo aún no tengo del todo comprendido y me sigue sorprendiendo. Sin libertad para odiar no hay amor porque no hay libertad para amar y el amor no es un instinto sino una elección. 

Dios solo es “culpable” de sembrar trigo. Cuando le estropean la cosecha, deja crecer todo. Es cierto, deja que exista cizaña, pero lo hace para no cortar trigo al cortar esa cizaña, lo hace para que todo el que es trigo tenga justicia al final y sea trigo y viva. Si corta la cizaña puede que haya trigo que muera con ella: sería injusto. Sería un fracaso del amor. Dejar crecer la cizaña le asegura que ni un solo grano de trigo se va a perder. 
De Dios procede la vida –y una vida eterna-, de Dios procede la belleza, la alegría, la dicha, el amor. De Dios no procede el dolor, ni la injusticia, ni la muerte: eso proviene del pecado, proviene de separarnos de Él. 

Tal cual termine de escribir esto voy a irme a un hospital a ver a una amiga que lleva un tiempo largo peleándose contra el cáncer y ya no hay más que hacer. Durante todo este tiempo en el que ha estado luchando contra él, no ha habido ni un solo día en la que no la haya visto sonreír. Incluso ahora, que sabe que no hay ya escapatoria, que se ha acabado esa opción, está alegre, gasta bromas, sonríe con cada una de sus células. Confía en Dios, lo tiene tan dentro que esta muerte es un parto para ella. No le apetece, por decir así, pero lo acepta con la alegría de saber que va a los brazos de Cristo, a la Casa del Padre, a Casa. Eso es lo que hace Dios. Da fuerza, alegría, cambia el dolor por sonrisas, torna la muerte en vida. 

Ya no hay nada que hacer. Ya solo queda esperar que la enfermedad de mi amiga “siga su curso”. Tiene 39 años. Ella no siente ira hacia Dios, solo amor. Ella es trigo. Y ha entendido de Quién viene el trigo y de quién la cizaña, así que no se pelea con quien ha sembrado en ella el trigo. “La buena semilla son los ciudadanos del Reino”: ella es buena semilla. Dará mucho fruto. Aunque haya crecido entre cizaña, conociendo las consecuencias de la cizaña. Y es que Dios sabe lo que hace. 

Deberíamos crecer como trigo y olvidarnos un poco de la cizaña. La cizaña me lleva a ver de Dios lo maravilloso que es, me hace darme cuenta de que en Él está lo productivo, lo enamorado, la vida que va más allá de la muerte de mi amiga. Las sombras llegan a hacer ver lo bonita que es la luz. Dios no es la cizaña sino la victoria sobre ella. Aunque en esta vida, para que ni un solo grano de trigo se pierda, haya que convivir con la cizaña y sufrir sus consecuencias. También esas consecuencias las quiso Cristo para sí mismo y Él no tenía por qué hacerlo. Dios es el amigo, el que fortalece, el que hace crecer lo bueno, el que crea la vida. Dios es el del trigo. No deberíamos olvidarlo nunca. 

Os pido una oración por mi amiga. Gracias. »

Que nuestra Madre la Virgen nos ayude a tener la misma claridad de juicio que Ella, que estuvo toda la vida en la escuela del Espíritu Santo. Nuestra Madre la Virgen hace de altavoz de esos gemidos del Espíritu, pídele a Ella que te ayude a ser muy humano para ser muy divino.

 

 

 

 

 

 

 

SALIR A SEMBRAR

Parábola del sembrador. Mateo (13,1-23) 16 de Julio de 2017.

 

 

Hace unos años compartí charla con un buen amigo desde que éramos seminaristas, que tiene una parroquia en otra Diócesis que es un referente para muchos. Al final hablamos más del pasado que del presente o del futuro, pero sacamos una idea clara: hay que ponerse a trabajar cuanto antes. No están los tiempos para esperar a que las cosas mejoren, a que se solucionen los problemas económicos, a que la gente sea más piadosa o se arreglen distintas situaciones dentro de la Iglesia. No se puede esperar. Hay que trabajar, predicar, rezar, confesar y poner en juego lo que somos y a disposición de todos lo que hemos recibido. Tal vez uno no esté en el mejor barrio ni cuente con los mejores medios, pero de lo que uno siembra a lo que uno -u otro- recoge hay una gran diferencia. “Escuchad: Salió el sembrador a sembrar”.

 

¿Qué hubiera pasado si no hubiese salido? El mundo sería yermo, gris, lleno de malas hierbas. Tenemos la manía de atribuirnos muchas cosas, de hacernos creadores de las criaturas, de adjudicarnos papeles que nos vienen dados. Ahora la sociedad vive en un “sin Dios”, relegándole a un papel secundario, intrascendente, privado. Al Señor que es el creador, el que plantó, regó e hizo florecer, el que trasciende todo y lo puede todo, el que se manifiesta en sus criaturas, a ese le queremos relegar a un segundo plano. ¿Qué sería un mundo sin Dios? Es fácil contestar: nada, no sería nada.

 

La de hoy es una parábola que siempre que la leo me deja algo inquieto. ¿Qué clase de tierra seré yo? A veces pienso que en mi corazón hay toda clase de terrenos de los que habla el evangelio: llenos de piedras, sembrados de cardos, bordes de camino y algún pedazo fértil. Recuerdo que en una ocasión comentando con adolescentes esta parábola les pregunté con qué se identificaban. Inmediatamente me dijeron que con la tierra fecunda. Aquello me sorprendió mucho, pero también me sirvió de alerta. Fácilmente podemos creer que hacemos todo lo que podemos. Sabemos que nadie está obligado a dar más de lo que puede y nos refugiamos en ese dicho popular como si esa fuera nuestra realidad. Lo cierto es que el evangelio de hoy no incide en nuestras fuerzas sino en nuestra disponibilidad.

 

Cuando Jesús compara a los oyentes con diferentes terrenos no se refiere a una predeterminación. Más bien parece que nos instruye sobre el cuidado de nuestro corazón para recibir la Palabra. La semilla germina por su propia fuerza y nos es regalada. El sembrador, que es Jesucristo, la ofrece gratuitamente. En cada uno de nosotros se deposita ese germen de gracia llamado a dar fruto. ¿Pero qué pasa con nuestra manera de recibir lo que se nos da? La semilla penetra en lo hondo de la tierra y, fuera de nuestra vista, inicia un proceso que, si todo va bien, culmina en una planta que da fruto, una espiga de la que obtenemos el grano. Es en lo hondo donde todo se juega, es decir, en el corazón. La manera cómo nosotros nos colocamos ante Dios, la docilidad a su Palabra, el dejarnos guiar, todo ello constituye el terreno. El mismo Jesús, y no vale la pena repetirlo porque está claro en el texto de hoy, nos recuerda los peligros que asedian al evangelio. ¿Qué podemos hacer ante ello? Hemos de cuidar el corazón: estar atentos a si seguimos lo importante o nos dejamos embaucar por lo pasajero, si asumimos las enseñanzas en su profundidad o sólo sentimentalmente, si dejamos ser cuidados por la Iglesia o pensamos que nos valemos por nosotros mismos.

 

María nos plantea hoy otro aspecto de estas lecturas de hoy: «Generalmente, yo también me he preguntado qué tipo de tierra era yo. En momentos de mi vida, me parecía ser tierra pedregosa, árida y hostil a cualquier semilla. En otros momentos –principalmente durante mi juventud, que coincide con mi infancia espiritual-, creí ser tierra fértil y buena que quería que todo creciera y, si bien es cierto que tenía gran predisposición, también lo es que no era una visión realista de mí y que albergaba bastante soberbia. 

 

Al examinarnos, tendemos a buscar nuestra clasificación en una de esas zonas de la finca, pero ahora no me veo como un trozo de la finca, como un único tipo de tierra, sino como la finca entera. Hay facetas de mi vida en las que tengo más resistencia a Dios, en las que mi tierra es más árida y aún hay que trabajarla mucho; en otros aspectos, estoy en el límite, sin saber muy bien si soy camino que rechaza o tierra que acoge (tal vez dependa hasta del día, que así de frágiles somos). Para otras cosas, para dejarme empapar por algunas gracias, ahora sí puede que sea tierra fértil aunque para esas mismas gracias fui camino en otros momentos y las ahogué.

 

Y ha sido al darme cuenta de eso, de que soy todo a la vez, según la parte, la época o la parcela espiritual de que se trate, cuando me he dado cuenta de algo que siempre me ha pasado inadvertido porque la lectura que he hecho generalmente de este pasaje ha sido mirándome a mí y no a Él. El caso es que hay algo que no encaja: vierte semilla en todo. Vierte semilla hasta en donde sabe que no va a germinar o que va a ser tremendamente difícil que se dé eso. Vierte semilla donde sabe que el sol la abrasará o los pájaros se la comerán. Vierte semilla sin escatimar en ella. Da la sensación que hasta la “malgasta”.

 

En el terreno de nuestro corazón de piedras, siembra. No conozco ningún agricultor que siembre entre piedras. En el camino deja que caiga la semilla: no es una buena política económica sembrar en las lindes que, si observamos el campo, vemos que al lado del camino hay una zanjita de tierra que lo separa o, directamente, rastrojos. No, no se siembran las lindes como si fueran la tierra preparada. Pero Dios sí lo hace: siembra hasta en medio de nuestra tibieza, en esas medias tintas vomitivas en las que nos movemos. Los agricultores no siembran entre zarzas: las zarzas se arrancan primero y, si no, se ahorra uno esa semilla. Pero Dios deja crecer el trigo y la grana para separarlo después. O Dios es un iluso o no sabe agronomía. 

 

Pero, ¿qué sería de nosotros si no sembrara su gracia en nuestro corazón de piedra?: seguiría siempre siendo de piedra. ¿Cómo salir de la tibieza sin su Gracia haciendo que nuestro corazón arda? ¿Cómo superar nuestras maldades sin su Gracia perdonándonos y consiguiendo de nosotros una conversión hacia el bien? Si solo sembrara en nuestra parte acogedora, nunca habría llegado a haber parte acogedora. Hoy siento una gratitud inmensa. Es un derrochador. No escatima en nada, absolutamente en nada.

 

La primera lectura, del libro de Isaías, nos avisa de por qué lo hace: “Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo”.

En todas partes donde cae esa semilla, en mayor o menor medida, algo germina siempre. 

 

Ser tierra fértil es una actitud, es algo en lo que entramos en juego nosotros. Podemos ir limpiando nuestras lindes, las plantas que germinan entre las piedras (alguna lo hará) pueden ir desplazando las piedras para que puedan germinar otras. Podemos, a través de las semillas que se nos están dando ahora, preparar mejor el terreno para las siguientes. 

 

¡Menos mal que Dios no escatima en nada y siembra ilógicamente en todas nuestras partes! Sabe que su palabra no volverá a Él vacía. Dios vence. Cuanto antes le dejemos vencer, tanto mejor para nosotros. Pero siempre vence. Cristo no escatimó una gota de su sangre: ni siquiera sabiendo que parte de ella caería sobre piedras o sobre un camino y sería despreciada. Me duele mi parte de camino. Me emociona el sembrador que, aun siendo camino, lo sigue sembrando.»

 

Tienes razón, María. El Señor sigue sembrando. Hoy, en la Casa de Ejercicios concluye el Cursillo de Cristiandad nº 231 de la Diócesis de Toledo, uno de los muchos grupos o movimientos de la Iglesia, uno de los medios que el Espíritu Santo ha inspirado para estar al servicio de Dios y los hombres. El Señor nos mandó a todos aquellos que estaban “enfermos”, los que habían perdido la fe, vivían sin esperanza, habían perdido el amor, se sentían desorientados, como nos manda también hoy. No nos pide que convirtamos nosotros a quienes no quieren hacerlo, ni que obliguemos a escuchar a quienes no quieren oírnos. Nos pide que propongamos, que seamos sembradores entre ellos: que les tratemos con el amor con el que Él lo hace, que les regalemos la sonrisa y el cariño. Que les mostremos con nuestra vida, la alegría de la fe. Y que lo hagamos sin obligarles y también sin esperar ver si la semilla ha germinado o no. Tenemos que rezar por ellos, hay quien poco más se deje hacer. Y hay tantos que necesitan de una sonrisa, una palabra de fe, un testimonio verdaderamente de cristianos, que no nos sobrará el tiempo. Es tiempo de sembrar. Cristo, cuenta contigo. Y como respondemos en cursillos: y yo, con su Gracia.

 

La Virgen, hoy bajo la advocación del Monte Carmelo, nos anima a sembrar y Ella misma no para de sembrar la Palabra de Dios. Nuestra Madre la Virgen es el modelo de buena tierra, de acoger la semilla hasta que se hace Hijo de Dios en sus entrañas. Pidámosle a ella que dejemos a Dios ser Dios y que siembre generosamente en el campo del mundo.

 

 

 

 

DESCANSANDO

Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados. Mateo (11,25-30) 9 de julio de 2017.

 

 

“Quien anda en Amor, ni cansa, ni se cansa”. Lo decía San Juan de la Cruz, y tenía más razón que un santo. Yo, sin embargo, estoy cansado y, peor aún, temo estar cansando a unos cuantos. No soy yo sólo. A mi alrededor, la gente está cansada. El fantasma del estrés, esa terrible enfermedad de nuestros días, vaga sobre las sombras de todos los mortales; me dicen que lo tienen hasta la gallinas (¡así salen los huevos, con tanta prisa que caducan antes de cascarlos!).

 

Los abuelos tienen estrés porque sus hijos trabajan y deben pasar el día pendientes de los nietos; los trabajadores tienen estrés porque la empresa los exprime; las mamás tienen estrés porque no les llega el día para atender a los hijos, al trabajo, al marido y a la casa; el perro de mi prima tiene estrés y se mea en los rincones; los sacerdotes tenemos estrés porque nos queremos entregar a todo el mundo en todas partes y hemos olvidado que fuimos ordenados para entregarnos “por” todo el mundo en un solo lugar: el altar… Lo peor no es que estemos cansados; lo peor es que nos estamos volviendo tontos… ¿Qué nos pasa?

 

“Venid a mí todos los cansados y agobiados “nos dice el Señor en el evangelio. ¿Qué es lo que más me cansa? ¿El trabajo diario, la atención a los niños, cuidar a mi familiar enfermo, los estudios? Claro que me canso con los afanes de cada día. Muchas veces llego a la cama rendido, sin energías. Pero me basta un sueño reparador, una buena comida o un tiempo de ocio agradable y me recupero. Sólo hay algo que me agota realmente: la falta de comprensión por parte de los que tengo al lado, las continuas quejas o sospechas, las críticas, las riñas, la violencia, la impotencia ante la falta de solución, sentirme esclavo de mis pecados, la desilusión, la continua desconfianza, el malhumor, los malos rollos, los reproches cuando no haces algo bien, la ausencia de agradecimiento en los gestos de amor… Eso sí me cansa, me tumba, me quita la capacidad de volver a empezar y muchas veces me dan ganas de tirar la toalla y dejarme arrastrar por la corriente de mi apetencia o comodidad.

 

Al menos en Cristo, ciertamente, no encuentro nada que me canse. Todo lo contrario, en Él toda la rabia e impotencia que tengo las encuentro absorbidas en su acogida silenciosa, en la compañía secreta de mi alma. Por supuesto, lo encuentro sobremanera en la misa o en la confesión. Y pienso, si todo el mundo necesita ese descanso, significa que todos pueden experimentarlo como me ocurre a mí. Quizás tenemos entre manos la buena noticia que despierte a nuestra gente: “¿Sabes cuánto se descansa cuando se acerca Jesús a tu vida?”. Y no importa cuántas cargas lleves contigo ni lo duras que sean, porque Él las acoge todas
“Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”. Hay otra cosa que me llena de cansancio: aspirar a cosas fuera de mi alcance o hacer demasiadas cosas a la vez. En un caso u en otro quizá me dejo llevar por mi soberbia, por el orgullo de pensar que puedo con todo. Y no es así. Necesito aprender de Jesús. Él era manso y humilde de corazón, es decir, aunque era todopoderoso por ser divino, tuvo que limitarse a hacer sólo lo que estuviera a su alcance y según sus fuerzas humanas. También es de humildad saber parar, dormir, dejar que otros hagan su parte, delegar. A veces el protagonismo nos puede y nos llena de ansiedad. Es mejor ser conscientes de hasta dónde podemos llegar y punto. Gracias Jesús por recordármelo.

 

“Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Es verdad, por Amor todo es más fácil. La madre que cuida al hijo que está enfermo se levanta de la cama las veces que haga falta y todo puede sobrellevarlo cuando está llena de amor. Cuando las cosas se hacen por amor (a Dios y de Dios) y por un amor sincero al hermano, no hay trabajo pesado, ni horas… Las horas se pasan más rápido y el trabajo se hace más liviano.

 

¿Cómo no voy a ser cristiano? Necesito a Cristo desesperadamente porque necesito descansar de tanta inoportunidad y desaliento existente en mi vida. Necesito que me rodee una atmósfera respirable de cariño y respeto. Y, sobre todo, necesito cargarme de Su Amor -como el buey lleva su yugo para el trabajo en el arado- para correr más deprisa, para dar más fruto, y para hacer que muchos descansen por mí. 

 

Ahora te paso el testigo a ti, María:¿dónde descansas? 

 

«En el descanso no hay un dónde sino más bien hay un cómo. Un cómo descansas y un de qué descansas, también. Hay muchos tipos de cansancio: el cansancio físico, que quita durmiendo, parando; el cansancio intelectual, que se quita dejando de mirar al ordenador y parando la cabeza; el cansancio psicológico, este es más difícil. Y hay un cansancio terrible: el hastío. Ese es un cansancio que va matando en vida porque los acontecimientos pasan, pero no se viven. 

 

El agobio provoca un grave cansancio psicológico –y también físico, pero con un cansancio físico que no se va al dormir-. Agobian las cosas por hacer que no dan tiempo, agobian los problemas que hay que solucionar y no sabemos cómo o de dónde sacaremos los medios para ello... Hay a quién le agobia pensar en la muerte, en la vejez, en la enfermedad, en el sufrimiento. Es decir, la fuente del agobio son las expectativas. Ese “¿qué pasará si…?” que siempre nos ronda la mente atemorizando a nuestro corazón. Lo que agobian son los miedos, los futuros, esa sensación real de que caminamos apoyados únicamente sobre un hilo. 

 

Y ese agobio pesa tanto que cansa. El cansancio insano es el que nace del agobio. Además, si esos miedos los acompañamos de desesperanza, o les añadimos falta de ilusión y de confianza, entramos en el hastío: el peor de los cansancios. El hastío es el cansancio de vivir. 

 

El miedo y la desesperanza son las fuentes del cansancio que vencen a la persona. El cansancio físico por no dormir mientras los niños han sido bebés es un cansancio durísimo, pero dotado de una gran belleza y que se vive con la alegría de estar amando. Pasa esa época, se vuelve a dormir, te recuperas y lo acabas recordando como un tiempo maravilloso. El cansancio por amar no es nada malo, sino que yo descubrí que la gente que es feliz lo es por amar y que tienen mucha fuerza y llegan a muchos sitios, pero están siempre agotados. Yo he sido muy feliz en la extenuación cuando esa extenuación provenía de darle el biberón a mi hijo. 

 

No hay que tener miedo a ese cansancio; el dañino, el que hay que soltar, es el que provoca hastío y el provocado por las expectativas. Nos dice el Evangelio: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso”. Manso quiere decir que vive buscando y siguiendo la voluntad de Dios. Humilde de corazón implica que se es consciente de la limitación humana, de que no todo lo podemos o sabemos resolver. La mezcla de ambas cosas anula el agobio, el miedo, el hastío y hasta fortalece el cuerpo ante el cansancio físico (que ser consciente del amor de Dios y vivir para amar hace que se sientan ganas y ánimo para levantarte el primero a poner la mesa). 

 

Cuando vives siendo humilde de corazón, entiendes tu limitación pero, al saber también lo querido que eres por Dios, lo cuidado que eres por Dios, sabes que Él es Papá y que adónde tú no llegues, Él te llevará. Dios se encarga de nuestras cosas. Nosotros solo tenemos que comprender que nada pasa por casualidad y ocuparnos de las cosas de Dios. Eso sí, las cosas de Dios no es estar todo el día metida en una iglesia a no ser que se tenga la vocación de monja de clausura. Estar en las cosas de Dios significa estar en tu vida, tu cotidianeidad, tus obligaciones, tus responsabilidades, tu trabajo, la atención a tu familia y a tus amigos… la vida ordinaria, pero vivida según Dios, vivida para amar, vivida comprendiendo que ese es nuestro lugar y buscando hacer lo que haya que hacer de la mejor forma posible, como si fuéramos niños haciendo un dibujo para regalárselo a papá en su cumpleaños. Hacer lo ordinario con el fin de regalárselo a Dios, de ofrecérselo. Entonces, se vuelve extraordinario. Y no debes temer nada: vas comprendiendo que Dios se ocupa de ti. 

 

Los adultos no somos niños huérfanos sin unos padres que nos cuiden en todo momento. De hecho sí somos niños y sí necesitamos ser cuidados en aquellas cosas que exceden nuestra capacidad. Ser humilde es reconocerse niño, reconocer que no se llega a todo, que no puedes resolver todos los problemas, que no puedes curar a tu hijo enfermo, que no logras volar por los aires para los que fuiste creado, que te pesa la vida, que la perfección de tu corazón está muy lejos aún, que necesitamos abrazos, consejo ante las decisiones difíciles y saber que no estamos solos. 

 

Y es que no lo estamos. Somos niños, pero no niños huérfanos. Tenemos a Cristo en medio de nuestras tormentas diciéndonos: “tranquila, Yo estoy aquí, contigo, aguanta”. Tenemos al Espíritu Santo entrando en nosotros para fortalecer y levantar nuestro interior y hacerlo más conforme a Él. Tenemos a Dios, que ha estado desde el inicio de los tiempos dejándose la piel por nosotros, moviendo los hilos y haciendo filigranas a nuestros pies para que lleguemos un día a Casa.

 

Contra el hastío y el miedo, contra el cansancio y el agobio, sólo hay una manera: no huir de ellos. Plantarles cara. Agobia el futuro hostil: vive según Dios y no te harás daño tú solo, ahorrarás daño a otros y, si vienen malas, recuerda que Dios sabe lo que hace y que siempre te va a defender. Cansa la vida sin sentido, sin una razón, intentando escapar de ella, sin esperanza, creyéndose mayor sin querer ver que se es pequeño y sintiéndote pequeño pero huérfano en esa pequeñez: ¡levanta la cabeza, tienes a Dios delante! No estás solo, está Abba, está Papá. Eres pequeño y eso no es malo. Dios decidió hacerse pequeño y se hizo hombre. Eres pequeño pero eres tremendamente grande para Dios. Eres pequeño, pero tienes a Papá: Él se ocupa. Él sabe lo que hace. 

 

¿Cómo se descansa? Volviendo a ser hija, volviendo a ser pequeña: sabiendo que está Papá y que Él sabe más. El cansancio me viene como consecuencia de las trastadas y los embrollos en que me meto cuando soy niña traviesa que no obedece a Papá. Pero eso Él también lo arregla. Yo descanso siendo una adulta de cuarenta y un años que se pone ante Dios como una niña de seis y le dice: “vas a tener que arreglar esto”. Y se acaban las expectativas temibles, se acaba el miedo a qué pasará, se acaba el hastío, se acaba el hartazgo… Él sabe lo que hace. 

 

Manso porque haciendo las cosas como Dios nos dice, no solo no hacemos mal sino que hacemos bien y ahorramos dolores; y viviendo las cosas fuera de esa manera que engloban los mandamientos, acabamos creándonos dolor y creándoselo a otros. Humilde porque no hay porqué temer nuestra pequeñez sino que, una vez que nos damos cuenta de ello, lejos de tener miedo, le dejamos a Dios ser Dios, nos hacemos niños ante Papá y Él se ocupa.

 

 

 

EL AMOR SENSIBLE

El que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. Mateo (10,37-42) 2 de julio de 2017.

 

 

Habitualmente observo que las personas se mueven por intereses de variada naturaleza y finalidad. Estos pueden ser buenos o malos, según las mismas. Tengamos en cuenta que un interés es un valor o utilidad que en sí tiene una cosa, o un provecho o bien buscado por una persona. El problema es si ese valor o provecho es realmente un bien para la persona, justo, que no perjudica a otros y que es querido por el Señor.

 

Jesús nos advierte de aquellos que buscan algún beneficio egoísta (intereses malos) en sus acciones: doy algo para que me des algo, te invito para que después me invites tú, que suele ser frecuente. Jesús pide algo más a los que le seguimos, pide un cambio de mentalidad que consiste en la gratuidad del amor “desinteresado” de ese tipo de interés, tal como Él lo practicó en su vida y lo predicó cuando señalaba las bases del Reino de Dios que había que construir.

 

Sabemos que la palabra “interés” proviene del latín interesse que significa “importar” y ahí está la cuestión de fondo en la que entra el Señor: qué es lo que nos importa cuando hacemos algo. 

 

El Señor nos quiere enseñar hoy que la salvación será para aquellos que en su vida han prestado atención a las necesidades y carencias ajenas. Para aquellos que han compartido “el interés” de Dios que nace de y nos lleva a su Amor. De ello nos habla María en su comentario vivencial a las lecturas de este domingo.

 

«La primera lectura de hoy refleja una situación muy bonita y muy ilustrativa. Una mujer invita a Elías a comer y le prepara acomodo y un espacio en el que él se encuentre bien para que así Elías se quede con ellos porque reconoce en Elías a un hombre santo (“Me consta que ese hombre de Dios es un santo; con frecuencia pasa por nuestra casa. Vamos a prepararle una habitación pequeña, cerrada, en el piso superior; le ponemos allí una cama, una mesa, una silla y un candil, y así, cuando venga a visitarnos, se quedará aquí” (Reyes 4, 9-10)). Reconoce en Elías no solo a un “buen hombre” sino a un “hombre de Dios”, a un “santo hombre de Dios”. Entiende las necesidades que él puede tener –comida, descanso, intimidad, una mesa y una silla- y se anticipa a ellas. Reconoce en él a Dios y eso la hace sensible a darse cuenta de qué necesita y a salirle de su corazón dárselas. No está queriendo a Elías hombre, sino a Dios, que se deja traslucir en la santidad de Elías. Y es el amor lo que dota a la persona de sensibilidad para anticiparse a lo que otro necesita. 

 

Ante la hospitalidad cariñosa de aquella mujer, Elías responde preguntando “¿Qué podríamos hacer por ella?”. Esa es la respuesta de la santidad, la que le surge a las personas que son de Dios y viven amando a Dios: ¿Qué puedo hacer por ella?, ¿qué puedo hacer por ti?
Tanto en uno como en otro caso, ambas personas están anticipándose a las necesidades del otro, haciéndose sensibles a las carencias del otro, comprendiéndolas y dándolas una solución.

 

En eso consiste el amor. 

 

El fin de semana pasado estuvimos de acampada con los niños y un primo mío llevó a sus hijas mayores, pero su mujer se quedó en casa porque tienen un bebé de un mes, de este modo, el bebé estaría bien y las niñas no se perderían la anual acampada con sus primos. Cuando se hizo de noche vi que mi primo no estaba, pregunté por él y me contestaron: “Como no hay cobertura, se ha bajado al pueblo para llamar a Teresa y ver si está bien con el bebé”. Y entonces mi hermana hizo una reflexión muy al caso de esta lectura. Nos dijo: “¡qué bonito eso de pensar que alguien necesita que le llames, darte cuenta de ello y darle lo que necesita!, que se vaya hasta el pueblo porque cree que a Teresa le va a gustar que le llame”. 

 

Mis primos no son novios recientes, precisamente. Llevan casados casi once años, fueron novios desde muchos años antes, tienen tres hijos y muchos días cotidianos encima. Pero se hace quince kilómetros para llamar a su mujer porque le va a hacer a ella mucha ilusión esa llamada. Nadie se la pidió: solamente, él pensó en ella y la amó de esa manera. 

 

De ese tipo de amor es el amor de Dios. Consiste en poner a los demás por delante de ti. En ser sensible a qué necesita el otro y dárselo, independientemente de que te resulte incomodo o te apetezca más quedarte de sobremesa con tus primos. Leemos en el evangelio de hoy: “el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará”. Coger la cruz significa no poner nuestra comodidad por encima de nadie sino poner la necesidad de todos por encima de nuestra comodidad. Consiste en vivir para amar y el amor no es romántico, en el sentido novelesco. Lo romántico es el enamoramiento. El amor es eso que hace que, por la sonrisa de un desconocido, alguien sea capaz de cruzar el infierno. Es decir, el que coge su cruz (se hace incómoda su vida por elección) y ama con el amor de Cristo. El que no busca su buena vida, su bienestar y su ausencia de sacrificio en ella, sino lo contrario: el sacrificio de la vida entregada, de estar pendiente de lo que otro necesita, de levantarte por la noche a calmar la pesadilla del niño, de soportar con paciencia los defectos del otro, de hacerte quince kilómetros y perderte la sobremesa de risas para llamar por teléfono a alguien que sabes que está bien, pero que así la vas a alegrar más. 

 

El amor al estilo de Dios es incómodo donde los haya. Es duro porque exige dar, consiste en dar, de hecho. Es duro porque implica negarte muchas cosas a ti mismo. Es duro porque acarrea “perder la vida” porque se la cedes a otro. Los padres sabemos lo que es esto en cierto grado. Tienes hijos y tu vida de salir, decidir en cada momento qué hacer, dormir por las noches, disponer de tiempo, etc., se convierte en noches en vela, tardes dedicadas a hacer de taxista de actividad escolar a actividad extraescolar, reuniones con los profesores, visitas al médico, preocupaciones y esa tremenda responsabilidad de sentir que la vida de otra persona depende de ti. Seamos claros, perdemos nuestra vida por la de nuestros hijos. Y, seamos claros, es ahí donde aprendemos a amar, donde el amor romántico de novela, tan inútil, se convierte en un amor real, muerto de sueño y cansancio, que conlleva el mayor de los romanticismos: aquel que da la vida por otro, aquel que se hace quince kilómetros por la noche, sin tener por qué y tras once años de matrimonio y veinte juntos, para llamar a su mujer y darle las buenas noches.

 

Pero, ¿cómo amar así?, ¿cómo tener esa sensibilidad que nos lleva a la consciencia de las necesidades ajenas y el deseo de cubrirlas por encima de las nuestras?, ¿cómo lograr elegir una vida de sacrificio por los otros y llenarla de alegría y no de quejas? Porque hay muchos motivos por los que levantarte cada noche a atender a un niño que llora, muchos motivos por los que tirar adelante con los sacrificios que exigen los hijos o el propio matrimonio o el trabajo, pero esos motivos pueden llevar a una vida de quejas y sensaciones negativas de pérdida en vez de ganancia y alegría. ¿Qué proporciona felicidad a una vida de entrega a otro, que hace que esa entrega sea causa de alegría imperturbable? Y, sobre todo, ¿qué la hace posible? En la primera lectura, aquella mujer atiende así a Elías porque ve en él a un santo, a un hombre de Dios. Y él responde interesándose por ella porque tiene a Dios dentro. Esa es la clave, cuando reconocemos a Dios en el otro, cuando amamos a Cristo al hacerlo en los hermanos. Entonces es fácil, entonces sobrepasa el amor natural y humano y se hace posible, real ese amor entregado, alegre, infinitamente alegre la entrega».

 

Tiene razón María. Amar conlleva también sufrir y sacrificarse por quien amas o por lo que amas. Y en estos momentos es cuando se prueba si amas de verdad. Por ello, necesitamos la ayuda, la enseñanza y el apoyo de quién más sabe de ello, del Señor. San Pablo nos invita en la Carta a los Hebreos a ello, a que nos acerquemos con seguridad al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia que nos auxilie oportunamente.

 

Si miramos con los ojos de Jesús, nuestro mundo, podemos ver una escuela permanente para aprender el amor misericordioso de Dios. Así me he ido dando cuenta con las experiencias de mi vida y las que otros me han compartido. Hay demasiadas injusticias a nuestro alrededor y, algunas de ellas, responsabilidad nuestra. Hay dolor, cerca y lejos de nosotros; cuando la enfermedad nos toca o sucede la muerte de seres queridos o perdemos las ilusiones o sufrimos el fracaso de proyectos vitales o nos enfrentamos a la depresión de los cercanos o escuchamos de tantas guerras o sufrimos la violencia en variadas formas. ¿Miramos como ahora nos mira Jesús? ¿Lo vivimos como Él en el camino de la cruz? ¿Dejamos que el amor de Dios nos sostenga, nos guíe y lo transforme todo en salvación para todos?


Madre del Amor Hermoso, recuérdanos que el amor con amor se paga y que obras son amores y no buenas razones, que mirando la entrega de tu Hijo por nosotros nos movamos a poner por obra sus palabras.

 

 

 

SIN MIEDO

No tengáis miedo a los que matan el cuerpo. Mateo (10,26-33) 25 de junio de 2017.

 

“No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Cuando leo esta frase me acuerdo de los matrimonios jóvenes que no quieren tener hijos “de momento” pues no quieren perder su vida; a los que “aparcan” a sus mayores para no perder el tiempo cuidándolos. Por supuesto me acuerdo de los que les han quitado la vida física violentamente, y de los que viven con miedo a que los maten. Me acuerdo, y me dan lástima, de los que temen perder su fama, su dinero, sus amistades más que la vida física. Pues no saben por qué ni para quién viven. 

 

Cuando miramos la cruz nos damos cuenta de que la vida se puede dar, se puede gastar, pues “no pueden matar el alma.” “Por eso no tengáis miedo: no hay comparación entre vosotros y los gorriones”.

 

Aunque vivamos siempre queriendo superar el miedo, la sociedad es muy miedosa. Creemos controlarlo todo desde la ciencia y la tecnología, pero tenemos miedo a perder el trabajo, el dinero, el prestigio, a la persona amada, la reputación…. Miedos comprensibles, aunque no muy confesables pues nos da vergüenza. Muchas veces la Palabra de Dios nos recuerda que no tenemos que tener miedo a todas esas cosas. “Hasta los cabellos de la cabeza tenéis contados”. Confiar en la providencia nos libra de muchos miedos. Confiar en la providencia significa vivir cada circunstancia de nuestra vida como una gracia de Dios, en la que el Señor no nos abandona en ninguna situación de nuestra vida y hasta de las situaciones que llamamos “malas” Dios puede sacar bienes.

 

Pero sin embargo, quedándonos con los miedos más triviales, hemos perdido el miedo a lo que sí deberíamos temer: al que puede matar el alma y el cuerpo. Hemos despreciado el pecado, incluso se ofrece como atrayente, deseable o, en muchos casos, indiferente para nuestra vida. Ojalá no hubiéramos perdido el miedo al pecado ni lo hubiéramos despreciado como indiferente. Es verdad que lo importante es vivir en gracia y crecer en la virtud y en el amor a Dios y a los demás por Dios, pero un poco de temor de Dios nos ayuda a no acercarnos a aquél que sólo quiere nuestra perdición.

 

Vivir sin miedo. Si aprendiésemos de verdad a vivir sin miedo el mundo sería muy distinto. La cruz, por muy artística que sea, da miedo. Pero da miedo pues en ella están crucificados todos nuestros miedos: el rechazo a Dios y el desprecio a los hombres. Eso es lo único que debería darnos miedo, matar nuestra alma. Nadie puede matar nuestra alma, sólo nosotros podemos “suicidar” nuestra alma, perder nuestra vida, negar a Jesús ante los hombres e incluso ante nosotros mismos.

 

No me da el tiempo para más, tengo que ir a trabajar. Ponte delante del Sagrario, delante de la cruz, con la Virgen a su pie, firme, y pregúntale al Señor: ¿A qué debo tener miedo? Seguro que la respuesta es bien clara: Sólo a lo que te aparte de mí. Amiga María, ¿tengo razón o no? 
«Toda la lectura de hoy dice una cosa: “No tengáis miedo”. Es un “no tengas miedo de seguirme, de hablar de mí, de vivir según la Ley que propongo, de quererme. No tengas miedo de estar conmigo, de permanecer a mi lado, aunque Yo tenga enemigos que se convertirán en tuyos también. Aunque corras mi suerte y una cruz te persiga (incluso te alcance), no tengas miedo. No tengas miedo a los hombres, que Yo estoy contigo y Yo soy la vida eterna”. Se supone que mi papel en estos artículos es escribir lo que me inspira cada lectura, de lo que me habla, y eso es lo que me está contando esta de hoy. El ánimo que Dios me infunde en estas palabras: no tengas miedo. 

 

Yo soy cobarde por naturaleza. Es así, es cierto. Soy cobarde en la fe. Mi cobardía nace de que temo alejar de Dios a aquel a quien estoy hablando de Él en vez de acercarlo, mostrarme a mí y no a Él. En el fondo es falta de confianza en el Espíritu Santo, pero también experiencia de meter la pata bastante a menudo. También temo ser pesada o, mejor dicho, ser tachada de ello. Y a menudo me pregunto, ¿y si ahora yo viviera en Siria, si la persecución fuera radicalmente activa y me jugara la vida en esto, me jugara la vida por Él?, ¿sería mi amor valiente? Y el tuyo, ¿sería tu fe valiente? 

 

Quizá por eso me guste tanto esta lectura: me fortalece, me anima, me reafirma, me hace ver que no es conmigo y con mis fuerzas con lo que se cuenta para esto. No es con mi corazón: es con el Suyo. El viernes celebramos el Sagrado Corazón de Jesús. Celebramos que Dios tiene corazón, que es todo amor: estando en él, no hay nada que temer. 

 

Cuando era más joven, miraba a menudo el Sagrado Corazón de Jesús, me lo dibujaba e iba contemplando cada trocito de él. Tiene espinas, espinas que se clavan y lo rasgan, espinas que permanecen, espinas que lo rodean. También está roto: la herida de la lanzada lo dejó abierto: no tiene una cicatriz cerrada sino una herida abierta y de ella sale sangre y agua. No es un corazón intacto, no es un corazón como los que los adolescentes pintan en plan cupido, gordito, lustroso, perfecto… y muy poco usado. El Corazón de Cristo está coronado por una cruz. Una cruz no es un lugar confortable precisamente: es un instrumento de tortura y de vergüenza, pero también es el “lugar donde la muerte murió”, como leí a Bono, del grupo musical U2, decir en una entrevista.

 

El Corazón de Cristo arde en llamaradas. Entre esa cruz y el Corazón, llamas de amor, de pasión, incombustibles, eternas, son despedidas para iluminar y calentar nuestra vida y nuestra alma. El Corazón de Cristo es un corazón enamorado. Es el Corazón perfecto, el del Amor absoluto: el Corazón que no escatima en nada con tal de que entremos en Él y vivamos en ese Amor. Y van unidas las espinas, la cruz, la llaga que dejó la puerta abierta, la sangre y el agua que emanan de él con las llamas de ese Amor incomprensible. 

 

El amor no es el corazón intacto que disfruta del bienestar y huye del sacrificio. Ese corazón no ama, solo se ama a sí mismo. Ese corazón es un corazón inútil. No quiero ese corazón, no quiero morir con un corazón que no ha vivido, que no ha cumplido su función, que no se ha llenado de amor hasta reventar para inundar al resto. Yo quiero el Corazón asemejado al Corazón de Jesús, parecido al menos al Corazón de María. ¿Ambiciono mucho? Sí, ambiciono el Cielo, pero no cuento con mi corazón de dibujo adolescente: cuento con el Suyo para eso. 

 

En Fátima dijo la Virgen: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te llevará a Dios”. Refugiada en él no tengo miedo. Refugiada en él sí es mi fe valiente. Refugiada en él soy capaz de aceptar las espinas, de perder el miedo y rezar ese himno que dice “yo quiero la joya de penas divinas que rasga las sienes. Es para las almas que tú predestinas, solo Tú la tienes. Si me das coronas, dámelas de espinas”. 

 

El corazón de María es la promesa de lo que Dios puede hacer. Dentro de él nada puede robarnos la alegría, ni siquiera puede robar la vida. Ese refugio conduce a Dios y Él es la Vida, la eterna, la más real de todas. Dentro del Corazón de María y dentro del Corazón de Cristo me doy cuenta de que no hay nada que temer. Sé mi refugio, Mamá; llévame a Él.»

 

 

EL DIOS CERCANO

El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Juan (6,51-58) 18 de junio de 2017.

 

 

«Hoy, excepto en Toledo, que se ha seguido manteniendo esta fiesta en el jueves, celebramos el Corpus Christi, el Cuerpo de Cristo. Celebramos que Cristo está en la Eucaristía, que es su carne lo que está escondido con aspecto de pan. Después de consagrar, deja de ser pan y se convierte en la verdadera carne de Cristo. Lo cierto es que es algo que sobrepasa a cualquiera. Las personas somos sensitivas, es decir, tenemos un cerebro que percibe la realidad y la interpreta en función de los estímulos captados por los sentidos. Además, nuestro cerebro hace razonamientos y llega a conocimientos basados en la experiencia. En nuestra experiencia, la carne tiene un aspecto concreto, por lo que ver carne en un trozo blanco y redondo de lo que antes fue harina y agua le queda demasiado grande a nuestro cerebro. 

 

Pero también tenemos otros sentidos: los del alma. Sí, el alma también percibe estímulos, también ve y oye, también habla sin necesidad de cuerdas vocales, también saborea, también descubre y también lleva al conocimiento. Eso sí, una cosa es la sugestión y otra los sentidos del alma. La sugestión es un estado cerebral de imaginación llevada al extremo, por eso la sugestión pasa y no deja marca, se diluye sin más, no permanece su impronta para siempre. En cambio, cuando los sentidos del alma perciben e interpretan ya nada puede borrar lo que han “visto y oído”. Permanece siempre, como si estuviera grabado a fuego dentro de ti.

 

Son esos sentidos, los espirituales, los que nos hacen capaces de comprender que Cristo está realmente allí, escondido, oculto. Y en el fondo, lo está para hacerse más accesible a nosotros. Está en todos los lugares y es capaz de entrar no solo en el alma sino también en nuestro cuerpo. Es capaz de formar parte de nuestras células, a las que alimenta, y de nuestra energía, que Él otorga como comida que es. 

 

El pasado domingo mi hijo me dijo “mamá, ¿por qué Dios se esconde ahí, por qué no puedo verlo?”. Es una pregunta que todos nos hemos hecho. Tal vez no con seis años, pero que todos nos hemos hecho y nos hacemos de vez en cuando. De niños nos la hacíamos por la curiosidad de querer saber esa rareza de Dios de andar escondido; de mayores a veces se la hacemos a Él como un reproche incluso. Le contesté que cuando estaba por el mundo antes de morir solo estaba en un sitio, en Galilea, en Jerusalem, donde fuera, pero no estaba en todos los lugares, no podían verle ni tocarle todas las personas del mundo. En cambio, ahora, que está en este mundo también después de resucitar, pero de otra manera, lo hace estando dentro de la Eucaristía y así está con todos, en todos los lugares y con todas las personas que quieran estar con Él. Que sí, que nos perdemos Su Voz en los oídos de la cabeza, pero que hay muchas formas de escuchar a Dios que no es con esos oídos. Estando Jesús en la Eucaristía, está tan cerca de nosotros que podemos formar parte de Él, formar parte de Su vida y Él formar parte de nosotros. 

 

No sé si lo entendió muy bien. Estoy segura de que Cristo podría haber hecho otra cosa o haberlo hecho de otra manera, pero también estoy segura de que, dado que lo hizo así, esta es la mejor manera y la que nos proporciona más cercanía en esta parte de la vida que es la terrenal. 

 

Los sacramentos no están porque sí, como algo absurdo o de cumplimiento, ni por supuesto como algo social (¡cómo me duele eso!). Los sacramentos están para tener a Dios dentro de nosotros y vivir desde ahora nuestra cercanía a Él (aunque la vayamos a vivir con plenitud después). Los sacramentos son el mayor de los regalos de Dios: es Él mismo. Él mismo en una cercanía extrema. 

 

El bautismo nos abre los sentidos del alma: el rito Éffeta abre los oídos para escuchar la Voz de Dios. Pero esos sentidos se agudizan a medida que los usamos, que los estimulamos. La oración y los sacramentos los desarrollan. ¿Cómo escuchar a Dios si no le permitimos hablarnos porque no nos paramos a hacer silencio, leer el Evangelio y estar con Él? ¿Cómo unirnos a Dios sin los sacramentos en los que Él está regalándose a sí mismo? 
Está ahí, encerrado y escondido en un trozo de lo que antes fue pan, esperando que le incluyamos en nuestra vida para darnos la verdadera Vida, la que, al unirnos a Él, nos hace compartir con Él la vida eterna. Está ahí, totalmente cerca, hecho accesible a nosotros. Si no lo vemos es porque tenemos los sentidos del alma dormidos o sin desarrollar de no permitirles sentir. 

 

Tenemos en la Tierra el Cuerpo de Cristo. Al comulgar, nos convertimos en sagrarios con patas. Nos sobrepasa. Y precisamente por eso está así, encerrado en la forma de un pan que deja de ser pan: para ser más accesible.»

 

Tiene razón María. Esta ha sido una semana peculiar en Toledo. Ha sido la gran fiesta del Corpus Christi, del cuerpo de Cristo, más conocida por estas tierras como la semana del Corpus. La ciudad cambia, viste sus calles para mostrarse digna ante el Señor que, metido en la preciosa custodia de la catedral, sale en procesión por el centro. Todos se juntan, se agrupan en torno a Jesús Sacramentado. El jueves en Toledo, se respiraba un clima distinto porque Dios estaba en la calle mirando desde la custodia a cada persona que, a derecha e izquierda, le observaban. Nuestra mirada se concentraba en la Eucaristía, donde Cristo renueva su entrega de amor y se ofrece totalmente a nosotros: su Cuerpo y Sangre, su alma y divinidad. Por esto, lo proclamamos como el más santo, el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo que se ofrece y nos ama. 

 

Lo más importante del día del Corpus, ya sea en Toledo o en cualquiera de nuestras ciudades o pueblos, no son los esplendores ceremoniosos: vestiduras, custodias, procesiones, cantos, inciensos, autoridades, rituales. Lo más importante en este día es el Cuerpo y la Sangre que buscan conmovernos, hacernos entrar en un pasmo de amor. A quien esto experimente le sobrará todo lo demás. Es tan grande su misterio, y tan metido en el corazón de la fe, que se desparrama por los aledaños y plazas saliendo de la mejor catedral o de la iglesia menos importante y más escondida. Es tan firme nuestra devoción hacia la Eucaristía que lo manifestamos públicamente, sin temor ni vergüenza, ante un mundo que ensucia y empapela las paredes no precisamente con palabras de verdad que llamen y empujen al amor verdadero. Es tan convencido nuestro aprecio por la presencia del Señor en la Eucaristía que necesitamos seguirle cuando, Él por delante, sale al asfalto en medio del entresijo de ciudades y pueblos, de hombres y mujeres gritándonos: ¡DIOS ESTA AQUÍ! Impresiona tanto la “reserva” del AMOR de DIOS en el Sagrario que sale en CUSTODIA para que el mundo entienda que sin Él el ser humano será un fracasado. Ahora, en estos tiempos sobre todo, donde hay tanto contraste de culturas y hasta de religiones, es bueno manifestar públicamente lo que sentimos y lo que creemos: ¡DIOS ESTA AQUÍ!

 

No sé por qué me da que el Corpus, hoy más que nunca, puede ser un desafío ante ese afán de replegar y de esconder todo lo que suene a religioso. La custodia, con Cristo dentro, puede ser perfectamente la gran pancarta de un Dios que sigue hablando y manifestándose a través de nosotros.

 

Hoy todos tenemos que reflexionar sobre lo que es nuestra vida eucarística. Tenemos que ver si sabemos agradecer esa entrega, esa emoción que tuvo Jesús en el momento de la última Cena y que, después, los sacerdotes perpetuamos de lugar en lugar, de año en año, de siglo en siglo por toda la eternidad, porque esa única entrega de Jesucristo se hace presente través del tiempo, en todas las Eucaristías y en todos los sagrarios que hay diseminados por el mundo entero.

 

El Señor, más que custodias, nos necesita a nosotros. Custodias, pero de carne y de hueso; para amar y ayudar; para levantar y dignificar tantas situaciones que, injustamente, emergen a nuestro encuentro. El Señor quiere que nosotros seamos las más valiosas y auténticas custodias de Su Amor allá donde nos encontremos. No podemos conformarnos con acompañar a Jesús en el día del Corpus y, a continuación, encerrarle –sin más trascendencia- en la conciencia de cada uno. ¨En la fiesta del Corpus y en su Procesión, la Iglesia subraya, para quien quiera entenderlo, que hay que poner a Cristo en el centro de todas las actividades humanas, como única perspectiva para la correcta intelección de la justicia, del progreso y de la armonía entre todos los pueblos: que al comer del mismo Pan no caben divisiones de razas, de sangre o de cultura, porque todos formamos un solo pueblo y una sola raza, <<la de los hijos de Dios>>¨(Cardenal D. Marcelo González Martin, Carta Pastoral sobre la Procesión del Corpus en Toledo, mayo de 1977)

 

Pidámosle a la Virgen María, que fue el primer Sagrario, la primera Custodia, que nos enseñe a amar a su Hijo escondido bajo el aspecto de pan y vino. Que no solo le acompañemos los domingos ni una vez al año en la procesión, sino que realmente nuestro amor a la Eucaristía vaya creciendo más cada día y vaya empapando más nuestro corazón.

 

 

 

CON INMENSO QUERER

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo. Juan (3,16-18) 11 de junio de 2017.

 

«Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.» Reflexionar sobre la Santísima Trinidad puede parecer algo que nos aparta de la realidad, pero en verdad es mirar de frente la realidad. Somos imagen de Dios, luego mirando a Dios descubrimos cómo somos y nos entendemos mejor. Si somos capaces de amar es porque Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo se aman. Si nos relacionamos es porque Dios trino se relaciona entre sí. Si nos comunicamos es porque la Trinidad es comunicación de personas. Aunque la trinidad sea un misterio nos ayuda a comprender el misterio que es el hombre. Cuanto menos conocemos a Dios menos conocemos nuestra propia realidad. La sabiduría de Dios es anterior a la sabiduría del hombre y es en la que se fundamenta. Cuando el hombre conoce menos a Dios se conoce menos a sí mismo y, por lo tanto, se trata peor al mismo hombre. Si hoy vemos leyes y legislaciones inhumanas y absurdas no son sino fruto de conocer menos la realidad de Dios, por eso es importante conocer el inmenso querer de Dios, su inmenso sueño. Y de él nos habla María en su comentario.

 

«Muchas veces le he pedido a Dios lo mismo que le pidió Moisés en la primera lectura de hoy: “que mi Señor vaya con nosotros, aunque ése es un pueblo de cerviz dura”. Lo cual, en mis palabras, viene a ser: “soy muy bruta, Señor, pero quédate conmigo, sigue aquí, a mi lado”. Es cierto que soy bruta: desganada a veces, perezosa en la fe incluso, comodona, cobarde y recurrente en mis defectos y ofensas particulares. De veras que lo soy: igual que todos. Y lo cierto es que lo digo pero no por el temor a que se canse y se vaya, que sé que nunca lo hará, sino para darme cuenta de que siempre ha estado, siempre está y siempre estará. Esa es mi esperanza y eso es lo que lleva a amarlo más. La fidelidad de Dios es tan bestial que puede con todo. Es de un amor fiel y permanente, de un amor seguro e incondicional, de lo que un corazón es capaz de enamorarse y crecer en ese amor.

 

A veces creo que esa frase es también inversa, como si fuera Dios quien me la dijera: “Quédate conmigo, permanece a Mi lado y todo irá bien. No me importa tu dura cerviz ni tu duro corazón ni esos defectos tuyos: solo quédate conmigo, pon de tu parte y Yo lo haré. Soy Yo quien te da la vida eterna, no te preocupes, no te vayas: quédate”. Ese quédate de ambos configura la fidelidad que hace que el corazón se ensanche y la relación con Dios y con los demás sea plena. Lo importante del amor es querer quedarse, seguir queriendo estar y luchar por estarlo. Lo importante del amor es que sea fiel.

 

El día de mi boda, mi amigo Vicente, que es el sacerdote que la celebró y tiene la particularidad de haberme dicho cosas fundamentales para mi vida, citó una frase de santa Maravillas de Jesús –una mujer muy querida por mí, por cierto- que se me grabó: “Los santos fueron santos porque quisieron, con inmenso querer, ser fieles”. Quisieron quedarse. Y lo quisieron queriéndolo mucho, es decir, deseándolo en lo más profundo de su corazón y luchando por ello, levantándose una y otra vez sostenidos por la fidelidad de Él.

 

Evidentemente, yo no conocía la homilía que él iba a pronunciar y, “casualmente” –aunque la casualidad no existe-, elegí para la Comunión una canción de Gonzalo Mazarrasa cuya letra es: “Déjame estar contigo, déjame estar aquí, y echar en el olvido lo que pasé sin ti. Déjame estar contigo para llorar y reír, las piedras del camino no me podrán herir. Déjame estar contigo, quiero quedarme aquí, tu Corazón y el mío serán solo un latir”. La escogí para decírsela a Dios y para decírsela a mi marido a partes iguales. Me viene a la mente esto ahora: esa cita de mi santa querida y esa canción, ambas durante mi boda. Es la fidelidad. Es tener un mismo corazón y, para eso, hay que estar, hay que quedarse.

 

Eso es lo que quiere Dios, su sueño, que queramos quedarnos y quedarse con nosotros. Para eso vino Cristo, para quedarse con nosotros y danos esa vida eterna que consiste en unirnos a Él, en quedarnos juntos para siempre, en ese “siempre” infinito en que habita Dios.

 

Cristo no vino a juzgarnos y decirnos “tienes un corazón duro y una mente cerrada, ¿de qué vas?”. No vino a regañarnos ni a echarnos en cara lo que Él y nosotros ya sabemos. Vino a estar con nosotros y curar eso, a darnos la Vida que es Él, a darse Él mismo. Vino a demostrarnos qué es la fidelidad. Y vino, a la vez, a hacernos fieles, a que nos incendiara el Espíritu Santo nuestro corazón y quisiéramos, con inmenso querer, ser fieles. Salvarnos es quitarnos el lastre del corazón pequeño y la dura cerviz para poder abrir las alas y quedarnos con Él en esa fidelidad eterna que el amor pide con alegría. Y a eso vino.

 

El Corazón de Cristo –al que dedicamos este mes de junio- es fiel, absoluta y enteramente fiel, indiscutiblemente fiel. Es un amor que se queda, que se quedará siempre, que te querrá siempre, incluso aunque tú no lo quieras. Pero es que a esa fidelidad, cuando se comprende, el corazón responde poniendo de su parte para querer, con inmenso querer, ser fiel, para colaborar en esta obra de Dios dentro de nuestro corazón. A esa fidelidad no cabe sino responder de una manera: “no permitas que me aparte de ti. Déjame estar contigo, Tu corazón y el mío serán solo un latir”.»

 

Gracias otra vez, amiga María. 

 

La Trinidad es un misterio que nos sobrepasa. Sin embargo el cristiano no puede vivir sin ella. Dios nos ha revelado el misterio de su vida íntima y en aquello que alcanzamos a entender nos damos cuenta de que si Dios es Amor tiene que ser trinitario. Sin la revelación de Jesús no sabríamos nada de todo esto, pero gracias a Él nos podemos adentrar un poco más en el abismo de su misericordia.

 

Precisamente la vida íntima de Dios, pensar en ella, nos hace darnos cuenta de la grandeza de nuestra vocación. Dios nos llama a participar de su propia vida pero, ¿de qué manera? Jesús responde a Nicodemo diciendo que Dios envió a su Hijo para que creyendo tengamos vida eterna.

 

¿Por qué envía a su Hijo? Podía habernos comunicado la salvación de muchas otras maneras que, en su designio, habrían sido igualmente eficaces. Quizás porque la vida eterna hace referencia a la vida de “Aquél que es Eterno”. Por tanto Dios envía a su Hijo para darnos su propia vida. Sin una Trinidad de personas no se me ocurre cómo eso sería posible. Pero el Hijo, haciéndose hombre y sin dejar de ser Hijo, nos une al Padre. Y el Hijo nos salva entregándose a la muerte de Cruz. Se entrega, porque es una manifestación en la historia de ese amor que se tienen desde siempre en el seno de la Trinidad.

 

Ciertamente el misterio permanece impenetrable, pero sin Él no se comprende nada de lo que Jesús nos ha revelado. Cuando estudiamos la historia de los dogmas sorprende esa defensa del misterio de la Trinidad: “Una substancia, tres hipóstasis”. Un solo Dios, pero Tres Personas distintas. No era un juego dialéctico al que se entregaban los santos Doctores y los Obispos de los primeros siglos. Al formular el dogma entendían las enseñanzas del Evangelio pero también certificaban la vida de la Iglesia. Expresaban cómo la vida eterna que había traído el Hijo, y que se nos comunica por la fe aunque está llamada a una plenitud, se podía reconocer en los que eran fieles a la gracia del bautismo.

 

Que nuestra madre la Virgen nos ayude a ver la realidad de Dios Hijo encarnado en sus brazos. La hija de Dios Padre, la madre de Dios Hijo, la esposa del Espíritu Santo, nuestra Madre la Virgen, nos ayude hoy a ser muy contemplativos y a unirnos al misterio que Dios nos ha revelado porque nos quiere.

 

 

EN LENGUAS EXTRAÑAS

Recibid el Espíritu Santo. Juan (20,19-23) 4 de junio de 2017.

 

Hoy termina la cincuentena pascual, el espacio festivo que celebra el misterio de nuestra salvación por medio de la muerte y glorificación de Jesucristo. En este día de la Cincuentena o Pentecostés, los judíos conmemoran la entrega de la ley en el Sinaí y los cristianos celebran la entrega de la nueva ley que no está escrita en piedra, sino en el corazón: la ley del amor que es obra del Espíritu.

 

Hoy el Espíritu de Dios llena el universo, santifica a la Iglesia, difunde sus dones, llena los corazones del fuego del amor y mueve hacia el conocimiento pleno de la verdad.

 

¿Qué significa celebrar Pentecostés? Significa tomar conciencia de nuestra ciudadanía celeste, reconocer el valor de lo espiritual sin evasiones, profundizar en la vivencia pascual, descubrir el pluralismo en la unidad y alcanzar la convergencia en la fe. Pentecostés es la fiesta del aire nuevo, del viento impetuoso que viene de arriba para barrer, purificar y oxigenar nuestras estancias contaminadas y mortecinas. Pentecostés es día de fuego, de transmisión de calorías de fe y esperanza a nuestros corazones ateridos. Pentecostés es tiempo de comunicación con palabras auténticas de amor y de perdón, que superan el frío lenguaje institucionalizado. Pero a veces no es fácil, ¿verdad María?

 

«A veces me da miedo escribir. Lo reconozco. Y esta es una de esas veces. Es la tercera vez que empiezo este artículo, la tercera que borro lo ya escrito y me enfrento de nuevo al folio en blanco. Temo escribir porque temo equivocarme, porque temo expresarme mal y crear confusión, porque hacer esto es una responsabilidad que a menudo siento que me queda grande. ¿A quién no le queda grande hablar de Dios, intentar comunicar el fuego de Su corazón y el amor visto en Sus ojos? ¿A quién no le queda grande? ¿A quién no le da miedo alejar a alguien de Dios en vez de acercarlo? A veces creo que debería callar, callar todos, y mirar a Dios, solo mirarlo, detenerme en Él y no mirar nada más. Mirarlo y no hablar, no enturbiarlo con mi torpeza. Solo mirarlo y querernos a solas. Se me quitarían los miedos, claro que se me quitarían: no tendría ninguna responsabilidad. Una gran tentación, un gran error: a Dios no se le puede querer “a solas”. A Dios se le quiere en los demás, en el amor a los demás. A solas se está para guardar la intimidad con Él y disfrutarla, pero ese amor tiene luego que salir, que contagiar, que ser expresado: y se expresa en los demás.

 

¿Acaso no sabía Dios de la torpeza de los apóstoles cuando les da el tremendo poder que les confiere el evangelio de hoy? “Recibid el Espíritu Santo: a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados: a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. El corazón de los apóstoles no era el perfecto corazón de Cristo, capaz de perdonar en el perdón perfecto. ¿No interferirían los defectos humanos del corazón de esos hombres en semejante misión? Pues sí, supongo que habría sido posible que sí. La clave está en el principio, en las palabras anteriores a ese mandato: “Recibid el Espíritu Santo”. No solo es el Espíritu Santo el que perdona –pues es Dios-, sino que el hecho de recibir el Espíritu Santo y dejarle a Él hacer es lo que les confiere la capacidad de hacerlo bien. 

 

Cuando reciben el Espíritu Santo, empiezan a hablar en otras lenguas y todos, de distintas naciones, idiomas y circunstancias, son capaces de entenderles. No hablan ellos. Ellos son igual de torpes que cualquiera. No eran los más letrados ni los más intelectuales de la época, precisamente. No eran más eruditos en la Ley que cualquier otro judío. No, pero llevaban la teología de la vida compartida con Cristo, de los caminos transitados junto a Jesús de Nazareth. No llevaban años estudiando idiomas ni la cultura de otros países. Y a cada cual hay que hablarlo en su idioma, que no es en la articulación de los sonidos con los que expresan los conceptos, sino en la capacidad de ser comprendido: en su historia, su condición, sus particularidades, su pasado, su presente… en la lengua de su vida completa. Y eso solo lo puede hacer el Espíritu Santo. 

 

Empiezan a hablar y todos lo entienden. Eso no quiere decir que todos los aceptaran, ahí entra en juego la libertad de cada uno, pero lo entendieron. De todas partes, de toda condición y de todo idioma. Dios sabe cómo hablar a cada uno, cómo hacerse entender. Pero no lo hace a solas, no lo va a hacer sin contar con nosotros. No va a poder llegar a nadie si nos quedamos “queriéndonos a solas”. Eso no vale, eso no crea, eso no es amar a nadie. 

 

Ser cristiano es arriesgar, es ser consciente de que te vas a equivocar, pero que Dios también cuida de nuestros actos hechos con amor y por amor a Él –aunque sean torpes e incluso lleguen a meter la pata-. Ser cristiano es ser valiente. Pero no porque nos sintamos más fuertes o más listos, sino porque nuestra fortaleza está en la creencia, en la certeza, de que Él hablará por nosotros en la lengua en la que puedan entender los que nos oyen.

 

Ha habido momentos en mi vida en los que alguien ha dicho algo inconscientemente, sin saber el efecto que puede tener eso en mí, y me han cambiado. Dios habla, y muy alto además, y lo hace a través de la voz de otros. Mi amigo Vicente dijo una vez “Cuando Dios sabe que alguien va a hacer del sufrimiento algo útil, se lo envía”, y no era consciente de que eso constituyó en mí la respuesta a una pregunta que llevaba haciendo durante más de una década. En Cursillos de Cristiandad, antes de cada charla, se invoca al Espíritu Santo: y de Él salen frases en el idioma del corazón y la mente de cada uno de los oyentes. Mi marido me ha dicho en algunos momentos cosas que trascendían más de lo que él imagina, caricias al alma con frases clave en las que sentía la dulce voz de Dios, el mensaje que me devolvía la paz. Él ni lo sabe tampoco. En todo caso, estoy consagrada a Dios a través de mi marido, con lo que no es difícil que Dios le elija a él para hablarme, para hacerme entender. 

 

Dios habla, acaricia, consuela, devuelve la paz y lleva a las personas hacia Él a través de las palabras y actos de los que les prestan su voz, su pluma y sus manos. Lo hace Él, pero para eso tenemos que intentar que haya lo menos posible de nosotros: que todo sea Él. En definitiva, que tengamos dentro al Espíritu Santo. La vida de gracia es lo fundamental. La vida de gracia consiste en tener dentro de nosotros al Espíritu Santo y eso, aparte de ser el Cielo en la tierra, lleva a ser capaz de hablar en lenguas extrañas, a ser capaz de amar, cuidar, consolar y hablar a los demás con el corazón, las manos, los mimos y las palabras de Él. Lleva a que pueda enfrentarme a un folio en blanco, vencer mis escrúpulos y escribir. Escribir lo único que tengo claro en la vida: el tremendo y descarado amor que Dios me tiene. El mismo que te tiene a ti. Y por eso, ante el folio en blanco, cada semana empiezo pidiendo: “Ven, Espíritu Santo… »

 

Después de leer a María he recordado como San Agustín en una homilía señala que no todos los que le escuchan saldrán de la iglesia igualmente instruidos. Y dice que la diferencia está en el maestro interior. Sin ese maestro la doctrina que escuchamos, por muy elevada que sea y bien expuesta que esté, no sirve de mucho. El maestro interior es el Espíritu Santo, que coloca nuestro corazón en sintonía con la verdad de Dios.

 

Ese Espíritu que da testimonio de Jesús nos prepara también a nosotros para ser testigos suyos. Solo si somos instruidos de lo alto y fortalecidos interiormente con los dones de la gracia, podemos hablar verdaderamente de Jesús. Hacerlo con nuestras fuerzas significaría minimizarlo, porque Él es mucho más grande, es Omnipotente e Infinito.

 

Pero en las palabras de Jesús hay también una invitación a la confianza. Anuncia a sus apóstoles el socorro del Espíritu Santo para que no se tambaleen cuando aparezcan las dificultades y persecuciones. Tienen una gran misión por delante, pero tienen una asistencia que nunca falla: la del Espíritu Santo. Aprendamos a invocarlo y a estar dispuestos a recibir sus mociones.

 

Benedicto XVI ha señalado que “no hay Iglesia sin Pentecostés y no hay Pentecostés sin la Virgen María“ (Regina Coeli 23-5-2010). Y es que María, por su profunda humildad y su amor virginal, se ha convertido en Esposa del Espíritu Santo. Por su fe, esperanza y caridad, María es tipo de la Iglesia. Ella está tan vacía de sí misma y tan llena de amor a la voluntad de Dios, que el Espíritu Santo se complace en inundar continuamente su alma y escuchar sus ruegos por la Iglesia naciente.

 

Pero esta experiencia de oración con María para invocar al Espíritu Santo no es algo que pertenezca al pasado. El Papa Benedicto afirma que “en cualquier lugar donde los cristianos se reúnen en oración con María, el Señor dona su Espíritu” (Ibid.). Tengamos el coraje y la generosidad de renovar nuestra oración unidos a la siempre Virgen. 

 

Pidámosle a Ella que interceda por nosotros ante Jesús para que, como en las bodas de Caná, se dirija a su Hijo para decirle: “No tienen vino“. Con su poderosa intercesión, Ella nos alcanzará un renovado Pentecostés para nuestras almas y para toda la Iglesia.

 

 

 

 

NO TENGAIS MIEDO, NO ESTAIS SOLOS

La Ascensión. Mateo (28,16-20) 28 de mayo de 2017.

 

La Ascensión se produce después de que Jesús, como indica san Lucas, se ha aparecido durante cuarenta días a sus apóstoles dándoles pruebas de que está vivo. Ese período ha sido como de instrucción para que la Iglesia, a partir del testimonio de los apóstoles, viva según Cristo resucitado. Acabado el aprendizaje, por así decirlo, Jesús sube al cielo. Personalmente es una de las fiestas que más me gusta, porque indica que no hemos de buscar al Señor aquí o allí, sino que está en su Iglesia. Acabada su misión, y a punto de enviar el Espíritu Santo, regresa con su humanidad al seno de la Trinidad. Ahora Jesús puede llegar a cada hombre con la Iglesia. De esa manera se cumple lo que Benedicto XVI decía: que Jesús es contemporáneo de cada uno de nosotros. La Ascensión va vinculada a la promesa del Espíritu Santo que indica una nueva forma de estar Jesús con nosotros.

Si los apóstoles vuelven contentos a Jerusalén, como indica el final del evangelio que escuchamos hoy, es porque experimentaron en la ascensión de Jesús la victoria definitiva y el modo como iba a permanecer para siempre con ellos. La verdad es que es muy bello contemplar esta verdad. Hay muchísimas cosas que nos la recuerdan, como los campanarios de las iglesias. Cuando uno se encuentra ante ellos instintivamente mira a lo alto. Jesús ha subido, pero nos llama a la Iglesia.

María incide en alguna particularidad dentro de esto:
«El encargo de Cristo antes de irse es, cuando menos, bastante ambicioso como para dejarlo en las manos de las personas. Allí estaban los once discípulos. No una multitud de sus seguidores. Sobre ellos se constituye la primera ordenación sacerdotal de la historia de la Iglesia. El caso es que a once señores, que no eran lo más inteligente ni lo más valiente del lugar casi seguro, les encomienda la ingente tarea de recorrer el mundo y mostrar a cada persona quién es Cristo y todo aquello que les dijo hasta el punto de que esas personas, que nunca verán a Cristo andar sobre las aguas ni compartirán con Él las cenas, crean de tal manera en Él que deseen anexionarse a Él por medio del bautismo y vivir en Su amor. Sinceramente, yo lo evalúo, analizo las probabilidades de que eso fuera a salir bien y llego a una conclusión: eso tenía todos los visos de ser un absoluto y rotundo fracaso. 

De hecho muchas veces, cuando llevamos a cabo esa evangelización nosotros –yo como laica-, vivimos –o sentimos que estamos viviendo- un absoluto fracaso. Ves cómo hay quien no ve, quien no comprende, incluso quien tiene configurada en su mente la idea a un Dios que no tiene nada que ver con Cristo y en cambio están seguros de que es ese tirano que piensan que sería, en caso de que existiera. Y me encantaría que pudieran conocer a Cristo sin los prejuicios que tienen, sin sus ideas preconcebidas, con la capacidad de verlo. Me encantaría porque serían más felices.

Los sacerdotes dedican su vida a ese encargo que se les hace en su especial vocación y, supongo, esa sensación de fracaso también deben tenerla. Son humanos. Y no tienen por qué ser las mejores personas del mundo, ni los que elegiría una empresa de recursos humanos para estos avatares. Pero son a quienes Dios ha llamado. En la lectura de hoy se narra uno de los actos que confieren a los Apóstoles la plenitud del sacerdocio, que son éste, la última cena y el momento en el que les otorga el poder de perdonar los pecados. Demasiado para unos hombres corrientes, pero una vez me dijeron que Dios no elige a los capacitados sino que capacita a los que elige. 

“Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de los tiempos”. ¡Eso es lo que les hace capaces! Eso es lo que nos hace capaces a todos. Él está con nosotros todos los días, cada día, cada minuto y de Él obtenemos la santidad que consigue que otros, al mirarnos, le vean a Él y crean. Está con nosotros y es Él quien se ocupa. Solo necesita que le digamos que sí. En especial a esos imperfectos a los que les dice lo que los once hoy, a los que susurra -o grita- en el alma “¿quieres ser sacerdote?”. 

“Sabed que Yo estoy con vosotros todos los días”: aquí es donde radica el éxito sin el cual aquel mandato de Jesús de que fueran por el mundo habría acabado en un estrepitoso fracaso. El éxito viene de que Él está con nosotros, sigue estando, de hecho lo está más fuertemente aún. Por eso la sensación de fracaso es una tentación y una mentira. Él está y, si depositamos nuestras fuerzas en las Suyas, todo saldrá bien. A sus tiempos, eso sí, pero saldrá bien. 

“No os toca a vosotros conocer los tiempos que le Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo y seréis mis testigos…”. Pues ya está. Podemos vivir con paz, esperanza y seguridad de que seremos capaces de ser sus testigos porque nos da su Espíritu Santo que nos capacita. A nosotros nos encarga que le llevemos a nuestros ambientes: lo que haga en ellos, lo que transforme internamente en cada persona y el momento en el que lo vaya a hacer no es asunto nuestro. Confiamos en que es un éxito porque Él se va a ocupar de que lo sea. Y nada más. Vivimos queriendo a Cristo, viviendo de Él, cerquita de Él, amoldando nuestro corazón al suyo, amando a los que están a nuestro alrededor, disfrutando del amor de Dios y gritando con nuestra voz y, sobre todo, nuestra forma de vida, que la felicidad es posible, que el amor es posible y que está en Jesucristo. 

Sin miedo, vivamos la vocación que nos regala Dios. Sin miedo. Él está con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Y lo está porque hay sacerdotes que consagran cada día, a través de los que Dios perdona en la Confesión, que nos unen al cuerpo de Cristo al bautizamos, que nos ayudan a creer y a qué guardemos lo que Él nos ha dicho. Un sacerdote es un hombre imperfecto como todos, a veces puede ser un tío insoportable, incluso, pero que le dijo a Dios que sí y que dedica su vida a que Cristo siga estando con nosotros cada día hasta el fin de los tiempos. Deberíamos tenerlo en cuenta más a menudo. Y deberíamos rezar mucho por ellos, especialmente por los que no nos gustan, para que sigan diciendo sí. Es una vocación dura, difícil, a contracorriente, pero cuando levantan las manos al consagrar, Dios baja, se hace materia, permanece con nosotros. Lo podemos tocar. Lo podemos tener dentro de nosotros. Cuando un sacerdote levanta las manos al consagrar, las impone al confesar o al bautizar, el Cielo entero se sobrecoge.»

Después de esta reflexión de María, hay algo más, muy importante en la lectura de hoy: “Conviene que me vaya”, nos dice el Señor. Los protagonistas seremos nosotros en la Iglesia, que es, ya lo sabemos, la Iglesia de Dios y de Jesucristo. No le basta con que seamos espectadores. Quiere que seamos actores. Que sus palabras y sus acciones sean proferidas a través de la propia lengua que las pronuncia y de nuestro hacer que las realiza. Ahí está el misterio del ‘esto’. Quiere que nosotros seamos otros cristos, enviados al mundo para hacer real la Palabra enviada con nuestra palabra; para realizar los signos que son gestos de Jesús en nosotros. No nos lavó los pies en la última Cena para quedar bien, sino para que aprendiéramos lo que es ser como Él. Pide de nosotros no sólo que nos pongamos a su servicio, sino que nuestra vida sea servicio con nuestros hermanos.

La Ascensión, por tanto, no nos conduce a la ociosidad sino al trabajo. El mismo Jesús, antes de elevarse, indica todo el plan de acción. Este será realizado por la Iglesia. Tiene la garantía de que Jesús ha recibido todo el poder. Este poder es comunicado a la Iglesia en su acción apostólica. A través de la humanidad de Jesús cielo y tierra permanecen unidos. Él tiene nuestra carne y nos da su Espíritu. Esa unidad del Señor con su Iglesia, como se nos indica, dura hasta el fin de los tiempos. En el plan que Jesús establece se señalan tres puntos importantes: la enseñanza de la doctrina, la comunicación de la vida divina mediante la administración de los sacramentos y la guarda de los mandamientos, principalmente mediante la vivencia de la caridad. No sólo la doctrina es celeste, sino que la vida que se da es la misma de Dios y el obrar que se propone al hombre es propio del Corazón de Jesús. Esta propuesta de Jesús a su Iglesia sería de imposible cumplimiento si Él no permaneciera unido. Con su Ascensión ha quedado totalmente restablecido el puente que une al hombre con Dios. Al mismo tiempo, con la presencia de su carne en el cielo, se establece un cauce de comunicación ininterrumpida de gracia para los hombres.

Hoy, día de la Ascensión del Señor a los cielos, es un día especialmente propicio para pedirle al Señor que Él, que nos ha precedido en la meta de nuestra vida -el Cielo- no nos abandone y ponga luz en nuestro entendimiento y fuerza en nuestra voluntad para que nunca nos desviemos del camino que conduce al reino de Dios. “Dicho esto, lo vieron levantarse, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:

-«Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.» Y, como decíamos antes, nos tomará y nos llevará a “ese sitio” que ha preparado para los que le aman.

El Señor no asciende a los cielos para pasar olímpicamente de nosotros y de nuestros problemas, sino para enviarnos el Espíritu Consolador. Por eso, antes de irse junto al Padre, nos deja en prenda una promesa, el bautismo con el don del Espíritu Santo, y un mandato, “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. Y, por si fuera poco, nos avisa: a los que crean les acompañarán muchos signos. El Señor no nos llama a ser galileos, sino a ser testigos. Pidamos en estos días de preparación intensa a la venida del Espíritu Santo el don de la fe. 

Tenemos con nosotros a la Madre de Jesús, que es también Madre de cada uno de nosotros. Y, estrechados en torno a Ella, aguardemos la llegada del Espíritu Santo prometido.

 

 

 

NO LOGRO GUARDARLOS

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Juan (14,15-21) 21 de mayo de 2017.

 

“El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él.”

Cuando Jesús nos manda guardar sus mandamientos nos está indicando el camino para identificarnos con Él, para llegar a tener sus mismos sentimientos y ser, de alguna manera, un solo corazón. Porque todos los amigos aspiran a una unidad. San Agustín explica, en sus Confesiones que cuando se murió un amigo suyo sintió como si hubiera perdido la mitad de la vida. Y dice que si no quería morir era para que no desapareciera lo que quedaba del amigo en su corazón.

La amistad con Cristo es una prolongación de la relación que mantiene con su Padre: “todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer”. Se dice que entre los amigos no hay secretos. Jesucristo nos abre su corazón y, de ahí podemos deducir que la guarda de sus mandamientos conduce a un conocimiento más íntimo del Señor. 
Y tú María, ¿logras guardarlos?

«No los logro guardar. No al menos fiel y escrupulosamente. Los acepto como ideal de vida y lo intento, pero no lo he conseguido. Lo reconozco absolutamente: no guardo los mandamientos. A buen seguro, tú tampoco. Al menos no en todo momento ni en todo lugar, no continua y absolutamente. “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama”. Y un dolor me traspasa: no es tan grande mi amor que supere mi naturaleza rota: una y otra vez, incumplo ese perfecto manual de instrucciones que me llevaría a una vida más plena, más feliz, más justa y más alegre. 

Son solo diez cosas, diez directrices claras en las que está perfectamente explicada la humanidad ideal y la conducta que llevaría a un mundo y a una vida de paz en el interior y en el exterior, a una realidad en la que todo dentro de cada uno funcionaría como la maquinaria de un reloj, suave y precisa. Solo diez. Y muy sensatas. Pero no consigo vivirlas pese, incluso, a darme cuenta de ello y reconocerlas como el ideal de mi vida. 

Anhelo amar a Dios y no puedo. Amar a Dios tiene la consecuencia natural de que los mandamientos se deben volver algo natural que sale de uno mismo. Amar a Dios es confiar en Él y eso hace que deseemos vivir como Él nos dice. Amar a Dios para por habernos dado cuenta del amor que Él nos tiene y alguien que tanto nos quiere no desea de nosotros nada más que nuestro bien: sus consejos y sus directrices están enfocadas a nuestro bien absoluto y reconocer esto nos lleva a desear en nuestra vida ese cumplimiento. 

Esto no se lee en clave: si no lo haces es que no me quieres. Es absurdo eso. Es un Dios desvirtuado, algo que Cristo jamás nos diría ni nos ha dicho y Él es Dios. Su lectura es: Quien me quiere, confía en mí, sabe de mi amor y por eso me da el suyo. Al darme su corazón, me encuentra a mí y su dicha en el cumplimiento de lo que yo os digo, pues lo digo porque os quiero y es lo bueno para vosotros. Es así como funcionaréis a la perfección y quien me conoce y me ama, quien conoce mi corazón porque se ha metido en Él, lo sabe. Esto se lee en la clave en la que está escrito todo el Evangelio: en clave de amor paternal. Y yo soy madre. .Imperfecta, pero madre. Con mis hijos comprendí más la dimensión brutal del amor de Dios. Nunca les pediría algo que les hiciera daño. Les corrijo y pongo normas y límites a su conducta para que sean libres, para que sean felices. Dios lo hace más conmigo: su amor es más perfecto y más infinito aún. 

No, yo no puedo. Lo confieso. No lo consigo. Y Dios, que es tan bueno, lo sabe. Entonces, Jesús nos regala lo más maravilloso: se va para quedarse más dentro aún, con más fuerza en nosotros. Jesús tiene brazos con los que abrazarme y está deseando hacerlo, pero tiene que esperar, decide esperar, tiene que hacerlo para poder estar, no abrazándome a mi lado, sino dentro de mí consolando esa carencia mía de no poder amar, fortaleciéndome para que lo consiga, enseñándome el amor perfecto a base de los abrazos de perdón de un confesionario. 
Se va para estar más cerca aún. “Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. […] El mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo”. Paráclito significa consolador. El que consuela y fortalece el alma. Es el que infunde virtudes y nos otorga las gracias necesarias para nuestra santidad. El que hace que mi incapacidad para vivir de esa manera preciosa y perfecta que detallan los mandamientos no sea causa de frustración y tristeza sino de la inmensa alegría y esperanza de saber que ello conlleva el abrazo de Dios, el consuelo de Dios y que será vencido y podré amarlo, amarlo de verdad, con todo el corazón. Él lo hará posible. El Espíritu Santo lo irá haciendo. A través de los sacramentos y de la oración, lo va haciendo.
 

Otro Paráclito. Otro consolador. Él en sí ya lo es, pero se nos da de una forma mayor, mucho más fuerte: a través del Espíritu Santo: abrazando a nuestra alma directamente. 
Es Él quien hace que ni siquiera el mayor de nuestros errores, la peor de las durezas de nuestro corazón pueda vencernos. Él todo lo supera, todo lo consuela, todo lo fortalece, todo lo logra en nosotros. Él convierte en esperanza y alegría todo. Solo hay que volver, dejarnos abrazar. Abrazar profundamente. Nunca reprocha nada, nunca recuerda nada. Solo abraza, y sonríe, y nos devuelve la sonrisa, y hace que las cosas funcionen en nosotros, y se alegra en nuestra compañía, y cura las heridas, y llena los corazones.
 

Generalmente, quien no acepta esos mandamientos, a quien le parece que son absurdos o que no conllevan felicidad, es porque no los ha entendido –o mejor dicho, porque los ha entendido mal-. En ellos está la libertad. Y en el Espíritu Santo está la certeza de que son alcanzables, de que nos serán dados en la medida en que nos acerquemos a Dios, en la medida en la que dejemos al Espíritu Santo entrar, hacer, consolar. Que es lo que lleva toda la eternidad deseando hacer, además. A veces parece que todo eso es muy difícil, pero no lo es: consiste en volver, en buscar a Dios, en estar con Él, en dejarle hacer. Consiste en acudir a los sacramentos: confesar, comulgar… la confirmación a través de la que el Espíritu Santo se nos infunde. Consiste en dejarse abrazar. Ya lo haremos con los brazos de nuestros cuerpos resucitados, pero ahora no es menos: dejarse abrazar en lo más profundo de nosotros, en nuestra alma, en nuestro corazón.»

Así es amiga María, conviene que me vaya, nos dice el Señor. ¿No hubiera podido quedar entre nosotros como el Viviente al que pudiéramos tocar y meter la mano en su costado? Rara conveniencia la suya, ¿no? Si estuviera entre nosotros como en aquellos días antes de la Ascensión y Pentecostés, podría pensarse que las cosas de la Iglesia estuvieran seguras: el mismo Jesús resucitado respondería por sí; nosotros solo intervendríamos como contempladores del espectáculo, como ya nos aconteció en la cruz. Pero, no, no es ese el camino elegido por Dios. No hemos de ser comparsas en el espectáculo, sino actores. Los protagonistas seremos nosotros en la Iglesia, que es, ya lo sabemos, la Iglesia de Dios y de Jesucristo. Cosa rara, ¿no? ¿Es que Dios ha considerado que este procedimiento es más seguro? No le bastas con que seamos espectadores. Quiere que seamos actores. Que sus palabras y sus acciones sean proferidas a través de la propia lengua que las pronuncia y de nuestro hacer que las realiza. Ahí está el misterio del ‘esto’. Quiere que nosotros seamos otros Cristos, enviados al mundo para hacer real la Palabra enviada con nuestra palabra; para realizar los signos que son gestos de Jesús en nosotros. No nos lavó los pies en la última Cena para quedar bien, sino para que aprendiéramos lo que es ser como él. Pide de nosotros no solo que nos pongamos a su servicio, sino que nuestra vida sea servicio con nuestros hermanos.

Y todo esto nos será ahora posible, puesto que vendrá el Defensor. El Espíritu, que es Espíritu Santo, Espíritu de Dios, puro Amor. La misericordia del Señor es eterna, por eso no quiere dejarnos, convirtiéndonos en meros espectadores del espectáculo, sino que busca de nosotros hacernos actores. Busca que nuestras palabras puedan tener la resonancia de su propia voz, aunque pronunciadas por nosotros. Busca que nuestras acciones sean realidades suyas, ofrecidas al servicio de los hermanos que tanto nos necesitan. Nos hace actores de este maravilloso espectáculo. Para eso ha de enviarnos su Espíritu defensor. Quiere, así, que el espectáculo se transforme en función nuestra, en la que nosotros seamos los actores porque hacemos ‘esto’ en memoria de él. Un esto ahora posible ya que su Espíritu hará de nuestra carne su templo.

“Cuando venga el Defensor, que os enviaré desde el Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí; y también vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo.” Ahora que parece que hay tantos “entendidos” de la vida de Cristo, que dicen tantas tonterías, es un momento más apremiante para tratar al Espíritu Santo. Sólo Él, que actúa en la Iglesia y en nuestra alma en gracia, nos puede mostrar el verdadero rostro de Cristo, y darnos aliento y alegría en las dificultades.
Ser acogedores con el Espíritu Santo significa el derribar las puertas cerradas de nuestro corazón, el sacar a la luz lo escondido y estar dispuesto a que pueda iluminar cada rinconcito de nuestra vida. Puede parecer difícil, pero si no es Él el que ilumina nuestra vida dejaremos que nos invadan las tinieblas de nuestro egoísmo, de nuestra prepotencia o de nuestra soberbia. No pensemos que el estado ideal es tener nuestra alma para nosotros solos, eso nunca ocurre. O dejamos entrar al Espíritu Santo por la puerta, o se colarán por las ventanas la mentira y el pecado.

La Virgen María abrió de par en par las puertas de su vida al Espíritu Santo. Vamos a pedirle a ella que nos enseñe, en estos días, a ser acogedores, a saber darle hospedaje y no dejarle marchar nunca.

 

 

 


MIRAR LO INVISIBLE

 

Yo soy el camino y la verdad y la vida. Juan (14,1-12) 14 de mayo de 2017

En algunos países., cuando nace un niño sus padres empiezan a ahorrar pensando en su futuro. Para que su hijo pueda tener unos buenos estudios empiezan a ahorrar porque la universidad es muy cara. De forma, parecida todos tenemos la experiencia de haber preparado la llegada de alguien, sobre todo si es muy esperada. De esta realidad que conocemos a nivel humano nos habla el Evangelio de hoy, pero en la perspectiva de la eternidad. Dice Jesús: “En casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos un sitio?”

Jesús ha subido al cielo con su humanidad resucitada y así nos ha abierto un camino. Ha subido a prepararnos un lugar. Es algo magnífico. Hay alguien que nos espera más allá de esta vida. Viktor Frankl, un psiquiatra que estuvo en un campo de concentración y narró la experiencia de los prisioneros, explicaba que una de las cosas peores era, después de haber pasado por aquel infierno, que no hubiera nadie esperando. Es más, él ayudaba a los que perdían la esperanza y tenían el peligro de abandonarse a seguir con ganas de vivir, pensando en los seres queridos que seguían más allá de las alambradas.

Desde toda la eternidad Dios ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha imaginado a su lado. Por eso en la casa del Padre hay muchas estancias, y en ellas está escrito nuestro nombre. Igual que los padres preparan la habitación para el niño que ha de nacer y la decoran pensando en él, hace Dios con nosotros. Lo hace pensando en nuestra Felicidad, que es vivir a su lado. Pero ese lugar sería inaccesible para todos nosotros si Dios mismo no nos hubiera facilitado la manera de llegar. Por eso dice Jesús, respondiendo a la pregunta de Tomás: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Jesús es camino y término de la vida del hombre. La vida eterna que se nos promete ya nos es ofrecida en el mismo Jesús. En la medida que nos unimos a Él por la fe y los sacramentos, vamos acercándonos al término feliz de la existencia. Por eso se habla del camino de la vida cristiana, o del camino de la fe. Esta imagen aparece en la Sagrada Escritura y goza de gran predicamento en la tradición de la Iglesia, también en nuestro tiempo. A los primeros cristianos los denominaban “seguidores del camino” y, en la actualidad, realidades eclesiales relevantes como el Camino Neocatecumenal o la obra más divulgada de san Josemaría Escrivá, “Camino”, recurren al término.

A María, las lecturas de hoy le incitan a hablar de la fe, indispensable para comprender, desear y seguir este Camino: 

«Las lecturas de hoy nos piden fe, nos piden que creamos, que esperemos, que confiemos. “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, os lo habría dicho, porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino” (Jn 14, 1). Jesús va explicando que se va a ir y pide que confiemos en Él. Se va a ir, pero no nos va a abandonar, no está de vacaciones, no se larga y nos deja. Se va pero se va a seguir trabajando en nosotros y por nosotros. Se va ni más ni menos que a prepararnos una morada en su casa. 

Me gusta el término “morada”. Es como la diferencia entre la palabra “piso” o “casa” y la palabra “hogar”. Una morada no es un cuarto de un edificio, sino una habitación donde se encuentra la intimidad en un hogar. No es el continente, sino lo que ocurre dentro, la intimidad y cariño que hay contenido en él. Jesús se va a prepararnos nuestra habitación, la de cada uno, dentro del hogar que es Él mismo. Va a preparar el lugar donde residir, permanecer, hacer hogar con nosotros. Y a preparar la intimidad de esa morada.

Jesús nunca se va. A veces parece que ha desaparecido de nuestra vista porque es necesario para que nuestra morada en Casa se vaya construyendo. Y cada cual tendrá su morada, la suya, la que está hecha a sus necesidades y cortada a su medida. Nos pide que creamos en Él, que confiemos en Él: está construyendo la habitación donde poder morar con nosotros. Y eso requiere esfuerzo (por nuestra parte también). 

Estoy leyendo una novela histórica que se llama “En tiempos del Papa Sirio”, de Jesús Sánchez Adalid (maravillosa, como todo lo que él escribe). Lo que queda de los godos llega a Roma tras la invasión musulmana y su conquista de Hispania. Se refugian en la Roma del papa Constantino: un papa sirio forjado en las más duras pruebas, que huyó de niño de aquella Siria que fue tomada por los musulmanes. Las conversaciones entre el protagonista –otro sirio en el exilio en Roma- y él son una maravilla. En una de ellas, leí: “ni más ni menos que eso es la fe: mirar hacia lo invisible”. A veces, Dios se vuelve invisible, parece no estar, parece que estamos abandonados y podemos llegar a perder la fe, a pensar que es un cuento eso que nos dijeron y que Dios no existe, incluso. ¿Dónde estaba Dios cuándo…? ¿por qué no hizo que…? ¿por qué consintió…? ¿por qué no me ayudó a que…? El Dios que no está. El Jesús de Nazareth que se fue de vacaciones. Y no es nada de eso, de hecho es lo contrario. 

Mirar a lo invisible es mirar al Jesús que nos está preparando una morada en su Casa, que está preparando para ya, para aquí, para esta vida, un corazón capaz de albergarlo, de buscarlo y de permitirle residir en Él. Y eso pasa porque Él sabe cómo, sabe qué permitir, sabe cómo fortalecernos en las pruebas, sabe qué darnos para ir, con las tribulaciones de nuestra vida, construyendo una morada en casa para nosotros. 

Dios no es cruel, no quiere ni proporciona ni justifica el daño a sus hijos, pero está obligado por amor a respetar nuestra libertad. A veces rezamos incesantemente para que alguien haga o no una cosa concreta, suceda algo que creemos que resolverá el problema o termine aquello que nos parece un agravio y nos proporciona dolor y la decepción con Dios cuando esa persona toma el camino que no queríamos que tomase, o la solución se demora y no es la pedida, o no termina la causa de nuestros sufrimientos tan rápido como queríamos, nos hace enfadarnos con Dios hasta llegar a descargar contra Él la ira que sentimos en realidad hacia quien nos ha dañado hacia la situación que no podemos arreglar. Pero es que Dios ha querido respetar nuestra libertad porque el amor tiene que ser libre. Y, en esa libertad, nos dañamos, hacemos daño a otros y otros nos lesionan. Pero no es culpa de Dios. Dios se dedica a mover los hilos para hacer de ese caos que hemos generado, una morada en la que la felicidad, en la que Él, pueda habitar con nosotros. Pero no lo vemos. Y por eso nos lo explica antes. “No se turbe vuestro corazón, creed en mí”. Nos lo está explicando: mirad a lo invisible, que yo estoy aunque no me veas. Moverá los hilos para que, a la larga –aunque sea muy a la larga- la morada esté hecha y habitemos en ella con Él y una felicidad extrema. Moverá los hilos para que las cosas salgan bien. Tal vez no como lo haríamos nosotros, pero Dios sabe más y sabe lo que a la larga saldrá bien, dada la libertad del hombre para destrozar las cosas y respetándola. 

“¿Es que aún no sabes quién soy yo?”. Cuando Felipe le pidió que le muestre al Padre, Jesús debió alucinar: tanto tiempo con Él y no le había descubierto. Pero bueno, ¿es que aún no sabes quién soy? Nos dice tantas veces: Yo soy Dios. Lo que conoces de mí, ese es el Padre, lo que ves en mí, ese es el Padre. ¿Aún no ves que Yo estoy en Dios, que Dios está en mí? Todo lo que hace Jesús, toda su bondad, todo su perdón, toda su entrega, todo su cariño, toda su comprensión, todo su amor, es ese Dios con el que nos enfadamos, a quien no comprendemos, a quien vemos lejano a veces, de quien nos formamos una imagen que no es la realidad y que, por supuesto, al ser nuestra imagen, es inconsistente. Jesús, con toda su bondad infinita, con todo su Amor perfecto, es Dios. Lo invisible, en Cristo, se hace concreto, perceptible, claro: el evangelio es visible: podemos ver.

Y ese es el Dios está preparando una morada en su Casa para ti. Haga quien sea lo que haga, respetará su libertad, pero luchará por él, porque habite en la maravillosa habitación que le está preparando en su hogar. Y luchará por aquellos que tienen el corazón herido, tan herido por las acciones de otros o de nuestra condición humana, que está herida, que le han culpado a Él. 

Espera, confía. Está preparando el lugar perfecto para vivir contigo. Está preparando una morada para ti. Peleará por ti siempre (lleva toda la Historia haciéndolo). Y cuando Dios sea un término borroso, mira a Jesús: el Él se hace visible lo invisible. Míralo llorando a Lázaro y resucitándolo después, míralo riendo con sus amigos (contigo), míralo perdonando a quienes lo rechazaron en la cruz, míralo curando, míralo devolviendo la dignidad a aquella mujer a la que se la había robado la prostitución –y con solo una mirada lo hizo-. Míralo amando. Amando hasta extremos insospechados. Luchando por ti, día tras día (respetando tu libertad y la de los demás, la utilices bien o mal, eso sí). Míralo avisándote: Me voy pero es a preparar un lugar para ti, perfecto para ti, para que vivamos juntos eternamente. Eternamente. Al lado de la eternidad, esta vida es casi un cero, es prácticamente nada en duración, pero es tremendamente relevante en cuanto a importancia porque esa morada se construye en esta vida. Se disfruta en la eterna, pero se construye en esta. 

Me voy pero me quedo porque esa morada es tu corazón, en el que trabajo. No me verás pero espera, confía, soy Yo, soy tu Dios y te quiero. Vales mi sangre: estoy aquí, contigo.»
Por tanto, no sólo Dios nos espera sino que, en un amor extremo viene Él mismo a buscarnos. El que es el camino es también la vida. Caminando en Él y con Él se va haciendo presente la realidad futura con que Dios quiere saciarnos.

La Virgen María ya recorrió ese itinerario y ahora está asunta en cuerpo y alma en el cielo. Que ella nos proteja en nuestro peregrinar terrestre y sea para nosotros puerta de entrada en esa morada que se nos está preparando para toda la eternidad

 

 


SIN SEGUIR AL VIENTO

Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará. Juan (10,1-10) 7 de mayo de 2017

 

«La alegría, los cuidados, los mimos, la paz dentro que nos hace vivir con bondad y serenidad por fuera, el descubrimiento de la belleza de las pequeñas cosas, la vida apacible de la confianza en que se nos cuida y no se nos abandona, la vida proceden de Cristo y única y exclusivamente de Él.

La paz de la que hablo no es la paz de los muertos en la que, cuando nos va todo bien, fundamentamos en una sensación de seguridad basada en nuestra capacidad para haberla logrado y, por tanto, perdemos en cuanto comprobamos la fragilidad de esa seguridad por nosotros conseguida. La alegría no es la inconsciente y efímera alegría de unos sentidos complacidos. La vida apacible no es la vida sin problemas y sin una cantidad ingente de cosas por hacer. La vida no es respirar con los pulmones y que el corazón lata a noventa pulsaciones por minuto. No, no es eso. 

La paz de la que hablo es la basada en la confianza, en que los problemas existen y tenemos que solucionarlos y trabajarlos, pero sabiendo que no estamos solos en ello, que tienen un sentido y que, aunque nuestras fuerzas se acaben, Dios nos sostiene. El pastor tiene que agarrar a la oveja y darle tirones en las vedijas, la tiene que limpiar y la tiene que dejar libre, que coma la hierba del prado que ella quiera –aunque pueda tropezarse la ovejita. El pastor les arregla las patas si se hacen daño, les corta las lanas si se les enganchan en un matorral, pero no debe estabularlas para que nunca les pase nada. Los problemas existen, pero pueden hacernos crecer, despertarnos, dirigirnos a los brazos del pastor para que desenrede nuestras lanas de las zarzas. La paz consiste en saber que Dios, ni más ni menos que Dios, que Abbá, que Papá, está desenredándonos, que está buscando por dónde andamos y, por tanto, sentirnos seguros en medio de un huracán. 

La alegría se basa en que somos queridos. Queridos tanto que todas las horas del pastor están dedicadas a nosotros. La alegría se basa igualmente en la confianza, en saber que es Papá y que soy la niña de los ojos de Dios, quien provoca la sonrisa de Cristo. Y esa alegría no sale de los labios, ni es risa que proceda de un estímulo cerebral sino que nace de un lugar incierto cercano al corazón, más bien algo más abajo, que sale de las entrañas mismas de uno, de todas las células de su cuerpo de todo lo que es. Por eso se manifiesta por los ojos, principalmente. Es la alegría de los bebés, que parece que se iluminan cuando sonríen. El otro día leí: ¿Cuánto dolor te ha costado esa sonrisa tan bonita que tienes? No es una alegría exenta del dolor que acompaña al hombre siempre sino que nace de un dolor en el que se ha dirigido la mirada a Cristo y se ha compartido con Él. 

Hay otra paz, otra alegría, pro son hasta definiciones distintas. Hay una paz que da nuestra seguridad: se terminará pronto y, ante los problemas, viviremos un estrés y un miedo muy grandes y muy propios de nuestro tiempo. Hay otra risa: propia de los chistes, la parte distendida de nuestra existencia –y no digo yo que sea mala, que no lo es- pero también es frágil y no tiene porqué corresponderse con felicidad ni con una alegría interior que perdure en cualquier situación: no es una risa sonora. Puede ser estruendosa, pero no es sonora. Yo aprendí a sonreír frente a un espejo como una profesional: me moría por dentro, pero sonreía cuando la ocasión lo exigía y aparentaba una normalidad en la que no se desarrollaba mi existencia. Me moría de tristeza, pero reía los chistes de todos: cuestión de ensayo. Una sonrisa con los ojos mates. La peor de las sonrisas que se puede tener. 

Esas alegrías, las que vienen de cualquier lugar que no es de Dios, pueden llegar a ser tremendamente dañinas. Carentes de alegrías plenas, de paz real y firme, de Alguien en quien confiar y ser apoyados sabiendo que lo puede todo y vence en todo, las vamos mendigando en una búsqueda cansada que nos deja una sensación de vacío. Esa frase de que ser feliz, lo que se dice feliz, no se puede ser realmente, es falsa, absolutamente falsa. Lo que pasa es que se está buscando mal la felicidad: se está buscando fuera de la confianza en el pastor, fuera de los cuidados de él. 

Las ovejas no son bobas, son confiadas. Eso sí, saben muy bien en quién confiar y confían solo en uno. Por eso obedecen solo a uno: a quien las cuida y las quiere. La oveja que da coces a su pastor en vez de acercarse a él sería estúpida. Ninguna oveja se larga tras la voz de otro que no sea la de aquel que vela sus noches de parto, esquila sus lanas cuando el calor aprieta, la lleva a pastos verdecitos y jugosos y la conoce por su nombre y la carga sobre sus hombros cuando tiene una herida en la pata. 

Las ovejas son más listas que nosotros, que no solo seguimos la voz de otro pastor en vez de la de aquel que nos quiere, sino que llegamos a seguir la de otra oveja, incluso, o a algo tan estúpido como el sonido del viento.»

Después de leer a María me he preguntado: ¿qué es lo propio del pastor? Apacentar a las ovejas. Un pastor se dedica a conducir a las ovejas a buenos pastos. Sabe que del alimento que les dé depende el éxito de su rebaño. Un pastor bueno no se conforma con cualquier alimento. Jesús no es un pastor bueno, es EL BUEN PASTOR. Significa esto que Jesús nos alimenta con su cuerpo y esto lo recibimos en la Iglesia, que es para nosotros el pasto donde nos alimenta.
Un pastor conoce a sus ovejas. Es más, las llama por su nombre. Nadie nos conoce mejor que Jesús. Nadie pronuncia nuestro nombre mejor que Él. Así un día, el de nuestro bautismo, se nos dio el nombre y desde entonces el Señor nos colmó con su vida. Desde entonces nuestra vida es la vida de Jesús: la vida cristiana.

El pastor conduce, conoce y además acompaña. El rebaño no va sólo. Y es que Jesús no nos abandona nunca. ¡Jamás nos deja solos! La cercanía y compañía de Jesús la experimentamos en nuestro día a día si cuidamos nuestra oración y la recepción de los sacramentos.
Pero un pastor normal no da la vida por sus ovejas. Eso es lo peculiar de Jesús. Nos da vida dándonos la suya. Nos alimenta con su entrega y no solo nos acompaña sino que se hace camino para nosotros. Es su entrega la que nos hace a nosotros entregarnos en nuestro día a día.

Finalmente el pastor no abandona y huye al rebaño ante las dificultades. Por eso nuestra amistad con Él nos llena de esperanza. Está con nosotros en los buenos y en los malos momentos.

Pero también Jesús nos dice que Él es la puerta. Si queremos entrar en la intimidad de Dios tenemos que entrar por Él. Él es la vía de acceso al Padre. Por medio de Él entramos en la Vida en mayúsculas. No podemos prescindir de Jesús para comprender a Dios. Nos lo decía de una manera sintética el papa Benedicto XVI en su libro de Jesús de Nazaret: “¿Qué ha traído Jesús realmente, si no ha traído la paz al mundo, el bienestar para todos, un mundo mejor? ¿Qué ha traído? La respuesta es muy sencilla: a Dios. Ha traído a Dios. Aquel Dios cuyo rostro se había ido revelando primero poco a poco, desde Abraham hasta la literatura sapiencial, pasando por Moisés y los profetas; el Dios que solo había mostrado su rostro en Israel y que, si bien entre muchas sombras, había sido honrado en el mundo de los pueblos […]”.

¡Qué contrate con los fariseos! Jesús mismo les dice: vosotros no habéis entrado y a los que intentan entrar se lo habéis impedido. Aparentemente quieren entrar en la intimidad de Dios pero sin pasar por la puerta, sin creer en Jesús. Y eso es lo mismo que no querer.
¡Hay que entrar por Jesús! Santa Teresa de Jesús lo tenía muy claro y en su libro de la vida les decía a sus monjas: “Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo, nunca falta; es amigo verdadero. Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quisiera sea por manos de esta humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita. Muy muchas veces lo he visto por experiencia. Hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos se nos muestre la soberana Majestad grandes secretos”. (Cap22,6)

A la Virgen María, bajo su advocación de “La Pastora divina” le pedimos nos ponga muy cerca de su Hijo, “el Pastor de nuestras vidas”. También le pedimos que no nos pase como a los fariseos que no solo no entraban sino que no dejaban entrar. Que cuidando la amistad con Jesús podamos entrar en el Misterio de Dios y descubrir así su inmenso amor por nosotros.

 

 

A TU ENCUENTRO

Camino de Emaús. Lucas (24,13-35) 30 de abril de 2017

 

La escena de los discípulos de Emaús contiene grandes enseñanzas para todos nosotros. El cristiano necesita reencontrarse de nuevo con el Señor. El tiempo de Pascua que estamos viviendo nos invita a ello. Jesucristo resucitado, que no está sujeto a los límites del espacio, sale al encuentro de cada uno de nosotros una vez más.

¿Cuántas veces no hemos emprendido tristes el camino de la desilusión y el desengaño apartándonos de Jerusalén, donde los apóstoles perseveraban unidos en la oración? Pero Jesucristo sigue acercándose a nosotros en el camino y nos indica, en el evangelio de hoy, dos medios imprescindibles: su Palabra y su Alimento.

Las Escrituras han de volver a ser leídas desde Jesucristo. Porque toda la Escritura habla de Él y su sentido permanece cerrado mientras no descubrimos la llave que nos abre su entendimiento. Y eso, una vez más, lo hace María en su comentario de vida.

«”Nosotros esperábamos…”. Ese era su problema, lo que les ha llevado a la desazón y a irse de allí, y es fácil suponer que con el corazón hecho jirones. Ellos esperaban que Él iba a liberar a Israel. Y se habían hecho sus ideas de cómo sería, incluso de en qué consistía eso de “liberar a Israel”. Ideas preconcebidas sobre el plan de Dios: ideas que hacen dudar de Dios, perder la confianza en Él incluso cuando se ha estado comiendo con Él durante años cada día. Por lo que está escrito, debían ser amigos de mucha confianza. Y esa desilusión, esa ruptura de sus ideas preconcebidas que proporciona la muerte de Jesús hace que no sean capaces de creer que ha resucitado. 

No son los únicos: Tomás tampoco lo creyó. No obstante, Tomas siguió con sus amigos y Cristo fue a buscarlo donde estaban sus amigos. Estos que se van a Emaús, lo hacen con tal desasosiego, con tal decepción, que no han vuelto con los otros discípulos sino que se han rendido del todo y abandonan. 

A estos dos de hoy, se les ha anunciado que Cristo ha resucitado y ellos le oyeron decir a Jesús que resucitaría, pero no lo pueden creer. Se lo dijeron María Magdalena y las otras mujeres que lo vieron; se lo dijeron Juan y Pedro, que corrieron y encontraron las pruebas de lo que habían dicho las mujeres y creyeron aunque aún no le habían visto; pero estos dos de Emaús, aun habiendo recibido este anuncio y haberlo recibido de gente confiable, no lo creen, estos abandonan, a estos les puede la desilusión y se les oscurece la mente y el corazón, envueltos en una sensación de abandono a la que puede que hasta llegaran a aferrarse tras el dolor de la Pasión. 

Cuando Jesús se acerca a ellos, les pregunta sobre qué están hablando y me imagino que debía ser algo así como: “todo esto que hemos vivido, todo lo que se nos ha enseñado, era mentira, una gran mentira. Dios no está, no es Jesús, está muerto. María, la de Magdala, dice que lo ha visto, pero está medio loca de dolor y puede haber visto cualquier alucinación: debería dormir algo, esto le ha excedido: ¿cómo creerla? Y Pedro y Juan dicen que lo vieron todo como le habían dicho María y las otras mujeres, pero eso no prueba nada: ellos no lo han visto y quieren creer porque no pueden afrontar que esto ha sido una estafa”. Me lo imagino porque es más o menos lo que he oído a muchos que han perdido la fe y porque, en un momento de mi vida, yo rocé también esos pensamientos, a mí también se me nubló la mente y se me ahogó el corazón. A veces nos aferramos a la tristeza o al dolor que sufrimos o hemos sufrido en el pasado y no nos permitimos creer: dejamos a Dios a un lado y nos aferramos a que está muerto.

Cristo se va anunciando pero lo hace de forma diferente según la persona. A María Magdalena, de frente, directamente y bien de mañana. Pero María Magdalena tiene el corazón enamorado, es la hermana que estuvo a los pies de la cruz, es la loca que pasó los tres días llorando ante el sepulcro de Jesús esperándole. Llorar la ausencia del abrazo de Jesús, echar de menos a Jesús esperándolo es muy bueno: anhelar a Dios es un gran bien del alma. Doloroso, sí, pero de un dolor que puede llegar a ser dulce porque indica amor. Y eso es María Magdalena: puro dolor ante la ausencia de Jesús, puro amor y valentía ante la cruz. A ella puede ir de frente, no la asustará, no dudará de ello: probablemente nunca lo hizo. Aunque sea mujer, no es por eso por lo que lo digo, pero sí, esa es la valentía de las mujeres, nuestra cerrazón, la valentía de las hermanas, de las madres: estamos, esperamos, confiamos. Damos mil vueltas a todo, somos complicadas en nuestra mente, pero nos arde el corazón y el amor apremia. 

A Juan y a Pedro, antes de mostrarse a ellos, les enseña lo que les dice María Magdalena: el sepulcro abierto, nadie dentro. Les pide una prueba de fe. No porque Cristo la necesitara sino porque la necesitan ellos para poder asimilar que Cristo ha resucitado. Es la limpieza de su traición. Juan estuvo a los pies de la cruz, pero probablemente fue porque la Virgen le echó el lazo en algún momento porque Juan se largó corriendo cuando fueron a prender a Jesús. Pedro lo negó, lo abandonó: probablemente también lo repescara la Virgen en algún momento. Necesitan sentir que creen, que han decidido estar en el lado de Jesús aunque ellos decidieron no estarlo tres días antes. Lo necesitan antes de verlo. Cristo les muestra las pruebas ante de mostrarse a ellos: así podrán creer.

A los de Emaús, que han recibido ya el anuncio por varias vías y aun así abandonan, tiene que mostrárseles de otra manera. Necesitan un proceso más largo para asimilarlo, necesitan entender, necesitan un rato con Él. Si hubiera aparecido de repente diciendo “no seáis bobos, que estoy aquí” podrían haberlo justificado después como una alucinación propia del dolor y el cansancio por los días previos también. Ellos necesitan otro proceso y eso es lo que les da Jesús. Los acompaña todo el día, les explica en qué consiste eso de “liberar a Israel” y todo lo que hay en el Antiguo Testamento pero con la luz de la resurrección (que es la única forma de leerlo y entenderlo), les deja que ellos decidan si quieren que Él se quede o prefieren irse y, cuando ellos le piden que se queden (cuando aceptan la explicación y la compañía velada de Jesús Resucitado) ellos pueden reconocerlo. 

Formas diferentes según los actos de cada uno y la preparación que tienen a recibirlo. Formas diferentes, pero Cristo va reuniendo a todos, sale a los caminos a por los que le abandonaron, nos busca, nos persigue y va adaptando su luz a la capacidad de nuestros ojos.

En nuestra mano está decirle “quédate” o darle las gracias por la compañía y largarlo por la noche. Habrá que pensar en la respuesta: Dios está en la belleza y la bondad que hace que arda nuestro corazón, que vibre nuestro amor puro. Busquémoslo, digámosle que se quede aunque aún no sepamos que es Él -o quién es Él, incluso-.

Lo reconocen al partir el pan. Lo reconocen en un acto cotidiano, simple. Uno que hacían todos los días, uno que habían compartido con Dios durante años pensando que era un profeta simplemente, un enviado, un hombre nada más, sin haber visto que además de hombre es Dios.

Lo reconocen en la cotidianidad, en la maravillosa sencillez de Dios. Les prepara la mente, pero lo descubren cuando se dejan acariciar el alma, cuando cenan con Él, cuando le aceptan en su vida corriente. 

Y vuelven. Vuelven corriendo a Jerusalén. Vuelven para no irse. Vuelven para no dudar. Vuelven a casa, a juntarse con los demás hermanos, a comenzar la Iglesia en la que estamos nosotros también. Vuelven fortalecidos por la Eucaristía, por ese partir el pan. La consecuencia del encuentro con Cristo acaba siendo siempre que vuelven a esta casa nuestra que es la Iglesia: aceptamos ser la célula que hace que este cuerpo funcione. 

Todos, en nuestra vida, nos hemos ido a Emaús alguna vez. Al menos, yo me fui. Me dolían demasiado los días de la Pasión y entendía mal eso de “liberar a Israel” y me quise ir, no les creí, no creí que estaba, que seguía estando, se me escapó de la mente qué significaba que había resucitado. Mi Jesús de Galilea que andaba sobre las aguas había muerto. Hasta me llegó a causar dolor –o rabia, no lo sé bien- que me dijeran que estaba vivo y que sí me quería. Los que estéis leyendo esto y estéis aún caminando hacia vuestro Emaús particular, escuchad a Jesús, percibid su presencia, pedidle que se quede a cenar con vosotros aunque aún sintáis y creáis firmemente que está muerto o que, si no lo está, es un caprichoso que os abandonó y os debe al menos una explicación. No os la debe, pero os la dará. A mí me la dio. Y pude volver a casa. A esta casa que es la Iglesia y que, pese a nuestros fallos, siempre da un abrazo. Uno fuerte, uno de los que sostienen. 

Después de esta reflexión de María, vemos que nunca hemos de cansarnos de meditar esta lectura de Emaús. Es la lectura de tu vida, quizá te parezca larga y sobradamente conocida. No pienses que ya le has sacado todo el partido al mensaje del Señor, recuerda que la Palabra de Dios es tan viva que quema en las manos y siempre es una propuesta novedosa. No te canses nunca de Emaús, porque el Señor siempre sale a tu encuentro.

Y, si no puedes enfrentarte a la Resurrección, si no puedes creerlo porque la desilusión es más fuerte y los conceptos poco claros o poco apetecibles, busca a la Virgen María, déjate repescar como ella hizo con Juan, como creo que debió hacer con Pedro. Ella nos dijo “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te llevará a Dios”. No hay que irse hacia Emaús, hay que irse hacia María, refugiarse en ella, recorrer con ella el camino que nos enseña su corazón y en el que ella nos acompaña. Santa María, sé mi refugio, llévame a tu hijo, acompáñame en el camino hacia Él.

 

 

 

EL CORAZÓN DE PAPÁ

Domingo Divina Misericordia. Juan (20,19-31) 23 de abril de 2017

Terminamos la octava de Pascua, pero seguimos viviendo de la resurrección de Jesucristo. Hoy es el domingo de la divina misericordia. Me gusta describir, en este domingo, a Jesús resucitado como un manantial. De la llaga de su costado brota un torrente de gracia que recorre el mundo y la Historia empapándolos de misericordia. Cantábamos, durante la vigilia Pascual, el salmo 32: “La misericordia del Señor llena la tierra”. Y hoy, al finalizar esta Octava de Pascua, contemplamos la misma fuente de la misericordia divina y el cauce querido por el propio Cristo para que en esas aguas se bañen todas las almas. De ello nos habla María en su comentario.

«Dios no es un ente lejano, no es una filosofía ni un modo de vida –aunque su conocimiento y nuestra cercanía a Él tenga como consecuencia una forma de vida diferente-. Dios no es algo abstracto, sino alguien y alguien concreto, con particularidades propias. Dios tiene corazón. Y ese descubrimiento cambia la vida de cualquiera.

Dios tiene corazón: ese es el fundamento del cristiano. Tiene un corazón tierno, que se siente dolido cuando sufrimos, que se alegra de nuestras alegrías y nos proporciona nuestras conquistas, que se preocupa por nosotros, que vive dedicado a nuestra felicidad. Dios tiene corazón y, además, tiene un corazón enamorado. Y todo, de Él, viene de su corazón enamorado.
Hoy es la fiesta de la Divina Misericordia. La fiesta en la que Cristo manifiesta eso: que tiene corazón enamorado. Misericordia, etimológicamente, proviene de “misere” (miseria, necesidad), “cor”, “cordis” (corazón) e “ia” (hacia los demás): se refiere a la capacidad de sentir la desdicha de los demás.

Sobre la Misericordia de Dios, el padre Luis María de Mendizábal lo explica muy bien en su obra: “Redentor del hombre”, “Entrañas de Misericordia”, etc., así como en numerosas conferencias. De él recibí el anuncio explicado y claro de la misericordia de Dios y me permitió comprenderla y descubrirla en mi vida, en mi propia historia y mi propia realidad. Hay una preciosa conferencia que él impartió en JRC en 1999 llamada “El Padre de la Misericordia”, que se puede escuchar a través de internet en la webivoox.com, por ejemplo.
Dios no es el padre del sufrimiento, sino el consolador de este. Es el Padre del consuelo. Los sufrimientos no vienen de Dios, no proceden del Padre: Él no los quiere. Los sufrimientos vienen de la naturaleza humana. Los sufrimientos de Cristo vienen de que es hombre además de ser Dios, y Dios quiere tanto al hombre –a ti- que los eligió vivir: haciéndose hombre, los sufriría, y quiso sufrirlos para estar cerca de nosotros, para reestablecer nuestra unión, para consolarnos en los nuestros y vivir a nuestro lado. Pero no vienen de Él los sufrimientos: de Él viene el consuelo. Los consuelos vienen de Dios.

La misericordia es una forma de amor: amor inclinado a la miseria, a la necesidad de aquel al que se ama. Hay una diferencia entre la Misericordia de Dios y otras formas de entender la misericordia. Hablamos de un “rey misericordioso” como aquel que perdona una condena, conmuta una pena, por ejemplo, pero lo hace desde el trono, desde arriba, lejano, sin ponerse al nivel de aquel al que prodiga ese bien. La Misericordia de Dios, del Padre manifestada en Cristo, es otra: es desde la cercanía, desde igualarse a nosotros, de ponerse a nuestro lado.

En la Facultad me dijeron que el altruismo es un bien social –bien entendido como objeto, como cosa: bien en el sentido económico (soy economista)- que era demandado porque a los demandantes les molestaba la pobreza. Un pobre en la calle provoca que se le dé una limosna por bondad, por un sentimiento de solidaridad: remueve por dentro un deseo de que esa situación no exista. Pero eso no quiere decir que amemos a esa persona, no implica que lo sintamos y vivamos como si esa persona fuera nuestro hijo. Esa idea provoca algo duro: a aquel al que se ayuda, se le está humillando, no se le está queriendo. Lo haces desde arriba, desde el trono y, hecho así, no es misericordia.

A veces me he encontrado personas que opinan que la sociedad debería resolver los problemas vía reglamentación para que no tuviera que hacerlo nadie en partículas, es decir, lo conocido históricamente como “la caridad”. Esa idea nace de que la ayuda prestada proviene de una bondad particular que puede humillar a la persona que lo recibe y no es así. El corazón de Dios no es eso: el corazón de Dios es un corazón enamorado y su ayuda, su consuelo, su apoyo, su cercanía, su ser compañero de batalla, nace del amor. Y a esta manera de amar es a la que debe ir tomando forma nuestro corazón. Entonces, la ayuda es amor y no humilla a nadie. Pero es que una cosa es la bondad -que es la inclinación de ayudar a otro, pero no por amor, y es buena, evidentemente- y otra cosa es el amor, que se mueve en otras dimensiones.

Misericordia no es que Dios es bueno y nos hace favores. Tenemos que aprender a reconocer los dones de Dios como dones de amor, regalos de un enamorado, de un Padre cuyas delicias están en la alegría de su hijo. La misericordia es desde el amor, no desde la soberbia, ni desde la compasión o la lástima: es desde el amor. Y por eso es recibido con dulzura, como un bálsamo, como un bebé recibe la caricia de un padre cuando llora en la cuna: tranquiliza, repara, fortalece, descansa… proporciona vida.

Pero la misericordia pasa por reconocer esa necesidad y mostrarla. Cuando nos queremos ver grandes, no queremos ver nuestras carencias, nuestros errores, los daños que hemos causado, no queremos mirar atrás y enfrentarnos a lo que haya ni mirar ahora y enfrentarnos a lo que aún hay. Queremos ver nuestro éxito, nuestras cualidades, aquello en lo que nos reconocemos buenos, y encima identificamos ese éxito como logrado por nosotros mismos, atribuyéndonos su autoría. Y eso nos frena tremendamente en el amor porque no estamos dejándonos amar en lo que necesitamos. No estamos permitiéndole a Dios que nos ayude en esas carencias, que las lime, que las corrija, que las dirija. Ni siquiera estamos dejándole que nos consuele en nuestros sufrimientos.

Reconocernos limitados, necesitados, incapaces de cosas, con el corazón pequeño y duro. Reconocernos tibios, que creo que es lo peor que se puede ser. Reconocer que hay adonde no llegamos. Reconocer los daños que hemos causado a otros. Dejar de autojustificarnos y autocomplacernos y mirar lo que hay dentro de nosotros, lo que realmente hay, con toda su dureza –y con toda la alegría de que será consolado y solucionado por Dios, por Abba, por Papá- es indispensable para poder recibir ese amor especial, infinito de Dios, ese amor Misericordia. El que está inclinado precisamente a eso, a amarnos en nuestra necesidad. Deberíamos mirarnos bien y correr a Él a darle con alegría nuestra miseria, que la hay, claro que la hay, y mucha.

Hoy celebramos que Dios no está en un trono perdonándonos la vida por lástima sino que es un padre cercano, implicado tremendamente en nuestra vida, que nos ama hasta el punto de desear que le demos precisamente aquello que no enseñaríamos a nadie –ni a nosotros mismos- por vergüenza o por miedo a que no nos quisieran, aquello que configura nuestra pobreza, para consolarnos de ella y cambiárnosla por un amor extremo, por la caricia de Papá. Dios tiene corazón y un corazón enamorado. Dios tiene entrañas y entrañas de Misericordia.»

Tiene razón María. La misericordia nos empuja a derrochar misericordia con los demás. Uno no puede guardársela para sí, ni puede usarla con unos sí y con otros no. La misericordia lleva al perdón a los que nos desprecian, a los que nos humillan, a los que nos engañan, a los que nos mienten, a los que nos atacan y a los que nos disparan. La misericordia no sabe de ofensas ni de traiciones. La misericordia solo nace de pedirle a Dios el don del Espíritu Santo, de llevar una vida según Cristo. La misericordia se ríe del juicio pues el juicio que vale es el de Dios y no el nuestro… por mucha razón que creamos tener. La misericordia siempre da una oportunidad más, nunca se cansa y siempre espera lo mejor aunque reciba una bofetada.

Hoy hay que pedirle al Señor entrañas de misericordia. Que cuando un no creyente, un renegado o un desilusionado se encuentre con un cristiano, se encuentre con la misericordia.
La víspera de este día Juan Pablo II fue al encuentro del Padre. ¿Vamos a pedirle a Dios más pruebas de su misericordia? Vamos a dejar los dedos y las manos en su sitio y mirando, con los ojos de María, al resucitado digamos: “Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.”

Domingo de la misericordia, domingo de Juan Pablo II, domingo de la Iglesia. Gracias Virgen, Madre de la Iglesia, por sacar la Misericordia de tus entrañas

 

 

 

JESUS RESUCITÓ 

Domingo de Resurrección. Juan (20,1-9) 16 de abril de 2017

Hoy es el primer día de la Pascua. Anoche celebramos la Vigilia Pascual, las tinieblas fueron rotas por la luz de Cristo y dimos gracias a Dios. Anoche se rompieron las tinieblas y se rompió el silencio. Muchas veces nos preguntamos: ¿por qué Dios calla ante el sufrimiento del inocente, ante las catástrofes, ante la aparente victoria de los malvados? Dios no calla: grita y sigue gritando al hombre desde la tumba vacía.

La Semana Santa concluye como empezó: con el triunfo de Cristo. Sólo que ahora, el triunfo es definitivo. Jesús fue acusado de blasfemo, impostor, endemoniado, agitador del pueblo, enemigo del judaísmo. En la Cruz fue despreciado y retado a mostrar que era Dios e Hijo de Dios. En realidad, era el inocente y solidario «Siervo de Yahvé» que cargaba con los pecados de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y moría por ellos. Él fue a la Cruz porque quiso y porque estos eran los planes del Padre. La Cruz fue un acto de suprema humillación, pero fue también la semilla de la suprema exaltación. Eso es la Resurrección. El Padre resucita a Jesús de entre los muertos para demostrarnos que su Hijo ha cumplido sus planes y que él ha aceptado el sacrificio de su vida. Es, pues, la toma de posición de Dios Padre a favor de su Hijo y, por tanto, la iluminación de la Cruz. Jesús no queda aprisionado por la muerte sino que triunfa sobre ella.

La noche pasada todas las iglesias del mundo se fueron iluminando poco a poco, pasando de la tenue luz de las velas y del cirio Pascual hasta el momento en que, al entonar el canto del Gloria, la electricidad (en aquellos lugares donde se tiene), iluminaba completamente los templos, llenándose de luz. Es la noche en que, rotas las tinieblas del pecado y de la muerte, nuestra vida se ilumina con la resurrección de Cristo que da sentido a la vida completa del hombre, nos muestra la realidad del camino realizada por el pueblo de Israel y alumbra el camino que nos queda por recorrer, mostrándonos su final que se convierte en principio.
En la Vigilia Pascual recorríamos la historia de la salvación, las promesas de Dios que se van cumpliendo, hasta que se Cumple la Promesa (así, con mayúsculas). A veces buscamos extrañas explicaciones y tenemos la salvación tan cerca “que no sabemos dónde la han puesto”. El Señor cumple, Dios no abandona a los abatidos, no deja sin herencia a los desheredados, no olvida a los últimos. Sólo hay que saber buscar.

«¡Feliz Pascua!» -me escribía María- «¡Ha resucitado! Es el momento más grande de la historia. Podemos ser felices: Cristo ha reestablecido nuestra relación con Dios. Podemos ser libres y aprender a amar. Podemos echarnos en Sus brazos. Podemos llamarle Papá. La soledad de ayer se ha acabado, el silencio de Dios se ha convertido en una voz continua. Y yo, dos mil años después, puedo hablarle, puedo escucharle, puedo tenerle dentro de mí, puedo encontrarle, puedo relacionarme con Él, puedo enamorarme de Él. No es una idea, no es el recuerdo de un hombre excepcional: ¡ha resucitado! Es una realidad: ¡está vivo!

El mal está vencido: empieza una nueva era. Él vino a morir y en ello me enseñó a vivir. Pero, en realidad, vino a morir para resucitar. Empieza una nueva estirpe de hombres y mujeres: la de los hijos de Dios, la de hombres que, unidos a Cristo, resucitaremos con Él.

La muerte se acaba de convertir en un parto hacia otra forma de vida. Esta vida terrena se ha convertido en una gestación para la verdadera vida, para esa en la que habitaremos en la casa del Padre. Y no sólo me ha enseñado cómo vivir aquí: nos ha abierto las puertas del Paraíso. Y, además, también nos ha abierto Su Corazón. 

Entiendo la locura de María Magdalena. Entiendo la fortaleza que recibieron los que iban camino de Emaús. Entiendo la infinita alegría de ellos. Acaba de nacer la Iglesia: hombres y mujeres a los que nadie podrá vencer porque la muerte no es tan terrible: está vencida. Nos mueve el amor.

¡Está vivo! Dios siempre cumple sus promesas: resucitaré con Él. Yo sólo no podría nada, pero no estoy sola. ¿Recuerdas?, lo haremos juntos.»

Estos días de Pascua podemos dedicarnos a recordar un sepulcro vacío, como añorando tiempos pasados, o podemos participar de la victoria de Cristo, que es nuestra victoria. Podemos dar el paso de entrar en ese sepulcro y descubrir que no está vacío y dar solemne testimonio de ello.

Nosotros sí sabemos dónde han puesto al Señor: en el cielo a la derecha del Padre, en el alma en gracia, en la caridad que se pone en práctica, en la esperanza que no defrauda, en el sagrario que nos espera en nuestra parroquia. «¿Qué has visto de camino, María, en la mañana?» «A mi Señor glorioso, la tumba abandonada, los ángeles testigos, sudarios y mortaja. ¡Resucitó de veras mi amor y mi esperanza! Venid a Galilea, allí el Señor aguarda; allí veréis los suyos la gloria de la Pascua.»

Tenemos cincuenta días por delante para disfrutar de la maravilla de Dios Padre, de Jesucristo resucitado, del Espíritu Santo que se apresta para irrumpir en la humanidad, como lo hizo un día en las entrañas de María. Disfruta hoy de Cristo resucitado. Siéntete perplejo como los apóstoles y las santas mujeres, pero siente también la alegría de María, que jamás había perdido la certeza de que Dios hace proezas con su brazo. Nuestra Madre la Virgen no tiene que acudir al sepulcro. En muchos de nuestros pueblos y ciudades hoy se hará la procesión del encuentro. María que sale al encuentro de Jesús, Jesús que sale al encuentro de María. Nada los separó, ni tan siquiera la muerte. Pidámosle a ella que nos ayude a entender, en profundidad, nuestra vida a la luz de la resurrección.

 

 

ACOMPAÑAMOS A JESÚS EN LA ENTRADA TRIUNFAL EN JERUSALÉN

Domingo de Ramos.  9 de abril de 2017

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–27,66)

 

 

Comenzamos la Semana de Pasión con el Domingo de Ramos. La Semana Santa tiene dos partes: el final de la Cuaresma –desde el Domingo de Ramos hasta el Jueves Santo por la mañana- y el Triduo Pascual, desde la Misa Vespertina del Jueves Santo hasta el final del domingo de Resurrección. Es un tiempo especial, un tiempo imprescindible para la sociedad, la persona y los cristianos. Es un tiempo propicio para conocernos más a nosotros mismos en los acontecimientos que recordamos. Es un tiempo imprescindible para conocer mejor a Jesucristo, en los hechos que dicen quién es él: su amor entregado por nosotros en la cruz y su resurrección.

Vivir la Semana Santa, hoy, no es fácil. Son muchas las ofertas con que trata de seducirnos la sociedad consumista en que vivimos. Una semana que algunos nos hemos permitido frivolizar, porque la hemos identificado con vacaciones, con ocio o descanso, y la hemos dejado sin sentido. Por ello, vivir hoy con seriedad y provecho espiritual estos días santos es más meritorio. Conviene prepararse bien para celebrar estos santos misterios con un corazón renovado. Hace falta que los cristianos, no solamente recordemos lo que sucedió sino que seamos capaces de hacer presente, de revivir, de actualizar, aquello que sucedió y que sigue sucediendo.

Los días de la Semana Santa son una oportunidad para vivir intensamente unos acontecimientos que tienen mucho que ver con nosotros y que nos ayudan a profundizar en la verdad y la riqueza de nuestra vida. Recordar lo que Dios ha hecho por nosotros nos hace descubrir con asombro nuestra propia dignidad y grandeza. Nacidos y crecidos en la tierra somos hijos de Dios y ciudadanos de una Patria eterna. Bien vale la pena dedicar un tiempo y un esfuerzo a revivir espiritualmente, en la Iglesia y con la Iglesia, la verdad profunda y permanente de estos hechos. 

Semana Santa, la semana más grande del año, la más importante. Comenzamos esta semana grande del cristianismo, y lo hacemos, conmemorando la entrada de Jesús en Jerusalén. Es como el pórtico que nos introduce en esos días decisivos para la historia de la salvación. Para muchos de nosotros será todo menos vacaciones. Es posible que salgamos del lugar ordinario de vivir y estar más cercanos a la familia, pero no olvidemos que son días esenciales, en los cuales veremos, con claridad, todo el amor que Dios ha querido volcar en cada uno de nosotros, por la Pasión, Muerte y Resurrección de su Hijo. 

La semana santa comienza con una alabanza, con el recibimiento majestuoso que le hacen a Jesús al entrar en Jerusalem. Esas mismas personas pedirán su muerte dentro de cinco días. 
Como escribía hace años mi amigo Javier Leoz, párroco de San Lorenzo de Pamplona, “todos con el Señor, entramos por esta puerta que es el Domingo de Ramos, para compartir con Él sus horas de pasión, de muerte y de resurrección. Aquellos que hoy le aplauden con palmas, se volverán mañana silencios, dudas, deserciones o gritos de muerte.

¿Seremos capaces de vivir todos los misterios que se encierran en esta semana? ¿Nos quedaremos tan sólo embelesados y subidos en las palmas con las que decimos aclamar a Jesús?”

El Domingo de Ramos, y no lo olvidemos, desarrolla dos notas a tener en cuenta: por un lado, el aspecto festivo de aclamación al que es Rey de nuestra historia y, por otro, el anuncio o fondo de la Pasión. Al final de las calles estrechas de la Jerusalén, espera el Monte Gólgota.
Tal vez hoy, más que nunca, comprendemos aquello de que las grandes hazañas en la vida, exigen grandes riesgos. Jesús, montado en un pollino, humildemente pero consciente de su misión, arranca estos últimos metros por las calles de Jerusalén para que se cumpla la voluntad de Dios.

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Ante tantas personas que pasan de Dios. Ante el gran escándalo de muchos cristianos, que viven como si no lo fueran, como si Cristo fuese un cero a la izquierda en sus vidas, el Domingo de Ramos es un grito a la realeza y al triunfo de Jesús. Es un poner a Dios en el lugar que le corresponde. Implica clavar nuestros ojos, entonar nuestros cantos y alzar nuestros vítores o colocar nuestra confianza sólo en El. 

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Ante tanto desamor y traición, egoísmo, pesimismo u odio, el Domingo de Ramos es un pórtico que abre delante de nosotros horas de amor y de salvación, de sufrimiento y de obediencia, de humildad y de valentía, de fe y de eucaristía, de oración y de Palabra: la Semana Santa. 
Es necesario elevar junto a las palmas. nuestros corazones al Señor. Es hora de despertar. Hay demasiado cristiano dormido. Es el momento de recuperar el gusto por las cosas que Jesús nos ha dejado y nos ha dicho.

Hoy, con esta simpática celebración (en Toledo saldremos a las 18.00 de la Parroquia de Santas Justa y Rufina, en Talavera a las 12.00 de la Basílica del Prado), adelantamos lo que le espera a Jesús en el Triduo de la Pascua. Y, también se nos adelanta a nosotros, lo que estamos llamados a vivir en la Semana Santa. No podemos permitir que nada ni nadie, enturbie el sentido cristiano de estos días. No podemos caer en la tentación de que la Semana Santa sea una semana totalmente descafeinada y sin referencia a lo más sagrado. Serán días santos si ya desde ahora abrimos nuestra vida, nuestros sentidos, nuestra fe y nuestra alabanza a lo que estamos llamados a vivir en Pascua: el triunfo de la vida sobre la muerte. ¿Lo intentamos? 

María nos comenta el punto de partida con el que ella quiere meditar la Pasión: «San Pedro de Alcántara, en su obra “Tratado de la meditación y la oración”, instruye una manera perfecta de meditar la Pasión. Un libro del siglo XVI en absoluto vigor y con fácil comprensión en el siglo XXI. Dios habla a todos, en todas las épocas, con palabras vivas y de rabiosa actualidad. Hoy, domingo de ramos, empieza la Semana Santa. Pues pongamos los oídos del alma en marcha, los ojos del espíritu dispuestos a ver. La Pasión no se piensa; la Pasión se contempla. Y nos aconseja san Pedro de Alcántara: “A la consideración de estos pasos tan dolorosos nos convida la Esposa en el libro de los Cantares, por estas palabras (Cant.3,11): “Salid, hijas de Sion, y mirad al rey Salomón con la corona que le coronó su madre en el día de su desposorio, y en el día de la alegría de su corazón”. El día del gozo de su corazón. La Pasión es una declaración de amor, la Resurrección es la victoria de Cristo, su gran regalo: se nos regala Dios a sí mismo. Restaura el paraíso. Nos devuelve la posibilidad de unirnos a Él, de vivir en Su Presencia. Y esa victoria pasa por la Pasión. Me escandalizó esta lectura de san Pedro de Alcántara: hasta ese momento no me había dado cuenta de que este tiempo es el día del gozo de su corazón. 

En las consideraciones para meditar la Pasión, este gran santo nos propone: “conviene en todos estos pasos tener a Cristo ante los ojos presente y hacer cuenta que le tenemos delante cuando padece, y tener cuenta, no sólo con la historia de su pasión, sino también con todas las circunstancias de ella, especialmente con estas cuatro: ¿Quién padece? ¿Por quién padece? ¿Cómo padece? ¿Por qué causa padece? ¿Quién padece? Dios Todopoderoso, infinito, inmenso etc. ¿Por quién padece? Por la más ingrata y desconocida criatura del mundo. ¿Cómo padece? Con grandísima humildad, caridad, benignidad, mansedumbre, misericordia, paciencia, modestia, etc. ¿Por qué causa padece? No por algún interés suyo ni merecimiento nuestro, sino por solas las entrañas de su infinita piedad y misericordia”.

Estas palabras hablan por sí solas. ¿Quién padece? Dios, Dios todopoderoso, infinito, inmensurable. Padece el Rey. Veamos a Cristo en todo lo que es, mirémosle majestuoso, el más bello de todos los hombres. Es Él quien padece. 

¿Por quién padece? Por ti. No nos fijemos en términos generalistas: “por los hombres, por la humanidad”. Para Dios no hay masas, no hay “gente”: existen hijos, con nombre y apellidos, creados en exclusiva y amados en exclusiva. No, no te quedes en “los hombres”, piénsalo bien: por ti. Porque tú eres el gozo de su corazón.“Por ti exulta de gozo, baila por ti con gritos de júbilo” (Sf 3, 11). Por ti. Tú eres eso para Dios, quien le provoca esa alegría a Dios. No padece por “la gente”: lo hace por ti, para regalarte el Cielo A TI.

¿Cómo padece? Lo deja claro el texto del santo franciscano: humildad, paciencia, misericordia… No enseña a padecer. Y también nos enseña cómo es Su Corazón y, por tanto, cómo actuar para tener dentro de nosotros el Reino de Dios. 

¿Por qué causa? Por las solas entrañas de su infinita piedad. Por amor a ti, por su deseo de estar contigo, de vivir contigo, por tu felicidad. 

Este es el punto de partida con el que empiezo este año la semana santa. La más bella de todas las semanas. Con el más bello de todos los hombres.»

¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito este Domingo de Ramos! ¡Bendito este camino, sembrado de ramos, alfombras y palmas, por el que camina el hombre que vencerá con su muerte, la muerte de todos los hombres!

Vamos a contemplar, un año más, los misterios de la muerte y resurrección de Cristo... Pero este año será diferente si tomamos parte en la muerte de Cristo situándonos junto a Él, en el bando solitario de la Víctima que se ofrece por nosotros: compartamos sus dolores, ofrezcámonos con Él, tengamos por Madre a María al pie de la Cruz y muramos a su lado... Así -lo sabemos- resucitaremos con Él llegada la Pascua.

 


BAJAR AL SHEOL

La resurrección de  Lázaro.  Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45) 2 de abril de 2017

«La lectura de la resurrección de Lázaro me sabe a sábado santo. Hay un aspecto terrible en ella: Jesús, que sabe que va a resucitarlo, incluso unos minutos antes de hacerlo, llora al morir Lázaro. A la vez, sabiendo que está muriendo, se queda en Galilea y no va a curarlo para que no muera, ni a despedirse de él siquiera. 

Cuando le comunican que Lázaro está enfermo, Jesús contesta: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”. Los que van a buscarlo volverían contentísimos a Betania a decirles “tranquilos, que el Maestro dice que no acabará en muerte”. Pero, sin embargo, lo ven morir. Duro, durísimo revés para la fe. Parece que se contradice, que no tiene poder, que se equivoca, que no es capaz… o que les está mintiendo. Se nos derrumba todo cuando interpretamos a Dios con inmediatez. Y, por supuesto, se nos derrumba Dios. Sí, aquella historia no terminó en muerte, pero tampoco le eximió de pasar por ella. 

La muerte, antes de la resurrección de Jesús, no era como ahora. Ahora podemos alcanzar el Cielo y ser santos, muriendo en tal situación que nuestro encuentro con Dios sea pleno e inmediato. Ahora es un parto a una vida nueva y, además, acabará en resurrección. Entonces no, entonces no se había llevado a cabo la redención y eso implica que no se había vencido la consecuencia central de la rebeldía del hombre a Dios, del pecado original, por lo que el hombre no podía disfrutar de la presencia de Dios. El pecado original consistió en que decidimos vivir sin Él, apartados de Él, sin que Él tuviera nada que ver en nuestra vida para ser nosotros, de esta manera, dioses. 

Uno moría y quedaba ahí, muerto, en el sheol, en el “seno de Abraham”. Aquel no era un buen lugar porque, sin tener la presencia de Dios, no hay belleza, ni música, ni luz, ni sonrisas: no hay nada más que lo que no es Dios. En nuestra vida terrena, tenemos los bosques y los ríos y muestran la belleza, grandeza y cariño de Dios, tenemos brisa con la que Dios acaricia, tenemos una naturaleza que, aunque caída como nosotros y por motivo de nuestra separación de Dios, nos habla de Él, nos lleva a Él, nos muestra a Dios. Pero en el sheol no había nada de eso, no estaba en nada ni un atisbo de la presencia de Dios. El sheol es el infierno. Y, de hecho, en nuestro credo declaramos que Jesús “descendió a los infiernos” ya que, desde que murió hasta que resucitó, ese fue su lugar, estuvo allí, sometido al poder de Satanás. Privado de la presencia de Dios. Cristo, que es Dios, murió y quedó sin cuerpo y privado de la presencia de Dios. Me sobrepasa. El mayor dolor no es la cruz; el mayor dolor es la permanencia en la muerte, el sheol desde el viernes santo hasta el domingo de resurrección.

Si nos enfrentáramos realmente al sábado santo, se nos helaría la sangre. Hace unas semanas hice unos ejercicios espirituales en los que por primera vez me enfrenté a qué pasó desde que muere Jesús hasta que resucita. He de confesar que lloré como una niña. A partes iguales, de dolor y de gratitud. 

Lázaro va al sheol. No porque sea mal tío, no es un castigo para unos pocos que son malos, sino porque los hombres habíamos decidido vivir sin Dios y bueno, pues en eso consiste, en estar sin Dios. Vive esos días en el infierno, privado de la presencia de Dios de forma absoluta. Jesús sabe que lo va a resucitar y que esa historia no iba a acabar en muerte, pero sabe que Lázaro está en el sheol y le produce un dolor extremo. Por eso llora. Solloza, se emociona y llora. Le piden explicaciones, está a punto de resucitarlo y llora. Su amigo está en sheol. 

La obsesión de Dios, su motivación, la finalidad de todos sus actos, es lograr sacarnos del sheol: que podamos volver a vivir en Su Presencia. Cabe aquí pensar hacia donde dirijo mi vida. Contemplar el camino que lleva y si quiero el sheol o quiero la presencia de Dios. También, contemplar a Jesús llorando porque estamos en el sheol. Llorando la posibilidad de que estemos sin su presencia. Llorando por el sufrimiento que tendríamos. Llorando por ti. Llorando por mí. Aceptando Él bajar al sheol para que yo no tenga que hacerlo, para que mi muerte sea un parto luminoso que me lance a sus brazos y luego me resucite en un cuerpo glorioso y no sea el sheol durante toda la eternidad. Bajó Jesús al sheol, lo vivió, para que tú no vayas. Nunca lo olvides: eres tan precioso a sus ojos, que quiso el sheol para sí con tal de que tú no tuvieras ni que acercarte a él. Vivió el sheol para que tú no vayas. Te puedes pasar toda la vida viviendo con gratitud infinita cuando comprendes esto. No iré al sheol porque para eso fue Cristo. 

El segundo aspecto de esta lectura:¿por qué hace eso?, ¿por qué deja que muera su amigo? Lázaro era de los mejores amigos de Jesús, era como un hermano, ¿por qué permite que pase ese tiempo en el sheol? Se la hacen a Jesús muchos de los que allí estuvieron. Y le juzgan de impostor y también, lo que es peor, de frío, de cruel. Pero esa pregunta se la hemos hecho todos en algún momento de nuestra vida en el que nos hemos sentido abandonados por Dios y no hemos comprendido por qué nos pasaba algo o que, si nos había dicho “no acabará en muerte”, hayamos visto muerto a nuestro Lázaro particular. 

Esa pregunta, ese porqué también lo contesta la lectura de hoy: “Para que crean”, porque “servirá para que el Hijo de Dios sea glorificado”. Es decir, para que veamos que es Dios, que el único anhelo de Dios es sacarnos del sheol y lo es hasta tal punto que irá Él a vivir el sheol en vez de nosotros. También les prepara para su muerte y su resurrección, para que esperen en Él, para que se mantengan mientras Él esté supeditado, atado, a la muerte, para consolarlos de antemano.

Hay algo más, algo que siento al contemplar el pasaje de hoy y es que éste es un pasaje de los que se contemplan: no ha escatimado Dios en nada para que me acerque a Él. No se ha ahorrado ningún dolor con tal de dejar las puertas del sheol abiertas solo a quien quiera ir. Ha aguantado en Galilea sabiendo cómo moría su amigo y él ni siquiera estaba a su lado, pensando en María y Marta y su dolor e incertidumbre, preguntándose una a otra: ¿Y Jesús?, ¿es que no va a venir?, ¿hoy no ha llegado tampoco? Las ve confundidas, tal vez hasta flaqueantes en su fe y dudando de Él. Al llegar, Marta le regaña “si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Le está culpando, le está reprochando que no estuvo cuando le necesitaban. Y Jesús lo sabe, pero se tiene que quedar en Galilea y aguantar el dolor en su corazón de todo eso para que los demás crean, para que estén preparados para cuando Él muera, para que sepan que Él es el señor de la Vida y va a vencer a la muerte y para que vean el amor tan grande de Dios que no escatima en sacrificios con tal de sacarnos del sheol. 

Finalmente, Jesús, para esta situación tan clave en la redención, no escoge resucitar a alguien por ahí, desconocido de Jesús que hubiera muerto sin saber, sino a un amigo, a un amigo querido, a su amigo del alma. Jesús le une a su misión de vencer a la muerte, pero también le pide el sacrificio de estar en el sheol hasta que Él lo resucite. Y sigue siendo así. Hay personas a las que, de una forma especial, Dios les pide ayuda “para que los demás crean”, “para que sea manifestada la Gloria de Dios” –es decir, puedan reconocer en Cristo a Dios y vivir en Él-. Pero todos podemos aprovechar los distintos tipos de muerte para que Dios haga maravillas en nosotros y se haga visible en nosotros. Los ancianos, los enfermos, tienen un valor enorme, son joyas, porque están viviendo la misión de ser Lázaro en el sepulcro, es decir, pequeños, necesitados, doloridos, y, si lo viven unidos a Cristo, si lo comparten con Él, si lo aceptan esperando en Él la resurrección, su pequeñez y dependencia hará que muchos creany disfruten de Dios, de su presencia, y que Dios los enaltezca resucitándolos. 

Da para mucho esta lectura. Yo, con ver a Jesús, tan majestuoso, siendo rey, siendo Dios, y verle asumiendo y viviendo el sheol, obediente esperando a que el Padre lo resucitara –que como hombre no tenía ni idea de cuándo lo iba a hacer-, tengo para llorar durante unas cuantas horas y vivir agradecida para siempre.»

Tienes razón María que este texto da para mucho , Pero hay un detalle en la escena de hoy que no debe pasarnos desapercibida. Jesús manda que quiten las vendas a Lázaro para que pueda andar. Al amortajarlo lo habían atado con vendas. Es una imagen de lo que supone para nosotros el pecado. Pero una vez perdonados hay que ponerse a andar. Es decir, si Dios nos da la gracia es para que vivamos según ella. Tiene un dinamismo que exige de nuestra colaboración.

La mejor manera de conservar la gracia es dejando que se exprese en nuestra vida. Vemos también cómo ayudamos a las personas que queremos de dos maneras. Por una parte pidiendo por ellos, como hacen las hermanas de Lázaro al llamar al Señor. Por otra parte hay que ayudar a perseverar en la vida cristiana. Las vendas, como imagen de los hábitos adquiridos, nos señalan que no siempre es fácil caminar como cristianos. Pero a pesar de las caídas posteriores ya ha sucedido algo importante: la experiencia de cómo Jesús puede transformar tu vida. Por mal que estemos Él puede llenarnos de una nueva vitalidad.

 

 


LA NAVAJA DE OCKHAM

El ciego de nacimiento.  Juan (9,1.6-9.13-17.34-38)  26 de marzo de 2017

Desde los primeros siglos, la Iglesia reserva el Evangelio del ciego de nacimiento para el tiempo de Cuaresma. Ello es debido a que ya san Agustín había interpretado alegóricamente este pasaje refiriéndolo a los catecúmenos que se preparan para el bautismo. En las diferentes respuestas del ciego, el obispo de Hipona veía el itinerario hacia la fe que había de culminar en la confesión de fe: Creo, Señor. Por eso, san Justino y otros utilizaban el término “iluminación” para denominar al bautismo. El bautizado es el que ve con la luz que le viene de Dios y pasa de ser ciego a ver.

Pero, además, en este texto se nos muestra la fuerza de los conversos. André Frossard, que pasó del ateísmo a la fe, decía: “Los conversos somos peligrosos”. Se refería a la firmeza con que daban testimonio de lo que habían experimentado y que no podían negar. Algo así sucede con el ciego del Evangelio, que es acosado para que reniegue de lo que le ha sucedido. Al leerlo en el Evangelio pensamos que sería absurdo no reconocer el milagro que se le ha concedido, pero no podemos olvidar que muchas veces los cristianos no somos capaces de defender nuestra fe por falta de valentía y que, incluso a veces, acabamos negando las intervenciones de Dios en nuestra historia personal.

De ello nos habla María hoy en su comentario a la palabra.

“Un hombre está ciego. Jesús lo cura. Genial. ¿Dónde está el problema? ¿A qué tanto revuelo? Lo ha curado, el hombre ahora puede ver y deja de estar impedido, todo está bien, ¿no? Y, en cambio, otros indagan si realmente esa buena obra nace de Dios o del demonio por algo tan lamentable como que se ha hecho en sábado, se le podría considerar un trabajo y eso, entonces, estaría en contra de Dios. Evidentemente, pensar así es no conocer a Dios, es no conocer su corazón de madre. Les pide que el sábado no se trabaje para que descansen en algún momento de la vida, se dediquen a la familia y dirijan su mirada a Dios; para que compartan un día de Cielo con Él y su familia en medio de la tierra. Pero la lectura del hombre es llevar al extremo un hecho y no conocer el corazón de Dios. 

Esto lo hacemos mucho nosotros también: es de Dios lo ortodoxo, lo que nos sirve para autojustificarnos. Y mira, no: es de Dios lo que sirve para amarnos, pero no de cualquier manera, sino de manera extrema, como lo hace Él. Y eso pasa por dar vista a un ciego siempre que se pueda. Cuando me he sentido cómoda en mi vida espiritual, como si todo estuviera bien porque cumplo los requisitos (cosa que me ha pasado pocas veces porque soy consciente de mi barro y porque mi vida no ha sido ortodoxa en nada), se me enciende una luz de alarma: estoy autojustificada, me estoy poniendo por encima de mi lugar. Esa actitud me llevará a juzgar que la respuesta del hombre que ahora ve es absurda porque no es la que yo quiero oír. Esa respuesta que le da en la que admite que cree que quien le ha dado la vista es un profeta, implica que el mundo confortable de la norma cumplida se desmorona y entonces tenemos que salir de nuestra corteza dorada y volver a ver que somos barro. No apetece. 

Buscamos entender, que las cosas cuadren en nuestra cabeza, y lo hacemos bajo los axiomas de que tenemos información de todo, sabemos más que nadie y controlamos las variables. Eso es justo lo que nos lleva a no conocer, a no comprender: buscamos encontrar una respuesta que tenemos de antemano y así no se descubrió la penicilina. Ni la ciencia ni Dios funcionan de esa manera. 

Es más fácil. Era ciego, Jesús le ve y le cura para que pueda ver. Demos gracias a Dios y punto. Vivamos del disfrute de lo que Dios nos quiere, del disfrute de ser sus niños. 

Los fariseos se lo montan para que su mundo estable y precioso, en el que son alguien, en el que duermen del tirón por las noches porque ellos “cumplen” en una observancia normativa que no es obediencia, no se desmorone. Es que si miran a Jesús a los ojos y entienden que la norma de Dios se dirige a amar, que el perdón es gratis e inmerecido, y que ellos no pueden amar y no pueden perdonar porque para perdonar hay que ponerse a la altura o por debajo de quien he ha ofendido, su mundo entero se deshace como un castillo de naipes y tienen que enfrentarse a que son barro como todos, a que no conocen ni comprenden, a que no están por encima de los demás. Y, además, tienen que empezar a vivir en el inestable mundo de la confianza. De que somos amados por Dios y no lo merecemos. De que no importa no merecerlo porque Él si merece que recibamos su Amor. De que la cosa no está en esforzarnos nosotros por nosotros mismos para llegar a Dios sino en recibir Su Gracia para que Él pueda abrazarnos y subirnos. 

Vivir de la confianza es vivir sabiendo que haremos mal y que Dios nos curará las heridas que hemos hecho y nos hemos hecho, que nos iremos de Su lado y Él hará filigranas para dirigir nuestros pasos. Vivir de la confianza permite reconocer que curar al ciego nació del amor y que eso solo lo puede hacer Dios: vivir de nuestro esquema mental y nuestro mundo seguro de adultos lleva a dudar de la autoría del hecho, de la bondad que entraña, de la cercanía y bondad de Dios. Lleva a alejarnos de Dios. 

Yo tengo una cabeza que le da vueltas a todo, que quiere entender, comprender. Mi mente matemática funciona así, es así, álgebra pura. Gracias a Dios mi vida ha sido poco lineal, digamos, y eso me ha llevado a tener un alma más experta en el vuelo a caída libre. Yo tiendo a meterme en movidas mentales complejísimas que, sinceramente, me quitan la paz y hacen que tenga la sensación de que no sé dirigir la vida o dude de si lo hago bien y esas cosas. Entonces, Jesús, de vez en cuando, se me acerca como a este ciego y me pregunta “¿Quién dicen que soy? Y tú, ahora tú, María, ¿quién dices que soy? Deja tu mente quieta, simplifica, solamente disfruta de la vista, ¿vale?, que soy Yo, que soy tu Dios y te quiero como te creé”. 

En Economía tenemos un principio que se llama la Navaja de Ockham o principio de la parsimonia, según el cual, en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla es la más probable. A veces pienso en ello: en el Evangelio muchas veces parece que Dios nos recuerda el principio de Ockham, que desde con susurros hasta con gritos, nos dice “Si es más fácil, mucho más fácil, no te líes, tú sólo confía en mí, recibe mi Gracia en los sacramentos, deja que quite tu ceguera y abrázame, mujer, que a mí me gusta de ti hasta el barro con el que te hice”.

“¿Crees tú en el Hijo del hombre?”. Esta pregunta también la hace el Señor a cada uno de nosotros, como nos decía María. Y el lugar más adecuado es el templo más sagrado que tenemos en nuestro interior: la conciencia. Solo es posible una respuesta sincera cuando se hace desde la verdad, que es el ejercicio más grande de la libertad. Nadie puede sustituirte en este tipo de cuestiones, pues corresponden a lo más íntimo y personal, algo que nadie puede hacer en nombre tuyo.

Hemos de pedirle a la Virgen que tengamos la fortaleza necesaria de ponernos delante de su Hijo, y como el ciego de nacimiento que nos narra el Evangelio de hoy le digamos, aunque a veces nos cieguen nuestra soberbia y nuestros pecados: “Creo, Señor”.

 

 

DAME DE BEBER

Jesús y la Samaritana. Juan (4,5-42) 19 de marzo del 2017.


El Evangelio de este domingo, que narra el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, es de tal riqueza que puede alimentar nuestra oración durante muchos días. Podemos verlo como escuela de oración. Jesús está sentado junto a un pozo, y se acerca una mujer. De hecho es Dios el que se hace encontradizo, a la hora y en el momento menos pensado (en este caso al mediodía, cuando la mujer ha ido a buscar agua porque, probablemente, esperaba no encontrar a nadie debido a la intensidad del sol y el calor). Es Jesús quien nos busca e inicia el diálogo. Por eso el Catecismo dice que nuestra oración es respuesta a lo que nos dice Dios. Él habla primero y nosotros seguimos su diálogo aunque, a veces, como hace la samaritana, salgamos por peteneras.

La oración con Dios parte de lo cotidiano. En este caso sacar agua (el cubo, la profundidad del pozo…). Rezar a partir de lo abstracto, sin incidencia real en la vida, es una forma de impedir la auténtica oración. Y, como no sabemos qué pedir, es Jesús el que nos pide: Dame de beber, que es como si nos dijera: tengo ganas de que estés conmigo y me hagas compañía. Me gusta que vengas a verme y que tengas un rato para que conversemos. Es una petición que parece rara viniendo de Dios, porque lo tiene todo y no necesita de nosotros, pero lo hace para que tengamos sed de Él. Escoge ese camino para que nos demos cuenta de que le necesitamos. Como dice el Catecismo: «Dios tiene sed de nuestra sed». Hoy María, ha querido trasladarnos su oración, no desde lo abstracto sino desde la llamada de auxilio de un sacerdote diocesano de Toledo que se encuentra en Etiopía.

«Me sigue resultando sobrecogedor eso de que Dios pida un vaso de agua, ese ruego de Jesús me sobrepasa. Jesús pide para sí mismo: Dios necesitado de cosas, de elementos tan simples como el agua. “Dame de beber”. Proclama su sed y le pide agua a una mujer que había ido al pozo. Tiene sed, la sed causada por el polvo del camino en la garganta, la sed punzante de quien intenta arrancar saliva de su boca y ya no queda más que arena.

Hay dos veces en las que dice que tiene sed: la primera, frente al pozo de Sicár, en tierra extranjera y pidiéndole agua a una enemiga de su pueblo. La segunda, en la cruz. Tengo sed. Ambas situaciones me sobrepasan.

Nosotros abrimos un grifo y sale agua. Ya ni sabemos lo que es ir con cántaros a por agua al principio del día y tener que administrar eficientísimamente cada gota. No lo conocemos. Tenemos sed y, acto seguido, hay un grifo abierto del que sale agua. Estamos tan acostumbrados que ni siquiera sabemos lo que es tener sed.

Hace ocho años, estuve en Tanzania, en una zona llamada Eyasi donde, tras varias horas en un jeep atravesando caminos de polvo blanco y rojo, árboles destrozados, remolinos de arena en el viento, baobabs dispersos, termiteros, chozas, miseria y gente arrastrando pobreza y viendo pasar la vida sentados en la tierra con aspecto de haber tirado la toalla en esto de vivir. Niños nos perseguían pidiendo… pidiendo, simplemente, terriblemente. Eyasi es el nombre de un lago y yo creía que íbamos a un lago a ver a una tribu Datoga pero el lago ya no existe. Pisé con mis pies el suelo seco y polvoriento del que otrora fuera el fondo de un lago. No había lago. Había sed. Solo sed. Niños y mujeres con los labios blancos de polvo. Nosotros llegamos a un lugar donde habían preparado una tienda de campaña. Cuando bajé del coche, me senté en el suelo a las puertas de mi tienda en aquel lugar maravilloso y terrible y empecé a llorar. Frente a mí estaba el coche; dentro de él teníamos unas garrafas con agua. Sentí vergüenza. Nunca había entendido el tormento de la sed de los caminos polvorientos.

Cristo vivió dos tremendos caminos polvorientos: el que anduvo durante tres años curando, enseñando a vivir, devolviendo la vista y la sonrisa, abriendo los ojos a las voces de los hombres y a la Voz de Dios. El camino a Samaría, a ti, a mí. Y el segundo camino, su otra manifestación de sed: la que provoca el hecho de estar desangrándose y el polvo de la vía crucis hasta el Gólgota. Murió con sed. Con esa misma sed de nosotros que le llevó a venir a buscarnos a nuestro Sicár particular. Con la sed de la arena en la garganta. Con la sed de mi seco corazón. Los puntos cumbres –el “te busco” del evangelio de hoy y el “muero por ti, en vez de ti” del viernes santo- llevan acarreada una profunda sed. Nacen de esa sed.

Cuando el Señor llamó a santa Teresa de Calcuta a aquella misión suya tan especial, lo hizo en estos mismos términos: “Tengo sed”. Ella lo repetía mucho: que Dios tenía sed de almas, y ofreció su vida para saciar esa sed (o esas “sedes”, mejor dicho: la sed de que nos dejemos amar que tiene Dios, y la sed de agua y de Dios que tenemos los hombres).

Hace veinticinco años, compartí la Pascua con un sacerdote de Toledo que venía de Nueva York, de trabajar con las misioneras de la Caridad y con la madre Teresa en el Bronx, y recaló en Talavera unos días. El padre Christopher nos habló de la madre Teresa y nos dijo que, en todas las casas que ellas tienen, en las camas de las leproserías y los hospitales, en los comedores, había una frase: “Este es el Cuerpo de Cristo”. Y que esa era la razón de todo lo que ocurría en esas casas, del amor exquisito y delicado con el que atienden a cada moribundo. Me impactó Christopher y me impactó esa nueva visión de la Eucaristía que él me mostró en aquel jueves santo. Se le veía santidad: tenía la alegría de quien tiene dentro a Dios y la paz que Él confiere, y a la vez comprendías que el brillo de esos ojos se le había forjado absorbiendo el dolor ajeno. Después, volvió a Roma a terminar sus estudios, regresó a Nueva York tras ellos, se cortó a la medida de la madre Teresa más aún, vivió diez años en la República Dominicana... Aprendió, de las manos y la voz de la misma madre Teresa, cómo dar de beber a Cristo en los más pobres de los pobres y saciar su sed (sus “sedes”: la de Dios y la de los hombres).

Ayer recibí una llamada de auxilio que emitía él. Está en Gode, Etiopía, donde lleva más de un año y medio sin llover una sola gota. La situación es terrible. Nos cuenta lo siguiente: “Se están muriendo de sed hasta los camellos. Los animales quedan putrefactándose bajo el sol a 45º, convirtiéndose en un perfecto campo de cultivo para enfermedades como el ántrax. Gode está siendo arrasado por una espantosa epidemia de cólera. Las gentes llegan en el último aliento y a veces mueren a los pocos minutos en manos de médicos impotentes ante la magnitud de la tragedia. Los campos están asolados por la sequía. Aquí ya no crece nada, ni el maíz, ni la soja, ningún tipo de cereales, todo se lo lleva el viento en nubes gigantes de polvareda que todo lo ensucia y viste de gris.”

Cuanta que le avisaron que estaban llegando cantidades enormes de moribundos desde de la zona del Afder. En el intento de llevar agua a los poblados más alejados de algunas ONGs se había cogido agua de una presa cercana a la ciudad de Hargele, que estaba completamente contaminada y podrida. Fue hasta allí y entregó todas las medicinas que tienen en la misión. En la carta explica la situación, lo que se necesita, lo que ha podido hacer. También se encuentra en ella el amor absoluto, el bien absoluto. Leed la carta completa en el link: http://www.religionenlibertad.com/desesperada-peticion-ayuda-los-catolicos-occidente-del-padre-55443.htm  Por favor, leedla. Esa carta es un regalo, es una llamada de Dios. Esa carta es Jesús de Nazaret sentado contigo, al lado del pozo de Sicár. Y nos pide agua.

Esa carta también me grita “Si conocieras el don de Dios”. Esa carta muestra el don de Dios. El padre Christopher es el único sacerdote católico en 700 km a la redonda. Hasta esa zona de la Etiopía Somali no había llegado nunca antes un sacerdote.

He leído la carta y he vuelto a Sicár, he vuelto a la Cruz, he vuelto al “Este es el Cuerpo de Cristo” que constituye la clave de las misioneras de la caridad de santa Teresa de Calcuta, la clave de la Misión para la Misericordia del padre Christopher y la clave del jueves santo y cada Eucaristía, que tan claramente me explicó él mismo hace veinticinco años y tanto me marcó. He vuelto a oír la voz dulce, en nada exigente, cariñosa, delicada, de mi Señor: “María, tengo sed. Dame de beber”.

Exige una respuesta y solo hay una posible: “¿por dónde quieres, Jesús mío, que echemos el cubo para sacar agua?”

Jesús de Nazaret nos está apremiando en la sed de nuestros hermanos y por medio de la voz de uno de nuestros sacerdotes diocesanos en misión. En esta cuaresma puede que sea buena idea privarnos de algo y destinarlo a darles de beber. Calmaremos la sed de Dios, la sed de los hombres, nuestra propia sed de amar y el jueves santo, cuando sea alzado el pan en la última cena, comprenderemos la calve del amor fraterno: reunido allí estará todo y nosotros también. Este es el Cuerpo de Cristo. Dale de beber.

Todos los años el día de San José se celebra el Día del Seminario. Este año pidamos a la Virgen, que los sacerdotes estén siempre “Cerca de Dios y de los hermanos”.

 

 

 

LA VOZ

“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.” Mateo (17,1-9) 12 de marzo del 2017

En pleno tiempo Cuaresmal las lecturas de este domingo suponen como un pequeño descanso, un remanso que se nos ofrece para animarnos en la subida Cuaresmal. De alguna manera se nos dice que el final ya está cerca y que, por ello, no hay que desfallecer. Lo que Jesús hizo con sus apóstoles lo hace también con nosotros. Cuando subimos una montaña, de vez en cuando, nos gusta pararnos y mirar lo que ya hemos recorrido. También nuestra vista se dirige hacia lo alto para calcular lo que queda. Se descansa un poco, se toman fuerzas pero, sobre todo, se percibe el itinerario realizado y lo que aún nos queda. Al mirar atrás sentimos la alegría de lo recorrido. Al contemplar la cima que debemos atacar nos persuadimos de que aún no está hecho todo.

Hoy se nos muestra el tres veces Santo, tal y como es, en la gloria de aquel que ilumina nuestras vidas y que nos ayuda en esta constante transformación hacia la blancura o limpieza de nuestros deseos y actos, de nuestras personas. Cuando nos bautizaron, nos impusieron una vestidura blanca y a nuestros padres y padrinos se les encomendó la responsabilidad de educarnos y preservarnos de perder esta “blancura” que teníamos como “hijos de la luz”, hijos de Dios en Cristo, para poder participar un día del triunfo de la Vida Eterna con el que sus vestidos son de un blanco deslumbrador.

«La primera respuesta de Pedro ante la transfiguración del Señor es querer quedarse allí, no volver a bajar del monte, no volver a hacer nada ni a vivir nada que no sea el estado en el que en ese momento están. Jesús les acaba de llevar al Cielo, les está mostrando que resucitará y cómo es un cuerpo glorioso, les enseña la plenitud de todo. Están contemplando la gran promesa de Dios y están viendo que es una realidad: ¿quién querría volver al mundo de ahí abajo, al que dejaron en la ladera de ese monte?

En cambio, cuando se abre el Cielo y la Voz dice “Este es mi hijo, el Amado, el Predilecto: escuchadle”, sienten miedo. Ante la Voz, ante la dimensión entera de Dios, ante la visión del Paraíso y el Cielo en toda su realización, “se tiran al suelo llenos de espanto”. No son capaces de soportarlo. Resulta paradójico casi. Quieres quedarse y, a medida que se está completando el Cielo a su alrededor, se atemorizan, no pueden con ello.

Yo anhelo el Cielo, de verdad, es lo único que anhelo. Ver a Jesús cara a cara y abrazarlo. Resucitar con Él, vivir con Él. Pero lo pienso y, en este momento de mi vida, en el instante actual, ¿estoy preparada?, ¿podría albergar mi corazón el infinito? Y, en confesión, me doy cuenta de que con toda probabilidad, también me habría tirado al suelo diciendo “¡oye, qué está pasando aquí!”.

Hay que prepararse para poder llegar y estar allí tranquilamente, escuchar la Voz y dejarnos embelesar con la naturalidad con la que lo haría la Virgen María. Me duele pensar que no lo estoy, pero me alegra la esperanza de que Dios va haciendo milagros en mí y vamos a conseguirlo.

Porque Dios hace milagros en el corazón de aquellos que quieren que los haga. Te hará ser paciente poniéndote en situaciones en las que te sea indispensable serlo, en momentos difíciles de esperas confiadas y, como no podrás serlo, recurrirás a Él y Él te infundirá la paciencia y la confianza poco a poco ayudándote a superar cada prueba. Lo mismo va haciendo para erradicar la pereza, el egoísmo, la vanidad: ponerte en situaciones en las que tienes que practicar esas virtudes que necesitas y dándote la capacidad de ser diligente, generoso, humilde a medida que tú se lo pides y lo intentas. No lo hacemos solos: lo hacemos juntos. Pero para que pueda hacerse algo, poner de nuestra parte es fundamental.

Quiero llegar al Cielo y poder mirar a Dios cara a cara. Resuena ahora en mí: “Este es mi Hijo, el Amado: escuchadle”. En Cristo está todo: lo explica todo, lo reúne todo y nos entrega todo. No hay que hacer nada más que mirarlo a Él y escucharlo.
No es oírlo, no es pasar de soslayo por su lado, no: escucharlo. Escuchar es prestar atención, es no hacer otras cosas que puedan distraernos, es interiorizar, es dar importancia, es que vaya calando lo que nos dice, lo que nos enseña y lo que nos entrega. Y escuchar tiene un fin: poner en práctica lo escuchado.

La cuaresma es un gran momento para esto, para subir al monte Tabor y estar con Cristo preparándonos para el otro monte, el Calvario, y, a través de ello, preparándonos para oír sin amedrentamientos la Voz del Padre. Prestemos atención a este tiempo, a lo que Dios nos enseña, a lo que nos ofrece. Porque Dios no pide: Dios ofrece. Te ofrece volver a empezar en cada confesión, te ofrece Su Cuerpo en la Eucaristía cada día, te ofrece ratos de oración para estar con Él, te ofrece poder ser acompañado por su Madre a través del rosario, te ofrece ser Su Corazón cuando entregas algo de ti a alguien (dinero y también tiempo, una sonrisa, un apoyo, una compañía… lo que veamos que necesita aquel que se encuentra a nuestro lado). Y buscando eso, buscando Su Gracia, Su compañía, Su Rostro para imitarlo, para hacerle caso, para entregárselo a los demás, iremos cortándonos más a su imagen y semejanza y el Padre dirá de nosotros también “Este es mi hijo, el Amado, mi Predilecto”, pues tendremos a Cristo tan dentro que se nos verá por los ojos.

La Voz, esa Voz, debe ser tan bella, sonar tan bonita. La Voz por la que todo existe. La Voz que dice de nosotros “Este es mi hijo, el amado”. Quiero pasar mi eternidad escuchándola. Quiero poder mirar a Dios cara a cara. Quiero oír, con deleite, esa Voz.

«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» No se puede decir más claro ni más directo a nosotros. Tenemos la certeza de que escuchar al Señor es lo que tenemos que hacer, porque es voluntad de Dios y lo mejor que podemos hacer en nuestra vida para aprender a vivir como cristianos que somos, como hijos de la luz que queremos hacer el bien, hacer felices a los demás, ser felices, ser santos ¿A qué esperas? Tienes la Palabra, la oración, la comunidad, los pastores de la Iglesia…

Pidámosle a la Virgen que en este tiempo de Cuaresma nos afine el oído, nos haga rezar más y mejor, escuchar la Palabra de Dios en la Iglesia, alabar a Dios y bendecirle y así en los días del triduo pascual oigamos el fuerte grito de Jesús en la Cruz y después el susurro de la piedra del sepulcro abriéndose para mostrar a Cristo resucitado.

 

 

 

SOLO A ÉL ADORARÁS

Las tentaciones de Jesús en el desierto.  Mateo (4,1-11) 5 de marzo del 2017

 El demonio no debía saber con quién estaba hablando. Porque, además, tienta a Cristo exactamente con las mismas cosas con las que a los demás y son cosas contrarias a los anhelos de Cristo –que no a los anhelos de los demás hombres-. Primero le tienta con tener satisfechos los sentidos: “Si eres Hijo de Dios, dile a esas piedras que se conviertan en panes”. Satisface tus sentidos y tenlos tranquilos, que así adormeces el alma. Porque la realidad es que, cuando estamos en una hamaca en la playa tomando mojitos, el cuerpo se queda laxo y el alma también. Y no es nada malo descansar en los periodos de descanso, pero buscar como fin de la existencia que los sentidos estén a gusto y el cuerpo laxo es lo que lleva al personal a odiar los lunes y dejar de vivir un montón de días y minutos maravillosos en su ansiosa espera a que llegue un viernes. Me parece un buen modo de vida si lo que se quiere es ser una medusa, pero si lo que quieres es que, en el momento de morir, no te des cuenta de que no has vivido, si lo que quieres es llegar con el corazón encendido y la vida exprimida, los sentidos no van a estar muy cómodos. Con los sentidos cómodos no se sube al Everest.

La primera tentación es “dedícate a tener los sentidos cómodos, a las cosas que te tengan en calma, a lo que no suponga sacrificio o renuncia, a saciar tu hambre con cosas”. La sociedad actual ha cometido un error de definición y ha igualado felicidad a bienestar cuando el bienestar puede estar solapando un vacío enorme y la felicidad, de hecho, suele ser bastante cansada porque se consigue solo amando y amar es dejarse la piel y los sentidos en el bien de otro. Si ponemos nuestros esfuerzos en las cosas obtendremos cosas, pero el alma no se llena con pan. Y el eco que produce ese hueco que las cosas no pueden llenar puede ser terriblemente doloroso.

La siguiente tentación es “Si eres Hijo de Dios, tírate porque está escrito que los ángeles te sostendrán en sus manos”. Esto a mí me suena a “demuestra quien eres, de lo que eres capaz, de las cosas grandiosas por las que todos te mirarán, exhíbete”. Apela a la soberbia. Sigo dudando mucho de que el demonio supiera realmente a quien hablaba, pero sí sabía lo que ese hombre creía ser: “Hijo de Dios”, y lo que le propone es que haga las cosas de una forma fácil y espectacular. Si eres lo que crees, está escrito de ti… venga, demuéstralo, que es más fácil.

Le plantea hacer las cosas de otra manera, no a la manera en la que Dios quiere, no con la paciencia y la confianza con la que Dios quiere que lo hagas. Y lo hace de tal forma que plantea como buenas actuaciones que no lo son, pero es que te las hace ver como buenísimas y absolutamente justificadas.

La última tentación: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Aquí al demonio se le fue la cabeza del todo y demostró ser un estúpido que no sabía ni a quién hablaba. Pero es muy instructivo: “Te daré todo”. ¿Qué todo va a ser capaz de ofrecer aquel que no tiene nada? ¿Quién es ese para dar nada si nada le pertenece? En cambio Dios sí puede decirme “te daré todo” porque, de hecho, ya me lo ha dado. La vida me la ha dado Él, el aire que respiro me lo ha dado Él, a mis hijos y a mi marido me los ha dado Él, a mis padres y a mis hermanos me los ha dado Él, todo lo que soy me lo ha dado Él, y en mis dolores y mis cruces, se ha dado a sí mismo para estar conmigo en ello. Y en cambio el demonio tiene la desfachatez y la osadía de tomarme por imbécil y ofrecerme… ¿qué? Porque estas tres tentaciones son las que tenemos todos: ten a gusto los sentidos como fin en la vida; demuestra lo que vales y hazlo con soberbia para obligar a los demás a quererte; yo tengo lo que deseas y yo te lo daré si apartas la mirada de Dios y me miras a mí”.

Las respuestas de Jesús son muy claras y no son nuevas, no argumenta con el diablo, no entra al trapo: solo le cita las escrituras –porque lo anterior es igualmente válido y porque Él es desde siempre y su palabra está en vigor siempre-. Le cita las escrituras; nos da la clave para vencer el mal, para ganarle al demonio: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale del aliento de Dios”. “No tentarás al Señor, tu Dios”. “Al Señor, tu Dios, adorarás y solo a Él darás culto”. No argumenta, no le habla: solo habla de Dios.

Al demonio le va mucho lo de distraernos para que apartemos la mirada de Dios y empecemos a mirar a…: da igual, a cualquier sitio que no sea a Cristo: a nosotros mismos, a él, a nuestros proyectos, a nuestras ambiciones, a nuestros planteamientos… a lo que sea mientras no sea a Cristo. Y con el demonio no se debate: del demonio se pasa y punto, seguimos mirando a Dios, solo a Dios, sin apartar la mirada de Él, buscando su amor en el que damos y en el que recibimos, ocupados en Dios. Mientras nuestro corazón y nuestra vida esté ocupada en Dios y mirando a Dios, el demonio será un patético y lamentable ser rabioso por el ninguneo que le hacemos y eso está muy bien.

Imagino el pánico que debió sentir el demonio cuando, tras su última tentación, se da cuenta de que está hablando con Dios. Debió retorcerse de ira: lo había hecho, se había hecho hombre, aquel plan de Dios por el que los demonios se rebelaron contra Él se había cumplido.
Cuando la tentación aparece, cuando el desánimo o la duda revolotean cerca, cuando soy pequeña e incapaz y deseo ser grande, cuando la soberbia me incita a actuar por mí y pasar del resto de consideraciones, cuando el demonio le susurra a mi oído que ponga mi ilusión en el pan, que demuestre al mundo quien soy y que no espere de Dios que Él me vaya a dar nada sino todo lo contrario, que Él me lo va a quitar y quien me lo va a dar es vivir en contra de Él, dirijo mi mirada a Dios y no la aparto. Sólo pienso en Dios, estoy más con Él, me acerco más a Él. Si oigo esas tentaciones es porque me he distraído y he dejado de mirarlo para mirarme a mí.

Nos tiene que mover solo Dios, amar a Dios, ser amados por Dios. Nosotros seguimos a Dios, nada más. Nos interesa Dios y ya. El demonio… bueno, pues que rabie y moleste, que es lo suyo, pero si nuestro corazón está orientado a Dios y buscamos no desviar la mirada de Él, el demonio es solo un patético ser que propone estupideces. Y es que, si lo pensamos bien, lo que propone son siempre estupideces. Mira que proponerle a Dios que lo adore a él… ¡Qué lamentable!

Como nos ha comentado María, ni siquiera a Jesús le dejó en paz aunque fracasara tan rotundamente allá en el desierto al que fue llevado. Jesús vence a la tentación cuando va al desierto llevado por el Espíritu. Podríamos estar felices: ha vencido, luego nosotros también venceremos. Nos vendrá muy bien el ayuno de la Cuaresma, porque nos prepararemos ante el engañador, como lo hizo Jesús, y le venceremos. Sabemos, además, que el desierto es el lugar de la tentación más cruel y sibilina, la que nos pone delante los espejismos más suculentos para que pequemos en la pura virtualidad de la imaginación arrastrados por el deseo inducido por el diablo. Qué duro lugar el desierto. Estamos en él siempre ante nosotros mismos, sin posibilidad de distraernos de la tentación por alguna necesidad casual. Nada que no sea ella misma enfrentada a lo que somos. Mas, nos decimos, Jesús venció al tentador en el desierto, luego yo venceré al tentador en mi desierto. Quizá. Depende de cómo me posicione ante el tentador.

Parece mentira lo reacio que es el ser humano a admitir que es tentado. A pesar de repetir cada día en el Padrenuestro “no nos dejes caer en la tentación” a la hora de reconocer nuestra propia tentación negamos esa realidad. Lo achacamos a la debilidad, a nuestro carácter, al ambiente o la situación,…. cualquier cosa menos admitir que hemos caído en la tentación. ¿Qué tiene esto de interesante? Que si no reconocemos la tentación y que hemos caído en ella, no reconoceremos nuestro pecado, nos exculparemos, diremos que no ha sido culpa nuestra, que no hemos tenido otra opción. Es como el feo, no tiene la culpa de haber nacido feo, nadie se lo echaría en cara. Como negamos la tentación negamos también la posibilidad de haberla evitado, al igual que no puedo elegir si el día de hoy es soleado o lluvioso. Se acaba pensando que el pecado, no tal vez esos pecados que consideramos “gordos” y escandalosos, sino el pecado diario es inevitable. No podemos ser virtuosos porque “somos así.” En el fondo Eva no podía menos que morder la manzana (o el melón, lo que “seriese”), pues estaba justo en medio del jardín, como nuestras pasiones están tantas veces en medio de nuestra mente y de nuestro corazón.

Pero eso es un engaño. El cuerpo puede ser débil, deshacerse y apagarse poco a poco, pero la grandeza de espíritu existe y la Gracia de Dios actúa. “En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.” En tanto en cuanto no reconozco la tentación soy incapaz de reconocer la fuerza de la Gracia.

¿Qué haremos ante la tentación? Solo hay un camino; solo una posibilidad de vencerla: pronunciar el nombre del Señor que será quien nos salve. Está escrito: invocaré su nombre y él me librará de las fauces del león que anda rondando buscando a quién devorar. Ante la tentación, recurramos a la Virgen, ella nos enseñará lo que nos estima Dios, mucho más que lo que nos queremos nosotros.

 

 

NO TE AGOBIES Y CONFIA

Riquezas y preocupaciones. Mateo (6,24-34) 26 de febrero del 2017.

 

Es posible que nunca neguemos nuestra fe en la Providencia, a nivel teórico, pero quizás no suceda lo mismo en la vida práctica. Cuando olvidamos que Dios cuida de nosotros, y que nada le pasa desapercibido ni escapa a su mirada, nos sobreviene la angustia, por la que anticipamos un futuro incierto.

En el Evangelio de hoy leemos “los gentiles se afanan por esas cosas”. Y esas cosas son el comer, el beber y el vestir: todas básicas. Nos pide que no tengamos un corazón dividido. Dios vela por cada uno de nosotros y conduce la historia. Preocuparse de las cosas teniendo presente a Dios; tratar las cosas por su referencia a Dios; descubrir que todo procede de Él y que sólo en Él cobran sentido… ¡Hay tantos aspectos que se pueden considerar!

Este último fin de semana en Moyobamba va a ser completo. Misas, bautismos, dos bodas, despedidas. Habrá que pasar de la concha del bautismo a los anillos de los novios sin solución de continuidad. Tendré que confiar en que las novias sean puntuales (no es machismo, las novias son las que suelen llegar tarde), en que los padres no se olviden a su hijo en casa con los nervios del Bautizo y que en Misa no predique sobre los contrayentes. Para cada uno de ellos (novios, padres de los niños e incluso los que vienen a Misa), es un día importante (para mí también, pues después de seis ahijadas en Moyobamba seré padrino del primer niño), por lo que todo tiene que salir bien. Lo mejor será no agobiarse. El verbo agobiar proviene del latín “gibbus,” que significa “joroba.” Es decir, que decir “no te agobies” es lo mismo que decir “no te jorobes.”

“Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.” Pocas cosas hay más tristes que una persona agobiada. Se joroba a sí mismo y joroba a los que están a su alrededor. Está molesto por lo que tiene que hacer ese día, lo que esté haciendo en ese momento lo hace mal pues está pensando en lo mucho que le fastidia hacer lo que viene a continuación, y llega la noche -en vez de estar dando gracias a Dios por el día que ha vivido- y le quita el sueño la de cosas molestas que tiene que hacer mañana. A fin de cuentas, es falta de confianza en la Providencia, intentamos servir a “dos señores,” pero enfadados con uno y con otro.

La sabiduría de Dios es a veces difícil de entender y, sobre todo, de vivir. Nos encanta pre-ocuparnos y a veces tanto que no disfrutamos del acontecimiento que nos tenía tan preocupados. Muchas veces le pasa al que prepara una comida, está tan volcado en que todo salga bien que al final no come. “¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?” Una cosa es pre-ocuparse y otra es desentenderse. La vida no nos la ha dado Dios para que no vivamos, sino para vivir cada instante con intensidad. Uno puede dedicar su tiempo a pensar lo que es posible que haga y nunca lleve a cabo, o a hacer lo que uno tiene que hacer. Por ejemplo. Si uno quiere hacer unos minutos de oración que se ponga a hacer oración. Muchas veces piensas hacer quince minutos de adoración, y entre que piensas cuándo podrás sacar esos quince minutos, te preparas y buscas el sitio donde hacerlos, dejas de mirar el móvil o el correo electrónico, piensas por quién vas a rezar o si tienes que preparar algo para después…, ya ha pasado media hora sin rezar. Cuando te pongas a rezar, reza. Lo que venga después vendrá, lo de antes ya ha pasado. Y así con la mayoría de las cosas de la vida, desde ver a un amigo a escribir un comentario.

Y cuando lo intentas y no te sale: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» da mucha paz. San Pablo nos puede ayudar a vivir sin agobios: “Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.” San Pablo vive para servir al Señor. Sin duda alguna le gustaría hacerlo mejor, pero sabe cómo le quiere el Señor. “Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.»” Es muy importante saber quiénes somos y dónde estamos. Quien vive siempre pensando: “Si estuviese en otro sitio lo haría mejor.” “Si tuviese otro trabajo sería más eficiente.” “Si hubiera vivido en otra época habría sido un genio.” “Si me rodeasen otras personas sería un auténtico apóstol de las gentes.” …, si vivimos así estaremos agobiados, es decir, siempre. jorobados.

Confía en que, a no ser que vivas en pecado, Dios te quiere donde estás. Con tu familia, con tu trabajo, con tu carácter, con tus debilidades. La Gracia de Dios nos basta para hacer que sólo Dios se luzca en medio de todas las dificultades o carencias que puedas suponer. Allí donde estés intenta hacer la voluntad de Dios, sé fiel a tus momentos de encuentro con Dios, sé agradecido por todo lo que te da cada día y harás desaparecer esa joroba que te hace verte deformado, feo e inútil.

Pídele a la Virgen estar en lo que tienes que estar, sin agobios, y lo que pase lo guardas en el corazón. La Virgen es la mujer más hermosa que ha pisado la tierra, pues confió absolutamente en Dios y la Gracia actuó plenamente en ella. Mírala y pregúntale todo lo que Dios está haciendo hoy, ahora, por ti. Descubrirás todo lo que Dios te da y, si ese diálogo con nuestra Madre lo tienes frente al sagrario, ¿qué más puedes pedir?

 

 

 

AMEMOS COMO DIOS AMA

 

El amor hacia los enemigos. Mateo (5,38-48) 19 de febrero del 2017.

 

Las tres lecturas de este día nos hablan de la santidad de Dios. También se refieren a nuestra vocación a la santidad. El amor que Dios nos tiene se manifiesta también en ese deseo suyo de que seamos santos como Él. Dios se comunica al hombre dándose a sí mismo. En esa donación nos comunica su propia vida, que es su santidad. Pero esta no se ofrece de una manera mecánica, sino que pide la correspondencia de nuestra libertad.

Cuando Dios habla a Moisés (primera lectura), de alguna manera le presenta un imposible. Les dice que han de ser santos como Él. Sin embargo, esa posibilidad estaba lejos del alcance del pueblo de Israel. Será con el envío del Espíritu Santo cuando la santidad de Dios sea comunicada al hombre. Esa comunicación es tan íntima que transforma totalmente al hombre. Por eso san Pablo nos recuerda que somos templos del Espíritu Santo. Es decir, verdaderas casas de Dios. El cristiano es santo porque Dios habita en él y es santo. Su presencia nos santifica porque su vida nos es comunicada. En esta perspectiva se entienden las enseñanzas del Evangelio de hoy. Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…” Este lenguaje debió dejar desconcertado al auditorio de Jesús y no es para menos. A nosotros nos sucede lo mismo. Decimos: “¿por qué voy a ayudar a ese después de lo que me ha hecho?”, y cosas semejantes. Como decía Lewis “Todos dicen que el perdón es una idea maravillosa, hasta que tienen algo que perdonar”.

El mandamiento del amor desborda lo que el hombre puede alcanzar a ver con las solas luces de su inteligencia. Lo hemos oído muchas veces: “¿Por qué tengo que tratar bien a quien me hace el mal?”. La respuesta última es: “Porque así lo hace Dios”. Ciertamente, cuando escuchamos las palabras de Jesús inmediatamente pensamos en cómo Dios nos ama a nosotros que no somos buenos. Es su amor el que nos rescata del mal en el que vivimos y el que nos da nuevas oportunidades. Amar a los enemigos, ¡qué difícil!. Pero hay algo que sabemos por experiencia y es que, cuando nos hemos comportado de esa manera, siguiendo las palabras del Señor, hemos sido más felices. Eso no lo podemos negar.

El Padre Kolbe, que derrotó a la furia nazi ofreciendo su vida en el campo de concentración de Auswitch decía: “Sólo el amor es creador”. Sólo el amor tiene capacidad para hacer las cosas nuevas. Y es el amor, no abstracto sino manifestado en Jesús, Dios que se ha hecho hombre, el que puede cambiar los corazones. Jesús une el mandamiento de amar a los enemigos a la perfección de Dios. Es más, lo indica como el camino para ser santos como Dios es santo. Amar a los enemigos es participar de la misericordia de Dios, entender cómo Él se ha comportado con nosotros.

Muchas veces exigimos, a quien se ha enfadado con nosotros o nos ha ofendido, que dé el primer paso. No nos damos cuenta de que en nuestra vida las cosas no han ido así. Como indica san Juan, Dios se ha avanzado a amarnos. No hemos sido nosotros los que le hemos querido. Es más, al amarnos nos ha hecho buenos y nos ha dado la capacidad de amar. Bastaría pensar un poco en ello para cambiar nuestra forma de actuar.


Todo lo que Jesús nos pide, más allá de su exigencia, corresponde al comportamiento de Dios. De hecho Jesús está definiendo al que se ha configurado con Él. Así actúa el que siente según el Corazón de Jesús. Por eso Jesús vincula ese comportamiento con ser “hijos del Altísimo” o con la forma de actuar propia del Padre.

Carlos de Foucauld, misionero ermitaño en medio de los tuareg, se planteaba como evangelizar aquellas tribus nómadas que profesaban el Islam. Tras varios fracasos pensaba que la mejor manera sería llevar al desierto familias cristianas. No pensaba en sacerdotes ni religiosos, sino en laicos, que desempeñaran su oficio y que movieran el corazón de los habitantes de la región por sus virtudes. Pensaba que aquella sería la mejor ofensiva evangelizadora: la del ejemplo.

La caridad sólo se puede vivir desde la unión con Dios. Sólo Él es capaz de darnos la gracia para vivir amando a los enemigos. Sólo desde las horas que se pasan delante del Sagrario comprendemos el amor que Dios nos tiene y podemos vivirlo. No me creo esa “caridad” que se confunde con la filantropía, que no parte de Dios sino de reivindicaciones o estudios sociológicos. Los grandes maestros de la caridad han sido maestros de espiritualidad, de unión íntima con Dios. Cuando se descubre a Cristo crucificado se abandona toda “ideología” de la caridad, que algunos utilizan como arma arrojadiza los unos contra los otros, y se descubre la valía de todo hombre, hasta de los “enemigos.”
Esa es la perfección a la que Jesús nos incita. Plenitud de amor, como la perfección de Dios es perfección de infinito amor. Amor sin límites. Amor que pasa por la cruz del Hijo. Es de esta manera como nuestra caridad es genuina.

Perfección que nos ha de llevar a que hagamos posible lo imposible: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos aborrecen, rezar por los que nos persiguen y calumnian. Ni más ni menos que esto es lo que nos pide el Señor. Y nos lo pide porque sabemos que ahora, ahora sí, lo podemos, mejor, lo puede la fuerza del Espíritu que habita en nosotros y nos ofrece sus dones. Dones de misericordia. Porque es así como seremos hijos del Padre. Padre nuestro hemos dicho, porque Jesús nos ha pedido que recemos así, y él es misericordioso con todos, hace salir el sol sobre justos e injustos. Hacer lo que hace Jesús por la fuerza del Espíritu en nosotros, de este modo somos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.

Amar al enemigo es querer que se salve. Es desear que pueda gozar de la felicidad del cielo. Debemos pedirle al Señor que nos enseñe a amar a todos los hombres como los ama Él, que no quiere la muerte del pecador si no que se convierta y que viva. Que la Virgen, Madre de misericordia, nos ayude a ser perfectos según la medida de su Hijo. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros para que sepamos aprovechar las gracias que Dios nos ofrece

 

 

 

EL EVANGELIO RESIDE EN EL CORAZON

No he venido a abolir, sino a dar plenitud. Mateo (5,17-37) 12 de febrero del 2017.

 

Hay personas que sólo compran cuando hay rebajas. Eso lo impone la economía familiar y también una cierta cultura que busca las gangas en todo momento. Hace pocas semanas terminó esa cita anual que son las rebajas una vez terminada la navidad. Y la imagen nos viene como anillo al dedo para el evangelio de hoy. Jesús da una enseñanza que integra lo importante con las cosas pequeñas. No entra en contradicción ni cae en reduccionismos. Dice claramente que “pasarán el cielo y la tierra antes de que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley”. Pero, al mismo tiempo, da una clave interpretativa: “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”. De esta forma indicaba una manera de entender su enseñanza.

Porque el Evangelio no es moralista. Los mandamientos no están para coartar la libertad del hombre sino para conducirlo a la plenitud. La felicidad, por consiguiente, será proporcionada al cumplimiento de los mismos. Pero ese cumplimiento no puede ser exterior, sino que debe ser conducido desde dentro por el Espíritu Santo.

Erróneamente se ha considerado a veces si la Iglesia tendría mayor éxito social si redujera su exigencia moral. Se piensa que eso atraería a más personas y que, además, estarían más contentas. Esa visión separa la moral de la felicidad o realización del hombre. Si la Iglesia tuviera como fin reunir a muchas personas sin importarles su bien, el argumento sería satisfactorio. Pero su finalidad es otra: conducir a los hombres hacia Cristo para que alcancen la perfección.

Por eso no debemos leer este evangelio como una amenaza, sino más bien como una invitación a ser exigentes en el amor a Dios intentando que ningún aspecto de nuestra vida escape a la ley de Cristo. Cuando Jesús señala que quien se salte uno solo de los preceptos menos importantes será el menos importante en el Reino de los Cielos, vincula nuestra plenitud al cumplimiento de la ley.

Como nos dice María en su comentario al evangelio de hoy “el Evangelio reside en el corazón. El Reino de Cristo empieza en cada corazón y hay que dar respuesta: ¿lo quieres?
A veces veo a personas que viven el Evangelio y, en cambio, dicen no tener fe: la han perdido o nunca la tuvieron en realidad y encontraron en lo que se les contó y se les mostró únicamente una cultura, una tradición a la que no podían dar más sentido que ese. Pero ellos viven el gran ruego de Cristo: “amaos. Tuve hambre y me disteis de comer”. Creo que Dios hace a través de ellos y ellos ni siquiera saben que trabajan para Él. Esas personas me enseñan mucho por un motivo: me delatan.

¿De quién es mi corazón?, ¿Qué hay dentro de él? O, mejor dicho, ¿quién hay en él? ¿Estoy yo o está Dios? Y la respuesta no se da con palabras. Para hallar la respuesta hay que mirar, desde la humildad y el corazón sincero, cómo trato a las personas que hay cerca de mí, a aquellos a los que Dios ha puesto en mi camino y a las que me cruzo por la calle, también. Mi medida de haber entendido el mandato de Dios y a quién tengo en mi interior es como me comporto en el exterior, en los hechos concretos, en el amor de Dios que se canaliza a través de mi amor a los demás, pero al que también puedo impedir pasar y que no les llegue.

Y hay que contestar, urge contestar. Porque podemos mostrar esto como una tradición en el mejor de los casos no irá, en todos los casos incomprensible, exigente y hueca, o podemos mostrar el bien absoluto, el fruto de nuestro encuentro con Cristo, las manos dedicadas a amar en actos concretos y la sonrisa imperecedera de quién se sabe la niña de los ojos de Dios.
A Cristo se le muestra con la vida. Lo demás… lo demás somos nosotros, lo demás es vanidad. Lo demás está hueco”

Por tanto, Jesús no anula la ley antigua, sino que la conduce a su plenitud. Dicha plenitud la encontramos en su persona, pues en Él se hace carne el Amor infinito de Dios. Por eso sólo Él puede ayudarnos a comprender en plenitud el alcance de los preceptos. Nosotros tendemos a reducirlos y a convertirlos en letra muerta. Es así porque los vemos más como limitaciones que como posibilidades. Nuestro afán de libertad nos lleva a luchar contra esos límites y, por lo mismo, a reducir el alcance de la ley. Pero la ley no es contraria al hombre, sino que ha sido dada para su bien. De ahí que debamos agradecerla y tomarla como un punto de partida para ir mucho más lejos. Sabemos que las enseñanzas de Jesús no se quedan ahí, sino que llevan a amar como Él nos ha amado. Junto al mandato nos da la posibilidad de cumplirlo por el don del Espíritu Santo.

En la vida espiritual qué bueno es confrontarse cada día con el Señor para que nuestra vida cada día sea más grande, más plena, más feliz. Muchas personas se han santificado en la relación con los santos, porque éstos les han abierto horizontes más grandes. Y precisamente los santos se caracterizan por su exigencia, que después, en el proceso de canonización, queda reconocido en si han vivido heroicamente las virtudes. Ese detallismo espiritual no tiene nada que ver con el formalismo estéril, pero sí con la plenitud a que conduce el amor de Cristo. Lleva la ley a su consumación, al igual que la vida de cada hombre que se confía a Él, que no lo vive como una amenaza sino como una salvación. Nada es insignificante, todo importa, hasta el precepto más pequeño, porque el Señor está con nosotros.

Cuando tienes el gran proyecto de ser santo, de llegar al cielo, de estar con Dios, hay que cuidar las pequeñas cosas. Podemos ser como la niña Santa Teresa que se iba de su casa buscando el martirio, y seguramente nunca lo encontremos. Pero sí encontraremos cien mil pequeñas contradicciones, tropiezos, incoherencias que tenemos que cambiar. Descubriremos que para avanzar hay que empezar dando un paso y ese, todavía no lo hemos dado. Por eso el camino de la santidad empieza por las cosas pequeñas. De nada valdrían quince horas de oración si al llegar a casa maltratas a tu mujer o ignoras a tus hijos. De poco serviría el ofrecerse al Señor para morir mártir si no estamos dispuesto a quitar nuestro “yo” de la boca y del centro del corazón.

Cuidemos las pequeñas cosas, no nos creamos los inventores de la redención, que eso ya lo hizo Jesucristo y unámonos a Él en cada cosa, por pequeña que sea.

La Virgen nuestra Madre recibió el mayor proyecto posible y se fue a servir a su prima Isabel. Que aprendamos nosotros y cuidemos lo pequeño para ser grandes.

 

 

 

ÉXITO

Las Bienaventuranzas. Mateo (5,1-12) 29 de enero del 2017.

El texto que hoy leemos en el evangelio resuena en nuestro corazón. En todo hombre hay lo que san Agustín llama “memoria Dei”. Según esta, podemos reconocer la verdad, la bondad y la belleza porque hay como una disposición en nuestro corazón para ellas. Podemos decir que cuando nos encontramos con algo verdadero, nuestro corazón se satisface, y lo mismo sucede con la bondad y con todo lo que es hermoso. En definitiva, como dice el mismo santo, estamos hechos para Dios y mientras no lo encontramos experimentamos la insatisfacción.

Pero hay textos como el de las Bienaventuranzas que nos cautivan por su singular belleza y ello a pesar de que resultan paradójicas y contienen mucho de exigencia. Jesús dice, por ejemplo, que son felices los que lloran. Aunque en un primer momento pensemos que eso no puede ser verdad, porque huimos continuamente de las lágrimas, sin embargo, intuimos que es cierto y que muchas veces nos habría gustado llorar en vez de salir victoriosos, tener éxito, porque habríamos sido más felices.

De ello nos habla María en su comentario de vida al evangelio de hoy.

«Crecí en aquellos años 80 en los que los yupis inundaban Wall Street y nos los metía Hollywood por los ojos. Estudié durante aquellos años 90 en los que la competitividad agresiva era un valor y me licencié en Economía, además. Eran años en los que España sufrió una crisis tremenda con un 24% de paro y recurriendo a la devaluación de la moneda tres veces en el mismo año. Años en los que había que pelear muy duro porque la generación del Babyboom pretendíamos entrar todos a una universidad que se había quedado pequeña en dimensiones y no podía albergar a tantísimas personas. Competíamos. En el Instituto, en los exámenes de selectividad, en todo, competíamos sin tregua. La generación del Babyboom salimos en masa de la universidad y copamos el mercado de trabajo: había que competir más aún. En aquella época se empieza eso de los contratos en prácticas y tenías a ingenieros con dos idiomas trabajando gratis o por 300 € al mes. Y seguíamos compitiendo exacerbadamente. Y nos dijeron que la competencia agresiva era un valor.

La sociedad nos dijo que seríamos lo que pusiera en nuestra tarjeta de visita. En los 80 se intentó solventar otra crisis introduciendo en España a las multinacionales. Si tu tarjeta de visita era de una multinacional, mejor. Si en ella estaba tu puesto escrito en inglés, mejor aún, y si era de una consultora, lo habías logrado: tenías éxito. Yo, además, soy una mujer y, en aquellos 90, teníamos que demostrar a la sociedad que nuestro éxito era mayor que el de los hombres y empezar a acaparar las consultoras, los puestos escritos en inglés, las tarjetas de visita… Nos educaron para ser lo que pusiera en nuestra tarjeta de visita de una multinacional. Éxito. El éxito de los yupis. El éxito de quien posee objetos y puede presumir de trabajo. El éxito de ser el mejor. El éxito vanidoso de la nada enfundada en un traje sastre azul con raya diplomática.

Y yo lo rocé. Entré en la universidad y gané la primera gran competición. Terminé y gané la competición de empezar a trabajar al día siguiente de acabar la carrera. Después de tres meses, gané la competición de lograr trabajar como economista y cobrando un sueldo más que en condiciones por ello. Ganaba competiciones y podía mostrar una tarjeta de visita de una multinacional francesa cuyo idioma corporativo era el inglés. Estupendo. Había logrado lo que el mundo me dijo desde niña que tenía que logar. Éxito.

Pero un terrible vacío me asolaba. Mi enfermedad no era compatible con ese éxito. Tuve todo eso. Pero seguía sintiendo vacío en todo eso. Y, después, perdí todo eso. Mi enfermedad arrasó con mi trabajo y con todo lo que había sido mi vida preciosa hecha de damasquinado toledano y que con tantísimo esfuerzo había logrado conquistar. Dejé Madrid y volví a Talavera de la Reina. No había ya tarjeta de visita, ni independencia económica –ni de ningún tipo, en realidad-, no había nada de eso que me dijeron desde niña que tenía que tener. Yo era nada. Sentía que era nada. Lloraba, sentía hacia mí la injusticia de ser despedida por estar enferma, me sentía pobre, muy pobre, muy incapaz. Y entonces, cuando ya no tenía nada, cuando me hice consciente de que por mi enfermedad no me permitirían siquiera competir, en esa competencia feroz en la que lo hacíamos, contra los de cerebro sano, me sentí libre. Libre al fin.

No tenía que ser una tarjeta de visita, no tenía que vestir de traje, no tenía que ser nada, que aparentar nada, que demostrar nada, que poseer nada, que pertenecer a ningún estatus social. Libre. Absolutamente libre. Estaba yo, neta, solo quedaba de mí mi alma. Libre.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Adquirí en aquellos años de humano fracaso, grandes victorias en mi interior. En la pobreza de reconocerme nada, de tener que agarrarme a Dios para aprender a regir mi vida por caminos inciertos, encontré la belleza y la paz de vivir confiada en Dios. La experiencia de que Él hace bien las cosas y sabe lo que hace, aunque no me lo explique o yo no lo hubiera hecho así, es una liberación enorme que proporciona una paz invencible.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. La injusticia de que me despidieran por mi enfermedad. La injusticia de tener que competir en todo y haciéndolo con la desventaja de tener la mente rota. La injusticia de que se me valorara por mi tarjeta de visita. Cualquier injusticia se solventó al transformarla Cristo en esta historia tan bonita que es mi vida. Cogió todas sus oscuridades y las transformó. Buscaba un éxito relleno de vacío y, al fracasar en ese éxito mundano, encontré el éxito de no ser nada por mí y serlo todo al irme rellenando de Dios, al ir confiando mi vida al Corazón de Cristo, que no quería de mí mi tarjeta de visita, sino mi falta de ella, precisamente. Que no quería que compitiera contra Él sino dejarle que me ganara el corazón. La injusticia del mundo me llevó a darme cuenta de lo querida que soy por Dios, de lo importante que soy para Él cuando no soy lo que pone en una tarjeta de visita.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. El trastorno bipolar hace llorar bastante. Además de ser un síntoma, el daño que causa, las consecuencias de él, la exclusión y el estigma que conlleva esta enfermedad hacen llorar bastante. En todas mis lágrimas he encontrado el consuelo de Dios. Que Cristo se haga pañuelo de lágrimas es un gran milagro que genera mucha confianza y una intimidad bastante bonita.

Es curioso que mi pobreza, mi fracaso, las injusticias de un mundo empeñado en que cada uno sea superior a los demás, la enfermedad, las lágrimas me hicieran volver la mirada a Jesús y conocerle más y mejor. Bienaventuradas son las cicatrices que tengo, que me llevaron a la intimidad con Dios y me sacaron de aquella mentira del éxito competitivo de ser una simple tarjeta de visita. El éxito está en el alma llena de Dios, en la confianza en Él, en vivir lo que hay que vivir por amor a Dios y desde el amor de Dios. El éxito está en ser persona y mirar a los ojos a los demás independientemente del traje, la carrera que estudió, su éxito profesional o cualquiera de las cosas que se vean por fuera. Trabaja y estudia para cumplir mejor la voluntad de Dios y puede que acabes teniendo una bonita tarjeta de visita, sí, pero te dará igual y te presentarás con tus ojos, los tuyos, los que se enajenan de lágrimas cuando procede, los que luchan por la justicia y tienen sed de ella, los que reflejan un alma serena y mansa la Voluntad de Dios, los que están llenos del brillo un crucificado.

Busca el éxito. El que excede las tarjetas de visita. El que llena. Está muy claro en qué consiste: bienaventurados los mansos de corazón, bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados… Lee la lectura de hoy (Mt 5,1-12): ¿cómo andas de “éxito”?»

Después de leer la meditación de María sobre el evangelio de hoy nos damos cuenta que las bienaventuranzas no son un modelo teórico, son una realidad que tenemos cientos de ocasiones de vivir en nuestra vida hasta configurar nuestra vida con las bienaventuranzas. Sólo los pobres y los humildes saben privarse de sus cosas para dar su vida a Dios. Por eso el Evangelio no es sólo un conocimiento teórico de una doctrina, no son los sabios, ni los poderosos ni los aristócratas los escogidos, sino lo que no cuenta, los que saben no contar con lo suyo, para dárselo todo a Dios.

Las bienaventuranzas no son para leerlas, son para vivirlas. Pidámosle a la Virgen que nos meta en corazón de su Hijo y de allí arranquemos el Espíritu para hacer, de verdad, vida las bienaventuranzas en este mundo que tiene tan pocas alegrías. La Virgen María es el modelo de las bienaventuranzas, en ella vemos encarnado que «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor», lo demás sobra.

 

 

 


LA TIERRA TRAIDORA

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.  Mateo (4,12-23) 22 de enero del 2017.

«Dios no da puntada sin hilo. Todo tiene un sentido, todo lo hace por algo: no hay arbitrariedad en Él. Es curioso que comenzara en la tierra de Zabulón. La tribu fundada por Zabulón, y que ocupaba el territorio de Galilea, se apartó de Dios y comenzó a adorar a los baales. Ellos decidieron dar la espalda a un Dios que tanto había ayudado a su pueblo, ellos se erigieron dioses a su medida a los que seguir para justificar vivir así, a su manera. Estaban enfadados con Dios, desanimados con Él. Y en la tierra de esa tribu, aquella infiel y traidora, es donde decide comenzar. Es más, es donde empieza a elegir a sus discípulos. Es, incluso, donde elegirá a aquel sobre el que fundará la Iglesia. Una vez más es algo ilógico, algo que nosotros no haríamos.

Yo elegiría una tierra en la que siempre se me hubiera querido, en la que se me hubiera buscado y esperaran mi venida: estratégicamente, me parece mejor porque sería más fácil atraer a gente y, cuando llegara a las zonas más conflictivas conmigo, tendría un respaldo de credibilidad puesto que un grupo numeroso atestiguarían mi mensaje. Y, además, me sentiría más a gusto (me gusta que me quieran, me da confianza). Claro que eso tal vez fuera porque yo necesito un aporte de confianza que Dios no necesita. Y porque no soy yo precisamente directora de operaciones ni estratega y Dios sí viene a saber cómo hacer las cosas. En otras palabras, mi estrategia se basa en mí, en mis necesidades; la de Cristo se basa en el amor, en la entrega de sí, en nosotros y no en Él.

Se lo avisó ya por medio de Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Dios es la luz y a lo que viene es a iluminar. Las tinieblas son el medio que quiere disipar, son el lugar donde necesita estar para que estas sean iluminadas y reciban vida, calor, consciencia de quien son y la belleza de ser amadas y preferidas por Dios. Y así, las tinieblas desaparecen.

A menudo ubicamos a Dios en las cosas buenas de nosotros y pretendemos esconderle nuestras oscuridades. Nos hace sentir bien, cómodos en nosotros mismos, nos autojustificamos y nos parece que ese es el lugar donde reina Dios y donde debe estar. Pero Su lógica inversa es la acertada. Esa actitud nuestra del buenismo hacia nosotros mismos y una condescendencia con nuestro interior que nos lleva a ubicar a Dios en esa zona y pretende excluirlo de nuestra zona sombría, solo nos conduce a un corazón raquítico y a ponerle barreras a Dios y a Su amor. Nos conduce a que las tinieblas nunca desaparezcan.

Cristo no vino a ocupar un trocito sólo de nosotros, el que a nosotros nos parece “aparente”; vino a iluminar todo, a transformar todo, a llenarnos del todo. Es en nuestras tinieblas, en nuestra falta de confianza hacia Él, en nuestra ausencia de fe, en ese darle la espalda que todos tendemos a tener y en algún momento hemos hecho, en nuestro egoísmo, en nuestras partes oscuras donde Él quiere habitar, por donde Él quiere empezar, para lo que ha venido y donde elegirá a nuestros Pedros, Juanes y Santiagos interiores para mostrarse ante el mundo y ante nosotros mismos.

Busquemos ante Él nuestras oscuridades y nuestras rebeldías, las heridas que hemos causado, la verdad de nosotros mismos, con la alegría de saber que es ahí, precisamente ahí, donde Dios quiere estar, para lo que Cristo vino al mundo, lo que quiere iluminar. Ahora los baales, aquellos diosecillos lamentables e inútiles que la tribu de Zabulón se hizo para suplir a Dios, también existen: somos nosotros mismos. Hemos matado a Dios para erigirnos en dioses y darnos culto. Y al final nos queda un vacío que intentamos rellenar a base de prisas, actividades, ruidos y tiempo perdido mirando un Smartphone para no verlo, para que no seamos conscientes de que hay tinieblas en nosotros.

¡Qué distintas son nuestras tinieblas cuando comprendemos que son el objeto de la venida de Cristo, cuando sabemos que en esa parte también somos amados –es más, en ella somos especialmente amados-! ¡Qué duras son cuando sólo son tinieblas –irremediables tinieblas-, cosas que ocultar porque nuestro dios baal –el hombre al que hemos elevado a unas alturas por las que no puede volar- no las ama, no las ilumina, las esconde, las evita, las oculta a base de prisas, actividades, ruidos y tiempo perdido, porque no puede vencerlas!

Seamos claros, todos somos la tierra de Zabulón. Búscate dentro con sinceridad y encontrarás la traidora tierra de Zabulón dentro de ti. Cuando lo hagas, cuando la encuentres, ¡enhorabuena! Es a ella adonde se dirige Cristo, por donde quiere empezar a amarte. No apartes la mirada: ilumínala con la luz de Dios. Verás lo querido que eres, verás que las tinieblas se disipan y tu corazón crece. Ya no querrás ser dios: querrás tener a Dios en ti y amarlo.

Por cierto, Zabulón significa “morar”, “habitar”. No hay puntada sin hilo para Dios. Es ahí, en la tierra traidora, donde quiere habitar, donde quiere morar. Zabulón es la morada de Dios.»

Después de leer el comentario de María aquí en Moyobamba(Perú), donde me encuentro desde el pasado martes, he entendido la extraña simplicidad con la que el Señor nos llama. No corre tras nosotros. Ni se vuelve para ver si, efectivamente, le seguimos. Quizá somos demasiado ricos. No nos da explicaciones. Venid y ved. Y fueron y vieron. Y se quedaron con Él. No más que esta maravillosa sencillez. Nos habla con mansa autoridad, venid, y nosotros le escuchamos con austera libertad, seguidme. ¿Cómo es esto posible? Porque, caminando en tinieblas, vimos una luz grande. Nos brilló aquella luz que condujo a pastores y magos. Esa luz, para nosotros, se concentra en una sola palabra luminosa: Sígueme. Y renqueando, siempre renqueando, contando solo con su fuerza, corremos tras Él.

Ese seguimiento se hace tradición en nuestra vida. Se hace Iglesia eucarística en ella. Llenos de gozo, acrecentada nuestra alegría, estamos con Él haciendo su camino, que ahora es también el nuestro. Nuestro seguimiento será renqueante, es verdad, pero nada ni nadie, contando con la fuerza de su Gracia, que tira de nosotros con suave persuasión, podrá con nosotros, ni la vara del opresor ni el bastón en su hombro, porque tenemos la certeza de que Él los quebrará. Cantamos, pues, con el salmo, que el Señor es mi luz y mi salvación. Él es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Renqueando demasiadas veces, esta inmensa fragilidad es parte de nuestro mismo ser redimido, en espera de que lleguemos a la plenitud de nuestro ser verdadero, nunca por nuestros esfuerzos, siempre por la suave persuasión de su gracia, le seguiremos y predicaremos como Él a todos los pueblos, por más que tú y yo, seguramente, solo tenemos la gotita de aceite en nuestro mundo, tan pequeño, tan particular. Diremos a todos: convertíos porque está cerca el reino de los cielos. Convertíos a Él para seguirle. Convertíos a Él para que os llene de Su Gracia redentora. Convertíos a Él como miembros de su Iglesia; la Iglesia eucarística en la que también ellos vivirán la sacramentalidad de su carne. Convertíos a Él e invitad a todos a participar en la mesa en la que se nos ofrece el fruto de su sacrificio. Enseñad por todas partes y a todas las gentes, predicando el Evangelio del Reino.

Estamos inmersos en el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Un único cuerpo, el de la Iglesia, del cual Cristo es cabeza. Por eso, nos exhorta Pablo, estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Porque tanto nuestra palabra como nuestra acción no son cosa de pura individualidad, de Dios conmigo, de Jesús conmigo, sino que ha hecho de nosotros un cuerpo. Cuerpo único. Cuerpo eucarístico. ¿Dividiremos a Cristo diciendo que yo soy de esta facción eclesiástica y tú eres de aquella otra, y nos miramos de reojo con odio, haciéndonos signos de violencia? ¿No comprenderemos que, siendo lo que somos en la entera libertad en la que vivimos, y que se nos regala, lo nuestro es una dádiva de unidad? Un solo Dios. Un solo Señor. Una sola Iglesia. Una sola eucaristía. Mas nosotros, demasiadas veces, andamos ladeantes, apoyados en nuestros propios deseos imperturbables de que Cristo es cosa nuestra. Y nos lo apropiamos de modo medio sectario. Mi Jesús es mío y es mucho mejor que el tuyo, porque el tuyo es uno falsificado. ¡Qué horror! Porque la Iglesia de Cristo, que vive su realidad en su extrema diversidad, no es la tuya ni la mía, sino la Iglesia de Dios, donde Él mora, donde Él habita.
La humildad de la Virgen María nos ha de llevar al reconocimiento de nuestra propia condición. ¡Madre mía, auméntanos la fe!

 

 

 


LUZ DE LAS NACIONES

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Juan (1,29-34) 15 de enero de 2017

 

¡Qué difícil es caminar a oscuras! ¡Más aún en las tinieblas! Los obstáculos nos hacen tropezar. No vemos y nos entra el miedo. En cambio, cuando vuelve la luz, todo se aclara. Sabemos por dónde caminar y cómo evitar los obstáculos del camino. Además, la luz nos permite descubrir la belleza de las cosas, nos permite ver en profundidad.

Con la luz podemos orientarnos, ver los caminos y las metas. Pero la luz no puede ahuyentar las tinieblas y la oscuridad de manera permanente. La luz del sol nos quita la oscuridad sólo unas horas. La luz que necesitamos para entendernos a nosotros mismos, para entender nuestro corazón y para entender el porqué de lo que nos sucede, es de otro tipo. Necesitamos otra luz.
«Es poco que seas mi siervo […]: te hago luz de las naciones” (Is 49, 5-6). Luz de las naciones. La poesía con la que habla Dios es realmente bella. Somos luz de las naciones. En este mundo de hoy, en el que parece que la oscuridad avanza atrapándolo todo a su paso, en el que vemos el horror que está sucediendo en tantos países con esa guerra en la que con tanta crudeza se asesina, descuartiza, crucifica. Vemos oleadas de personas buscando ser refugiados por otros países porque el suyo está devastándose, porque están en un continuo peligro de muerte. Tanto dolor. Tanta oscuridad. A veces parece que la oscuridad va venciendo, va inundando todo.

¿Dónde está la luz que pueda iluminar a esas naciones? Un poco más al oeste de esa guerra cruenta en la que estoy pensando, nos encontramos una Europa que adolece de vejez, cansada, desdibujada y con las raíces enmohecidas. Una Europa que pretende contentar a todos hasta tal punto que desvirtúa los conceptos de respeto, libertad, solidaridad, verdad; ya no buscamos la verdad sino que hemos decidido que las cosas son como a nosotros nos parezca que son. Y las cosas son como son: la fuerza de la gravedad actúa independientemente de que yo quiera, o no, creer que lo va a hacer y me parezca mejor o peor que lo haga. Pero hemos cambiado todo porque hemos confundido respeto con que todo valga. Y así, hemos dejado de luchar, hemos dejado de defender principios que ya no tenemos, hemos perdido la identidad. Nos estamos desdibujando, nos está engullendo la oscuridad. ¿Dónde está la luz para iluminar a estas naciones nuestras?

¿Dónde está la luz en este mundo que parece haber enloquecido? Y leo a Isaías: “te hago luz de las naciones”. Lo leo mil y una veces: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la Tierra”. Esa luz que el mundo de hoy necesita de forma urgente y vital, eres tú. Esa luz, soy yo. Nos ha hecho luz de las naciones. Y todas las lecturas de hoy dicen cómo ser luz de las naciones: Pablo y Juan el Bautista, señalan a Jesús y dicen “Es Él”. Juan el Bautista lo señala: “Este es el Cordero de Dios. […]. Ese es aquel de quien yo dije […]. Yo lo he visto y he dado testimonio” (Jn 1, 29-34)

A Juan el Bautista le seguía la gente buscando una formalización de su conversión, de su reconocimiento de su pecado y su deseo de vivir más en consonancia con Dios, pero cuando él puede darles todo, es precisamente cuando se quita de en medio y señala a Jesús: “Es Él”. Y Juan se convierte en luz de las naciones.

Somos lunas. Lunas gordotas que reflejan la luz de Cristo. No es nuestra luz la que tiene que brillar –la luna es un pedrusco de polvo: no tiene luz propia-, sino la Suya. En medio de la noche, la luna llena puede iluminar tanto que se puedan ver hasta las sombras de las cosas. El campo en luna llena es un espectáculo de luz. La luna llena ilumina con la luz del Sol y nosotros somos lunas. Nuestra vida debe consistir en gritar al mundo: “¡Es Él! La Paz, el Camino, la Inclusión de todos, la Verdad, el Perdón, es Él. Y la Salvación llegará hasta los confines de la Tierra”.

Podemos ser lunas llenas, pero podemos ser también lunas nuevas, que están ahí, pero no iluminan absolutamente nada. Depende de lo cerca que estemos de Dios. Me gusta pensar que estoy en cuarto creciente. En todo caso, quiero ser luna llena: es mi misión, mi gran honor, el regalo que Dios me hace: ser luz de las naciones.

Alepo ha sufrido horrores, situaciones terribles. Durante los algo más de dos años que Quaragosh ha estado ocupada por DAESH, han sido asesinados prácticamente la totalidad de los cristianos que había. Una de las comunidades cristianas más antiguas de la historia ha sido masacrada. Pero el día de nochebuena recibí una imagen impresionante: sobre los escombros de la nave central de la catedral de Alepo, habían levantado un portal de Belén. Una gran luz para iluminar a las naciones. Al día siguiente, se celebró allí, entre esos mismos escombros, la misa de Navidad. Me enviaron un vídeo en el que se estaba cantando el Gloria y entendí que no es todo oscuro, que hay luz, mucha luz, muchísimas almas que son luz de las naciones. Y que Dios vence. Aquellos supervivientes salieron de sus casas, montaron un belén con ramas sobre una montaña de escombros y cantaron el Gloria al raso, pero lo que estaban haciendo era gritarnos “¡Es Él!”. Y Él vence.

Tú, con tus ramas sobre tu montón de escombros particular, también eres luz de las naciones. Haz con ellas un Belén, un dedo que señale a Cristo y les diga a los demás “¡Es Él”»

Caminar en la luz, creer en Jesús y seguirle. He ahí tres maneras distintas de decir lo mismo. Es siguiendo a Jesús, en la Iglesia donde tendremos la luz de la vida. Pegados al que es la Luz quedaremos transformados en luz para otros.

En esta línea el papa Francisco en su primera encíclica nos ha presentado la fe como una luz que nos hace ver más. ¡Lejos de entender la fe como fe ciega! No, la fe es luminosa, nos hace ver que la luz de la fe viene de Dios y esta tiene la capacidad de iluminar toda nuestra existencia.

El que se ha dejado iluminar por Jesús, puede entonces ser también luz para los demás. Santa Teresa de Calcuta, cuando descubrió “la llamada dentro de su llamada” para servir a Cristo en los pobres más pobres y así saciar la sed de Jesús, cuenta que ante la oscuridad de los lugares de la pobreza más radical de Calcuta escuchaba la voz de Jesús que le decía: Ven, se mi luz.

También nosotros estamos llamados a ser la luz de Jesús. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Para quién? Tenemos que ponernos delante de Dios y delante de nuestra propia vida para poder responder con sinceridad y con seriedad a estas preguntas y ponernos, iluminados por Jesús, a su disposición para ser luz en medio del mundo. Ese es el deseo de Jesús: vosotros sois la luz del mundo… brille así vuestra luz ante los hombres (Mt 5, 15-16).

Pidamos a María, que como la luna refleja la luz del Sol, nos transforme a nosotros en auténticos testigos de la luz.

 

 

 

 

LO QUE DIOS QUIERE

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Mateo (3,13-17) 8 de enero de 2017

Hoy, fiesta del Bautismo del Señor, con la que terminamos la Navidad, recordamos también nuestro propio bautismo. Ese Dios nos hizo sus hijos. En el Hijo de Dios hecho carne nosotros hemos sido hechos “hijos en el Hijo.” Sería mucho más “cómodo” que Dios fuera nuestro vecino. Le visitamos un rato, merendamos en su casa y luego nos vamos a la nuestra, cerrando bien la puerta al llegar. Así, tristemente, vivimos a veces nuestro bautismo. Como hijos emancipados, es más, como completos desconocedores de Dios. Le visitamos un rato al día, a veces semanalmente y en ocasiones ni eso, y nos olvidamos de Él. Queremos que Dios se quede en su casa y nosotros en la nuestra.

Pero como dice un dicho español: “Cada uno en su casa y Dios en la de todos.” Dios es Padre, y nosotros somos hijos. Somos amados y predilectos de Dios. No podemos pretender que Dios se desentienda de nosotros, ni nosotros alejarnos de Él. “Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.” Así es Dios con nosotros.

Bautismo significa inmersión. Se sumergían en el Jordán pidiendo a Dios la limpieza de sus pecados. ¿Qué pinta Cristo sumergiéndose para pedir la limpieza de qué, el perdón de qué? Es francamente surrealista. Parece contradictorio y en cambio nada es más consistente. Cuando Dios adquiere condición humana, la adquiere con todas sus consecuencias y, aunque en Él no pudiera existir el pecado, evidentemente, sufre los rigores de la ruptura con Dios que hizo la humanidad: muere, va a morir. Asume en sí todo, igual que nosotros, y asume también las consecuencias terribles de ser hombre tal como somos nosotros. Y lo hace para restaurar esa relación entre el hombre y Dios, en la que pudiéramos unirnos eliminando las consecuencias de aquel pecado que dio origen a nuestra condición actual. Al hacerse hombre, como nosotros, nos hace a nosotros divinos, como Él: nos lleva a Él, nos permite unirnos a Él. Reinaugura el Paraíso.

Cuando Jesús se va a bautizar y Juan le ve, le dice ese “¿qué haces tú aquí?” que vendríamos a decirle todos, y la respuesta de Jesús es: “Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”. Él nos enseña qué hay que hacer y lo hace, siendo ejemplo para nosotros. A Él no le hacía falta bautizarse, pero a nosotros sí nos hacía falta que Él lo hiciera: nos da ejemplo de qué hacer, de cómo vivir y, sobre todo, de la importancia que tiene el bautismo, en el que se restaura esa cercanía intima de la persona con Dios ya que rescinde las consecuencias finales del pecado que dio origen a nuestra situación de vida sin Dios y nos permite ser hijos.

Se abrió el Cielo: “Este es mi Hijo, el Amado, mi Predilecto”. Eso mismo dice Dios de nosotros al bautizarnos, en eso consiste el bautismo, en la restauración de la unión con Dios de tal manera que, unidos a Cristo, al fin puede decir de nosotros: “este es mi hijo, el amado, el predilecto”. Dios no ha parado de ingeniar formas de llevarnos a Él, de acercarse a nosotros, y se acerca con la esperanza puesta en que le respondamos que sí. Nunca va a forzar esa respuesta nuestra y respetará la que le demos, podemos decir que no, podemos elegir no querer ser sus hijos, pero siempre nos va a dar la oportunidad de decirle que sí, siempre va a perseguirnos en una amorosa persecución para que nos dejemos llamar hijos. Nada anhela tanto.

Pero hoy me quedo con esa respuesta de Cristo a Juan: “Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”. En muchas ocasiones nos puede parecer absurdo lo que Dios hace, dice, pide o da. Por lo general, además, en esta miopía nuestra del alma, suele parecernos que Dios pide, nada más. Mi experiencia me ha demostrado que Dios siempre da, que sólo da: cuando te pide algo es porque te lo va a dar. Si te pide paciencia es porque la paciencia te hace más feliz y te promete que Él te dará lo que necesitas para vencer tu ímpetu y ser paciente. Siempre da. Y el bautismo, como todos los sacramentos, es Dios dándose.

Cuando Cristo se acerca al Jordán y se bautiza –mayor acto de humildad de la historia-, recibe del Padre esa voz: “Tú eres mi Hijo”. Todos los allí presentes ven la declaración de Dios a Jesús de Nazaret llamándolo “hijo”. El día de tu bautizo no consistió en que un dios caprichoso al que le gusta que la gente se moje de agua y humillarlos haciendo que todos los vean como alejados de un Dios al quien tienen que pedir perdón por algo que no hicieron, estuviera pidiendo que te bautizaran como un antojo sin sentido. No. Dios no es caprichoso, no le gusta que se vea el pecado de nadie, no te considera manchado ni te repudia por nada de lo que hayas o no hecho, no considera que tú seas indigno de Él –tan poco lo considera, que se hizo una persona igual que tú-. Cuando Dios pide que te bautices, lo que está pidiendo es que le dejes decir de ti: “Este es mi hijo”. Y como no puede obligar a nadie a ser hijo suyo, a quererlo o a restaurar la unión con Él que existía antes de que los hombres nos rebeláramos contra Él y nos cargáramos el Paraíso, crea un medio para que, quien quiera, se adscriba a ello, para entrar en quien le quiera dejar entrar: el bautismo. Y así, quien no quiere entrar, no está obligado a hacerlo.

A veces no entiendo lo que Dios quiere, a veces no comprendo eso de “La Ley”, a veces no conozco los motivos ni la utilidad, a veces me pueden parecer extrañas las cosas que aparecen entre Sus enseñanzas, o el hecho de celebrar un rito –el del bautismo, o el del matrimonio, o el de la confesión-, pero son instrumentos que Dios ha creado y lo ha hecho por algo, para algo, y ese “algo” va encaminado únicamente a que podamos ser llamados “hijos” por Él. Nada hay de caprichoso ni de arbitrario en Dios. Él no da puntada sin hilo. Deberíamos confiar. A veces, esa respuesta de “porque es lo que Dios quiere que haga”, nos debería valer, le deberíamos dar más crédito, más relevancia. Eso es confiar. Eso es reconocerse humilde y saber que Papá sabe lo que hace y que siempre es por algo y por algo bueno para nosotros, además.

Dios nos da instrumentos para que podamos volver a Él y Él mismo se hace hombre para enseñárnoslo y hacernos ver la importancia de ellos y que están encaminados hacia nuestra felicidad. No se abrió el Cielo y una voz dijo “No, tú no, hijo mío, a ti no te hace falta”, sino que, reunida toda la humanidad en la persona de Cristo, presentándose Él por cada uno de nosotros ante Dios, del cielo dice esa voz “Este es mi hijo” para poder decírnoslo a nosotros también. ¿Y cuándo?, ¿Cuándo lo podrá decir de nosotros también? Cuando hagamos lo que Cristo hace: utilizar los medios que Él nos da: bautizarnos. Él lo hizo para abrir el Cielo y llamarlo Hijo y que nosotros supiéramos que, si queríamos, el Cielo se abriría y esa voz nos llamaría hijos a nosotros. 

Es Dios quien ha establecido los sacramentos y cómo obtenerlos. No nos inventemos fórmulas nuevas fuera de ellas o estaremos intentando cruzar un muro atravesando la pared cuando tenemos una enorme puerta abierta al lado. Dios creó la confesión a través de un sacerdote porque el pecado es también causa de dolor y agravio hacia otras personas, no algo sólo entre Dios y uno mismo, y porque cuenta con nosotros y quiere que seamos conscientes de que nosotros somos Sus manos y actuará a través de ellas en lo que se las dejemos, y eso dejando aparte otras connotaciones teológicas. Así que, por muy cómodo que nos parezca eso de confesarnos con Dios directamente, o por muy vergonzoso que creamos que es decirle a otro las cosas que hemos hecho mal (y que el otro va a olvidar tal cual las oye), fue Cristo quien instituyó los sacramentos, quien montó la confesión como la forma de acceder al perdón de nuestras ofensas a Él, y esa es la manera de acceder al perdón de Dios y a la fuerza –Gracia- para vencer esas faltas de amor. Pero, como todo con Dios, es una elección: ¿quieres o no quieres?

A veces lo que creemos es que Dios sea como a nosotros nos cuadra, pero Dios es Dios y no es lo que a nosotros nos parece que debería ser sino como es. La búsqueda de la verdad consiste en aceptar que las cosas no tienen por qué ser como yo quiero o a mí me parece que son, sino que serán como son realmente y nada más. Lo otro es la búsqueda de uno mismo.

Hoy es día para recapitular todos nuestros ratos de oración ante el Belén. Hoy es día de dar gracias a Dios por todo y, especialmente, por el bautismo. Hoy es día de contemplar a Jesús y decir, con Juan Bautista: “es Él, el que esperábamos, en el que se cumplen todas las promesas de Dios, en el que se cumple nuestra esperanza.” Por muy grande, hermosa, bien decorada y cómoda que nos parezca “nuestra casa” es una chabola de cartones comparada con la morada que Dios nos ha preparado. Y no sólo para la vida eterna. Hoy, ahora, desde el mismo instante de tu bautismo, puedes decir: Soy hijo de Dios” y llamarle Padre. ¿Puede haber algo más gozoso? No sé por qué nos empeñamos en alejarnos de Dios, como adolescentes en la edad del pavo. Como si Dios se gozase en molestarnos y amargarnos la vida, cuando es todo lo contrario. Dios, nuestro Padre, está deseoso de que seamos felices, que disfrutemos de la vida, que sintamos la libertad de vivir como hijos de Dios, superando la esclavitud del pecado.

Al tener a Dios como Padre tenemos a la Virgen como Madre. Ella es la que arregla la casa de nuestra vida y nos hace sentirnos realmente cómodos. No queramos irnos a casa extraña y disfrutemos de nuestra casa, que es la Santa Iglesia.

 



MIRAR ADENTRO

Los pastores en Belén. Lucas (2,16-21). 31 de diciembre de 2016.


A punto de iniciar 2017, se proyecta en nuestra memoria, como si de una película se tratara, lo que han podido ser los meses de este año que se apaga y los deseos que quisiéramos ver cumplidos para este otro, a punto de clarear. Comenzamos un nuevo año y después del bullicio y aturdimiento de las fiestas, puede ser el momento idóneo para proyectar nuestra mirada hacia el nuevo año que mañana estrenaremos. Y esto es lo que María hace en su comentario a las lecturas de este primer domingo del año.

«Mirar atrás o hacia adelante. Eso es lo que se hace hoy: echar una ojeada al año que acaba y pensar en los proyectos para el año que empieza. Aunque no siempre se hacen ambos pasos con la misma intensidad; de hecho, no siempre se hacen. Se mira atrás para saber en qué punto estamos y por qué estamos ahí. Recordamos risas y las revivimos provocándonos más risas. Rememoramos penas y puede que aún las sintamos: si son cicatrices, nos arrancarán la sonrisa de haberlasvencido y de lo aprendido en ellas; si son aún heridas abiertas, será echar alcohol: necesario y bueno, pero doloroso. Hoy es el día en el que abrimos nuestro corazón a nosotros mismos y nos mostramos lo que hay en él.

El evangelio de mañana, domingo y Año nuevo, nos habla de que, al aparecer los pastores a adorar al niño y contar que les habían avisado los ángeles, “María guardaba todas esas cosas en su corazón, meditándolas en su interior”. Me encanta eso. Las cosas que nos exceden, que son tan excelsas que no se pueden digerir, se guardan en el corazón y se van sacando poco a poco para ir degustándolas y comprendiéndolas. Hay momentos de mi vida de los que guardo el recuerdo tan vivo que hasta sé cómo huelen o los colores de aquel día. Cada cual guardamos en nuestro corazón cosas diferentes. Hay un trozo sagrado en todos los corazones, uno en el que escondemos lo que nos queda de niño, de candidez, de inocencia y de asombro, en el que guardamos los cariños de nuestros abuelos, en el que sigue gestándose el hijo que no llegó a nacer, el de las cosas bellas, el de las victorias del alma, el pequeño rincón en el que cabe todo lo excelso.

Podemos dejar vacío ese trozo de corazón. No es tan difícil hacerlo. Sólo hay que subir el volumen de la música, sólo hay que abrir la tablet, sólo hay que poner la tele. Haz ruido, llena todo de ruido a tu alrededor y así podrás dejar de oírte a ti. El ruido es lo único que no cabe en el rincón de las cosas sagradas. Cabe la música, pero no el ruido. Rodéate de ruido, vive deprisa, no pares, no pienses, no sientas, no sueñes. Sólo vive, deprisa, muy deprisa, sin freno, sin silencios, sin demoras, sin esperar a nadie. ¡Corre! ¡Corre hacia adonde sea! ¡Corre mucho! Y huirás de ti. No es tan difícil lograr que nada entre en ese trozo de corazón.

María guardaba las cosas en su interior. ¿Qué guarda tu corazón este año? ¿De qué lo has llenado? Yo hay cosas que he metido dentro y que no son respuestas sino preguntas abiertas para las que aún no he encontrado solución. He metido miedos que voy mirando poco a poco para que se hagan chiquititos y poder enfrentarlos. He metido fracasos y algunas victorias. He vuelto a meter luchas y he sacado aquellas armas que guardé hace diez años y de las que llegué a pensar que no tendría que utilizar todas a la vez nunca más. La parte mía sagrada guarda los pilares firmes que me mantienen en pie en medio del huracán. La parte en la que habitan las cosas “en proceso”, las que están “meditándose” con el tiempo, contiene unos cuantos interrogantes que están a la espera. A veces, lo importante no es preguntarse qué he hecho y qué quiero hacer sino bajar la música, cerrar la tablet, hacer silencio y abrir el corazón con la emoción y cuidado con el que los niños abren su caja de música –o caja de secretitos, que la llamábamos entonces-. Abrir primero el rincón de las cosas sagradas: recordar y fortalecer nuestros anclajes, atisbar a Dios en nuestra cotidianidad, recibir el calor de Él que albergamos en la parte pura de nosotros en la que Él reside. Después, abrir la caja de cosas en proceso: saca sólo aquello que puedas mirar sin hacerte daño, poco a poco, y ve iluminándolo con lo que has visto en el rinconcito de antes, en ese en el que Dios habita. Eso hacía María, guardar las cosas, dejar que la calaran, sin miedo a ellas, sin permitir que la sobrepasaran o que la resbalasen.

La primera lectura de mañana, con la que abriremos el año, es la fórmula de la bendición que Dios le da a Moisés para que bendigan con ella a sus hijos:


“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre tu rostro
y te conceda la paz”

Es bellísima. Encierra todo. El Señor te bendigay te proteja, ilumine Su rostro sobre tiy te conceda su favor. Esta primera parte habla de Él: que Él ilumine su rostro sobre ti: hablamos de Su luz, no la tuya, de Su rostro, aquel del que emana la fuerza, la belleza, la Vida. Y de que todo eso recaiga sobre ti.

La segunda parte habla de nosotros. “El Señor te muestre tu rostro”. Esta vez no es el Suyo, cálido y acogedor, el que se posa sobre nosotros, sino que pide que Él nos muestre a nosotros mismos nuestro propio rosto. Sí, ese que intentamos no ver a base de subir el volumen de la música, ese al que a veces no queremos mirar, esa parte donde están los interrogantes sin respuesta y también esa en la que habitan las cosas sagradas. Tu rostro. El de nadie más. El tuyo. “El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”. Y te conceda la paz.

Si le pedimos a Dios que nos muestre nuestro propio rostro, el nuestro, de verdad, como lo ve Él, iluminado bajo la luz del Suyo –ilumine tu rostro sobre ti. El Señor te muestre tu rosto-, nos concederá la paz. A veces creemos que si Dios nos tuviera que mirar, nos recriminaría cosas, nos mostraría lagunas, errores, prácticas no ortodoxas, incoherencias. Y las tenemos. ¡Es cierto, claro que sí! Pero esas te las muestras tú. No son las cosas que ve Dios cuando te mira. No. La mano que te acusa es la tuya; la de Dios, no.

Una vez miré mi vida y me sangró el alma. Llevaba más de diez años sin poder mirar atrás y mi vida era un enorme puzle de infinitas piezas, todas negras y todas pequeñas, que yo era incapaz de encajar. Le conté a Cristo mi vida. Se la conté yo, la que yo veía, como yo la veía. Y lo que vi no era bonito. Se me levantó todo el caos en que se había ido convirtiendo mi mente y mi existencia a partes iguales. Le mostré dolor porque yo sólo veía dolor. Me estaba viendo con mis ojos, bajo mi luz: sólo veía oscuridad.

Después le pedí a Él que me contara mi vida, que me lo dijese Él, que me contase Sus recuerdos de mí, lo que Él tenía sobre mí en Su Corazón. Y me contó una historia que es verdad, llena de hechos reales que tenía sepultados en mi memoria. Iluminó Su rostro sobre mí y me mostró mi rostro. Sólo veía de mí las cosas bellas. No veía mi destrucción sino que no había dejado nunca de luchar. No veía mi rebeldía sino que siempre le había buscado. No veía mis piezas negras, no estaban, no existían. Sólo veía de mí aquello en lo que Él se reflejaba. Y era cierto. Todo eso estaba en mí. Hasta entonces no lo había entendido.
Cuando Dios ilumina Su rostro sobre ti y te muestra tu propio rostro, siempre te concede la paz.

El dedo que acusa es tuyo: para Dios tú eres la niña de sus ojos, para Dios tú eres sólo la belleza que encierras.

Abre tu caja –aunque creas que es la caja de Pandora- sin miedo y cuéntale qué hay en ella. Después pídele que te cuente quién eres y qué has hecho en tu vida. Pídele que te muestre tu rostro. A partir de ese momento, te querrás más, mucho más, y mucho mejor.»

Gracias María, es el momento de abrir nuestra caja y mirar adentro, es el momento de enmendar los errores y despropósitos que hemos tenido en el año que termina. Santa María, Madre de Dios, es un buen pórtico por el que podemos entrar y ver con más claridad los caminos que hemos de elegir a la hora de hacernos con esos buenos propósitos para el nuevo año. Ella, nos invita en estos aledaños del nuevo año y en la agonía del viejo a dejar aquello que nos ha producido ansiedad, agobio y desesperanza, tristeza o mediocridad, frialdad y apatía. Este año podrá ser más llevadero y soportable si lo hacemos cogidos de la mano de Dios; atentos a la vida y arropados con las Palabras de Jesús. Ella nos dice una vez más : Haced lo que Él os diga.

 

 

 

SERÉ MAÑANA, VENDRÉ MAÑANA

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Juan (1, 1-18).  24 de diciembre  de 2016.


Ayer terminábamos las Antífonas “Mayores” de la O, Septenario de preparación a la Natividad del Señor: en ellas se ve el llamamiento que la Esposa (Iglesia) hace al Esposo (Cristo), y lo hace a voz en grito para que Éste adelante su Parusía: El Espíritu y la Esposa dicen: Ven, Señor,... Sí, yo vengo pronto. Amén. (cf. Ap 22, 20). 17-XII: Sapientia (Eclo 24,3; Jn 1). 18-XII: Adonai (Ex 6, 2-3). 19-XII: Radix Iesse (Is 11, 19; Rm 15,12). 20-XII: Clavis David (Is 22, 22; Ap 3,7) . 21-XII: Oriens (Za 6, 12; Lc 1, 78-79). 22-XII: Rexgentium, (Ag 2,8). 23-XII: Emmanuel (Is 7, 14; 8,8).Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra se ve el acróstico "ERO CRAS" que significa "seré mañana, vendré mañana".

Pues ya llega ese mañana, hoy es Nochebuena y será mañana Navidad. ¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí! Aún cuando lo esperamos, Dios siempre llega de improviso. A pesar de que lo celebramos cada año, Dios es maestro en el arte de sorprendernos siempre. A mí también me ha sorprendido Dios este año con su llegada repentina. Hubiera deseado estar más preparado, hubiera deseado un Adviento perfecto y que esta noche me encontrase con las mejores galas... ¿Llegamos al día 25, en oración profunda, con los ojos clavados en el Vientre de María? Ella llama a nuestras puertas sin importarle que dentro haya pobreza o riqueza, concordia o discordia, salud o enfermedad... Tiene prisa por dar a luz y no se parará en distinciones. Hemos de estar atentos a esa llamada, permanecer en oración, y, cuando llegue la noche, detenernos todos por un instante, en silencio, ante el Belén... Ya viene.

Hay que darse prisa... No, no me entiendas mal. Ya sé que no has parado ni un minuto: compras, llamadas, felicitaciones navideñas, limpieza general de la casa para que esté presentable cuando venga la familia, el árbol, el belén, la estrellita, los detalles de última hora... El teléfono no para de sonar, y así no hay modo de preparar nada. ¡La cantidad de cosas que aún quedan por hacer! Mira: no digo que lo estés haciendo mal. Todo tu esfuerzo y tus preparativos están muy bien. Pero ten cuidado, no vayas a terminar por creerte que la Navidad la tienes que hacer tú; no vayas a encarar la Navidad como un reto, como un desafío a tu capacidad de organización o como una cuestión de "protocolo familiar". Cuando los hombres queremos fabricar la Navidad, el engendro que resulta se llama Papá Noel: he ahí nuestro máximo logro... ¡Una pena! Todo queda reducido a un encuentro familiar y a unos regalos colgados de un árbol. Quizá te parezca que eso ya es mucho, pero -no te ofendas- eso no es Navidad; es una obra humana. Bonita, tierna, maravillosa si quieres, pero humana. La Navidad es obra de Dios.

Tú ya has hecho tus preparativos. Perfecto. También San José tenía sus planes Pero, llegado este momento, es hora de que Dios actúe. Sólo Él puede hacer la Navidad, porque ni tú ni yo podemos poner, en nuestro Belén, al verdadero Hijo de Dios. Por lo tanto... ¡silencio! Es tiempo de oración, es tiempo de abrir las puertas del alma ante la llamada de María, para que Dios entre y llene la casa; es tiempo de hacer una buena confesión, porque, aunque tus invitados encuentren la casa limpia y ordenada, el Niño quiere entrar en tu alma y tu alma -quizá- no está tan limpia ni tan presentable. Quizá con tantas ocupaciones y preparativos, no le has dejado tiempo a Dios para que actúe. Por eso, es muy importante que hoy te entregues a la oración durante un buen rato; que te detengas -no te preocupes si quedan cosas por hacer, no importa-, te recojas, guardes silencio y claves tus ojos en María, la fuente humana de la Navidad. Desconecta los teléfonos, apaga el televisor y siéntate delante del Belén. Allí puedes rezar, con tu familia, el Santo Rosario, o leer algunos pasajes del evangelio... Pero también, mirando a nuestro alrededor con un corazón cristiano de verdad, descubriremos muchas pobrezas: unas, fruto de nuestra propia injusticia; otras, fruto de la debilidad, de las dificultades de comunicación y relación que todos padecemos: niños sin familia, ancianos solitarios, enfermos desatendidos, mujeres maltratadas o explotadas, vagabundos. Cada uno verá qué puede y que tiene qué hacer ante este panorama para no ser cómplice de tanto dolor y empujar hacia una situación mejor. Cáritas nos ofrece la posibilidad de contribuir a una ayuda organizada, permanente, efectiva. De nosotros depende que llegue a nuestros hermanos indigentes y sufrientes la caricia consoladora del amor de Dios hecho amor de hermanos. Abramos las puertas de nuestros corazones al amor y la bondad de Dios para abrir también las puertas de la sociedad y de la vida a tantos hermanos nuestros que nos miran con ojos tristes desde las afueras de la pobreza, de la necesidad, del sufrimiento. Dios estará con nosotros. Seremos más felices. El mundo será más hermoso y más feliz.

Y tú María, ¿cómo vives estos días de preparación a la Navidad?

«Desde niños vemos el Belén, sabemos que Jesús nació en una cueva que servía de establo para el ganado, a las afueras de una aldeucha, que fue envuelto en pañales, que le acomodaron sobre unas pajas… Es algo tan familiar que a veces no nos damos cuenta del trasfondo de esa situación. Además, poner el Belén es algo tremendamente divertido y tierno, tanto que la dureza de la situación se convierte en algo bellísimo. Y es verdad eso: Dios convierte toda situación en algo bellísimo y lo rodea de esas luces ocres y cálidas que también colocamos como iluminación a nuestro Belén de marmolina. Pero hoy miro ese Belén y esa situación y me hace pensar mucho.

María y José habrían preparado todas las cosas para que Jesús naciera rodeado de todas las atenciones, de sus abuelos, tíos, primos, amigos. Ni me imagino la belleza de cuna que debió labrarle san José siendo carpintero y elegido para hacer las veces de padre de Dios en la Tierra. Imagino la ropa preparada, las sábanas planchadas y suaves, la delicadeza y amor con la que prepararon todo. Todos los padres lo hacemos: ni me imagino ellos. Y en cambio Dios decide que no, que no nacerá así, que nacerá sin nada. Jesús nació en mitad de un viaje, de repente, como si no tuviera que haber nacido allí. Eligió un comedero de ovejas como cuna, una aldeucha pequeña de una zona pobre, el frío de la noche y el hambre y el cansancio propio de los viajes a destiempo. Nace despojado de todo. Pero hay algo a lo que no quiere renunciar y Dios no da puntada sin hilo: lo único que tiene es a sus padres. No nace sin ellos.

Nacer sin madre viene a ser difícil, pero podría haber prescindido del padre y en cambio, cuán grande será la necesidad y grandiosidad de un padre que Dios quiso tener uno. Estaban sus padres: lo demás no tenía ninguna importancia.

Miro a tantos niños de hoy. Miro a Siria, no puedo evitarlo. Llevo mirando a Siria desde hace cinco años, cuando empezaron a crucificar a niños y a adultos y sólo salía en redes sociales porque occidente hacía un vergonzoso y culpable silencio. Silencio que sigue haciendo pese a lo clamoroso de la situación. Miro a tantos países, a tantos lugares donde nacen niños así, a destiempo, como si no hubieran tenido que nacer en ese momento ni en ese lugar, desasistidos de todo, incluso carentes de padres. Padres a los que han matado, padres que se han ido, padres que no existen, padres que les han vendido a mafias, incluso. Y resuena en mí: “porque tuve hambre y me disteis de comer”. Resuena en mí “lo que hagáis con cualquiera de estos, mis pequeños, a Mí me lo hacéis”. Los miro y veo a Jesús. Pero no lo veo en un Belén cálido y bello como el que hay en mi salón, sino en el Belén duro en el que Él nació.

Hoy es Nochebuena. Y dirijo mi mirada hacía mis padres. Son mi José y mi María. El José y la María que Dios eligió para mí. He tenido la suerte de tener unos padres que me han enseñado con su ejemplo que el amor es posible, tanto en mi cuna labrada con esmero de Nazareth como en el montón de paja de mi Belén particular.

Nochebuena siempre ha sido la gran fiesta de mi familia. No es que nos haya reunido a todos –y somos muchos- alrededor de la mesa de mis abuelos, es que nos ha juntado. No es lo mismo reunir que juntar. Nochebuena nos junta. Nochebuena es el lugar donde nos hacemos un poco Niño Jesús y contamos sólo con nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros hermanos, nuestros primos… nuestra familia –nada menos-. Mi abuela me dijo una vez: “Parí mi último hijo en la madrugada de Nochebuena, os he juntado siempre en Nochebuena y quiero morir en Nochebuena”. Mi abuela, a sus cien años cumplidos, murió la mañana de una Nochebuena que para mí fue luminosa como pocas. Y nos unió de nuevo alrededor de un Niño Jesús que nacía en la Tierra el día que ella nacía en el Cielo. Una Nochebuena con dos partos.

Esta noche estaremos con mi suegro, su mujer, mis cuñados. Es Dios tan grande que, además de a nuestros padres y familia sanguínea, nos regala otros padres, otros hermanos, otro hogar donde encontrar la fuerza y el calor que hacen de Belén el lugar más bello y cómodo del mundo. Mañana, comeré con mis padres.

No os reunáis esta noche, no os sentéis en una silla que está al lado de la silla de otro. Esta noche, juntaos, uníos, sed conscientes de que los padres es lo único de lo que Dios no quiso prescindir y mirad a los vuestros, deteneos en esa mirada.

Esta noche, en la intimidad y el silencio, nace Dios. A destiempo, como tantos niños, como si no debiera haber nacido allí, como tantos niños, con frío, con hambre y para ser, dentro de unos días, terriblemente perseguido, como tantos niños de hoy. No apartemos los ojos y el corazón de esos niños para mirar a un tío vestido de rojo que trae un iphone. Saca ese teléfono que tienes en el bolsillo y marca www.hogardenazaret.es, busca en google “cáritas internacional” y en facebook “Comedor Virgen del Prado Lima (Perú)”. Deja que resuene en ti “porque tuve hambre y me disteis de comer”. Esta noche, sé pastor que encienda un fuego que alumbre y caliente a Jesús: un Dios que quiso prescindir de todo menos de una madre, un padre y un grupo de desconocidos que le amaron compartiendo con Él su pobreza y su cariño.»

Feliz Navidad para todos.

 

 

 

CUMPLIENDO PROMESAS

El sueño de José.  Mateo (1,18-24).  18 de diciembre  de 2016.

Hoy encendemos la última vela de la corona de Adviento. Nos quedan unos pocos días para celebrar la Navidad. ¡Nadie lo diría!. Desde hace muchas semanas estamos viendo belenes (cada vez menos), adornos o similares (cada vez más), villancicos, ofertas de viaje y miles y miles de anuncios con Papa Noel de protagonista. Cada año la Navidad es más larga y el Adviento más corto. Sin embargo, quedan seis días de Adviento para preparar la venida del Señor.

“En aquellos días, el Señor habló a Acaz: -«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal.” El pobre Acaz que no quiere molestar y Dios decide molestarse. Seguro que tú y yo, en el lugar de Acaz, hubiéramos pedido alguna señal chorra: “Que gire el sol alrededor de la luna, que nos toque la lotería, que se enamore de nosotros el/la (según los casos) más hermoso/a del mundo, que nos hiciéramos famosos,….” cualquier tontería de esas. Pero cuando Dios hace las cosas por su cuenta las hace muy bien. Quedan unos pocos días para que celebremos el Misterio de la Navidad. No sé qué dirá la RAE pero es un Misterio con mayúsculas. Dios en su infinita liberalidad ha querido encarnarse de las entrañas purísimas de una Virgen y ha querido contar con la participación de los hombres. De ello nos habla hoy María en su comentario.

«En el libro de Isaías, Dios hace una promesa a Acaz: “la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros”. En el Evangelio se cumple esa promesa con exactitud. El Antiguo Testamento es la búsqueda que Dios emprende para encontrarse con el hombre y cómo va preparándonos para ese encuentro y esa unión. Por eso el Antiguo Testamento está lleno de promesas de Dios: son avisos de Su llegada y de cómo se restaurará la unión con Él para quien quiera tenerla.

A la Virgen le pidió permiso para que ella le concibiera. Eso lleva implícita la promesa de que Él iría arreglando los problemas que se encontrase en el camino. No la exentó de problemas, pero sí se los fue solucionando. El primer problema es cómo decirle a tu prometido que estás embarazada cuando él sabe perfectamente que suyo no puede ser. Pero la Virgen no se amedrenta, no se angustia, no se plantea mundos horribles ante lo que iba a ser su abandono (y en aquel momento y aquella sociedad, ese repudio terminaba con una). No, no duda, no sufre ante una situación ciertamente comprometida: sabe que José es justo y, sobre todo, sabe que Dios lo arreglará.

Dios también nos hace promesas a nosotros. Nos promete restaurar su unión con nosotros, nos promete que estará en nuestra vida cotidiana siempre que queramos que esté, nos promete no rendirse y creer en nosotros aunque nosotros decidamos no creer en Él, incluso. Nos promete ser eternos con Él, nos promete abrazarnos, nos promete hacernos capaces de amar. Nos promete volver a unirse a nosotros. Nos promete un corazón como el Suyo. Nos promete que seremos felices. Eso sí, no exento de dificultades, no exento de peligros, no exento de dolores, pero dándonos las fuerzas para solventar esas dificultades, la valentía y la astucia para sortear los peligros y convirtiendo en algo bello y luminoso hasta nuestro dolor. Él no se exentó de dificultades, ni de peligros ni de dolores, pero triunfó. Y esa es Su promesa: que triunfará en nosotros, que viviremos con Él.

Dentro de una semana es Navidad. Celebramos el cumplimiento de esa promesa. Celebramos que Dios cumple todas sus promesas. Y su promesa, su gran promesa, la que reúne a todas las demás, es que está con nosotros. Implicado en nuestra vida. Divinizando todo nuestro ser. Siendo nuestro cómplice, nuestro mayor aliado. Sin excluirnos de situaciones “embarazosas” –nunca mejor dicho- que no quedan más remedio, pero dándonos las armas para luchar contra todo, ayudándonos en todo, allanándonos el camino (ese que deberíamos allanarle a Él por nuestra parte).

Dios cumple sus promesas, pero depende de nosotros aceptarlo y abrazarlo o no. Él nos va a buscar siempre, nos va a dar miles de oportunidades, nos va a llamar de todas las formas en las que se nos puede llamar, pero no nos va a obligar a decirle que sí. A María le pidió permiso: a nosotros, también. Hoy, a una semana de su nacimiento, nos pregunta: “¿quieres que sea Dios-contigo?, ¿quieres que entre en tu vida y en tu corazón? ¿Me quieres?” Y nuestra respuesta será respetada por Él. Eso sí, Él nunca dejará por eso de cumplir su eterna promesa: siempre nos querrá, siempre nos buscará para amarnos.

Toca responder.»

Tienes razón María, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Esa es la promesa de Dios. Piensas que esa enfermedad, ese revés, esa situación, incluso tu muerte, obstaculiza la salvación que Dios te ofrece. ¿No será más bien que en la debilidad se muestra la fortaleza y misericordia de Dios? Tal vez eran tus planes los que impedían o retrasaban tu encuentro con Cristo.

No nos pongamos excusas diciendo que si no estamos más cerca de Dios es que no tenemos salud, fortuna o amor. No, Dios está siempre cumpliendo sus promesas en nosotros, a cada uno nos toca acogerlas.

Qué haces ahí parado? ¡Date prisa, que ya está aquí! ¡Date prisa!... ¿Necesitas, todavía, una buena confesión de tus culpas? ¿No tendrás, todavía, que reconciliarte con alguien? ¡Mira que te queda poco tiempo! ¡Vamos, coge el teléfono y llama a esa persona con la que aún no estás en paz, para desearle unas felices Pascuas! ¡Que no te encuentre el Señor así!

La Virgen María tenía la certeza de que Dios siempre cumple sus promesas, aunque el modo sea misterioso y no lo entendamos. Por eso no pone excusas, sólo dice: ¡Hágase!. Confiemos nosotros igual, de su mano no hay dudas.

 

 

 

 

TENGO EL ALMA ALEGRE

¿Eres tu el que ha de venir… Mateo (11,2-11). 11 de diciembre  de 2016.

Tradicionalmente, a este tercer domingo de Adviento se le conoce como «dominica laetare» o «Gaudete». Ello se debe a que la liturgia se inicia con las palabras de San Pablo: « ¡Estad alegres en el Señor! Os lo repito: ¡Estad alegres!». No se trata de alegría superficial de las fiestas mundanas, tampoco se trata de algo pasajero, sino que se anuncia lo que debe ser un estado permanente para el cristiano que se sabe salvado por la gracia de Cristo. El mundo en que vivimos busca la alegría, pero no encuentra más que una alegría efímera, pasajera, la falsa alegría: la que nace del dinero, del alcohol, de la droga, del ruido, de la búsqueda de la comodidad y del placer... es la alegría superficial y vacía. Es la falsa alegría del mundo que quiere vivir de espaldas a Dios, como si Dios no existiera.

Nos encontramos con la tremenda contradicción de que precisamente en un mundo lleno de ruidos, de diversiones, de «marcha», hay mucha gente vacía, frustrada, amargada, triste, infeliz, desesperada... Hay una alegría «fisiológica», fabricada con alcohol, frivolidad, goces sensibles, olvidos y mentiras consentidas; es la de los borrachos, la de los tontos, la de los pandereteros de temporada y los papanoeles de risa floja. Si la has experimentado, sabrás que pronto llega y pronto pasa, dejando un poso de amargura en alma y cuerpo. No es ésa la alegría cristiana. Hay, también, una alegría causada por el éxito: todo te sale bien, y estás contento... pero, no te engañes: mañana algo te saldrá mal y perderás tu alegría. No es esa la alegría cristiana.

Existe una alegría “espiritual”, fruto de las buenas obras: te estás portando bien, estás siendo generoso, y sientes el dulce gusto de la entrega. Esa alegría «parece» cristiana, y quizá lo sea, pero no es aún «la» alegría cristiana: piensa que mañana puedes caer en el pecado (¡Dios no lo quiera!) y tu alegría se vendrá abajo: te creíste bueno, y tu propia miseria te devolvió a la tristeza.... 

La alegría cristiana es el gozo que experimenta el alma al conocer que Dios es bueno y ama al hombre. Pasará la borrachera... y Dios seguirá siendo bueno y amándome. Pasará el éxito y vendrá el fracaso... pero Dios seguirá siendo bueno, y no me retirará su Amor en mi fracaso. Puede ser que yo, mañana, peque (¡No lo permitas, Dios mío!)... Pero sé que, aun cuando yo con mis pecados te ofenda, Tú, Dios bueno, seguirás amándome, incluso con más ternura que antes, y me otorgarás tu perdón. Dios es bueno; Dios me quiere... ¿Cuántos se alegrarán de ello? ¡Tú y yo, si!, escuchando a Juan y uniéndonos a María, terminando de fijar nuestra vista en el que viene hasta enamorarnos de Él. 

Nosotros sabemos bien la causa de nuestra alegría: Cristo nace para nosotros; viene a decirnos que hay un Dios-Padre que piensa en el hombre; que baja hasta el hombre; que se acerca hasta nosotros y se hace uno de nosotros por amor. Un Dios que se hace caminante para recorrer junto a nosotros el mismo camino, compartiendo nuestras penas y alegrías, nuestras angustias y miserias, nuestras lágrimas y esperanzas; que se hace en todo semejante a nosotros. Un Dios que viene a traernos a todos la salvación, la vida y vida eterna. Un Dios que no sólo viene a colmarnos de dones y gracias, sino que, sobre todo, Él mismo se hace Don, se da, se entrega. Dios se hace hombre para hacer al hombre Dios

La alegría es un don de Dios, un fruto del Espíritu en tu corazón (Gál 5, 22). Solamente puede encontrar la perfecta alegría aquel que está en paz con Dios y que lleva una vida conforme a la voluntad de Dios. Sólo encuentra la verdadera alegría aquel que se deja amar por Dios y se empeña en amarle a Él y a los hermanos. Sólo encuentra la alegría aquel que, a pesar de los problemas de la vida, carga con la cruz y lucha con la esperanza puesta en la salvación.

Sobre esta alegría nos habla María Ferrero hoy: « Hace veintiún años, el día de Nochebuena, acepté que mi mente se había roto y estaba a merced de la enfermedad de la tristeza. Aquel fue el primer día en el que reconocí que estaba ante una depresión. Yo acababa de cumplir veinte años y un santo sacerdote amigo mío, Valentín, me dio un Belén que está dentro de una cajita con unas puertecitas y todo lleno de colores. Me dijo que Dios nacería y que yo nacería con Él. Esa cajita me ha acompañado siempre, la he llevado siempre allá donde he vivido, la he abierto mil veces escudriñando cada rinconcito. Esa cajita en la que al abrirla hay un Nacimiento, me dice que no importa la enfermedad de la tristeza: Dios nace, lo demás está vencido.

Veintiún años después me encuentro escribiendo este artículo sufriendo en estos mismos momentos los rigores de la tristeza que crea la mente rota. Hay alegrías absurdas, efímeras, que son únicamente sentimentalismos y sensaciones que duran más o menos y son más o menos exageradas. Igualmente, hay tristezas sensoriales de un cerebro que desconecta la realidad de lo que siente: tristezas absurdas, sin raíz, sin causa, simples sentimentalismos y sensaciones que duran más o menos y son más o menos exageradas. Da igual. Mi cerebro está enfermo de ambos lados: soy bipolar. Hoy toca la tristeza mortecina en la que las cosas se desarrollan en una lentitud pintada a base de grises. Pero esa es mi mente, lo que siento: no yo. Yo no soy eso. Yo tengo el cerebro triste hoy, es cierto, pero el alma alegre.
Tengo el alma alegre. Eso es lo que me regaló aquel amigo mío encerrado en la cajita-Belén: la alegría del alma. La alegría corriente que proporciona la vida está muy bien, pero es sensorial y pasa por el cerebro y porque éste esté dispuesto a funcionar correctamente y codificarla como debe. Esa no me vale porque mi cerebro tiende a menudo a ser mi enemigo, con lo cual no me permitirá sentirla o agrandará el sentimiento hasta convertirlo en una euforia destructiva que arrase con todo a mi alrededor. No me interesa: es química, depende de la velocidad a la que los neurotransmisores actúen en la sinapsis. Es irreal. Y eso no me vale.

Cuando sólo disponía de esa alegría, era demoledora mi enfermedad: atrapaba hasta destruir y el sufrimiento ahogaba toda mi luz. Necesitaba cimientos más fuertes que me ataran a la vida. Y miraba y miraba el interior de aquella caja, durante años, en aquella búsqueda que emprendí por propia supervivencia. A veces pensaba, incluso con pena, “pues, no ha nacido hoy, tampoco, para mí”.

Hasta que nació. Y entonces comprendí que mi mente no era yo, que yo era también mi alma y que, teniendo el alma alegre, los desbarates de mi cerebro no importaban demasiado. Duelen, pero no destruyen. El monstruito de mi cerebro puede robarme la sensación de alegría, pero no puede robarme la alegría, porque mi alegría está en que Dios ha pisado la Tierra para caminar conmigo, para llenar mi alma y que ésta sea la que domine sobre mí. Para llorar y que yo no lo haga sola. Para que no tenga miedo, pues es el Creador de las Estrellas quien me sostiene. Para que pueda abrazarme a Él y ser como una roca de pedernal ante cualquier tipo de embiste de la vida. Nace para morir –como yo- y resucitar, arrasando así con cualquier tipo de muerte. Se hace humano, uno como yo, para hacerme a mí divina, como Él. Toma un cuerpo físico, químico, y lo llena dándole otra dimensión a los átomos que lo componen. Altera la química y la dota de divinidad: también a la de mi cerebro.

La experiencia de tener una mente tramposa como la mía conlleva que se duda de todo: lo que sientes, lo que ves, lo que percibes… todo puede ser irreal, creado por un cerebro que hace travesuras. Soy escéptica por definición, como algo natural e innato a mí. En cambio hay algo que no puedo dudar. Está encerrado en aquella cajita con un Belén que me acompaña desde hace veintiún años: Dios nació. Se llama Jesús. Está conmigo. Sujeta mi vida. Y llena mi alma de alegría. Y esa alegría, ningún cerebro puede robármela. »

La verdadera alegría se halla en la experiencia de Dios, en vivir la presencia de Dios en la vida, y aunque sea con la mente rota tener el alama alegre como nuestra amiga María en estos momentos. Sólo Dios puede darte la verdadera alegría y la felicidad. La alegría cristiana no es un estado de ánimo ingenuo e inconsciente que olvide los sufrimientos del mundo, sino que nace precisamente de la confianza en el amor de Dios, que no deja de amarte nunca y quiere siempre lo mejor para ti. Para ello, San Pablo indica algunas actitudes fundamentales en la vida del cristiano: la alegría de saberte amado por Dios y que ni nadie ni nada te puede quitar este amor; el vivir sin preocuparte, sin agobiarte, porque descansas en el amor de Dios; la oración constante, porque deseas siempre estar con Dios, vivir su presencia en tu vida; la acción de gracias, porque la respuesta al Amor no puede ser otra que la gratitud y el agradecimiento generoso.

En este día, pasada la Solemnidad de la Inmaculada y esta semana «margarita» (que no puente), podemos examinar cómo es nuestra alegría. Si es camino para que otros encuentren a Dios, si somos «luz y no cruz» para aquellos con quienes tenemos habitualmente una relación más cercana.

La Virgen nos enseña a ser causa de alegría para los demás en el seno de la familia, en el trabajo, en las relaciones con aquellos con quienes tratamos, aunque sea por poco tiempo. Cualquier persona que se nos acerque se ha de ir con más paz, con alegría. Hagamos el propósito de hacer más fácil el camino a los demás, que bastantes problemas trae consigo la vida. Si somos cristianos, rechacemos la tristeza y seamos causa de paz y de alegría para los demás.

 

 

 

CRISTO VIENE RECOSTADO EN UN PESEBRE

Preparad el camino del Señor.  Mateo (3,1-12). 4 de diciembre  de 2016.

Pronto celebraré un nuevo aniversario de ordenación sacerdotal. En estos veintiocho años he aprendido una cosa muy importante: no podemos acostumbrarnos a las cosas importantes. O, mejor dicho, no podemos dar por supuesto lo más importante: la vida del sacerdote pertenece a Cristo para ser entregada al mundo como algo sagrado.

Cuando uno se encuentra con almas, abiertas de par en par, que esperan con una santa ansiedad que se les de la palabra adecuada al “sí” que dieron a Dios, entonces te encuentras con lo más serio del mundo. Se descubre entonces, que perdemos el tiempo en demasiadas tonterías. Nuestros afanes cotidianos (que son muy importantes), suelen estar entretejidos de tantas cosas “nuestras”, que podemos dejar en un rincón a Dios, porque entorpece nuestra actividad (¡incluso trabajando en las cosas de Dios!).

El Adviento, precisamente, es un tiempo para recordarnos que no podemos estar dormidos. Que el tiempo apremia, y hemos de estar muy despiertos. ¡Cristo está por venir!, y nuestro hocico sigue husmeando en rincones donde nunca encontraremos a Dios, y aún menos llegaremos a descubrir a ese Niño recostado en un Pesebre. La Iglesia nos invita a vivir, con tensión sobrenatural, la preparación de un acontecimiento que, cada año, resulta ser extraordinariamente singular. La pedagogía de Dios nos enseña, una vez más, que puede hacer añicos cualquier expectativa nuestra, por muy importante que sea. Que lo extraordinario se encuentra en lo ordinario, y que lo sagrado se descubre en lo más humano.

De ello nos habla hoy María:

«El Adviento no es una época de espera con los brazos caídos. El cristiano nunca debe tener los brazos caídos. El Adviento es el tiempo de esperar preparándose para poder acoger en toda su plenitud a aquel al que está esperando.

En mi familia siempre hemos puesto un Belén enorme que ocupaba toda la mesa del salón y en el que, con mucho esmero, íbamos colocando las piezas, el castillo de Herodes, el pueblo… Y yo ahora lo hago con mis hijos y mi marido. El Belén no está estático como un adorno durante todo el Adviento, sino que las piezas se van moviendo a medida que pasan los días. San José y la Virgen no están y en el portal hay un pastor. Las demás figuras están en sus quehaceres ajenos al portal: la lavandera está en río y el burro con leña va hacia el pueblo de espaldas al portal. Unos días antes de Navidad, san José y la Virgen llegan al portal, pero Jesús no está puesto hasta Nochebuena. Y los Reyes van avanzando, pero no llegan hasta el seis de enero. El Belén no es un adorno, es un instrumento, una herramienta para ir asimilando lo que pasó en Navidad.

“Allanad el camino al Señor”. Dios se va a hacer niño, se va a hacer accesible a nosotros, pero eso podemos vivirlo de muchas maneras. Hoy en día hay muchas distracciones en Navidad que nos pueden hacer olvidar qué es la Navidad, quién viene y para qué lo hace. La Navidad nos es unos días para estar con la familia: aunque es precioso celebrarlo en familia, pero no es la familia de uno en sí mismo lo que se celebra. No son unos días para hacernos regalos o unas vacaciones de invierno para irnos a esquiar. Eso es accesorio a la Navidad y el cristiano no celebra las vacaciones de invierno, como felicitaba el año pasado el Ayuntamiento aquel, sino la llegada de Dios al mundo, la cercanía de Dios. Celebramos que se va a restablecer nuestra unión con Dios, que podremos lograr que venza el bien y se destruya el mal, que Dios es un niño, que no debemos temer nada. Celebramos eso, exclusivamente eso. Y porque eso es algo que nos llena de alegría y nos sobrepasa, lo hacemos juntando a la familia, recibiendo con alegría a unos Reyes Magos que, como aquel día hicieron con Jesús, entran a nuestra casa a llenarla de cariño (y paquetes). No perdamos el norte: el Adviento sirve para allanar el camino al Señor. Para esperarle en una espera activa.

Si queremos que en Navidad Dios nazca en nosotros, preparémosle un hueco muy grande y un alma donde Él esté muy confortable. Confesemos para limpiar los rincones de nuestro corazón, meditemos la grandeza de lo que ocurrió como si fuera la primera vez que nos lo cuentan, vayamos moviendo las piezas de nuestro Belén desde las posiciones en las que cada cual está en su tarea a esa otra posición en la que dejan todo y mirar al Niño.

Ahora es el momento de dejar a nuestra alma preparada para que Navidad no sean cenas y regalos. Confesar, comulgar, meditar este tiempo, desear con impaciencia poner al niño en su pesebre. Lo que esperamos es la victoria del bien absoluto sobre cualquier tipo de actividad. El Creador del Universo está encerrado en un trozo de materia de tres kilos y cincuenta centímetros. Podemos abrazar al Creador de las estrellas. Es sobrecogedor.
El año pasado, mi amiga Cruz, que es una de esas personas para las que el Belén es un asunto muy serio, me regaló una virgen que está embarazada.

El jueves es la fiesta de la Inmaculada Concepción y ese día siempre resuena en mí una frase: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te lleve a Dios”. Miro la figura de la Virgen embarazada: En ella está Jesús y ella es mi refugio. En este tiempo busquemos nuestro refugio en su Inmaculado Corazón, hagámonos un huequito junto a Jesús y dejemos a Mama que nos geste un corazón nuevo junto a Él.

Va a ser Navidad, allanémosle el camino refugiándonos en el Corazón de Mamá: ella nos llevará a Él.».

 

 

 

YA VIENE ¿A QUÉ VIENE?

A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.  Mateo (24,37-44).

27 de noviembre  de 2016.

 

Este domingo comenzamos el Adviento. El Adviento es el tiempo litúrgico en el cual nos preparamos para celebrar la Navidad como conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios entre los hombres y, a la vez, un tiempo en el cual, mediante esta celebración, la fe se dirige a la segunda venida del Señor Jesús, al final de los tiempos. Ambos aspectos forman parte de un mismo misterio, se exigen mutuamente, y se entremezclan continuamente, fundiéndose en una inseparable unidad. Por estos dos motivos, el Adviento es un tiempo de alegre y confiada espera. El Adviento nos recuerda que es el Señor quien llega, quien viene hacia nosotros. Nosotros nos limitamos a acogerle, a recibirle. La Iglesia, impulsada por el Espíritu, repetirá hasta el final de los tiempos su “Maranatha”, su “Ven, Señor” y nosotros debemos unirnos a este grito de la Iglesia.

Desde hace ya dos años María Ferrero, me ayuda con su experiencia de vida en estos artículos semanales de la Tribuna, y ella hoy nos habla de que ya viene y a qué viene.
«Ya viene. Queda poco. Cuatro semanas y vendrá. Celebramos en la Navidad que nació Dios, que se hizo hombre como nosotros y vivió lo mismo que nosotros. Y queda muy poquito. Me gusta la Navidad: Dios se hace tan pequeño que no puede asustar a nadie. También está tan escondido –resulta muy extraño ver al Creador del Universo encerrado en los mofletes de un bebé que reclama leche- que podemos no verlo, no entenderlo, no descubrirlo. Pero está, ahí, a nuestro lado, sufriendo con nosotros y riendo con nosotros, disfrutando de los colores rojizos de un amanecer y padeciendo los rigores del frío de invierno: en todo.

Pero ¿a qué viene? Porque está muy bien eso de hacerse tierno bebé y pasearse por aquí con nosotros pero, ¿para qué?, ¿por qué? ¿A qué viene Dios aquí?, ¿a darse un paseo entre sus criaturas? La lectura de hoy nos dice: “cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán”.(Mt.24). ¡Qué Dios más malo! No, la lectura de hoy, como todas, hay que leerla desde el conjunto del Evangelio, desde el conocimiento de Cristo y desde Su Amor: no se llevará a la mitad de las personas por malas, arrepentido de haberlas creado y con una arbitrariedad incomprensible. Dios no es el enemigo sino el gran aliado del hombre, su mayor cómplice. Entonces, ¿qué significa? ¿Por qué empieza el entrañable tiempo de Adviento con una lectura aparentemente tan dura?

En el hombre, como escribió Rubén Darío en “Los motivos del lobo”, existe mala levadura. Y eso es cierto. Empañamos las cosas con egoísmo, con vanidad, con envidia. En cualquier intención, buena incluso, tenemos una parte de luz y una de oscuridad. Todos tenemos ira, envidia, lujuria, gula, vanidad, soberbia y pereza. Unos con unas en mayor grado y otros en las que predominan con más fuerza otras de estas actitudes, pero todos las tenemos. Y empañan lo que hacemos, nos llevan a no vivir lo que queremos vivir porque nos arrastran a veces, incontrolables por nosotros. Todos tenemos una tendencia a Dios y también una tendencia a rebelarnos a Él, a querer estar por encima de Él, a querer ser nosotros nuestros propios Dioses. Y esa parte, esa que desluce nuestra alma, esa que nos incomoda, nos hace daño, hace daño a los demás y nos quita la libertad haciéndonos esclavos de nuestras tendencias y no de nuestras querencias, es la que se va a llevar, la que va a eliminar, dejando sólo la parte pura, neta, bella y buena de nosotros.

“Dos hombres estarán en el campo […] Dos mujeres estarán moliendo […]”. Están haciendo lo mismo. Es un hombre en el campo trabajando con su mezcla de luz y su mezcla de oscuridad. Están haciendo lo normal, lo cotidiano, lo propio de la vida, lo que les da de comer. Están haciendo lo que hay que hacer. Pero lo están haciendo con su parte buena y su parte mala, mezclando sus luces y sus sombras. Dios se hace niño para separar eso y que pueda crecer la parte buena hasta quedar sólo esa. Para arrasar con esa parte que nos hace deslucir la otra. 

No es inmediato. En el Cielo sí. Al llegar a Casa, sólo quedará nuestra luz. Pero aquí, en la Tierra, vivimos con las dos partes mezcladas y tenemos la oportunidad de elegir cuál queremos que prevalezca, cómo queremos hacer las cosas cotidianas que tenemos que hacer. Y Jesús nace para que podamos hacer grande la parte bella de nuestra alma e ir anulando esa parte de “mala levadura”. Con Su Gracia, comprendiendo, buscando y aceptando Su amor, mirándolo, buscándolo a Él antes de juzgarlo, dejándole estar a nuestro lado, Él irá haciendo de nosotros personas buenas. 

La gran noticia de Navidad es que lo que Dios ha hecho te pone en el privilegio de que, si quieres convertirte en el amor perfecto, lo vas a lograr porque Dios se ha hecho uno como Tú para eso, para que Tú te hagas uno con Él. 

Podemos vivir de forma que agrandemos nuestro corazón. Podemos vivir haciendo grande la parte egoísta. Es nuestra elección y Dios la va a respetar. Nos va a buscar siempre, va a salir a nuestro encuentro siempre intentando que aceptemos Su amor y no se va a dar por vencido, pero va a respetarte y, si es lo que tú quiere, te va a dejar que fomentes el egoísmo en tu corazón: es tu elección y tienes libertad para ello. Él seguirá hecho hombre, en su cuerpo de bebé para que no lo temas y te acerques a Él, Él seguirá siempre buscándote, pero te dejará libertad de elección y de comportamiento. Pero no olvidemos algo, para lo que nace es para llevarse nuestra parte oscura y que, si queremos, nuestra parte generosa, humilde, entregada, disponible, comprensiva, sonriente prevalezca en nosotros. 

Es Adviento. Tiempo de prepararse. Tiempo de elegir qué parte agrandar y cuál empequeñecer. Tiempo de esperar a que Él venga y arrase con nuestras sombras. Y la espera del cristiano no es activa, sino peregrina: caminando, saliendo a su encuentro. Está ahí, en un confesionario, en la Eucaristía. Durante miles de años, los hombres no lo tuvieron. Nosotros sí. Está ahí. Toca elegir. Y Él lo hará –ahora, al fin, sí se puede- Él nos llenará de luz, nos hará luz.»

Hoy leer a María me ha llenado de esperanza. La esperanza cristiana no es una espera “a ver qué sucede.” Sabemos con certeza que el Señor vendrá “con gran poder y majestad,” lo que no sabemos es cuando. El hombre necesita de la esperanza, pero para eso necesita saber qué espera. La esperanza no es inactividad ni pasividad. Por la esperanza sabemos que todos nuestros trabajos, desvelos, fatigas e iniciativas tienen un fin, que no son en balde, aunque no den el resultado que nosotros quisiéramos. Por la esperanza estamos preparados para “levantarnos y alzar la cabeza,” y no podemos dejar que las piernas se nos duerman y se nos anquilosen las articulaciones. Tenemos que “fortalecer las rodillas vacilantes” y eso requiere aumentar la fe y la caridad.

El Adviento es el tiempo mariano por excelencia, pues es durante el Adviento que se pone de especial relieve la relación y la cooperación de la Virgen de Nazaret en el misterio de nuestra reconciliación. La misma solemnidad de la Inmaculada Concepción, cuya novena comenzamos el próximo miércoles, no es una especie de paréntesis o ruptura dentro de la dinámica de este tiempo, sino que forma parte esencial en la recta comprensión del misterio. Ella es la Madre de la expectación, de la espera gozosa, pero es también la Madre donde la espera se convierte en presencia constante.

 

 

¿DIMAS O EL DE AL LADO?

Hoy estarás conmigo en el paraíso. Lucas (23,35-43) 20 de noviembre  de 2016.

 

Al meditar el Evangelio de hoy acude a mi memoria el recuerdo de aquellos cuentos en los que un rey se disfraza para recorrer de incógnito su país y conocer así, de verdad, la condición y actitud de sus súbditos. Ese rey escondido quiere probar la verdad del amor y fidelidad de los ciudadanos. Jesucristo, que ya conoce nuestro interior, se nos acerca a través de los indigentes, no para probarnos sino, para darnos la oportunidad de servirle.

No hay trampa porque Él mismo nos advierte de su presencia en los más necesitados
Hay tres temas que saco de este domingo. El primero es que verdaderamente Jesucristo es Rey. Cristo es nuestro rey, engendrado por el Padre, resucitado por el Padre. Pablo, en la primera lectura, está hablando en Antioquía a los judíos, buenos conocedores de la Escritura. Les explica que el Mesías es Jesús, de Él hablaban todas las profecías del Antiguo Testamento, todo lo anunciado se ha cumplido. Jesús ha sido ungido, con un bautismo, el de la sangre, el de la entrega por nosotros. Y es su voluntad que su realeza sea reconocida. A pesar de las prevenciones de muchos, no puede haber Rey mejor que Jesucristo. Eso significa que nuestro mayor deseo ha de ser servirle a Él y trabajar por su reinado. Cuánto más se reconozca la soberanía de Jesucristo, tanto a nivel individual como social, mejor será la vida de los hombres. Sobre ello no cabe la menor duda. Porque en Jesús se esclarece de forma definitiva el misterio del hombre.

El segundo tema es que el Reino de Cristo no es al modo de los reinos de este mundo. De hecho, recuerda el Catecismo que Jesucristo “reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo” (n. 680). Por eso los cristianos rezamos, especialmente en la celebración de la Eucaristía, pidiendo que venga cuanto antes su Reino, en plenitud. Y, en nuestra vida trabajamos por el Reino. La divisa “servir es reinar” es el lema de todo cristiano. De ahí que la colaboración para que venga el Reino de Cristo se realiza en nosotros mediante el ejercicio de la caridad en todas sus vertientes.

El tercer tema, del que nos habla María en su duro pero a la vez real comentario, es que la realeza de Jesucristo se pone de manifiesto en la Cruz. Jesús entrega su vida a favor de los hombres. El buen ladrón que le acompaña en el suplicio, Dimas, experimenta ese mismo día la realeza de Jesús al acogerse a su misericordia. Lo contrario a la realeza de Jesucristo es lo que san Pablo denomina tinieblas. Jesús, con su muerte en cruz, nos alcanza la reconciliación y por su sangre “hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”.

« En las cruces escribían un cartel en el que quedaba grabado el nombre del que allí estaba muriendo y el delito cometido por el que merecía esa muerte. Ladrón, asesino… lo que cada uno hubiese hecho. En la tablilla clavada en la cruz de Jesús ponía: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Le matan por rey. Y la mente me lleva hoy a muchos años antes, treinta y tres, a unos hombres de ciencia que escudriñaban el cielo buscando señales y esperaban que naciera Dios. Tres hombres que cruzaron países guiados solamente por la tenue luz de una estrella que se movía. Debían caminar de noche para ver la dirección de la estrella. Caminaban en medio de la noche, a oscuras, guiados por un punto de luz sobre un fondo oscuro. Pero no pararon, no se detuvieron, no les importó la noche, no les importaron la cantidad de argumentos obvios que se me ocurren para desestimar ese viaje por ser una locura y que a muchos de los suyos –probablemente en alguna ocasión incluso a ellos mismos- también se les ocurrirían. 

Eran reyes. Hombres poderosos a quienes otros obedecían. Dejaron su reino cómodo, majestuoso y seguro y se postraron a rendir pleitesía a un niño que vivía en una humilde casa de una aldea en medio de la nada. Sabían que ese niño era Rey, y sabían que no era un rey como ellos, sino un Rey de otra dimensión, de otra altura, un Rey que deseaban que reinara sobre ellos mismos. 

Jesús nace y ya entonces tres reyes lo proclaman Rey. Al nacer, hay reyes que le buscan y que, cuando lo encuentran, lo aman. Pero hay también otros reyes: reyes apegados a sus cosas, sus posesiones, su soberbia, su vanidad, su afán de protagonismo, para los cuales ese niño es un peligro a combatir cuanto antes. 

Tres reyes sabios buscan a Jesús y, desde antes de encontrarlo, ya van avisando a los demás. Son los primeros discípulos de Jesús, los primeros que anuncian el evangelio. Debían ser de muy lejos y no saber dónde se metían, o muy inocentes y cándidos, tal vez. Quien ama cree que es normal amar y que la respuesta de todos va a estar guiada por el amor. Avisaron del nacimiento de un Rey a Herodes, que no parecía ser sabio, ni cándido, ni bueno, ni desapegado, ni buscador de la verdad ni nada de eso que tenían los Magos. La respuesta de este rey mundano, al sentirse amenazado, es la misma que la de Pilatos: debe morir: ha dicho que es el Rey de los Judíos; está amenazando mi precioso mundo de damasquinado toledano. Jesús muere como nace y por el mismo motivo: es Rey. Y amenaza a quienes quieren reinar aquí y apegarse a su reino de cosas fútiles y cortesanos aduladores. 

Al nacer, unos reyes, magos por ser científicos, le buscan para amarlo y un rey terreno le busca para matarlo. Al morir, un gobernador extranjero siente amenazado su sillón y, sabiendo que no es un mal hombre, graba una tablilla de condena a muerte una cruz: dice que es rey, muere por eso. Y no es un rey mago quien lo busca para amarlo ahora sino un ladrón asesino. Para Jesús ambos son lo mismo: hijos amados del Padre. Muere como nace: levantando odios y levantando amores. Y así sigue. 

Deberíamos plantearnos dónde estamos nosotros. Sí, la respuesta inmediata es “en los Magos”. Yo, que siempre me he sabido la respuesta en clase y soy muy resabidilla, en un punto de comprensión intelectual de ello, pero en absoluto de interiorización, llegaría a decir “soy Dimas”. Pero, ¿en realidad soy Dimas? Dimas está muriendo y sale en defensa del que está al lado: ¿salgo yo en defensa de Jesús cuando el mundo aprieta o atosiga, o me quedo calladita para que no se levanten comentarios contra Dios y contra mí que me resultan dolorosos? 

Dimas está muriendo y en la cruz se muere de asfixia y agotamiento: cuando las cosas se ponen feas, cuando el dolor aparece, cuando me falta aire, cuando parece que todo acaba ¿sigo saliendo en defensa de Jesús? Es más, ¿miro a Jesús o me miro sólo a mí y las cosas que me pasan exhibiendo lamentos y envolviéndome en la sombra de la desesperanza, en el mejor de los casos? En esos momentos, ¿no seré mejor el otro asesino, el ladrón de la cruz de al lado y me dedico a renegar, a rebelarme contra Dios, a enfadarme con Él porque no me resuelve las cosas como quiero, a verle como a un enemigo? A veces vemos a Jesús en la Cruz y le vemos como enemigo, seamos claros. 

Dimas sólo le pide una cosa a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Le reconoce Rey, como hicieron aquellos otros tres treinta y tres años antes, y le rinde pleitesía, como también hicieran en su día los Magos. Si yo fuera Dimas, le pediría a Jesús que reinara en mí, le rendiría pleitesía, querría someterme a sus leyes, hacer Su Voluntad, vivir en Su cercanía. ¿Realmente soy Dimas? ¿Sirvo a Dios o me sirvo de Él? 

La pregunta es dura, durísima. Es tan dura que conduce irremediablemente a un confesionario. Pero es tan bella, tan real, tan necesaria. Es fundamental darle respuesta: nos va la vida en ello. Es una buena pregunta para la antesala del Adviento. ¿Reyes Magos o Herodes? ¿Dimas o el de al lado? Sin respuestas rápidas. Con la mano en el corazón. 

No pasa nada: Dimas, cuando subió a la cruz, era como el de al lado: la diferencia es que él miró a Jesús y no a su cartel. Después de responder a esa pregunta, miremos de nuevo a Jesús: no su cartel, no nos sintamos amenazados, no nos regodeemos en nosotros mismos, no le declaremos culpable de nuestras cosas, no. Sólo mirémosle. Como los Magos, caminando en medio de nuestra noche, tengamos esperanza y sigamos paso a paso tras su estela. Sin ver, sin comprender: pero paso a paso. Como Dimas, miremos a Jesús y deseemos que Él reine, pidámosle que nuestro corazón y nuestros actos se muevan reinando en ellos Su Amor. Con sólo pedirlo a Él le basta. Con sólo desearlo, Él lo regala.»

Cuánta razón tienes amiga María, reconocer la realeza de Jesucristo supone darnos cuenta de que estamos necesitados de misericordia y de que sólo su amor es la respuesta a todas las necesidades del hombre y de las sociedades. En el Concilio Vaticano II se dice: “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones”. El buen ladrón lo descubrió en los últimos instantes de su vida, muchos hombres lo ignoran; nosotros que lo sabemos, le pedimos la gracia para poder vivir según sus mandamientos y también para servirle de manera que muchas otras personas se sientan atraídas por su amor.

Que María Reina prepare en nuestro corazón el auténtico reinado de Jesucristo.

 

 

 

 

ESPERA, CONFÍA. NOS BASTA SU GRACIA

Jesús predica en el templo. Lucas (21,5-19) 13 de noviembre  de 2016.

En las últimas semanas del año litúrgico se nos anuncian momentos de tribulación y catástrofes. Sin embargo todos esos eventos, cuyo sentido no siempre es fácil interpretar, no deben hacernos temer. Jesús nos dice que, por dura que sea la prueba, Él no deja de ocuparse de nosotros. En el Evangelio de hoy se nos habla de una dura prueba. El Catecismo alude al texto de san Lucas para hablar de la persecución que acompaña a la Iglesia en su peregrinación por la tierra.

En el evangelio de hoy Jesús nos anuncia tribulación y angustia, pero también nos previene que no hemos de tener pánico. En este momento vivimos una crisis económica profunda, que quizás aún sea peor. Muchas personas están pasándolo mal y el problema parece que va a agravarse aún más. Es un tiempo para fortalecer la esperanza.

Jesús también nos dice que en los momentos de tribulación es fácil dejarse engañar. Nuestra confianza puede pasar de estar en Dios a que la pongamos en otras realidades. Pero fuera de Dios no hay seguridad para el hombre. La historia demuestra que los santos siempre han salido adelante. Muchas veces no han tenido éxito humano, pero cuando podemos mirar en perspectiva lo que hicieron descubrimos que era lo más adecuado. Y los santos siempre han actuado fiándose de Dios.

Todo lo que se anuncia para la Iglesia puede entenderse también aplicado a nuestra vida espiritual. Las desgracias materiales, el ser menospreciados o humillados, la enfermedad, las tentaciones… son momentos de prueba. Para vencer, nos dice el Señor, hay que perseverar y confiar

Hay una oración de confianza al Corazón de Jesús. En una de sus estrofas dice:

 

Evita las preocupaciones angustiosas

y los pensamientos sobre lo que puede suceder después.

No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas.

Déjame ser DIOS y actuar con libertad.

Entrégate confiadamente a mí.

Reposa en mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente: “JESÚS, YO CONFÍO EN TI”

 

De ello nos habla María en su comentario “Nada quedará. De todo esto que ahora tocamos, vemos, sentimos y tenemos, no quedará nada. ¿Cuándo? Para empezar, cuando muramos. Al morir se desvanecerá todo eso y nuestros logros profesionales, nuestros bienes materiales y los oropeles con los que adornamos nuestra existencia no servirán para nada. Vivir “en el recuerdo de los demás”, eso de “estás vivo en nuestros corazones” que mucha gente dice en los funerales, es un consuelo para el que se queda y sólo puede agarrarse a eso, pero es bastante lamentable porque lleva escondido –escondido, pero impreso- que esa persona ha desaparecido y sólo queda el recuerdo en la mente y el cariño de un puñado de personas que también desaparecerán.

Si al final eso es todo, si consiste en que un grupo de personas me añoren, el único sentido de esta vida es estar a gusto en ella. La lógica dice eso: si lo que tienes es únicamente sentidos, la felicidad es tenerlos satisfechos. Entonces cobra relevancia en la vida el éxito profesional como fin, ya que satisface nuestra vanidad; ese deseo infinito de ser valorado y admirado. También es importante estar tranquilo, tener el cuerpo sereno, caliente en invierno, frío en verano, descansado, placentero… y hasta podemos llegar a confundir paz con quietud. El sacrificio no tiene valor alguno y es una carga que no queda más remedio que vivir pero que molesta, que quita bienestar, que resta satisfacción, que hay que eliminar. Cuanto menos sacrificio en la vida, mejor. Y como los hijos son sacrificados, los padres, cuando son mayores, son sacrificados y el trabajo conlleva un sacrificio, se vive sin hijos, se arrincona a los ancianos y se espera a que llegue el viernes para estar a gustito y creer que eso es ser feliz. Hasta llegamos a creer que es caridad hacia nuestros hijos impedirles que nos cuiden cuando seamos mayores y demandamos un testamento vital para descargarlos de nosotros.

La lectura de hoy parece catastrófica, pero no lo es. De hecho, es una lectura llena de esperanza. Cuenta la verdad. Dios no engaña ni se anda con paños calientes. Nos dice lo que hay y que lo que hay es eso, sacrificio, guerra, muerte, destrucción. Sí lo hay, existe. Les avisa de que serán injustos con ellos, de que les perseguirán y les matarán. Igual que a nosotros hoy. Es así, no nos miente. No nos presenta una vida de placeres (pero, ahí va la letra pequeña, repleta de oquedades a las que no mirar), sino las cosas como son, con toda su dureza, con toda su realidad. Pero tampoco nos cuenta le verdad a medias: “Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. […] Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21, 5.18-19). Es decir, no tengáis miedo, que pase lo que pase, Yo estaré con vosotros.

Eso es lo que me dice hoy. Cuando veas todo mal, cuando veas que parece que sólo hay dolor, que Dios no está, que ha abandonado esta Tierra, que nos ha olvidado, que lo único que hay es maldad y equivocaciones, cuando esta cultura de la muerte te hostigue, cuando te vendan que lo importante es tu tarjeta de visita, el lugar de vacaciones, el asueto de los fines de semana y los sentidos satisfechos –esos que por su naturaleza nunca pueden satisfacerse del todo-, cuando veas que el mundo a tu alrededor se desmorona, no tengas miedo, no te angusties, no dudes de Dios. Espera, confía. Nos lo ha avisado en la lectura de hoy. Todo eso pasará, tiene que pasar. Pero Él está con nosotros y, permaneciendo en Él, agarrados a Él, confiados a Él, defendiendo que la vida va más allá de los sentidos y las apetencias, más allá de esta existencia terrena, ningún tipo de muerte podrá vencernos. Desaparecerá lo que tiene que desaparecer: la materia, los sentidos, las ambiciones, pero no “viviremos en el recuerdo” de nadie sino que viviremos realmente, viviremos eternamente, Viviremos en toda su dimensión; no como metáfora de que mientras alguien no te olvide de alguna manera sigues existiendo, sino que existiremos porque tenemos un alma eterna e inmortal que se ha unido a Cristo y con Él resucita.

No es el final la muerte sino la Vida. El final es la resurrección: este tiempo está para decidir si la queremos o no y trabajar por tenerla. Está para aprender a amar, para elegir el bien o el mal, para aprender a confiar en Dios y vivir de nuestro abandono a Él, para que utilicemos nuestro trabajo, nuestros bienes y nuestros sentidos en construir un mundo donde el Amor de Dios llene todo. El trabajo es importante, es necesario y es bueno, y querer progresar en él, ocupar puestos de relevancia, también es importante, necesario y bueno, pero lo es si está dirigido a crear ese mundo de Amor que es el Reino de Dios. Será dañino si está dirigido por la ambición y la vanidad para mera satisfacción de uno mismo.

Cuando el final no es la muerte sino la Vida, el abrazo con Cristo, la existencia en un estado en la que sólo hay amor, felicidad y son los sentidos del alma los que están llenos a rebosar, la vida aquí, en este espacio de tiempo desde que somos concebidos hasta que morimos, se lleva a cabo de otra manera. El sacrificio es bello en sí mismo porque lleva al bienestar ajeno y eso ensancha nuestro corazón haciéndolo capaz de amar. Llenaremos ese corazón de Amor infinito: cuanto más lo hayamos agrandado aquí, más cabrá. El trabajo es un medio para proveer a la sociedad de bienes necesarios, de avances que mejoren la existencia aquí, para dar de comer a tus hijos y a tus mayores, para aprender, para esforzarnos: es un medio para agrandar el corazón, también. Y los sentidos no parece que vayan a estar muy a gusto dentro de este plan: lo estarán a ratos y otros ratos no, pero es que eso tampoco va a importarnos demasiado porque, al final, esos se desvanecen, desaparecen, y queda ese corazón y lo que lo hayamos agrandado aquí.

La lectura de hoy nos dice que no tengamos miedo, pase lo que pase, que aunque veamos guerras, dolor, destrucción, maldad, muerte, aunque nos persigan, aunque nos arranquen la satisfacción de los sentidos, aunque nos arranquen esta vida terrena, Él está con nosotros y nada de lo que hagamos quedará en saco roto. Nos dice que Él está, que confiemos, que esta vida es lo que es pero en ella está ya Su abrazo y que ese abrazo se hará pleno después. ¿Qué importa perder esta vida cuando se es inmortal? Eso es lo que mueve a los mártires: el amor de Dios, la consciencia absoluta de que, en Cristo, resucitarán, el abandono total a Él. Y Él nos da Su Gracia para llevarlo a cabo: “Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro” (Lc 21, 15). Nos basta Su Gracia.

Tiene toda la razón María, Podemos sentirnos desbordados, pero con su gracia tenemos la capacidad para crecer en el amor, a Dios y al prójimo. Cuando todo parece hundirse y el horizonte se torna oscuro sabemos que podemos volvernos hacia el sagrario y que allí está Él. Poniéndonos a sus pies, abriéndole nuestro corazón, sabemos que nadie podrá engañarnos y que, además, no quedaremos defraudados. Encontraremos en su corazón el consuelo que necesitamos y las fuerzas para vivir.

Nuestra Madre la Virgen supo y sabe esperar, nueve largos meses, treinta largos años y dos mil años más, esperando a reunirnos a todos sus hijos con su Hijo. ¡Qué gran maestra de paciencia y confianza!

 

 

 

DIOS DE VIVOS

Jesús y los Saduceos.  Lucas (20,27-38) 6 de noviembre  de 2016.

Se han puesto de moda las películas de zombies, vampiros, muertos vivientes y demás seres con vísceras colgando. Están bien para verlos por televisión o en el cine, pero desde luego no es nada agradable encontrarlos por las calles de Toledo. Son cosas para las películas, y películas de miedo…, aunque en ocasiones consiguen hacer gracia por lo burdo de la puesta en escena. Mirando al mundo, cada vez hay más gente que quiere hacer de su vida una película, aunque sea una película de miedo de serie B. Como Michael Jackson hace un porrón de años, queremos llenar de muertos vivientes nuestras calles y plazas, intentando hacer atrayente lo feo, hermoso lo feo, verdadero lo falso y luminoso lo obscuro. Puede parecer exagerado, pero cuando nos alejamos de la luz caemos en las tinieblas inexorablemente. Y cuando al que vive en las tinieblas se le recuerda que no tiene luz se enfada. Cuando al muerto le recuerdas que no tiene vida se retuerce en su tumba. Y cuando el Papa nos recuerda que nos estamos alejando de Cristo nos enfadamos.

El Evangelio de este día nos habla de la resurrección de los muertos. Algunas estadísticas indican que muchos cristianos no son conscientes de esta verdad de fe. Yo mismo he comprobado, hablando con adolescentes y jóvenes, que consideran la resurrección de la carne como algo metafórico. En los primeros tiempos pasaba algo parecido. San Pablo, cuando anuncia en Atenas que los muertos resucitarán, ve con sorpresa que todos dejan de escucharle. Encontraban aquella doctrina extravagante.

Al decir que resucita la carne, lo cual es posible gracias a la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, afirmamos también el valor de todo lo humano. La Iglesia siempre ha huido del angelismo. En la historia han existido muchos movimientos, nacidos en el seno del cristianismo, que despreciaban lo material. Daban tanta importancia a lo espiritual que negaban el valor del cuerpo. Era el caso, por ejemplo, de los maniqueos. Sin embargo, Jesús, con su encarnación asume todo lo humano y, en primer lugar el cuerpo y el alma. Muere verdaderamente y resucita.

Hoy los saduceos quieren utilizar a Dios en su contra para reafirmar sus ideas. Y es Jesús el que les hace ver que son sus ideas las que están muertas. Dios es Dios de vivos, no el dios de ideas muertas. Arrancando las raíces cristianas de Europa, suprimiendo el valor sagrado de la vida, destruyendo el matrimonio y la familia, destruyendo la trascendencia del hombre… entonces pastoreamos cadáveres. Es muy fácil adoctrinar a zombies, hacer que sus máximas aspiraciones sean su vientre, sus vergüenzas y su cartera y ofrecerle soluciones fáciles y sencillas que no elevan su espíritu muerto ni un palmo del suelo.

Pero Dios no es Dios de muertos sino de vivos. Esta fue la convicción de los que siguieron a Jesús desde el comienzo, como vemos hoy en el evangelio de Lucas. No una convicción de virtualidades ilusas, sino la certidumbre de una vida. Lo dieron todo por él. Le siguieron, como esas mujeres que le ayudaban con sus bienes, presenciaron la crucifixión; ellas, de cerca, ellos, desde bien lejos. Bajaron el cuerpo muerto para enterrarlo en una tumba nueva. Y la mañana del domingo fueron testigos de la resurrección y vieron al Resucitado, le contemplaron con sus ojos, metieron sus dedos en sus llagas y la mano en su costado, comieron con él, y él les envió a predicar por todo el mundo el evangelio de salvación y de resurrección.

Nuestra resurrección será a ejemplo de la resurrección de Cristo. Será un cuerpo material (come, bebe, lleva las señales de la crucifixión,…), pero tendrá cualidades propias de lo espiritual (atravesaba paredes, era visto en distintos lugares a la vez), no padecerá dolor, cansancio,…

El Catecismo de la Iglesia recuerda que la resurrección no es la mera pervivencia del alma después de la muerte. La Iglesia enseña algo más y es que resucitaremos en la carne. Por la resurrección de Jesús, Dios dará a nuestros cuerpos una vida incorruptible. La muerte lo que hace es separar alma y cuerpo. En la resurrección volverán a unirse, pero, entonces, ya no podrán morir. Es muy bonito pensar en la resurrección, porque todo lo corporal toma valor. Cuando Jesús asume la carne humana no lo hace como quien se pone el traje de trabajo y se lo quita al acabar la faena. Resucitó con la carne que había asumido en el seno de María Virgen y, resucitado, está con ella para siempre. La fe en la resurrección no señala también la bondad del mundo material. De ahí que, ya que este cuerpo ha de resucitar, lo valoremos en su justa medida. No sólo privándolo de lo malo, sino también haciéndole gozar ordenadamente de lo bueno: la contemplación de la naturaleza, el abrazo de los esposos, una comida bien preparada, la visión de un cuadro o la suavidad de la lana… El catolicismo siempre ha subrayado los aspectos agradables del mundo que, por otra parte, dan noticia, aunque imperfecta, de la gloria de la resurrección.

Hoy mucha gente no cree en la resurrección de la carne. El Catecismo dice que “en ningún punto la fe cristiana encuentra más incomprensión que en la resurrección de la carne”. Es como si lo que sucede con nuestro cuerpo no tuviera nada que ver con la vida eterna. Así puedo usarlo de cualquier manera. Parece que lo único importante son las buenas intenciones, esas de las que está empedrado el infierno. Nosotros creemos en la resurrección, y por eso gozamos del mundo sin dejar que el mundo marchite nuestra alma. Y eso con la única medida que conocemos: apasionadamente, como nos enseña a amarlo Jesús. De hecho, cuando uno se adentra en la realidad con rectitud de intención, y no con esa doblez de que hacen gala los saduceos de hoy, se acaba encontrando con la verdad de Dios.

Los muertos resucitan, porque todos los misterios de la vida de Cristo son para nosotros. El para nosotros es esencial en la creación y en la redención. Dios no es un Dios de nosotros los muertos, sino de nosotros los vivos. Vivos para siempre por su gracia; vivos pues resucitaremos, participando de la resureeción del Hijo, muerto en la cruz por nosotros.

Las cosas de Dios que tienen que ver con la creación y la redención son siempre por nosotros. Somos nosotros los destinatarios de la gracia. No participantes por una casualidad de lo que Dios hace en sí mismo y para sí mismo, como si dijéramos, tuvimos la suerte de que pasábamos por ahí y dimos a Dios la oportunidad de hacernos el regalo de algunas migajas de divinización. No, de eso nada. Todo el inmenso movimiento de Dios en su creación, en su providencia y en el enorme recorrido de la encarnación redentora, con la venida del Espíritu a nuestra carne para gritar en nosotros: Abba, Padre, lo hace por nosotros. Nosotros somos la finalidad de su amor. Mas nosotros resucitados en la profundidad de nuestro ser, es decir, en nuestra carne. Por eso hablaremos siempre de la resurrección de la carne. Menos es no haber comprendido la obra de Dios ni la grandeza de sus criaturas creadas a su imagen y semejanza. No haber comprendido el rol del pecado y de la muerte en nuestra vida. No haber comprendido la cruz de Cristo, su resurrección. No haber comprendido su Iglesia, de la que él es cabeza.

María nos habla también de la Resurrección: «Si Cristo no hubiera resucitado, habría sido un buen hombre matado injustamente, un gurú con una bella filosofía de vida, pero nada más. No tendría sentido un final en el que el cuerpo es separado del alma, incluso bajo el supuesto de que el alma viviese eternamente y fuera eternamente feliz. El hombre fue creado con cuerpo y alma porque es ambas cosas, están intrínsecamente unidas. El drama de la muerte es esa separación, y lo es porque es ruptura de algo que es unidad.

El pecado original, aquel que consistió en la rebeldía del hombre separándose de Dios para ser él mismo su propio dios, provocó que nuestro cuerpo fuera este de ahora, que envejece, y se marchita, y se rompe, y se deshace en polvo, pero el hombre fue creado en cuerpo y alma “a imagen y semejanza de Dios”: es decir, inmortal, como Él. La Resurrección es volver a aquel cuerpo glorioso que deberíamos haber tenido si el pecado original no hubiera existido. Cristo restaura el Paraíso: la persona inicial que soñó y creó Dios. Y para eso, hemos de resucitar y volver a tomar cuerpo: el cuerpo según Dios nos soñó para el paraíso.

Cuando alguien a mi alrededor muere, siempre pienso “bueno, resucitará y volveré a abrazarlo”. Una amiga mía me lo dijo cuando me despedí de ella antes de que muriera “Tranquila, esta ausencia es sólo un rato: tenemos toda la eternidad para estar juntas”. Ese estar juntas consiste en que resucitaremos y volveré a abrazarla. No sé cómo será el mundo después de la Resurrección de nuestros cuerpos, no tengo la menor idea. Lo que sí sé es que resucitaremos y yo quiero estar en el lado de los que resucitan con Cristo. Lo que sí sé es que volveré a abrazar a mi dulce Bego. Lo que sí sé es que, con brazos reales, podré abrazar a Jesús de Nazareth. Y él, con sus brazos, los suyos, brazos verdaderos, me abrazará. Al lado de ese abrazo, nada importa. Ese abrazo será con alma y cuerpo.»

Que la Virgen María, en quien se ha manifestado plenamente el triunfo de la resurrección de su Hijo y está en los cielos en cuerpo y alma, avive la esperanza en la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos.

 

 

 

 

QUIERO VER A JESÚS

Jesús se encuentra con Zaqueo. Lucas (19,1-10) 30 de octubre de 2016.

¿De donde vengo? ¿A dónde voy?

San Ignacio de Loyola al comienzo de sus Ejercicios Espirituales se plantea esta cuestión y nos responde, en palabras de su época, de la siguiente manera:
El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe privarse de ellas cuando para ello le impiden (EE.23)

El punto de partida está claro: El hombre es creado, que es decir, yo soy creado, salido de las manos de Dios. Soy criatura; obra de arte; Dios soñaba conmigo. Dios tiene un plan, Dios no improvisa las cosas, existe un proyecto de Dios sobre mí, un proyecto que responde a la pregunta que todo hombre se hace: ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿De dónde vengo? La Biblia nos responde que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, con capacidad para conocer y amar a su creador.

En otras palabras podríamos decir que somos creados para ser felices, para tener una vida grande y bella, una vida plena, eterna… 
El comentario de María al evangelio de este domingo nos ayuda a profundizar en esta cuestión.

“La imagen de Zaqueo subido en el árbol para ver pasar a Jesús, y la de Jesús bajo él, es realmente gráfica. Dios que se pone por debajo de nosotros para hacerse accesible a nosotros. Zaqueo quería verle pasar. Sólo eso. Se conformaba con eso, con verle pasar. No es Zaqueo quien invita a Jesús a su casa. Pero sí hace algo Zaqueo para encontrarse con Jesús: consciente de que es un señor bajito y de que no tiene capacidad para verle, busca cómo subirse a algún sitio desde el que poder contemplarlo. A su manera, está buscando la compañía de Dios. Pero nace de algo fundamental: darse cuenta de que es bajito y no puede de otra manera.

Quizá deberíamos empezar por reconocer que somos bajitos al lado de Dios y que las cosas que nos rodean son, en muchas ocasiones, más grandes que nosotros y nos impiden verlo. Para reconocer a Dios, hay que ser consciente primero de quién es uno mismo y, después, hay que querer “verle pasar”. Buscaremos subirnos a la higuera de turno que, muchas veces, suele ser otra persona y, generalmente, una persona de la Iglesia (mal que, en nuestros prejuicios, pueda pesarnos al principio). Sea cual sea nuestra higuera, darnos cuenta de que somos bajitos hace que la higuera no nos parezca tan mala. Y, en todo caso, no importa: lo que importa es que Zaqueo quería “verle pasar”.

No sabemos los motivos por los que quería verle pasar: si era curiosidad, deseo de seguirlo, si buscaba a Dios en Él o “algo” en Él, o si simplemente algo en su interior le inquirió a voces que lo hiciera. El caso es que quiso verle e hizo lo posible por ello. Dios también quería ver a Zaqueo. Quería estar con él y comer en su casa, pasar tiempo con él, quererlo, formar parte de su vida. Lo quería hasta tal punto que se hizo hombre, un hombre más alto que Zaqueo pero más pequeño que una higuera. Si Zaqueo elevó un metro su cuerpo al Cielo; Dios bajó entero a la Tierra para poder abrazarlo.

Sólo quería verlo y terminó comiendo con Él, recibiéndolo en su casa. La lectura, en su inicio, dice sólo que Zaqueo era “un hombre muy rico”: información sin matices. Pero la gente recrimina a Jesús haber ido a comer con él porque lo tenían por ladrón y, de hecho, ese “si a alguien he robado” que dice Zaqueo al final es algo más que una declaración de intenciones; es una confesión con todas las de la ley. Me hace pensar que Zaqueo quería verle pasar, medio escondido incluso, porque no se atrevía a abordar directamente a Jesús, no se atrevía a enfrentar su mirada a la de aquel hombre que resultó ser Dios. Pero con sólo querer acercarnos a Dios, Él sale a nuestro encuentro y se autoinvita a nuestra vida. Es más fácil de lo que pensamos. A Él le basta con que nos subamos a la higuera, con que deseemos verle, con que lo busquemos.

El efecto de Jesús en Zaqueo es impresionante. Jesús no lo juzga sino que se va a compartir la intimidad de su mesa con él: lo elige, lo prefiere, lo escoge, lo cuida, le demuestra que esto va de amor, no de juicios. Y de ese corazón duro de Zaqueo que acaba de ser amado, sale una respuesta natural al amor: querer amar. Quien se encuentra con Dios siente el impulso natural de querer ser justo, de reparar el daño cometido, de dar ese amor que acaba de recibir de Dios. Saberse amado de esa manera, haber enfrentado tu mirada a Sus ojos y tu corazón bajito al Suyo enorme, lleva a no desear nada fuera de ese amor y a convertirse en cauce del amor de Dios. Zaqueo era tan pobre que sólo tenía dinero: al encontrarse con Jesús, se vuelve tan rico que entrega todo y, por supuesto, también su dinero, al que ya no da el valor que daba antes. Nada se valora de la misma manera tras haber pasado una sobremesa con Cristo.

De reconocer que es bajito y necesita una higuera a reconocer que es un ladrón y necesita ser justo hay sólo una cosa: ha estado un rato con Jesús. Jesús salió de la casa de Zaqueo y Zaqueo cambió de vida para siempre. Es tremendo lo que puede cambiar todo con diez minutos bajo Su mirada. Solamente por buscar saber qué es lo que pasa al mirarse en sus ojos, deberíamos subirnos a todas las higueras de todos los caminos hasta lograr verle pasar. Y en el silencio, en la quietud de nuestra alma bajita, buscarlo: es Dios, que pasa”.

Después de leer el comentario de María al evangelio de hoy me hago esta pregunta ¿Qué cosas en mi vida me impiden ver a Jesús? Quizás sea algo mío que me hace estar más pendiente de mí mismo; quizás sean cosas externas, bienes, relaciones, amistades, cosas, etc.

Como el ciego del camino, también Zaqueo quiere ver a Jesús. Quiere verle y se pone manos a la obra. No es un querer el de este jefe de publicanos irreal, hipotético… quiere y pone los medios para ello: se sube a una higuera que estaba en el camino por donde iba a pasar Jesús.

No sólo lo vio sino que además fue visto. En nuestra vida cristiana es más importante saber que Dios me mira que mirarle a Él. Así podemos, entonces, definir la fe: como un cruce de miradas, la de Jesús y la de Zaqueo; la de Jesús y la mía.

Vemos en el Evangelio que a Zaqueo no le importa el qué dirán, y allí tenemos a todo un jefe de publicanos, a una persona con cierto estatus social, subido a una higuera… Es posible que el motivo de su deseo de ver a Jesús sea sólo por curiosidad pero algo le dice que va a suceder… ¡Y sucede! Jesús se autoinvita a su casa. ¡Cómo le gusta a Jesús autoinvitarse!

Una vez más vemos que cuando Jesús entra en la vida de uno la transforma. Zaqueo descubre que en el fondo lo que le impide ver a Jesús no es su altura, que sea bajo de estatura, sino las riquezas que ha acumulado defraudando. Jesús le hace ver más: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

La salvación es esa transformación: Hoy a entrado la salvación a esta casa…
Este texto contiene importantes enseñanzas para todos nosotros. En primer lugar nos muestra que no vemos a Dios cuando nosotros queremos sino que Él tiene sus tiempos. Ningún instante de nuestra vida queda fuera de sus designios salvíficos. Por eso debemos permanecer siempre con el corazón atento.

Al mismo tiempo nos muestra como las diferentes acciones que vamos realizando suponen un posicionamiento por nuestra parte. Ensanchamos o estrechamos el corazón según nuestro comportamiento. De ahí que debamos prestar atención a todo lo que hacemos. Nada es irrelevante. Cada paso que vamos nos coloca en una dirección.

Dios no se esconde, pero se muestra a quienes lo buscan con sinceridad. Señalaba san Agustín que el tardó en encontrarlo porque lo buscaba en las cosas exteriores y desatendía a su corazón

Pidamos a la Virgen que nos ayude a estar siempre atentos a la voluntad del Señor para que sepamos reconocer siempre su cercanía y no nos despistemos por el camino del pecado.

Pidamos a la Virgen María que nos quite los complejos que nos impiden poner todos los medios para romper con aquello que no nos deja ver a Jesús y que con confianza y fidelidad dejemos entrar a Jesús en nuestra casa para que su salvación nos transforme.

 

 

 

 

DIOS SIEMPRE SORPRENDE

Parábola del fariseo y el publicano. Lucas (18,9-14) 23 de octubre de 2016.

Como sacerdote tengo que escuchar a mucha gente hablar de cosas espirituales (también mundanas, pero eso entra en el pack). De vez en cuando tenemos charlas, cursillos, retiros y conferencias en los que se habla de espiritualidad. Creo que no existe peor público para esto que los sacerdotes, somos de lo más crítico. Tengo que reconocer que en muchas ocasiones me he quedado marcado por la sensibilidad, sabiduría y profundidad de los ponentes/predicadores. En otras ocasiones, me gustaría que hubiesen dicho mucho más, o más claro. Pero también tengo que reconocer que las grandes lecciones espirituales me las he encontrado donde menos lo esperas: confesando a una viejecita, tomando una cervecilla con un joven, charlando con alguno de los amigos que tengo, estando algún día rezando en alguna parroquia distinta a la mía. Muchas veces, Dios te muestra la acción del Espíritu Santo en algunas personas y te quedas asombrado. Pienso: “Yo seré cura, pero mira que soy burro” y envidio sanamente a aquellos que escucho.

“En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: – «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Esto nos pasa a veces. Pensamos que ya sabemos lo que Dios quiere, cómo es Dios y cómo contentarlo. Hacemos cosas por Dios, pero no dejamos que Dios haga cosas en nosotros. El fariseo era buen tipo, hacía todo lo que creía que tenía que hacer, pero no dejaba espacio para Dios. Tampoco nosotros somos malas personas: oramos, guardamos la abstinencia, hacemos alguna obra de caridad… en fin: cumplimos. Yo creo que me puedo apuntar a este grupo, así que me pondré de ejemplo y no involucro a nadie más. Imaginaos el día que llegue a estar delante de Dios (para eso hay que morirse, pero es un paso necesario), ¿Qué le diré? “Señor, he cumplido todo” mientras le enseño la lista de las cosas que he hecho. El Señor la leerá atentamente (siempre es muy considerado con sus hijos), levantará la cabeza y dirá: “Es perfecto Javier, has hecho muchas cosas, pero en esta lista no está ninguna de las que yo te mandé”. Y tendré que irme avergonzado.

” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Aquí están los que te dan sorpresas. No es que no tengan que hacer oración, limosnas y penitencias, pero saben que Dios es el que las hace en ellos. No se sienten orgullosos de dar lo que tienen porque saben que no es suyo. No dan su tiempo a Dios, sino que están agradeciendo el tiempo que han recibido. No se jactan de sus méritos, pues saben que Dios es el que ama primero. Se saben pecadores, pero redimidos y, por lo tanto, agradecidos. Eso lo he encontrado en las personas que humanamente menos esperaba, porque Dios siempre sorprende.

¿A que si María? ¿ a que Dios siempre sorprende? 

«Él tiene su lógica y he de reconocer que su lógica es la correcta, pero no es la mía, no es como funciona mi cerebro. Por eso sorprende. Nosotros nos fijamos en quién es más poderoso, más admirado, más inteligente, más divertido, y nos complace su compañía. En cambio, Dios prefiere al débil, al de manos vacías, al que no puede y lo sabe. Y es radicalmente opuesto a nosotros, pero es una lógica perfecta y comprensible: quien cree tenerlo todo, no se deja ayudar, impide que Dios actúe y entre en su vida, impide que esa vida sea transformada. Es más, tiene un franco temor a esa transformación. En cambio, quien es capaz de reconocer que es pequeño, que le falta una infinidad para ser infinito, que no llega a todo, quien es capaz de mirarse –valiente mirada- por dentro y ver que es egoísta, o vanidoso, o soberbio, o perezoso, o todo junto, empieza a dejarle a Dios que Él lo haga. Le pide fuerza y se apoya en Él. Reconoce el amor de Dios como algo inmerecido y lo acepta por amor. Y, además, no cree que se esté jugando nada: sabe que con Dios no tiene nada que perder y sí mucho –todo- que ganar.

Cuando estamos seguros de nosotros, tenemos miedo a desapegarnos de nuestros éxitos. Son nuestros, los conseguimos nosotros y nos costó mucho lograrlos. El cambio está cuando nos damos cuenta de lo poco que valen, de la nada que son comparados con la felicidad, la paz y el amor que Dios nos da. 

Cuando era joven, con el ímpetu de los dieciséis años y una reciente conversión, viví soñando presentarme ante Él habiendo logrado éxitos para Él, con las manos repletas de ellos: Yo cuidaría de otros, Yo estudiaría más, Yo sería mejor persona, Yo le acompañaría –tremenda soberbia-, Yo le querría –qué poco conocía aún el corazón que tengo-, Yo… Lo estoy escribiendo y me hace gracias y todo. 

La infancia espiritual es así: obnubilada por Él, por el celo a amarlo, pretendía ser Yo quien hiciera las cosas. Yo, perfectamente capaz, vamos. Yo decidiría dónde invertir mis talentos y Yo les sacaría un rédito importante con el que presentarme ante él con la cabeza muy alta. Bien, no es del todo mal principio porque estaba movido por la intención de amar, pero, en todo eso, ¿dónde entraba Él, qué espacio le dejaba, dónde estaba Jesús de Nazareth?, ¿era parte implicada en mi vida o era algo accesorio, a quien mantenía a mi lado –que no conmigo-, pero al que no permitía entrar en mí porque ese Yo que se creía capaz de todo “no le necesitaba”?

Un tiempo después, tuve la Gracia de estrellarme estrepitosamente en mi vida y aquellos talentos que me jugué, no sólo no dieron interese sino que los perdí (o creí haberlos perdido). Manos vacías. Tenía las manos vacías y la mente y el corazón a oscuras. Rota por dentro, me convertí en nada. Y viví el terrible dolor de sentarme en el rincón de la última fila a decirle que no tenía nada que pudiera darle: ni siquiera la fuerza para vivir. 

Pero no era cierto: sí había algo que podía darle: mi oscuridad, mis infidelidades, mis miedos, mis manos vacías, mi mente rota, mis lágrimas… mi nada. Esa absorbente nada en la que me había convertido y que se tragaba todo como si fuera un agujero negro.
El Jesús de Nazareth que no me había montado años atrás, desapareció y, después de muchas últimas filas, de mucho pelearme contra Él y contra mí, de mucho buscar en todos sitios, encontré a Cristo crucificado. Llevaba todo el tiempo ahí, pero yo no había sido capaz de verlo. 

Siendo yo nada, siendo incapaz, me apoyaba en Él para todo; le miraba en su Cruz y le sabía conmigo, tirando de mí, roto de dolor en Getsemaní para estar conmigo en mi dolor y que yo no estuviera sola –que no yo acompañándolo a Él, como mi soberbia infantil y mi vida ortodoxa y autojustificada me hicieron creer años atrás-.

Las manos llenas de cosas no sirven para acariciar. Son las manos vacías las que son susceptibles de coger una azada y ponerse a trabajar. Para abrazar hay que soltar los puñados de cosas que hemos atesorado con apego, las justificaciones a nosotros mismos que nos llevan a no creer que tengamos que pedir perdón, las soberbias de creernos sin necesidad de nadie, las certidumbres inventadas sobre que lo que yo pienso es así porque yo lo pienso, la comodidad de la vida ortodoxa. 

Las manos de Jesús clavadas en la Cruz están vacías. Y fueron esas las que a mí me devolvieron la sonrisa. 

La gran sorpresa es esa: que Dios llena nuestras manos vacías.
Ojalá nos dejemos sorprender por Dios. Sin duda nuestra Madre Virgen, es la mujer más sorprendente de la historia. Nos hemos acostumbrado a su figura, pero si nos fijamos en ella despacio descubrimos que Dios hace lo que quiere con quien quiere.

 

 

 

 

CONFÍA. ESPERA.

Parábola de la viuda y el juez injusto. Lucas (18,1-8) 16 de octubre de 2016.

 

En las lecturas de hoy, somos invitados a dos insistencias. Por una parte, Pablo nos anima a no desanimarnos en la predicación: “insiste a tiempo y a destiempo…”. Por otra, la primera lectura y el evangelio nos invitan a la oración. Tanto en la predicación como en la oración, no hay que desanimarse. Curiosamente se trata de dos aspectos de la vida cristiana en los que es muy fácil perder la paciencia y acabar pensando que no vale la pena seguir intentándolo.

Son muchas las personas que tienen dificultades para rezar. No les es fácil ponerse ante el Señor. En parte, el problema viene de que no descubren la utilidad y lo consideran como un tiempo perdido. Eso implica una falta de fe. Por ello no es extraño que la enseñanza que hoy nos da Jesús acabe con una pregunta: “Pero cuándo venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. La oración, entonces, nos es dada como una medida de nuestra fe. Cree quien pide. El que no reza, o está desesperado o simplemente confía excesivamente en sus propias fuerzas.

Jesús, en la parábola que explica, nos da una enseñanza por contraposición. Dice que si somos capaces de insistir por cosas mundanas ante personas e instituciones que, a veces, ni siquiera son justas, ¿cómo es que no tenemos confianza para dirigirnos a Dios, que es nuestro Padre y nos ama? Así, la oración cristiana nos es propuesta como un diálogo amoroso con un Dios que es Padre. Como decía santa Teresa, “en la oración tratamos de amistad con quien sabemos nos ama”. De ello nos habla María en su comentario a las lecturas de hoy.

«Si no conocemos la profundidad de Dios, al menos sí conocemos cómo somos los hombres. Incluso conocemos nuestras miserias y nuestra capacidad para ser injustos. Y, sin conocer a Dios en toda su dimensión, sí sabemos muchas cosas de Él. Sabemos, al menos, una fundamental: lleva toda nuestra existencia buscando al hombre y ofreciéndonos su amor, haciendo filigranas a nuestros pies para dirigir nuestros pasos hacia Él, respetando nuestra voluntad de aceptarlo o no pero saliendo a nuestro encuentro. La Biblia es la historia de una búsqueda y un rescate. Sabemos tanto de Dios como que se hizo hombre y se mostró ante nosotros aclarando, en todo caso, una cosa: el Amor infinito que Dios nos tiene.

Hoy nos está diciendo: si no comprendes a Dios, fíjate al menos hasta en los injustos, que ellos, por motivos ajenos al amor, son capaces hasta de ser justos y dar las cosas buenas que los otros necesitan: ¿cómo Dios no lo hará?, ¿cómo no te daré lo que necesites, si te he dado hasta mi vida?

Confiar es difícil porque tenemos nuestros tiempos y Dios tiene los suyos, tenemos nuestras soluciones y Dios tiene las suyas, tenemos nuestra lógica y Dios tiene la suya: y no suelen ser las mismas. Vemos a corto plazo, Dios ve tiene miras para la eternidad; tenemos un cerebro inteligente que busca soluciones, pero Dios abarca todo conocimiento y sabe lo que hay que hacer. Tenemos urgencias, impaciencias, incomprensiones, cosas que se escapan a nuestro entendimiento y a nuestro sentir. Confiar es difícil porque incluye tener que esperar. Esperar no se nos da bien, al menos a mí.

Hace ya bastante tiempo que tiendo a no pedirle a Dios que se ocupe de las cosas aportándole la solución para ellas, sino que le pido que lo solucione. En la boda de Caná, la Virgen le expone el problema que hay, no le indica cómo resolverlo: sólo le notifica que sus hijos tienen una necesidad que cubrir. Cuando a Dios le aportamos la solución esperando el cumplimiento de esa solución a nuestra manera, la confianza se tambalea mucho y rápidamente. Cuando a Dios le contamos el problema y nada más, la espera puede hacerse larga. Seamos sinceros, a veces cuesta mucho el aparente silencio de Dios.

En cambio, el Evangelio de hoy nos da mucha luz y mucha esperanza. Nos grita: tranquilos, que lo voy a hacer, que lo estoy haciendo, de hecho. Mira a los hombres y entiende que, si ellos pueden llegar a ser justos, incluso quienes no son lo que venimos a decir buenos, Yo, que os quiero con locura, ¿no lo seré?

Hay cosas por las que llevo años rezando, hasta llegar a importunar a Dios. En ocasiones, siento dudas y hasta cansancio, me siento a oscuras, pero en cambio sé que estoy siendo escuchada. Lo he visto en mi vida: he visto la acción de Dios en mí y rezo a menudo por aquellos que rezan o han rezado por mí: aquellos que importunaron a Dios por mí. Dios siempre ha estado pendiente de mí, pero a Dios le gusta que recemos por otros: es una forma de que nos amemos. Rezar por otro es quererle, es ocuparse de él y ser sensible a sus necesidades. Y eso a Dios le encanta: sus hijos se quieren, no les negará nada de lo que sea bueno para ellos.

No entiendo muchas cosas, no comprendo a veces ese escrupuloso respeto a nuestra libertad incluso de hacer daño. Entiendo cerebralmente que lo tiene que hacer, que está obligado porque el amor tiene que ser libre y exige que se pueda elegir entre él y el odio. Pero también sé que Dios vence. Aunque no puedo olvidar que sigo a un Dios crucificado, a alguien que es humanamente un fracaso. Y a un Dios resucitado, que ha ganado la partida para nosotros.

Llevo al cuello un instrumento de tortura y a un hombre muerto: un crucifijo. No lo llevo por ser bonito que, evidentemente, no es una imagen agradable la de un torturado: lo llevo porque me hace saber que, pese a todo, pase lo que pase, Dios vence. El muerto de mi cruz resucitó. No llevo a un muerto, no llevo un fracaso: llevo la vida, la eterna, la razón para confiar, para esperar. Llevo una imagen que me recuerda continuamente algo aparentemente contradictorio a ella: que Dios vence. Y, en mí, también vencerá.

El martes pasado se cumplieron 25 años de mi conversión, de mi primer encuentro con Él. Han pasado muchas cosas entre nosotros: mi historia es la historia de una persecución y un rescate. Miro atrás y compruebo que sí, que Dios vence, que va ganando mi partida.

Gracias a todos los que, en algún momento de mi vida, le dijisteis a Dios: “A María le falta…”. Gracias a todos los que me habéis querido de esa manera tan especial. Gracias a todos los que arrancasteis una sonrisa a Dios al ver cómo me queríais. Va ganando mi partida. Gracias.»

Gracias a ti, María, por confiar y esperar. Mientras seamos fieles a la oración venceremos al mal y al pecado. Por el contrario, si dejamos de impetrar la ayuda de Dios seremos derrotados. Así se nos muestra que nuestro combate en el mundo no consiste en enfrentarnos directamente a las cosas, sino en hacerlo desde Dios. De alguna manera nosotros, ante la dificultad, acudimos a Él, y es Dios quien nos envía la fuerza para que de una manera nueva estemos ante las cosas. En la oración se vive, de una forma especial, la cercanía de Dios al hombre.

“La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar.” (Catecismo de la Iglesia Católica 2650). Orar es mirarle a Él no a nosotros, y en Él vernos nosotros, aprender a ver las cosas con sus ojos, a tener en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús ( cfr. Flp 2,5). El Santo Cura de Ars, observaba un hombre que entraba todos los días a la Iglesia, dejando en la puerta con gran ruido, los aperos de labranza… Un día el Cura de Ars sale a su encuentro para preguntarle qué es lo que hace; la respuesta: “nada, yo entro, le miro, Él me mira, y ya está”. Esto es oración y de la buena.

Pidamos a nuestra Madre buscar con verdadera pasión buscar cada día un tiempo para estar a solas con quien sabemos que nos ama, como decía Santa Teresa, Maestra de oración.

 

 

 

 

MIOPIA

Los diez leprosos. Lucas (17, 11-19) 9 de octubre de 2016.

«Las personas solemos tener una cierta miopía. Nos quedamos en las cosas cercanas, inmediatas, y lo lejano se nos configura enseguida como algo borroso. En la lectura de hoy hay nueve miopes. En otras ocasiones, Jesús, al curar, lo hacía en el momento, con un resultado inmediato: “Levántate”, y se levantaba; “Effetá” y se le abrían los oídos en ese mismo instante. Pero esta vez, a los diez leprosos que se acercan a Él, les dice “Id a presentaros a los sacerdotes”. Y ellos van. Y, de camino, quedan limpios. El milagro existe, pero ha pasado un corto tiempo entre la orden y la realización de éste: sólo uno vuelve. ¿El resto?

Hay dos cosas que resuenan en mí en este Evangelio: “Ellos van”. Jesús les dice que vayan ante los sacerdotes y ellos se dan media vuelta y se van. Sinceramente, en el mundo de hoy –o a mí al menos- esa docilidad falta. Me viene a la cabeza ese “¿por qué un sacerdote si es un tío como yo o peor?” que mucha gente se pregunta ante la idea de ir a confesar, por ejemplo, o de acercarse a Dios. “¿Por qué hablar de esto o de aquello con alguien de la Iglesia?”. Como todo el mundo, no siempre he tenido una respuesta perfecta por parte de todos los miembros que conozco de la Iglesia –igual que, como miembro de la Iglesia, yo tampoco la he dado siempre-, y me han dolido cosas, y he encontrado incomprensiones, pero es Jesús quien dice, como en la lectura de hoy: “Ve a los sacerdotes”.

En ese ir hacia la Iglesia, muchas veces se encuentra la belleza de la Iglesia y su efecto antes incluso de llegar, como estos leprosos, que se curaron de camino. En muchas personas se encuentra un algo que, pese a la maldad o bondad de la persona concreta en sí, de repente sana, cura heridas. Dios tiene muchas formas de hablar y suele hacerlo como la brisa: rozando. Algunas de las cosas más importantes de mi vida me las ha dicho por medio de una frase pronunciada por alguien que no sabía de la trascendencia que eso podía tener para mí, pero con la que me ha iluminado la mente y me ha sosegado el corazón. Vayamos a la Iglesia perdonándola de antemano, sabiendo que está hecha de gente corriente y, por supuesto, deficitaria en muchas cosas y con las mismas oscuridades que cualquiera, pero a través de las cuales, por algún motivo, Dios quiere hablarnos. Él quiere contar con nosotros para todo: para presentarse ante los hombres y amarles, también.

La otra parte, que me causa dolor incluso –en parte por verme reflejada en ellos y, en otra parte, por el dolor que debió causarle a Jesús esa indiferencia de aquellos ante quien Él no fue indiferente-, es que no volvieron. Eran miopes, tremendamente miopes. Se vieron curados y se fueron a su vida tan contentos, pero habían olvidado que un rato antes había sido Jesús quien les había curado. Pasó un tiempo entre la orden y la curación: el justo para que olvidaran de dónde, de Quién, venía su salud recobrada.

Olvidamos a Dios. Aparece en nuestra vida, cura nuestras heridas y no somos capaces de reconocerle, de darnos cuenta de que ha sido Él. No volvemos para decirle “gracias”: se nos olvida quién es y qué ha hecho. Aquellos nueve que no vuelven no serían mala gente; sólo miopes. Y, probablemente, pasaran el resto de su vida hablando a la gente de lo que Jesús hizo por ellos y hasta le reconocieran como Hijo de Dios, pero no volvieron a Él, no vivieron con Él, no compartieron nada con Él. ¿De qué sirve eso? Se les curó el cuerpo, pero desaprovecharon la ocasión de vivir junto a Dios: se dejaron el alma a medias.

No se puede hablar de Cristo a los hombres sin haberle hablado antes a Él de los hombres. No se puede seguir a Cristo sin Cristo, sin pasar ratitos con Él, sin comulgar, sin Eucaristías con las que compartir lo más sublime con el resto de hermanos, sin confesar y recibir su abrazo, sin estar con Él, sin vivir con Él, sin amarle a Él. No tiene sentido.

Sólo uno volvió a Jesús, a amarlo. Uno. El resto no eran malos tipos: sólo eran miopes. Dios me libre de esa miopía. ¿De qué habrían servido los mensajes que, en la brisa, me va enviando Dios?, ¿de qué habría servido, incluso, la curación de mis heridas cuando mi alma hubiera seguido siendo raquítica?»

Yo tampoco, querida amiga María, querría tener esa miopía. Por eso intento todos los días ser muy agradecido. Tengo para mí que el agradecimiento embellece todas las cosas. Cuando damos las gracias por cualquier cosa es que caemos en la cuenta de que allí hay una belleza o un bien que merecen ser reconocidos. Y nuestra acción de gracias, por sencilla que sea, hace que refulja y no pase desapercibido. Sin duda dar las gracias hace que seamos más conscientes del gran regalo de la vida y de tantas cosas buenas que pasan a nuestro alrededor. De esa manera también somos capaces de afrontar las dificultades con otra mirada y mayor generosidad.

La gratitud es esa virtud que nos ayuda a conectar el don con el donante. Si lo que nos han dado gratis es bueno, quien nos lo ha dado es bueno y quiere nuestro bien. La gratitud impide quedarse en uno mismo gozando del bien recibido. Es como si un hilo invisible uniera el regalo con el dador y al tirar de él apareciese el otro. El leproso, viéndose curado, se dio cuenta de que Dios es bueno y no cruelmente caprichoso. Entonces sucedió otra cosa provocada por la gratitud. El leproso reconoció en aquel maestro judío al Hijo de Dios. Y es que la gratitud nos abre los ojos y el entendimiento y nos permite “reconocer” al otro. Creíamos conocerlo, pero resulta que con su favor, con su regalo, nos ha sorprendido y conocemos así algo nuevo en él, o mejor, lo conocemos como realmente es, más auténticamente.

Este leproso, por la gratitud, reconoció a Cristo y eso le llevó a la fe, una fe que quizás estuviera perdiendo. A mí esto me ha hecho pensar que quizás nosotros no agradecemos ni el diez por ciento de las cosas que recibimos. Si me paro a pensarlo creo que aún es mucho menor mi agradecimiento. De hecho desde que me levanto hasta que me acuesto debería estar agradeciendo al Señor por sus dones. Me gustaría hacerlo.

Jesús nos enseña también que el agradecimiento es una manera de alabar a Dios, de darle gloria. Porque cuando damos gracias por cualquier cosa, al final estamos reconociendo a Aquel de quien procede todo bien y que muestra su grandeza en la misericordia que tiene con nosotros.

Que María nos ayude a vivir la gratitud, reconociendo a Dios cada día en todo lo que nos da. Amén

 

 

 

 

DEJAR A DIOS SER DIOS

Parábola del grano de mostaza. (Lucas 17, 5-10)  2 de octubre de 2016.

«La fe no consiste únicamente en reconocer que Dios existe y que Cristo es Dios. La fe consiste en confiar. Y eso ya sí son palabras aún más mayores. Confiar en que Él lo arregla. Confiar en que Él puede con las cosas. Confiar en que lo hace a su manera y esa es la mejor posible. Comprender que Dios se pasa el día haciendo filigranas a nuestros pies. Confiar, en definitiva, en que nos quiere y, además, en que Dios es Dios.

Un amigo me dijo un día, ¿por qué no dejas a Dios ser Dios? Y me resultó dura la pregunta. Para empezar, ¿cómo que yo no le dejaba ser Dios si le reconocía como Dios? Pero es que una cosa es reconocerle como tal y otra es dejarle ser Dios.

Muy a menudo tenemos soluciones ideadas para nuestros problemas y nuestras carencias y nos parecen la mejor forma de arreglarlos, así que, en vez de exponerle a Dios el problema y confiar en que Él se ocupa, le pedimos que lleve a cabo nuestra solución. Le tratamos como si fuera Harry Potter y tuviera una varita, así que nos enfadamos cuando no comprendemos, cuando esperamos un suceso concreto que no ocurre –en vez de esperar una solución que sí está ocurriendo-.

Confiar en Dios consiste en dejarle que haga las cosas a Su manera. Y consiste en creer que nos quiere. Me dolería terriblemente que mis hijos se plantearan que, pudiendo yo ayudarles a algo, no lo voy a hacer y les voy a dejar tirados. En cambio eso es lo que hago con Dios muchas veces. Hay noches oscuras en las que Dios parece que no va ganando, en las que se le echa de menos hasta que duele, en las que parece no estar o estar callado. En esas noches parece que el alma sangra. Y esas noches pueden durar mucho. Confiar en medio de la noche no es fácil.

En cambio hoy el Evangelio nos dice: “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Es decir, nos está diciendo: “Oye, tú sólo haz lo que tengas que hacer, hasta donde llegues, pero lo que tengas que hacer: Yo me ocupo del resto, confía en mí”.

Cuando me miro, sinceramente, veo que yo esta batalla espiritual que se libra en la vida, al igual que el resto de batallas serias a las que nos vamos enfrentando, no sería capaz de ganarla solita. No puedo, no dispongo de medios, no tengo el corazón ni el valor suficientes. Pero ni yo ni nadie. Aunque sí hay algo que puedo hacer: hacer lo que tengo que hacer, lo que Dios pide –que además es bastante poco (difícil, sí, pero poco)-. De lo demás se encarga él, que sí puede con ello. Y yo no debería plantearme nada más.

Hacer lo que tengo que hacer consiste en vivir con honestidad, es mirar a las personas a los ojos haciéndonos sensibles a sus problemas y ayudándoles en ellos, es hacer la cena a los niños y ocuparse de lo que pasa por su cole, es trabajar con diligencia, es sonreír. Hacer lo que tengo que hacer consiste en vivir nuestra vida como es, en la sencillez que tiene, en la vocación a la que hemos sido llamados, pero en clave de Dios: buscando amar, reconociendo el rostro de Cristo en cada persona. Y después, dejar el resto de cosas en sus manos.

Él sabe lo que hace. Aun cuando es de noche, Él sabe lo que hace. Deberíamos dejar a Dios ser Dios.»

Una de las grandezas y misterios de nuestra fe, amiga María, es la gratuidad de Dios. Dios no nos ha llamado a la vida ni nos cuida cada día de nuestra vida porque hagamos cosas por él. El amor de Dios nace de la gratuidad, nos quiere porque quiere. Cuando nosotros vivimos la gratuidad nos vamos pareciendo más a Dios y, por lo tanto, somos más humanos. “Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos.” Si cada noche, cuando llegas a la cama y te dispones a dormir, haces un breve examen de conciencia y piensas; “He hecho lo que tenía que hacer” no creas que Dios no te dará nada, te harás más de Dios y descubrirás la maravilla de vivir cerca de Dios y la grandeza de tu vida. Tal vez no tengas más cosas, ni te vaya mejor, ni tengas más suerte…, pero vivirás mejor. Muchas veces tendrás que recoger la basura de otros y nadie te lo agradecerá, sólo sentirás la sonrisa de Dios.

Como muy bien nos recuerdan los últimos pontificados Dios no se impone, se propone, y en libertad tenemos que acoger su Palabra y hacerla vida en nuestra vida. Por eso no hay que evitar esfuerzos para entender a Dios. Y para entenderle son necesarias ciertas actitudes previas:

– Lo primero, la confianza. Sabes que Dios te quiere bien, que no está para fastidiarte, ni te ha creado para humillarte. En ocasiones no entenderemos sus actos, pero confiando comprenderemos que Dios hace las cosas porque nos quiere.

– Lo segundo, la escucha. No podemos esperar a que Dios zarandee violentamente nuestra vida, además nos sentaría mal. Debemos permanecer a la escucha en los acontecimientos de cada día y descubrir la voz de Dios en lo más rutinario.

– Lo tercero, la humildad. Humildad para reconocer que lo que Dios nos dice a lo mejor no es lo que más nos gusta, pero solamente escuchándole y poniendo por práctica lo que nos dice llegaremos a ser felices.

Un ejemplo de confianza, escucha y humildad lo tenemos en santa Teresita del Niño Jesús y su camino de infancia espiritual. Me costó mucho años leer, y que me gustase, su “historia de un alma” y ahora pocas cosas tan sencillas me parecen tan apasionantes.

Este domingo coincide con la Fiesta de los Ángeles Custodios. Trata a tu ángel de la guarda con confianza, ponle nombre, cuéntale tus cosas y confía en él. Nunca te encuentres solo ni dudes de la providencia de Dios en tu vida. Confía en Dios que te quiere, quiere a quien Dios te ha puesto a tu lado y jamás te sientas solo.

La Virgen nos muestra esa providencia cuidadosa de Dios para con cada uno, que de ella aprendamos a tratar con confianza a los ángeles, a nuestro ángel que nos guarda. Pídele hoy a la Virgen crecer en gratuidad, conocerás más a Dios y te conocerás más a ti.

 

 

 

 

 

LA SATISFACCIÓN DE LOS SENTIDOS.

Parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. (Lucas 16, 19-31)  25 de septiembre de 2016.

«A menudo nos quejamos de nuestras carencias, de lo que no tenemos y otros tienen, y no somos conscientes de que tenemos todo. Una amiga mía de otro país me decía hace poco “Europa es lo más parecido al paraíso en la Tierra”. Discrepé un poco y le dije que Europa estaba herida, pero luego pensé en por qué decía aquello: tenemos sanidad y educación, tenemos comida en el frigorífico y tiendas capaces de abastecer a la población, prestación de desempleo, un teléfono con whatsapp y skype para poder comunicarnos y tener cerca una hermana que se va a vivir a la otra parte del mundo, ordenador con conexión a internet sin que nos corten las páginas que a unos gobernantes les parece bien que no veamos. Somos libres para pensar, libres para opinar, libres para acceder a la información que queramos, libres para movernos donde nos apetezca. Tenemos oportunidades y aviones que nos llevan a otras culturas de las que aprender. Tenemos universidades donde estudiar y aprender a ser críticos y entrenar nuestro cerebro. Tenemos padres, hermanos, amigos. Incluso cuando vienen malas, tenemos servicios sociales y tenemos hasta a Cáritas, que da ayuda, amor y cariño a quien lo necesita.

Miras el mundo de ahí afuera y te das cuenta de que es verdad: somos lo más parecido al paraíso en la Tierra. Pero aun así, nos quejamos, nos parece poco, nos parece que vivimos en una situación de carestía y que podríamos tener más. Estamos llenos de bendiciones y no somos capaces de verlo. Y lo que es peor, no somos capaces de ver la situación de esos otros países en los que las personas no pueden hablar, donde google está prohibido, donde la comida no llega y las tiendas están desabastecidas, donde el agua es un bien de lujo, donde las guerras arrasan con todo, donde convierten a los niños en soldados y en esclavos y venden a las niñas casándolas a los nueve años. Pero no lo vemos.

Buscamos la satisfacción plena de nuestros sentidos pero es una trampa: los sentidos siempre piden. Y, además, la satisfacción de los sentidos, como meta, endurece el corazón y nos hace insensibles a los que les falta esa riqueza nuestra. Santa Teresa de Calcuta era capaz de ver a los pobres y, es más, era capaz de amarlos. Ella era albana, no de la India, pertenecía a una familia acomodada, no tenía por qué haberse metido en aquellos agujeros. De hecho, no tenía por qué haberlo visto siquiera. Pero fue capaz de verlo, de ser consciente de ello; y de amarlo. ¿Por qué ella sí pudo? La respuesta la dio ella: en todas sus casas hay una frase ante ellas: “Este es el Cuerpo de Cristo”. Ella veía a Cristo “en el angustioso disfraz de los pobres”.

La búsqueda de los sentidos satisfechos endurece el corazón porque nos hace mirarnos a nosotros mismo. Y la dureza del corazón hace que no podamos escuchar los mensajes de Dios, sus avisos, sus propuestas, sus delicadas palabras que lleva diciéndonos desde el principio de nuestra ruptura con Él para que podamos llegar de nuevo hasta Él mismo: su presencia en los demás, la oportunidad de quererle, de mimarle, de vivir para Él, que nos da el vivir para los demás. Cuando nuestro corazón es duro, ni siquiera viendo a Jesús podríamos reconocerle. La dureza del corazón nos vuelve ciegos a la voz de Dios, a percibir su presencia y comprender la belleza y la felicidad de sus mandatos, que son lo que nos hacen libres y plenos.

Me miro ahora a mí y me siento como ese rico que no era capaz de ver que había alguien a su puerta esperando sus migajas tan solo. Al leer la lectura de hoy me hago consciente de mi posición, de todo lo que tengo. De repente me doy cuenta de que en ese Lázaro está Cristo escondido: no puedo amar a Dios si no es amando a sus hijos, a mis hermanos, a aquellos que, de una forma o de otra –hay muchos tipos de pobreza- , necesitan algo que yo puedo darles.

En otras cosas yo soy Lázaro: pobre en valentía, pobre en consciencia, pobre en fe, pobre en disposición, pobre en corazón. Necesitada de ayuda en unos aspectos; capaz de darla en otros. No podemos quedarnos a medias, cuidando la satisfacción de nuestros sentidos y volviéndonos duros e inconscientes: moriríamos sin haber vivido; viviríamos la eternidad sin haber aprendido a vivir.»

El comentario de María a las lecturas de este domingo me ha recordado la conversación de hace años con la madre de un chaval de diecisiete años que lo estaba pasando francamente mal. El chaval estaba cumpliendo condena en un centro cerrado, tenía dieciocho meses por delante, y tras unas primeras semanas en que no se enteraba demasiado, se fue dando cuenta que ningún “amigo” le escribía. Y es que sus amigos son colegas, estupendos para tomar una cerveza o hacer algún destrozo, pero cuando las cosas se tuercen y no puedes ofrecerles nada, se olvidan de ti. Es muy triste darte cuenta a los diecisiete años que no tienes amigos, que cada uno va a lo suyo. Sólo sus padres son los que, semana tras semana, van a verle.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:- «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.”

El gran pecado del rico no era ser rico (que el Evangelio no lo ha escrito la ministra de hacienda), sino que no se daba cuenta de la presencia de Lázaro a su puerta. No trataba al otro como una persona, su presencia nunca le movió a la compasión o a la caridad. Tampoco parece que lo maltratase, simplemente no existía, había dejado de escribirle cartas, no era interesante. Sólo se fija en él cuando puede utilizarlo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Pero ya es demasiado tarde. Dios no castiga la riqueza, sino que la riqueza nos cierre el corazón.

Tal vez nosotros pensemos: “Bueno, yo no soy rico, yo no puedo hacer grandes cosas y cambiar el mundo, este Evangelio no me afecta demasiado”. Si los colegas de este chico de la cárcel fuesen a Misa y escuchasen hoy este Evangelio tendrían que darse cuenta que su riqueza es poder dar esperanza a este chaval. Y tu y yo cuando salgamos de la celebración de la Eucaristía tendremos que pararnos a pensar cuál es nuestra riqueza y dársela a los demás. Tal vez una visita a ese enfermos que hace tiempo que no vamos a ver, esa llamada de teléfono que llevamos días retrasando, escuchar a esa que llevamos tiempo evitando porque es muy pesada, dar nuestro tiempo para una buena causa,… lo que sea. No podremos llegar delante de Dios a decirle: “No he hecho nada malo”, y no presentarle nuestras buenas obras. La vida cristiana es justamente eso: vida. No es evitar pecados, sino llenarnos de buenas obras para las que Dios nos capacita. “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos.” Es una conquista que hay que pelear y sus armas son la fe, la esperanza y la caridad.

La parábola nos instruye también sobre el más allá. La distancia entre los condenados y los redimidos es infranqueable. Epulón no se queja de su destino final, lo cual nos indica que es consciente de que lo ha elegido él y de que no se le está haciendo ninguna injusticia. Pero esa distancia imposible la podía haber salvado levantándose de la mesa y acudiendo a la puerta en la que languidecía Lázaro. Las distancias cortas de esta vida se vuelven infinitas en la otra. De hecho, sólo en la vida eterna nos será dado el conocer la verdadera dimensión de nuestros actos. La fe nos enseña que, con la muerte, nos adviene la sanción de nuestras obras. A partir de ese momento no hay capacidad de elección. El hombre queda fijado, para siempre, en el lugar al que le han conducido sus pasos. Aunque el momento de la muerte y del juicio particular, en el que cada uno ante Jesucristo, juez misericordioso, da cuentas de su vida, están envueltos de cierto misterio, sabemos que se hará justicia (algo que, por otra parte, espera todo hombre).

La misericordia divina espera algo del hombre: ser acogida. Ahora bien, el signo de que se acepta el amor de Dios es que empezamos a amar como Dios ama. Dios es lo primero en la intención, pero el prójimo necesitado antecede en nuestra acción.
Epulón vivía para sí mismo y por ello se regalaba con toda clase de placeres. Resulta difícil pensar que, de haber entrado en el cielo, donde la vida es comunión de amor, se hubiera sentido a gusto. Todo amor auténtico exige cierta reciprocidad. Tengo para mí que el egoísmo de los condenados es tan grande que, aunque fueran muchos, todos sentirían una soledad inmensa.

¿Te he hablado alguna vez de la Madre de Lázaro? Es tu Madre y la mía. Pasea, entre inquieta y dolorida, sus ojos de un hijo a otro: de Lázaro a Epulón, de Lázaro a ti, y de ti a Lázaro. Espera algo… ¿cuándo se lo darás?

 

LAS PEQUEÑAS COSAS.

 Parábola del mayordomo infiel. (Lucas 16, 1-13)   18 de septiembre de 2016.

“El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado”. Esta sentencia del Señor, tan llena de sentido común, en principio debería ser sencilla, hacer vida, convertirla en criterio de actuación habitual; pero muchas veces no es así. Cuántas veces no decimos algo semejante a esto: bueno, este detalle es pequeño, se trata de un mentira sin importancia, es una mentira piadosa – como si la piedad y la mentira se pudieran conjugar juntas – ¿No se trata acaso de quitar importancia a lo pequeño? Podríamos ir recorriendo cada virtud cristiana y descubriríamos lo mismo: ¡se trata de una pequeña falta de caridad, es algo de detalle, si vamos a ser tan meticulosos! No damos importancia a nuestros enfados y se termina sembrando la indiferencia. Empezamos por no dar importancia a la murmuración, a comentar defectos ajenos, y acabamos calumniando, maltratando el buen nombre de los demás diciendo cosas de los demás que no son verdad, sin apenas descubrir la gravedad de la injusticia. Debemos cuidar las pequeñas cosas, y de eso nos habla hoy María.

“Muchas veces nos parece que a las cosas nimias no hay que cuidarlas, que no son trascendentes, que son pequeñas, chiquititas, y eso las convierte en asuntos sin importancia que no afectan a nadie y, por tanto, con los que podemos obrar como nos parezca sin cuidado de si es la forma correcta o no. En cambio son precisamente esas cosas las que determinan nuestro obrar, las que nos hacen cómo ir por la vida.
En el Evangelio de hoy, el Señor hace hincapié precisamente en eso: la importancia de nuestra actuación ante las cosas pequeñas. ¿Qué más da lo poco si sólo es eso: poco? La trascendencia de las cosas pequeñas puede que sea pequeña en lo que afecte a los demás, pero siempre va a afectarles y tenemos que velar porque nuestros actos engrandezcan a los demás y no les provoquen ningún daño. Pero hay un problema añadido, uno que es grave: no cuidar el cómo actuamos en lo pequeño nos enfría el corazón, lo insensibiliza.

“El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado” (Lc 16, 10). De esto nos avisa el Señor: ¿cómo obrar bien en las cosas importantes cuando en aquellas que no cuestan tanto no lo hacemos? El que no es de fiar en lo poco es porque no valora lo poco, porque no vive para las pequeñas cosas cotidianas y esas son precisamente de las que más hay, a las que nos enfrentamos continuamente, las que configuran nuestro día a día. Si no lo cuidamos, el corazón se va haciendo a ese no cuidar, a ese obrar relativizando todo hasta banalizarlo. Y con un corazón insensible, ¿cómo vamos a ser sensibles a las cosas importantes? Con un corazón enfriado, ¿cómo vamos a ser fuego en el mundo? Con un corazón acostumbrado a las medias tintas de forma cotidiana, ¿cómo vamos a tener la valentía necesaria para amar hasta el extremo?

Lo pequeño es importante porque nos configura el modo de actuación, la manera de ir por la vida. A Dios le encantan las pequeñas cosas: se ha encerrado en la pequeña cosa de un alimento y, además, de lo más simple: pan. Y, seamos claros, las personas somos también pequeñas cosas: miras al Universo, a la grandeza de la Creación, y nosotros somos pequeños, insignificantes comparado con ello. Ni siquiera estamos un tiempo considerable en la Tierra en comparación con otros seres u otras formaciones. Somos pequeñas cosas. Nuestra grandeza reside en que somos hijos de Dios, amados por Dios.

El Dios de las pequeñas cosas reside en lo cotidiano, lo encontramos cada día en nuestros hijos, en nuestras alegrías –y también en el consuelo ante nuestros dolores-; lo llevamos cada día de paseo y lo entregamos a los demás en la sonrisa franca al señor que sube con nosotros en el ascensor, en el trato cariñoso a nuestros compañeros de trabajo, en la ayuda prestada a quien lo necesita, en el poner la mesa para que no sea otro quien realice ese trabajo. En las cosas cotidianas, pequeñas: esas que más transcendencia tienen; esas que determinan cómo andamos por la vida. “

Como nos decía María en su comentario a las lecturas de este domingo, en el cuidado de los “detalles” pequeños nos jugamos mucho más de lo que pueda parecernos. San Juan Pablo II nos recordaba en la Exhortación “Reconciliación y penitencia” 17, comentando la parábola del hijo pródigo cómo la decisión de abandonar la casa del Padre no se improvisa. “A una decisión de ese género no se llega de repente: que esto no se nos olvide. Ya antes habría consentido pensamientos solapados de rebeldía, de crítica contra su padre, de celos hacia su hermano,…” De ordinario, Dios nos pide pequeñas cosas, vencimientos casi insignificantes, pero que llenos de cariño agrandan el corazón haciéndolo capaz de amar con más generosidad, capaz de amores más grandes. Cuando no mantenemos “engrasado” el motor del amor, la caridad, nos enfriamos y no somos capaces de ser honrados en lo importante. “No penséis que los que se pierden caen víctimas de un fracaso repentino; cada uno de ellos erró en los comienzos de su senda, o bien descuidó por largo tiempo su alma, de modo que debilitándose progresivamente la fuerza de sus virtudes y creciendo, en cambio, poco a poco la de los vicios, vino a quebrantarse miserablemente… Una casa no se derrumba de golpe por un accidente imprevisible: o había ya algún defecto en sus fundamentos, o la desidia de los que la habitaban se prolongó por mucho tiempo, de forma, que los desperfectos, en un principio pequeñísimos, fueron corroyendo la firmeza de la armadura, por lo que, cuando llegó la tempestad o arreciaron las lluvias torrenciales, se destruyó sin remedio, poniendo de manifiesto lo antiguo del descuido” (Casiano, Collationes, 6, 17 (PL 49, 667-668).

El amor hay que cuidarlo, mimarlo, alimentarlo,… ¡defenderlo! continuamente. El amor está hecho de pequeños y repetidos actos de amor, de entrega. Las dejaciones pequeñas van creando una muralla que no deja a la fuerza de Dios llegar a nuestras almas y que las cambie. Es como esas barreras de coral que frena la fuerza del mar, del oleaje y que están hechas de miles y miles de pequeños animales (pólipos). El Espíritu Santo advierte a la Iglesia de Sardes – y a nosotros -: “conozco tu conducta; tienes nombre de viviente pero estás muerto” (Apoc 3,1). Como estar muerto y seguir andando por el impulso, la inercia, pero ya no está movido por el amor, cuando nuestro corazón está hecho para amar. Hemos de aprender a no quitar importancia a lo pequeño.

Madre mía, Madre nuestra, descúbrenos el tesoro escondido en la fidelidad y el amor en lo pequeño, que lleva al amor hasta el extremo.