Con fecha 7 de septiembre del 2016, el Arzobispo de nuestra Diócesis, nombraba  Consiliario al M. I. Sr. D. Francisco Javier Salazar Sanchís. El día 15 de septiembre, coincidiendo con la festividad de Nuestra Señora, Virgen de los Dolores, que en esta Hermandad dedicamos a Nuestra Señora de las Angustias, el nuevo Consiliario, celebró la Santa Misa en la Parroquia de las Santas Justa y Rufina, dando así inicio a su nueva etapa como director espiritual de la Hermandad.

Tanto en esta página como en las redes sociales de la Hermandad, se irán recogiendo sus  cartas, reflexiones y comunicaciones.

 

 

 

DAME DE BEBER

Jesús y la Samaritana. Juan (4,5-42) 19 de marzo del 2017.


El Evangelio de este domingo, que narra el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, es de tal riqueza que puede alimentar nuestra oración durante muchos días. Podemos verlo como escuela de oración. Jesús está sentado junto a un pozo, y se acerca una mujer. De hecho es Dios el que se hace encontradizo, a la hora y en el momento menos pensado (en este caso al mediodía, cuando la mujer ha ido a buscar agua porque, probablemente, esperaba no encontrar a nadie debido a la intensidad del sol y el calor). Es Jesús quien nos busca e inicia el diálogo. Por eso el Catecismo dice que nuestra oración es respuesta a lo que nos dice Dios. Él habla primero y nosotros seguimos su diálogo aunque, a veces, como hace la samaritana, salgamos por peteneras.

La oración con Dios parte de lo cotidiano. En este caso sacar agua (el cubo, la profundidad del pozo…). Rezar a partir de lo abstracto, sin incidencia real en la vida, es una forma de impedir la auténtica oración. Y, como no sabemos qué pedir, es Jesús el que nos pide: Dame de beber, que es como si nos dijera: tengo ganas de que estés conmigo y me hagas compañía. Me gusta que vengas a verme y que tengas un rato para que conversemos. Es una petición que parece rara viniendo de Dios, porque lo tiene todo y no necesita de nosotros, pero lo hace para que tengamos sed de Él. Escoge ese camino para que nos demos cuenta de que le necesitamos. Como dice el Catecismo: «Dios tiene sed de nuestra sed». Hoy María, ha querido trasladarnos su oración, no desde lo abstracto sino desde la llamada de auxilio de un sacerdote diocesano de Toledo que se encuentra en Etiopía.

«Me sigue resultando sobrecogedor eso de que Dios pida un vaso de agua, ese ruego de Jesús me sobrepasa. Jesús pide para sí mismo: Dios necesitado de cosas, de elementos tan simples como el agua. “Dame de beber”. Proclama su sed y le pide agua a una mujer que había ido al pozo. Tiene sed, la sed causada por el polvo del camino en la garganta, la sed punzante de quien intenta arrancar saliva de su boca y ya no queda más que arena.

Hay dos veces en las que dice que tiene sed: la primera, frente al pozo de Sicár, en tierra extranjera y pidiéndole agua a una enemiga de su pueblo. La segunda, en la cruz. Tengo sed. Ambas situaciones me sobrepasan.

Nosotros abrimos un grifo y sale agua. Ya ni sabemos lo que es ir con cántaros a por agua al principio del día y tener que administrar eficientísimamente cada gota. No lo conocemos. Tenemos sed y, acto seguido, hay un grifo abierto del que sale agua. Estamos tan acostumbrados que ni siquiera sabemos lo que es tener sed.

Hace ocho años, estuve en Tanzania, en una zona llamada Eyasi donde, tras varias horas en un jeep atravesando caminos de polvo blanco y rojo, árboles destrozados, remolinos de arena en el viento, baobabs dispersos, termiteros, chozas, miseria y gente arrastrando pobreza y viendo pasar la vida sentados en la tierra con aspecto de haber tirado la toalla en esto de vivir. Niños nos perseguían pidiendo… pidiendo, simplemente, terriblemente. Eyasi es el nombre de un lago y yo creía que íbamos a un lago a ver a una tribu Datoga pero el lago ya no existe. Pisé con mis pies el suelo seco y polvoriento del que otrora fuera el fondo de un lago. No había lago. Había sed. Solo sed. Niños y mujeres con los labios blancos de polvo. Nosotros llegamos a un lugar donde habían preparado una tienda de campaña. Cuando bajé del coche, me senté en el suelo a las puertas de mi tienda en aquel lugar maravilloso y terrible y empecé a llorar. Frente a mí estaba el coche; dentro de él teníamos unas garrafas con agua. Sentí vergüenza. Nunca había entendido el tormento de la sed de los caminos polvorientos.

Cristo vivió dos tremendos caminos polvorientos: el que anduvo durante tres años curando, enseñando a vivir, devolviendo la vista y la sonrisa, abriendo los ojos a las voces de los hombres y a la Voz de Dios. El camino a Samaría, a ti, a mí. Y el segundo camino, su otra manifestación de sed: la que provoca el hecho de estar desangrándose y el polvo de la vía crucis hasta el Gólgota. Murió con sed. Con esa misma sed de nosotros que le llevó a venir a buscarnos a nuestro Sicár particular. Con la sed de la arena en la garganta. Con la sed de mi seco corazón. Los puntos cumbres –el “te busco” del evangelio de hoy y el “muero por ti, en vez de ti” del viernes santo- llevan acarreada una profunda sed. Nacen de esa sed.

Cuando el Señor llamó a santa Teresa de Calcuta a aquella misión suya tan especial, lo hizo en estos mismos términos: “Tengo sed”. Ella lo repetía mucho: que Dios tenía sed de almas, y ofreció su vida para saciar esa sed (o esas “sedes”, mejor dicho: la sed de que nos dejemos amar que tiene Dios, y la sed de agua y de Dios que tenemos los hombres).

Hace veinticinco años, compartí la Pascua con un sacerdote de Toledo que venía de Nueva York, de trabajar con las misioneras de la Caridad y con la madre Teresa en el Bronx, y recaló en Talavera unos días. El padre Christopher nos habló de la madre Teresa y nos dijo que, en todas las casas que ellas tienen, en las camas de las leproserías y los hospitales, en los comedores, había una frase: “Este es el Cuerpo de Cristo”. Y que esa era la razón de todo lo que ocurría en esas casas, del amor exquisito y delicado con el que atienden a cada moribundo. Me impactó Christopher y me impactó esa nueva visión de la Eucaristía que él me mostró en aquel jueves santo. Se le veía santidad: tenía la alegría de quien tiene dentro a Dios y la paz que Él confiere, y a la vez comprendías que el brillo de esos ojos se le había forjado absorbiendo el dolor ajeno. Después, volvió a Roma a terminar sus estudios, regresó a Nueva York tras ellos, se cortó a la medida de la madre Teresa más aún, vivió diez años en la República Dominicana... Aprendió, de las manos y la voz de la misma madre Teresa, cómo dar de beber a Cristo en los más pobres de los pobres y saciar su sed (sus “sedes”: la de Dios y la de los hombres).

Ayer recibí una llamada de auxilio que emitía él. Está en Gode, Etiopía, donde lleva más de un año y medio sin llover una sola gota. La situación es terrible. Nos cuenta lo siguiente: “Se están muriendo de sed hasta los camellos. Los animales quedan putrefactándose bajo el sol a 45º, convirtiéndose en un perfecto campo de cultivo para enfermedades como el ántrax. Gode está siendo arrasado por una espantosa epidemia de cólera. Las gentes llegan en el último aliento y a veces mueren a los pocos minutos en manos de médicos impotentes ante la magnitud de la tragedia. Los campos están asolados por la sequía. Aquí ya no crece nada, ni el maíz, ni la soja, ningún tipo de cereales, todo se lo lleva el viento en nubes gigantes de polvareda que todo lo ensucia y viste de gris.”

Cuanta que le avisaron que estaban llegando cantidades enormes de moribundos desde de la zona del Afder. En el intento de llevar agua a los poblados más alejados de algunas ONGs se había cogido agua de una presa cercana a la ciudad de Hargele, que estaba completamente contaminada y podrida. Fue hasta allí y entregó todas las medicinas que tienen en la misión. En la carta explica la situación, lo que se necesita, lo que ha podido hacer. También se encuentra en ella el amor absoluto, el bien absoluto. Leed la carta completa en el link: http://www.religionenlibertad.com/desesperada-peticion-ayuda-los-catolicos-occidente-del-padre-55443.htm  Por favor, leedla. Esa carta es un regalo, es una llamada de Dios. Esa carta es Jesús de Nazaret sentado contigo, al lado del pozo de Sicár. Y nos pide agua.

Esa carta también me grita “Si conocieras el don de Dios”. Esa carta muestra el don de Dios. El padre Christopher es el único sacerdote católico en 700 km a la redonda. Hasta esa zona de la Etiopía Somali no había llegado nunca antes un sacerdote.

He leído la carta y he vuelto a Sicár, he vuelto a la Cruz, he vuelto al “Este es el Cuerpo de Cristo” que constituye la clave de las misioneras de la caridad de santa Teresa de Calcuta, la clave de la Misión para la Misericordia del padre Christopher y la clave del jueves santo y cada Eucaristía, que tan claramente me explicó él mismo hace veinticinco años y tanto me marcó. He vuelto a oír la voz dulce, en nada exigente, cariñosa, delicada, de mi Señor: “María, tengo sed. Dame de beber”.

Exige una respuesta y solo hay una posible: “¿por dónde quieres, Jesús mío, que echemos el cubo para sacar agua?”

Jesús de Nazaret nos está apremiando en la sed de nuestros hermanos y por medio de la voz de uno de nuestros sacerdotes diocesanos en misión. En esta cuaresma puede que sea buena idea privarnos de algo y destinarlo a darles de beber. Calmaremos la sed de Dios, la sed de los hombres, nuestra propia sed de amar y el jueves santo, cuando sea alzado el pan en la última cena, comprenderemos la calve del amor fraterno: reunido allí estará todo y nosotros también. Este es el Cuerpo de Cristo. Dale de beber.

Todos los años el día de San José se celebra el Día del Seminario. Este año pidamos a la Virgen, que los sacerdotes estén siempre “Cerca de Dios y de los hermanos”.

 

 

 

LA VOZ

“Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.” Mateo (17,1-9) 12 de marzo del 2017

En pleno tiempo Cuaresmal las lecturas de este domingo suponen como un pequeño descanso, un remanso que se nos ofrece para animarnos en la subida Cuaresmal. De alguna manera se nos dice que el final ya está cerca y que, por ello, no hay que desfallecer. Lo que Jesús hizo con sus apóstoles lo hace también con nosotros. Cuando subimos una montaña, de vez en cuando, nos gusta pararnos y mirar lo que ya hemos recorrido. También nuestra vista se dirige hacia lo alto para calcular lo que queda. Se descansa un poco, se toman fuerzas pero, sobre todo, se percibe el itinerario realizado y lo que aún nos queda. Al mirar atrás sentimos la alegría de lo recorrido. Al contemplar la cima que debemos atacar nos persuadimos de que aún no está hecho todo.

Hoy se nos muestra el tres veces Santo, tal y como es, en la gloria de aquel que ilumina nuestras vidas y que nos ayuda en esta constante transformación hacia la blancura o limpieza de nuestros deseos y actos, de nuestras personas. Cuando nos bautizaron, nos impusieron una vestidura blanca y a nuestros padres y padrinos se les encomendó la responsabilidad de educarnos y preservarnos de perder esta “blancura” que teníamos como “hijos de la luz”, hijos de Dios en Cristo, para poder participar un día del triunfo de la Vida Eterna con el que sus vestidos son de un blanco deslumbrador.

«La primera respuesta de Pedro ante la transfiguración del Señor es querer quedarse allí, no volver a bajar del monte, no volver a hacer nada ni a vivir nada que no sea el estado en el que en ese momento están. Jesús les acaba de llevar al Cielo, les está mostrando que resucitará y cómo es un cuerpo glorioso, les enseña la plenitud de todo. Están contemplando la gran promesa de Dios y están viendo que es una realidad: ¿quién querría volver al mundo de ahí abajo, al que dejaron en la ladera de ese monte?

En cambio, cuando se abre el Cielo y la Voz dice “Este es mi hijo, el Amado, el Predilecto: escuchadle”, sienten miedo. Ante la Voz, ante la dimensión entera de Dios, ante la visión del Paraíso y el Cielo en toda su realización, “se tiran al suelo llenos de espanto”. No son capaces de soportarlo. Resulta paradójico casi. Quieres quedarse y, a medida que se está completando el Cielo a su alrededor, se atemorizan, no pueden con ello.

Yo anhelo el Cielo, de verdad, es lo único que anhelo. Ver a Jesús cara a cara y abrazarlo. Resucitar con Él, vivir con Él. Pero lo pienso y, en este momento de mi vida, en el instante actual, ¿estoy preparada?, ¿podría albergar mi corazón el infinito? Y, en confesión, me doy cuenta de que con toda probabilidad, también me habría tirado al suelo diciendo “¡oye, qué está pasando aquí!”.

Hay que prepararse para poder llegar y estar allí tranquilamente, escuchar la Voz y dejarnos embelesar con la naturalidad con la que lo haría la Virgen María. Me duele pensar que no lo estoy, pero me alegra la esperanza de que Dios va haciendo milagros en mí y vamos a conseguirlo.

Porque Dios hace milagros en el corazón de aquellos que quieren que los haga. Te hará ser paciente poniéndote en situaciones en las que te sea indispensable serlo, en momentos difíciles de esperas confiadas y, como no podrás serlo, recurrirás a Él y Él te infundirá la paciencia y la confianza poco a poco ayudándote a superar cada prueba. Lo mismo va haciendo para erradicar la pereza, el egoísmo, la vanidad: ponerte en situaciones en las que tienes que practicar esas virtudes que necesitas y dándote la capacidad de ser diligente, generoso, humilde a medida que tú se lo pides y lo intentas. No lo hacemos solos: lo hacemos juntos. Pero para que pueda hacerse algo, poner de nuestra parte es fundamental.

Quiero llegar al Cielo y poder mirar a Dios cara a cara. Resuena ahora en mí: “Este es mi Hijo, el Amado: escuchadle”. En Cristo está todo: lo explica todo, lo reúne todo y nos entrega todo. No hay que hacer nada más que mirarlo a Él y escucharlo.
No es oírlo, no es pasar de soslayo por su lado, no: escucharlo. Escuchar es prestar atención, es no hacer otras cosas que puedan distraernos, es interiorizar, es dar importancia, es que vaya calando lo que nos dice, lo que nos enseña y lo que nos entrega. Y escuchar tiene un fin: poner en práctica lo escuchado.

La cuaresma es un gran momento para esto, para subir al monte Tabor y estar con Cristo preparándonos para el otro monte, el Calvario, y, a través de ello, preparándonos para oír sin amedrentamientos la Voz del Padre. Prestemos atención a este tiempo, a lo que Dios nos enseña, a lo que nos ofrece. Porque Dios no pide: Dios ofrece. Te ofrece volver a empezar en cada confesión, te ofrece Su Cuerpo en la Eucaristía cada día, te ofrece ratos de oración para estar con Él, te ofrece poder ser acompañado por su Madre a través del rosario, te ofrece ser Su Corazón cuando entregas algo de ti a alguien (dinero y también tiempo, una sonrisa, un apoyo, una compañía… lo que veamos que necesita aquel que se encuentra a nuestro lado). Y buscando eso, buscando Su Gracia, Su compañía, Su Rostro para imitarlo, para hacerle caso, para entregárselo a los demás, iremos cortándonos más a su imagen y semejanza y el Padre dirá de nosotros también “Este es mi hijo, el Amado, mi Predilecto”, pues tendremos a Cristo tan dentro que se nos verá por los ojos.

La Voz, esa Voz, debe ser tan bella, sonar tan bonita. La Voz por la que todo existe. La Voz que dice de nosotros “Este es mi hijo, el amado”. Quiero pasar mi eternidad escuchándola. Quiero poder mirar a Dios cara a cara. Quiero oír, con deleite, esa Voz.

«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» No se puede decir más claro ni más directo a nosotros. Tenemos la certeza de que escuchar al Señor es lo que tenemos que hacer, porque es voluntad de Dios y lo mejor que podemos hacer en nuestra vida para aprender a vivir como cristianos que somos, como hijos de la luz que queremos hacer el bien, hacer felices a los demás, ser felices, ser santos ¿A qué esperas? Tienes la Palabra, la oración, la comunidad, los pastores de la Iglesia…

Pidámosle a la Virgen que en este tiempo de Cuaresma nos afine el oído, nos haga rezar más y mejor, escuchar la Palabra de Dios en la Iglesia, alabar a Dios y bendecirle y así en los días del triduo pascual oigamos el fuerte grito de Jesús en la Cruz y después el susurro de la piedra del sepulcro abriéndose para mostrar a Cristo resucitado.

 

 

 

SOLO A ÉL ADORARÁS

Las tentaciones de Jesús en el desierto.  Mateo (4,1-11) 5 de marzo del 2017

 El demonio no debía saber con quién estaba hablando. Porque, además, tienta a Cristo exactamente con las mismas cosas con las que a los demás y son cosas contrarias a los anhelos de Cristo –que no a los anhelos de los demás hombres-. Primero le tienta con tener satisfechos los sentidos: “Si eres Hijo de Dios, dile a esas piedras que se conviertan en panes”. Satisface tus sentidos y tenlos tranquilos, que así adormeces el alma. Porque la realidad es que, cuando estamos en una hamaca en la playa tomando mojitos, el cuerpo se queda laxo y el alma también. Y no es nada malo descansar en los periodos de descanso, pero buscar como fin de la existencia que los sentidos estén a gusto y el cuerpo laxo es lo que lleva al personal a odiar los lunes y dejar de vivir un montón de días y minutos maravillosos en su ansiosa espera a que llegue un viernes. Me parece un buen modo de vida si lo que se quiere es ser una medusa, pero si lo que quieres es que, en el momento de morir, no te des cuenta de que no has vivido, si lo que quieres es llegar con el corazón encendido y la vida exprimida, los sentidos no van a estar muy cómodos. Con los sentidos cómodos no se sube al Everest.

La primera tentación es “dedícate a tener los sentidos cómodos, a las cosas que te tengan en calma, a lo que no suponga sacrificio o renuncia, a saciar tu hambre con cosas”. La sociedad actual ha cometido un error de definición y ha igualado felicidad a bienestar cuando el bienestar puede estar solapando un vacío enorme y la felicidad, de hecho, suele ser bastante cansada porque se consigue solo amando y amar es dejarse la piel y los sentidos en el bien de otro. Si ponemos nuestros esfuerzos en las cosas obtendremos cosas, pero el alma no se llena con pan. Y el eco que produce ese hueco que las cosas no pueden llenar puede ser terriblemente doloroso.

La siguiente tentación es “Si eres Hijo de Dios, tírate porque está escrito que los ángeles te sostendrán en sus manos”. Esto a mí me suena a “demuestra quien eres, de lo que eres capaz, de las cosas grandiosas por las que todos te mirarán, exhíbete”. Apela a la soberbia. Sigo dudando mucho de que el demonio supiera realmente a quien hablaba, pero sí sabía lo que ese hombre creía ser: “Hijo de Dios”, y lo que le propone es que haga las cosas de una forma fácil y espectacular. Si eres lo que crees, está escrito de ti… venga, demuéstralo, que es más fácil.

Le plantea hacer las cosas de otra manera, no a la manera en la que Dios quiere, no con la paciencia y la confianza con la que Dios quiere que lo hagas. Y lo hace de tal forma que plantea como buenas actuaciones que no lo son, pero es que te las hace ver como buenísimas y absolutamente justificadas.

La última tentación: “Todo esto te daré si te postras y me adoras”. Aquí al demonio se le fue la cabeza del todo y demostró ser un estúpido que no sabía ni a quién hablaba. Pero es muy instructivo: “Te daré todo”. ¿Qué todo va a ser capaz de ofrecer aquel que no tiene nada? ¿Quién es ese para dar nada si nada le pertenece? En cambio Dios sí puede decirme “te daré todo” porque, de hecho, ya me lo ha dado. La vida me la ha dado Él, el aire que respiro me lo ha dado Él, a mis hijos y a mi marido me los ha dado Él, a mis padres y a mis hermanos me los ha dado Él, todo lo que soy me lo ha dado Él, y en mis dolores y mis cruces, se ha dado a sí mismo para estar conmigo en ello. Y en cambio el demonio tiene la desfachatez y la osadía de tomarme por imbécil y ofrecerme… ¿qué? Porque estas tres tentaciones son las que tenemos todos: ten a gusto los sentidos como fin en la vida; demuestra lo que vales y hazlo con soberbia para obligar a los demás a quererte; yo tengo lo que deseas y yo te lo daré si apartas la mirada de Dios y me miras a mí”.

Las respuestas de Jesús son muy claras y no son nuevas, no argumenta con el diablo, no entra al trapo: solo le cita las escrituras –porque lo anterior es igualmente válido y porque Él es desde siempre y su palabra está en vigor siempre-. Le cita las escrituras; nos da la clave para vencer el mal, para ganarle al demonio: “No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale del aliento de Dios”. “No tentarás al Señor, tu Dios”. “Al Señor, tu Dios, adorarás y solo a Él darás culto”. No argumenta, no le habla: solo habla de Dios.

Al demonio le va mucho lo de distraernos para que apartemos la mirada de Dios y empecemos a mirar a…: da igual, a cualquier sitio que no sea a Cristo: a nosotros mismos, a él, a nuestros proyectos, a nuestras ambiciones, a nuestros planteamientos… a lo que sea mientras no sea a Cristo. Y con el demonio no se debate: del demonio se pasa y punto, seguimos mirando a Dios, solo a Dios, sin apartar la mirada de Él, buscando su amor en el que damos y en el que recibimos, ocupados en Dios. Mientras nuestro corazón y nuestra vida esté ocupada en Dios y mirando a Dios, el demonio será un patético y lamentable ser rabioso por el ninguneo que le hacemos y eso está muy bien.

Imagino el pánico que debió sentir el demonio cuando, tras su última tentación, se da cuenta de que está hablando con Dios. Debió retorcerse de ira: lo había hecho, se había hecho hombre, aquel plan de Dios por el que los demonios se rebelaron contra Él se había cumplido.
Cuando la tentación aparece, cuando el desánimo o la duda revolotean cerca, cuando soy pequeña e incapaz y deseo ser grande, cuando la soberbia me incita a actuar por mí y pasar del resto de consideraciones, cuando el demonio le susurra a mi oído que ponga mi ilusión en el pan, que demuestre al mundo quien soy y que no espere de Dios que Él me vaya a dar nada sino todo lo contrario, que Él me lo va a quitar y quien me lo va a dar es vivir en contra de Él, dirijo mi mirada a Dios y no la aparto. Sólo pienso en Dios, estoy más con Él, me acerco más a Él. Si oigo esas tentaciones es porque me he distraído y he dejado de mirarlo para mirarme a mí.

Nos tiene que mover solo Dios, amar a Dios, ser amados por Dios. Nosotros seguimos a Dios, nada más. Nos interesa Dios y ya. El demonio… bueno, pues que rabie y moleste, que es lo suyo, pero si nuestro corazón está orientado a Dios y buscamos no desviar la mirada de Él, el demonio es solo un patético ser que propone estupideces. Y es que, si lo pensamos bien, lo que propone son siempre estupideces. Mira que proponerle a Dios que lo adore a él… ¡Qué lamentable!

Como nos ha comentado María, ni siquiera a Jesús le dejó en paz aunque fracasara tan rotundamente allá en el desierto al que fue llevado. Jesús vence a la tentación cuando va al desierto llevado por el Espíritu. Podríamos estar felices: ha vencido, luego nosotros también venceremos. Nos vendrá muy bien el ayuno de la Cuaresma, porque nos prepararemos ante el engañador, como lo hizo Jesús, y le venceremos. Sabemos, además, que el desierto es el lugar de la tentación más cruel y sibilina, la que nos pone delante los espejismos más suculentos para que pequemos en la pura virtualidad de la imaginación arrastrados por el deseo inducido por el diablo. Qué duro lugar el desierto. Estamos en él siempre ante nosotros mismos, sin posibilidad de distraernos de la tentación por alguna necesidad casual. Nada que no sea ella misma enfrentada a lo que somos. Mas, nos decimos, Jesús venció al tentador en el desierto, luego yo venceré al tentador en mi desierto. Quizá. Depende de cómo me posicione ante el tentador.

Parece mentira lo reacio que es el ser humano a admitir que es tentado. A pesar de repetir cada día en el Padrenuestro “no nos dejes caer en la tentación” a la hora de reconocer nuestra propia tentación negamos esa realidad. Lo achacamos a la debilidad, a nuestro carácter, al ambiente o la situación,…. cualquier cosa menos admitir que hemos caído en la tentación. ¿Qué tiene esto de interesante? Que si no reconocemos la tentación y que hemos caído en ella, no reconoceremos nuestro pecado, nos exculparemos, diremos que no ha sido culpa nuestra, que no hemos tenido otra opción. Es como el feo, no tiene la culpa de haber nacido feo, nadie se lo echaría en cara. Como negamos la tentación negamos también la posibilidad de haberla evitado, al igual que no puedo elegir si el día de hoy es soleado o lluvioso. Se acaba pensando que el pecado, no tal vez esos pecados que consideramos “gordos” y escandalosos, sino el pecado diario es inevitable. No podemos ser virtuosos porque “somos así.” En el fondo Eva no podía menos que morder la manzana (o el melón, lo que “seriese”), pues estaba justo en medio del jardín, como nuestras pasiones están tantas veces en medio de nuestra mente y de nuestro corazón.

Pero eso es un engaño. El cuerpo puede ser débil, deshacerse y apagarse poco a poco, pero la grandeza de espíritu existe y la Gracia de Dios actúa. “En resumen: si el delito de uno trajo la condena a todos, también la justicia de uno traerá la justificación y la vida. Si por la desobediencia de uno todos se convirtieron en pecadores, así por la obediencia de uno todos se convertirán en justos.” En tanto en cuanto no reconozco la tentación soy incapaz de reconocer la fuerza de la Gracia.

¿Qué haremos ante la tentación? Solo hay un camino; solo una posibilidad de vencerla: pronunciar el nombre del Señor que será quien nos salve. Está escrito: invocaré su nombre y él me librará de las fauces del león que anda rondando buscando a quién devorar. Ante la tentación, recurramos a la Virgen, ella nos enseñará lo que nos estima Dios, mucho más que lo que nos queremos nosotros.

 

 

NO TE AGOBIES Y CONFIA

Riquezas y preocupaciones. Mateo (6,24-34) 26 de febrero del 2017.

 

Es posible que nunca neguemos nuestra fe en la Providencia, a nivel teórico, pero quizás no suceda lo mismo en la vida práctica. Cuando olvidamos que Dios cuida de nosotros, y que nada le pasa desapercibido ni escapa a su mirada, nos sobreviene la angustia, por la que anticipamos un futuro incierto.

En el Evangelio de hoy leemos “los gentiles se afanan por esas cosas”. Y esas cosas son el comer, el beber y el vestir: todas básicas. Nos pide que no tengamos un corazón dividido. Dios vela por cada uno de nosotros y conduce la historia. Preocuparse de las cosas teniendo presente a Dios; tratar las cosas por su referencia a Dios; descubrir que todo procede de Él y que sólo en Él cobran sentido… ¡Hay tantos aspectos que se pueden considerar!

Este último fin de semana en Moyobamba va a ser completo. Misas, bautismos, dos bodas, despedidas. Habrá que pasar de la concha del bautismo a los anillos de los novios sin solución de continuidad. Tendré que confiar en que las novias sean puntuales (no es machismo, las novias son las que suelen llegar tarde), en que los padres no se olviden a su hijo en casa con los nervios del Bautizo y que en Misa no predique sobre los contrayentes. Para cada uno de ellos (novios, padres de los niños e incluso los que vienen a Misa), es un día importante (para mí también, pues después de seis ahijadas en Moyobamba seré padrino del primer niño), por lo que todo tiene que salir bien. Lo mejor será no agobiarse. El verbo agobiar proviene del latín “gibbus,” que significa “joroba.” Es decir, que decir “no te agobies” es lo mismo que decir “no te jorobes.”

“Sobre todo buscad el reino de Dios y su justicia; lo demás se os dará por añadidura. Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus disgustos.” Pocas cosas hay más tristes que una persona agobiada. Se joroba a sí mismo y joroba a los que están a su alrededor. Está molesto por lo que tiene que hacer ese día, lo que esté haciendo en ese momento lo hace mal pues está pensando en lo mucho que le fastidia hacer lo que viene a continuación, y llega la noche -en vez de estar dando gracias a Dios por el día que ha vivido- y le quita el sueño la de cosas molestas que tiene que hacer mañana. A fin de cuentas, es falta de confianza en la Providencia, intentamos servir a “dos señores,” pero enfadados con uno y con otro.

La sabiduría de Dios es a veces difícil de entender y, sobre todo, de vivir. Nos encanta pre-ocuparnos y a veces tanto que no disfrutamos del acontecimiento que nos tenía tan preocupados. Muchas veces le pasa al que prepara una comida, está tan volcado en que todo salga bien que al final no come. “¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida?” Una cosa es pre-ocuparse y otra es desentenderse. La vida no nos la ha dado Dios para que no vivamos, sino para vivir cada instante con intensidad. Uno puede dedicar su tiempo a pensar lo que es posible que haga y nunca lleve a cabo, o a hacer lo que uno tiene que hacer. Por ejemplo. Si uno quiere hacer unos minutos de oración que se ponga a hacer oración. Muchas veces piensas hacer quince minutos de adoración, y entre que piensas cuándo podrás sacar esos quince minutos, te preparas y buscas el sitio donde hacerlos, dejas de mirar el móvil o el correo electrónico, piensas por quién vas a rezar o si tienes que preparar algo para después…, ya ha pasado media hora sin rezar. Cuando te pongas a rezar, reza. Lo que venga después vendrá, lo de antes ya ha pasado. Y así con la mayoría de las cosas de la vida, desde ver a un amigo a escribir un comentario.

Y cuando lo intentas y no te sale: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» da mucha paz. San Pablo nos puede ayudar a vivir sin agobios: “Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.” San Pablo vive para servir al Señor. Sin duda alguna le gustaría hacerlo mejor, pero sabe cómo le quiere el Señor. “Por la grandeza de estas revelaciones, para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.»” Es muy importante saber quiénes somos y dónde estamos. Quien vive siempre pensando: “Si estuviese en otro sitio lo haría mejor.” “Si tuviese otro trabajo sería más eficiente.” “Si hubiera vivido en otra época habría sido un genio.” “Si me rodeasen otras personas sería un auténtico apóstol de las gentes.” …, si vivimos así estaremos agobiados, es decir, siempre. jorobados.

Confía en que, a no ser que vivas en pecado, Dios te quiere donde estás. Con tu familia, con tu trabajo, con tu carácter, con tus debilidades. La Gracia de Dios nos basta para hacer que sólo Dios se luzca en medio de todas las dificultades o carencias que puedas suponer. Allí donde estés intenta hacer la voluntad de Dios, sé fiel a tus momentos de encuentro con Dios, sé agradecido por todo lo que te da cada día y harás desaparecer esa joroba que te hace verte deformado, feo e inútil.

Pídele a la Virgen estar en lo que tienes que estar, sin agobios, y lo que pase lo guardas en el corazón. La Virgen es la mujer más hermosa que ha pisado la tierra, pues confió absolutamente en Dios y la Gracia actuó plenamente en ella. Mírala y pregúntale todo lo que Dios está haciendo hoy, ahora, por ti. Descubrirás todo lo que Dios te da y, si ese diálogo con nuestra Madre lo tienes frente al sagrario, ¿qué más puedes pedir?

 

 

 

AMEMOS COMO DIOS AMA

 

El amor hacia los enemigos. Mateo (5,38-48) 19 de febrero del 2017.

 

Las tres lecturas de este día nos hablan de la santidad de Dios. También se refieren a nuestra vocación a la santidad. El amor que Dios nos tiene se manifiesta también en ese deseo suyo de que seamos santos como Él. Dios se comunica al hombre dándose a sí mismo. En esa donación nos comunica su propia vida, que es su santidad. Pero esta no se ofrece de una manera mecánica, sino que pide la correspondencia de nuestra libertad.

Cuando Dios habla a Moisés (primera lectura), de alguna manera le presenta un imposible. Les dice que han de ser santos como Él. Sin embargo, esa posibilidad estaba lejos del alcance del pueblo de Israel. Será con el envío del Espíritu Santo cuando la santidad de Dios sea comunicada al hombre. Esa comunicación es tan íntima que transforma totalmente al hombre. Por eso san Pablo nos recuerda que somos templos del Espíritu Santo. Es decir, verdaderas casas de Dios. El cristiano es santo porque Dios habita en él y es santo. Su presencia nos santifica porque su vida nos es comunicada. En esta perspectiva se entienden las enseñanzas del Evangelio de hoy. Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…” Este lenguaje debió dejar desconcertado al auditorio de Jesús y no es para menos. A nosotros nos sucede lo mismo. Decimos: “¿por qué voy a ayudar a ese después de lo que me ha hecho?”, y cosas semejantes. Como decía Lewis “Todos dicen que el perdón es una idea maravillosa, hasta que tienen algo que perdonar”.

El mandamiento del amor desborda lo que el hombre puede alcanzar a ver con las solas luces de su inteligencia. Lo hemos oído muchas veces: “¿Por qué tengo que tratar bien a quien me hace el mal?”. La respuesta última es: “Porque así lo hace Dios”. Ciertamente, cuando escuchamos las palabras de Jesús inmediatamente pensamos en cómo Dios nos ama a nosotros que no somos buenos. Es su amor el que nos rescata del mal en el que vivimos y el que nos da nuevas oportunidades. Amar a los enemigos, ¡qué difícil!. Pero hay algo que sabemos por experiencia y es que, cuando nos hemos comportado de esa manera, siguiendo las palabras del Señor, hemos sido más felices. Eso no lo podemos negar.

El Padre Kolbe, que derrotó a la furia nazi ofreciendo su vida en el campo de concentración de Auswitch decía: “Sólo el amor es creador”. Sólo el amor tiene capacidad para hacer las cosas nuevas. Y es el amor, no abstracto sino manifestado en Jesús, Dios que se ha hecho hombre, el que puede cambiar los corazones. Jesús une el mandamiento de amar a los enemigos a la perfección de Dios. Es más, lo indica como el camino para ser santos como Dios es santo. Amar a los enemigos es participar de la misericordia de Dios, entender cómo Él se ha comportado con nosotros.

Muchas veces exigimos, a quien se ha enfadado con nosotros o nos ha ofendido, que dé el primer paso. No nos damos cuenta de que en nuestra vida las cosas no han ido así. Como indica san Juan, Dios se ha avanzado a amarnos. No hemos sido nosotros los que le hemos querido. Es más, al amarnos nos ha hecho buenos y nos ha dado la capacidad de amar. Bastaría pensar un poco en ello para cambiar nuestra forma de actuar.


Todo lo que Jesús nos pide, más allá de su exigencia, corresponde al comportamiento de Dios. De hecho Jesús está definiendo al que se ha configurado con Él. Así actúa el que siente según el Corazón de Jesús. Por eso Jesús vincula ese comportamiento con ser “hijos del Altísimo” o con la forma de actuar propia del Padre.

Carlos de Foucauld, misionero ermitaño en medio de los tuareg, se planteaba como evangelizar aquellas tribus nómadas que profesaban el Islam. Tras varios fracasos pensaba que la mejor manera sería llevar al desierto familias cristianas. No pensaba en sacerdotes ni religiosos, sino en laicos, que desempeñaran su oficio y que movieran el corazón de los habitantes de la región por sus virtudes. Pensaba que aquella sería la mejor ofensiva evangelizadora: la del ejemplo.

La caridad sólo se puede vivir desde la unión con Dios. Sólo Él es capaz de darnos la gracia para vivir amando a los enemigos. Sólo desde las horas que se pasan delante del Sagrario comprendemos el amor que Dios nos tiene y podemos vivirlo. No me creo esa “caridad” que se confunde con la filantropía, que no parte de Dios sino de reivindicaciones o estudios sociológicos. Los grandes maestros de la caridad han sido maestros de espiritualidad, de unión íntima con Dios. Cuando se descubre a Cristo crucificado se abandona toda “ideología” de la caridad, que algunos utilizan como arma arrojadiza los unos contra los otros, y se descubre la valía de todo hombre, hasta de los “enemigos.”
Esa es la perfección a la que Jesús nos incita. Plenitud de amor, como la perfección de Dios es perfección de infinito amor. Amor sin límites. Amor que pasa por la cruz del Hijo. Es de esta manera como nuestra caridad es genuina.

Perfección que nos ha de llevar a que hagamos posible lo imposible: amar a los enemigos, hacer el bien a los que nos aborrecen, rezar por los que nos persiguen y calumnian. Ni más ni menos que esto es lo que nos pide el Señor. Y nos lo pide porque sabemos que ahora, ahora sí, lo podemos, mejor, lo puede la fuerza del Espíritu que habita en nosotros y nos ofrece sus dones. Dones de misericordia. Porque es así como seremos hijos del Padre. Padre nuestro hemos dicho, porque Jesús nos ha pedido que recemos así, y él es misericordioso con todos, hace salir el sol sobre justos e injustos. Hacer lo que hace Jesús por la fuerza del Espíritu en nosotros, de este modo somos perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto.

Amar al enemigo es querer que se salve. Es desear que pueda gozar de la felicidad del cielo. Debemos pedirle al Señor que nos enseñe a amar a todos los hombres como los ama Él, que no quiere la muerte del pecador si no que se convierta y que viva. Que la Virgen, Madre de misericordia, nos ayude a ser perfectos según la medida de su Hijo. Que la Virgen María nos acompañe e interceda por nosotros para que sepamos aprovechar las gracias que Dios nos ofrece

 

 

 

EL EVANGELIO RESIDE EN EL CORAZON

No he venido a abolir, sino a dar plenitud. Mateo (5,17-37) 12 de febrero del 2017.

 

Hay personas que sólo compran cuando hay rebajas. Eso lo impone la economía familiar y también una cierta cultura que busca las gangas en todo momento. Hace pocas semanas terminó esa cita anual que son las rebajas una vez terminada la navidad. Y la imagen nos viene como anillo al dedo para el evangelio de hoy. Jesús da una enseñanza que integra lo importante con las cosas pequeñas. No entra en contradicción ni cae en reduccionismos. Dice claramente que “pasarán el cielo y la tierra antes de que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley”. Pero, al mismo tiempo, da una clave interpretativa: “No he venido a abolir, sino a dar plenitud”. De esta forma indicaba una manera de entender su enseñanza.

Porque el Evangelio no es moralista. Los mandamientos no están para coartar la libertad del hombre sino para conducirlo a la plenitud. La felicidad, por consiguiente, será proporcionada al cumplimiento de los mismos. Pero ese cumplimiento no puede ser exterior, sino que debe ser conducido desde dentro por el Espíritu Santo.

Erróneamente se ha considerado a veces si la Iglesia tendría mayor éxito social si redujera su exigencia moral. Se piensa que eso atraería a más personas y que, además, estarían más contentas. Esa visión separa la moral de la felicidad o realización del hombre. Si la Iglesia tuviera como fin reunir a muchas personas sin importarles su bien, el argumento sería satisfactorio. Pero su finalidad es otra: conducir a los hombres hacia Cristo para que alcancen la perfección.

Por eso no debemos leer este evangelio como una amenaza, sino más bien como una invitación a ser exigentes en el amor a Dios intentando que ningún aspecto de nuestra vida escape a la ley de Cristo. Cuando Jesús señala que quien se salte uno solo de los preceptos menos importantes será el menos importante en el Reino de los Cielos, vincula nuestra plenitud al cumplimiento de la ley.

Como nos dice María en su comentario al evangelio de hoy “el Evangelio reside en el corazón. El Reino de Cristo empieza en cada corazón y hay que dar respuesta: ¿lo quieres?
A veces veo a personas que viven el Evangelio y, en cambio, dicen no tener fe: la han perdido o nunca la tuvieron en realidad y encontraron en lo que se les contó y se les mostró únicamente una cultura, una tradición a la que no podían dar más sentido que ese. Pero ellos viven el gran ruego de Cristo: “amaos. Tuve hambre y me disteis de comer”. Creo que Dios hace a través de ellos y ellos ni siquiera saben que trabajan para Él. Esas personas me enseñan mucho por un motivo: me delatan.

¿De quién es mi corazón?, ¿Qué hay dentro de él? O, mejor dicho, ¿quién hay en él? ¿Estoy yo o está Dios? Y la respuesta no se da con palabras. Para hallar la respuesta hay que mirar, desde la humildad y el corazón sincero, cómo trato a las personas que hay cerca de mí, a aquellos a los que Dios ha puesto en mi camino y a las que me cruzo por la calle, también. Mi medida de haber entendido el mandato de Dios y a quién tengo en mi interior es como me comporto en el exterior, en los hechos concretos, en el amor de Dios que se canaliza a través de mi amor a los demás, pero al que también puedo impedir pasar y que no les llegue.

Y hay que contestar, urge contestar. Porque podemos mostrar esto como una tradición en el mejor de los casos no irá, en todos los casos incomprensible, exigente y hueca, o podemos mostrar el bien absoluto, el fruto de nuestro encuentro con Cristo, las manos dedicadas a amar en actos concretos y la sonrisa imperecedera de quién se sabe la niña de los ojos de Dios.
A Cristo se le muestra con la vida. Lo demás… lo demás somos nosotros, lo demás es vanidad. Lo demás está hueco”

Por tanto, Jesús no anula la ley antigua, sino que la conduce a su plenitud. Dicha plenitud la encontramos en su persona, pues en Él se hace carne el Amor infinito de Dios. Por eso sólo Él puede ayudarnos a comprender en plenitud el alcance de los preceptos. Nosotros tendemos a reducirlos y a convertirlos en letra muerta. Es así porque los vemos más como limitaciones que como posibilidades. Nuestro afán de libertad nos lleva a luchar contra esos límites y, por lo mismo, a reducir el alcance de la ley. Pero la ley no es contraria al hombre, sino que ha sido dada para su bien. De ahí que debamos agradecerla y tomarla como un punto de partida para ir mucho más lejos. Sabemos que las enseñanzas de Jesús no se quedan ahí, sino que llevan a amar como Él nos ha amado. Junto al mandato nos da la posibilidad de cumplirlo por el don del Espíritu Santo.

En la vida espiritual qué bueno es confrontarse cada día con el Señor para que nuestra vida cada día sea más grande, más plena, más feliz. Muchas personas se han santificado en la relación con los santos, porque éstos les han abierto horizontes más grandes. Y precisamente los santos se caracterizan por su exigencia, que después, en el proceso de canonización, queda reconocido en si han vivido heroicamente las virtudes. Ese detallismo espiritual no tiene nada que ver con el formalismo estéril, pero sí con la plenitud a que conduce el amor de Cristo. Lleva la ley a su consumación, al igual que la vida de cada hombre que se confía a Él, que no lo vive como una amenaza sino como una salvación. Nada es insignificante, todo importa, hasta el precepto más pequeño, porque el Señor está con nosotros.

Cuando tienes el gran proyecto de ser santo, de llegar al cielo, de estar con Dios, hay que cuidar las pequeñas cosas. Podemos ser como la niña Santa Teresa que se iba de su casa buscando el martirio, y seguramente nunca lo encontremos. Pero sí encontraremos cien mil pequeñas contradicciones, tropiezos, incoherencias que tenemos que cambiar. Descubriremos que para avanzar hay que empezar dando un paso y ese, todavía no lo hemos dado. Por eso el camino de la santidad empieza por las cosas pequeñas. De nada valdrían quince horas de oración si al llegar a casa maltratas a tu mujer o ignoras a tus hijos. De poco serviría el ofrecerse al Señor para morir mártir si no estamos dispuesto a quitar nuestro “yo” de la boca y del centro del corazón.

Cuidemos las pequeñas cosas, no nos creamos los inventores de la redención, que eso ya lo hizo Jesucristo y unámonos a Él en cada cosa, por pequeña que sea.

La Virgen nuestra Madre recibió el mayor proyecto posible y se fue a servir a su prima Isabel. Que aprendamos nosotros y cuidemos lo pequeño para ser grandes.

 

 

 

ÉXITO

Las Bienaventuranzas. Mateo (5,1-12) 29 de enero del 2017.

El texto que hoy leemos en el evangelio resuena en nuestro corazón. En todo hombre hay lo que san Agustín llama “memoria Dei”. Según esta, podemos reconocer la verdad, la bondad y la belleza porque hay como una disposición en nuestro corazón para ellas. Podemos decir que cuando nos encontramos con algo verdadero, nuestro corazón se satisface, y lo mismo sucede con la bondad y con todo lo que es hermoso. En definitiva, como dice el mismo santo, estamos hechos para Dios y mientras no lo encontramos experimentamos la insatisfacción.

Pero hay textos como el de las Bienaventuranzas que nos cautivan por su singular belleza y ello a pesar de que resultan paradójicas y contienen mucho de exigencia. Jesús dice, por ejemplo, que son felices los que lloran. Aunque en un primer momento pensemos que eso no puede ser verdad, porque huimos continuamente de las lágrimas, sin embargo, intuimos que es cierto y que muchas veces nos habría gustado llorar en vez de salir victoriosos, tener éxito, porque habríamos sido más felices.

De ello nos habla María en su comentario de vida al evangelio de hoy.

«Crecí en aquellos años 80 en los que los yupis inundaban Wall Street y nos los metía Hollywood por los ojos. Estudié durante aquellos años 90 en los que la competitividad agresiva era un valor y me licencié en Economía, además. Eran años en los que España sufrió una crisis tremenda con un 24% de paro y recurriendo a la devaluación de la moneda tres veces en el mismo año. Años en los que había que pelear muy duro porque la generación del Babyboom pretendíamos entrar todos a una universidad que se había quedado pequeña en dimensiones y no podía albergar a tantísimas personas. Competíamos. En el Instituto, en los exámenes de selectividad, en todo, competíamos sin tregua. La generación del Babyboom salimos en masa de la universidad y copamos el mercado de trabajo: había que competir más aún. En aquella época se empieza eso de los contratos en prácticas y tenías a ingenieros con dos idiomas trabajando gratis o por 300 € al mes. Y seguíamos compitiendo exacerbadamente. Y nos dijeron que la competencia agresiva era un valor.

La sociedad nos dijo que seríamos lo que pusiera en nuestra tarjeta de visita. En los 80 se intentó solventar otra crisis introduciendo en España a las multinacionales. Si tu tarjeta de visita era de una multinacional, mejor. Si en ella estaba tu puesto escrito en inglés, mejor aún, y si era de una consultora, lo habías logrado: tenías éxito. Yo, además, soy una mujer y, en aquellos 90, teníamos que demostrar a la sociedad que nuestro éxito era mayor que el de los hombres y empezar a acaparar las consultoras, los puestos escritos en inglés, las tarjetas de visita… Nos educaron para ser lo que pusiera en nuestra tarjeta de visita de una multinacional. Éxito. El éxito de los yupis. El éxito de quien posee objetos y puede presumir de trabajo. El éxito de ser el mejor. El éxito vanidoso de la nada enfundada en un traje sastre azul con raya diplomática.

Y yo lo rocé. Entré en la universidad y gané la primera gran competición. Terminé y gané la competición de empezar a trabajar al día siguiente de acabar la carrera. Después de tres meses, gané la competición de lograr trabajar como economista y cobrando un sueldo más que en condiciones por ello. Ganaba competiciones y podía mostrar una tarjeta de visita de una multinacional francesa cuyo idioma corporativo era el inglés. Estupendo. Había logrado lo que el mundo me dijo desde niña que tenía que logar. Éxito.

Pero un terrible vacío me asolaba. Mi enfermedad no era compatible con ese éxito. Tuve todo eso. Pero seguía sintiendo vacío en todo eso. Y, después, perdí todo eso. Mi enfermedad arrasó con mi trabajo y con todo lo que había sido mi vida preciosa hecha de damasquinado toledano y que con tantísimo esfuerzo había logrado conquistar. Dejé Madrid y volví a Talavera de la Reina. No había ya tarjeta de visita, ni independencia económica –ni de ningún tipo, en realidad-, no había nada de eso que me dijeron desde niña que tenía que tener. Yo era nada. Sentía que era nada. Lloraba, sentía hacia mí la injusticia de ser despedida por estar enferma, me sentía pobre, muy pobre, muy incapaz. Y entonces, cuando ya no tenía nada, cuando me hice consciente de que por mi enfermedad no me permitirían siquiera competir, en esa competencia feroz en la que lo hacíamos, contra los de cerebro sano, me sentí libre. Libre al fin.

No tenía que ser una tarjeta de visita, no tenía que vestir de traje, no tenía que ser nada, que aparentar nada, que demostrar nada, que poseer nada, que pertenecer a ningún estatus social. Libre. Absolutamente libre. Estaba yo, neta, solo quedaba de mí mi alma. Libre.

Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Adquirí en aquellos años de humano fracaso, grandes victorias en mi interior. En la pobreza de reconocerme nada, de tener que agarrarme a Dios para aprender a regir mi vida por caminos inciertos, encontré la belleza y la paz de vivir confiada en Dios. La experiencia de que Él hace bien las cosas y sabe lo que hace, aunque no me lo explique o yo no lo hubiera hecho así, es una liberación enorme que proporciona una paz invencible.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. La injusticia de que me despidieran por mi enfermedad. La injusticia de tener que competir en todo y haciéndolo con la desventaja de tener la mente rota. La injusticia de que se me valorara por mi tarjeta de visita. Cualquier injusticia se solventó al transformarla Cristo en esta historia tan bonita que es mi vida. Cogió todas sus oscuridades y las transformó. Buscaba un éxito relleno de vacío y, al fracasar en ese éxito mundano, encontré el éxito de no ser nada por mí y serlo todo al irme rellenando de Dios, al ir confiando mi vida al Corazón de Cristo, que no quería de mí mi tarjeta de visita, sino mi falta de ella, precisamente. Que no quería que compitiera contra Él sino dejarle que me ganara el corazón. La injusticia del mundo me llevó a darme cuenta de lo querida que soy por Dios, de lo importante que soy para Él cuando no soy lo que pone en una tarjeta de visita.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. El trastorno bipolar hace llorar bastante. Además de ser un síntoma, el daño que causa, las consecuencias de él, la exclusión y el estigma que conlleva esta enfermedad hacen llorar bastante. En todas mis lágrimas he encontrado el consuelo de Dios. Que Cristo se haga pañuelo de lágrimas es un gran milagro que genera mucha confianza y una intimidad bastante bonita.

Es curioso que mi pobreza, mi fracaso, las injusticias de un mundo empeñado en que cada uno sea superior a los demás, la enfermedad, las lágrimas me hicieran volver la mirada a Jesús y conocerle más y mejor. Bienaventuradas son las cicatrices que tengo, que me llevaron a la intimidad con Dios y me sacaron de aquella mentira del éxito competitivo de ser una simple tarjeta de visita. El éxito está en el alma llena de Dios, en la confianza en Él, en vivir lo que hay que vivir por amor a Dios y desde el amor de Dios. El éxito está en ser persona y mirar a los ojos a los demás independientemente del traje, la carrera que estudió, su éxito profesional o cualquiera de las cosas que se vean por fuera. Trabaja y estudia para cumplir mejor la voluntad de Dios y puede que acabes teniendo una bonita tarjeta de visita, sí, pero te dará igual y te presentarás con tus ojos, los tuyos, los que se enajenan de lágrimas cuando procede, los que luchan por la justicia y tienen sed de ella, los que reflejan un alma serena y mansa la Voluntad de Dios, los que están llenos del brillo un crucificado.

Busca el éxito. El que excede las tarjetas de visita. El que llena. Está muy claro en qué consiste: bienaventurados los mansos de corazón, bienaventurados los misericordiosos, bienaventurados… Lee la lectura de hoy (Mt 5,1-12): ¿cómo andas de “éxito”?»

Después de leer la meditación de María sobre el evangelio de hoy nos damos cuenta que las bienaventuranzas no son un modelo teórico, son una realidad que tenemos cientos de ocasiones de vivir en nuestra vida hasta configurar nuestra vida con las bienaventuranzas. Sólo los pobres y los humildes saben privarse de sus cosas para dar su vida a Dios. Por eso el Evangelio no es sólo un conocimiento teórico de una doctrina, no son los sabios, ni los poderosos ni los aristócratas los escogidos, sino lo que no cuenta, los que saben no contar con lo suyo, para dárselo todo a Dios.

Las bienaventuranzas no son para leerlas, son para vivirlas. Pidámosle a la Virgen que nos meta en corazón de su Hijo y de allí arranquemos el Espíritu para hacer, de verdad, vida las bienaventuranzas en este mundo que tiene tan pocas alegrías. La Virgen María es el modelo de las bienaventuranzas, en ella vemos encarnado que «el que se gloríe, que se gloríe en el Señor», lo demás sobra.

 

 

 


LA TIERRA TRAIDORA

Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres.  Mateo (4,12-23) 22 de enero del 2017.

«Dios no da puntada sin hilo. Todo tiene un sentido, todo lo hace por algo: no hay arbitrariedad en Él. Es curioso que comenzara en la tierra de Zabulón. La tribu fundada por Zabulón, y que ocupaba el territorio de Galilea, se apartó de Dios y comenzó a adorar a los baales. Ellos decidieron dar la espalda a un Dios que tanto había ayudado a su pueblo, ellos se erigieron dioses a su medida a los que seguir para justificar vivir así, a su manera. Estaban enfadados con Dios, desanimados con Él. Y en la tierra de esa tribu, aquella infiel y traidora, es donde decide comenzar. Es más, es donde empieza a elegir a sus discípulos. Es, incluso, donde elegirá a aquel sobre el que fundará la Iglesia. Una vez más es algo ilógico, algo que nosotros no haríamos.

Yo elegiría una tierra en la que siempre se me hubiera querido, en la que se me hubiera buscado y esperaran mi venida: estratégicamente, me parece mejor porque sería más fácil atraer a gente y, cuando llegara a las zonas más conflictivas conmigo, tendría un respaldo de credibilidad puesto que un grupo numeroso atestiguarían mi mensaje. Y, además, me sentiría más a gusto (me gusta que me quieran, me da confianza). Claro que eso tal vez fuera porque yo necesito un aporte de confianza que Dios no necesita. Y porque no soy yo precisamente directora de operaciones ni estratega y Dios sí viene a saber cómo hacer las cosas. En otras palabras, mi estrategia se basa en mí, en mis necesidades; la de Cristo se basa en el amor, en la entrega de sí, en nosotros y no en Él.

Se lo avisó ya por medio de Isaías: «Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; a los que habitaban en tierra y sombras de muerte, una luz les brilló». Dios es la luz y a lo que viene es a iluminar. Las tinieblas son el medio que quiere disipar, son el lugar donde necesita estar para que estas sean iluminadas y reciban vida, calor, consciencia de quien son y la belleza de ser amadas y preferidas por Dios. Y así, las tinieblas desaparecen.

A menudo ubicamos a Dios en las cosas buenas de nosotros y pretendemos esconderle nuestras oscuridades. Nos hace sentir bien, cómodos en nosotros mismos, nos autojustificamos y nos parece que ese es el lugar donde reina Dios y donde debe estar. Pero Su lógica inversa es la acertada. Esa actitud nuestra del buenismo hacia nosotros mismos y una condescendencia con nuestro interior que nos lleva a ubicar a Dios en esa zona y pretende excluirlo de nuestra zona sombría, solo nos conduce a un corazón raquítico y a ponerle barreras a Dios y a Su amor. Nos conduce a que las tinieblas nunca desaparezcan.

Cristo no vino a ocupar un trocito sólo de nosotros, el que a nosotros nos parece “aparente”; vino a iluminar todo, a transformar todo, a llenarnos del todo. Es en nuestras tinieblas, en nuestra falta de confianza hacia Él, en nuestra ausencia de fe, en ese darle la espalda que todos tendemos a tener y en algún momento hemos hecho, en nuestro egoísmo, en nuestras partes oscuras donde Él quiere habitar, por donde Él quiere empezar, para lo que ha venido y donde elegirá a nuestros Pedros, Juanes y Santiagos interiores para mostrarse ante el mundo y ante nosotros mismos.

Busquemos ante Él nuestras oscuridades y nuestras rebeldías, las heridas que hemos causado, la verdad de nosotros mismos, con la alegría de saber que es ahí, precisamente ahí, donde Dios quiere estar, para lo que Cristo vino al mundo, lo que quiere iluminar. Ahora los baales, aquellos diosecillos lamentables e inútiles que la tribu de Zabulón se hizo para suplir a Dios, también existen: somos nosotros mismos. Hemos matado a Dios para erigirnos en dioses y darnos culto. Y al final nos queda un vacío que intentamos rellenar a base de prisas, actividades, ruidos y tiempo perdido mirando un Smartphone para no verlo, para que no seamos conscientes de que hay tinieblas en nosotros.

¡Qué distintas son nuestras tinieblas cuando comprendemos que son el objeto de la venida de Cristo, cuando sabemos que en esa parte también somos amados –es más, en ella somos especialmente amados-! ¡Qué duras son cuando sólo son tinieblas –irremediables tinieblas-, cosas que ocultar porque nuestro dios baal –el hombre al que hemos elevado a unas alturas por las que no puede volar- no las ama, no las ilumina, las esconde, las evita, las oculta a base de prisas, actividades, ruidos y tiempo perdido, porque no puede vencerlas!

Seamos claros, todos somos la tierra de Zabulón. Búscate dentro con sinceridad y encontrarás la traidora tierra de Zabulón dentro de ti. Cuando lo hagas, cuando la encuentres, ¡enhorabuena! Es a ella adonde se dirige Cristo, por donde quiere empezar a amarte. No apartes la mirada: ilumínala con la luz de Dios. Verás lo querido que eres, verás que las tinieblas se disipan y tu corazón crece. Ya no querrás ser dios: querrás tener a Dios en ti y amarlo.

Por cierto, Zabulón significa “morar”, “habitar”. No hay puntada sin hilo para Dios. Es ahí, en la tierra traidora, donde quiere habitar, donde quiere morar. Zabulón es la morada de Dios.»

Después de leer el comentario de María aquí en Moyobamba(Perú), donde me encuentro desde el pasado martes, he entendido la extraña simplicidad con la que el Señor nos llama. No corre tras nosotros. Ni se vuelve para ver si, efectivamente, le seguimos. Quizá somos demasiado ricos. No nos da explicaciones. Venid y ved. Y fueron y vieron. Y se quedaron con Él. No más que esta maravillosa sencillez. Nos habla con mansa autoridad, venid, y nosotros le escuchamos con austera libertad, seguidme. ¿Cómo es esto posible? Porque, caminando en tinieblas, vimos una luz grande. Nos brilló aquella luz que condujo a pastores y magos. Esa luz, para nosotros, se concentra en una sola palabra luminosa: Sígueme. Y renqueando, siempre renqueando, contando solo con su fuerza, corremos tras Él.

Ese seguimiento se hace tradición en nuestra vida. Se hace Iglesia eucarística en ella. Llenos de gozo, acrecentada nuestra alegría, estamos con Él haciendo su camino, que ahora es también el nuestro. Nuestro seguimiento será renqueante, es verdad, pero nada ni nadie, contando con la fuerza de su Gracia, que tira de nosotros con suave persuasión, podrá con nosotros, ni la vara del opresor ni el bastón en su hombro, porque tenemos la certeza de que Él los quebrará. Cantamos, pues, con el salmo, que el Señor es mi luz y mi salvación. Él es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?

Renqueando demasiadas veces, esta inmensa fragilidad es parte de nuestro mismo ser redimido, en espera de que lleguemos a la plenitud de nuestro ser verdadero, nunca por nuestros esfuerzos, siempre por la suave persuasión de su gracia, le seguiremos y predicaremos como Él a todos los pueblos, por más que tú y yo, seguramente, solo tenemos la gotita de aceite en nuestro mundo, tan pequeño, tan particular. Diremos a todos: convertíos porque está cerca el reino de los cielos. Convertíos a Él para seguirle. Convertíos a Él para que os llene de Su Gracia redentora. Convertíos a Él como miembros de su Iglesia; la Iglesia eucarística en la que también ellos vivirán la sacramentalidad de su carne. Convertíos a Él e invitad a todos a participar en la mesa en la que se nos ofrece el fruto de su sacrificio. Enseñad por todas partes y a todas las gentes, predicando el Evangelio del Reino.

Estamos inmersos en el octavario de oración por la unidad de los cristianos. Un único cuerpo, el de la Iglesia, del cual Cristo es cabeza. Por eso, nos exhorta Pablo, estad bien unidos con un mismo pensar y sentir. Porque tanto nuestra palabra como nuestra acción no son cosa de pura individualidad, de Dios conmigo, de Jesús conmigo, sino que ha hecho de nosotros un cuerpo. Cuerpo único. Cuerpo eucarístico. ¿Dividiremos a Cristo diciendo que yo soy de esta facción eclesiástica y tú eres de aquella otra, y nos miramos de reojo con odio, haciéndonos signos de violencia? ¿No comprenderemos que, siendo lo que somos en la entera libertad en la que vivimos, y que se nos regala, lo nuestro es una dádiva de unidad? Un solo Dios. Un solo Señor. Una sola Iglesia. Una sola eucaristía. Mas nosotros, demasiadas veces, andamos ladeantes, apoyados en nuestros propios deseos imperturbables de que Cristo es cosa nuestra. Y nos lo apropiamos de modo medio sectario. Mi Jesús es mío y es mucho mejor que el tuyo, porque el tuyo es uno falsificado. ¡Qué horror! Porque la Iglesia de Cristo, que vive su realidad en su extrema diversidad, no es la tuya ni la mía, sino la Iglesia de Dios, donde Él mora, donde Él habita.
La humildad de la Virgen María nos ha de llevar al reconocimiento de nuestra propia condición. ¡Madre mía, auméntanos la fe!

 

 

 


LUZ DE LAS NACIONES

Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Juan (1,29-34) 15 de enero de 2017

 

¡Qué difícil es caminar a oscuras! ¡Más aún en las tinieblas! Los obstáculos nos hacen tropezar. No vemos y nos entra el miedo. En cambio, cuando vuelve la luz, todo se aclara. Sabemos por dónde caminar y cómo evitar los obstáculos del camino. Además, la luz nos permite descubrir la belleza de las cosas, nos permite ver en profundidad.

Con la luz podemos orientarnos, ver los caminos y las metas. Pero la luz no puede ahuyentar las tinieblas y la oscuridad de manera permanente. La luz del sol nos quita la oscuridad sólo unas horas. La luz que necesitamos para entendernos a nosotros mismos, para entender nuestro corazón y para entender el porqué de lo que nos sucede, es de otro tipo. Necesitamos otra luz.
«Es poco que seas mi siervo […]: te hago luz de las naciones” (Is 49, 5-6). Luz de las naciones. La poesía con la que habla Dios es realmente bella. Somos luz de las naciones. En este mundo de hoy, en el que parece que la oscuridad avanza atrapándolo todo a su paso, en el que vemos el horror que está sucediendo en tantos países con esa guerra en la que con tanta crudeza se asesina, descuartiza, crucifica. Vemos oleadas de personas buscando ser refugiados por otros países porque el suyo está devastándose, porque están en un continuo peligro de muerte. Tanto dolor. Tanta oscuridad. A veces parece que la oscuridad va venciendo, va inundando todo.

¿Dónde está la luz que pueda iluminar a esas naciones? Un poco más al oeste de esa guerra cruenta en la que estoy pensando, nos encontramos una Europa que adolece de vejez, cansada, desdibujada y con las raíces enmohecidas. Una Europa que pretende contentar a todos hasta tal punto que desvirtúa los conceptos de respeto, libertad, solidaridad, verdad; ya no buscamos la verdad sino que hemos decidido que las cosas son como a nosotros nos parezca que son. Y las cosas son como son: la fuerza de la gravedad actúa independientemente de que yo quiera, o no, creer que lo va a hacer y me parezca mejor o peor que lo haga. Pero hemos cambiado todo porque hemos confundido respeto con que todo valga. Y así, hemos dejado de luchar, hemos dejado de defender principios que ya no tenemos, hemos perdido la identidad. Nos estamos desdibujando, nos está engullendo la oscuridad. ¿Dónde está la luz para iluminar a estas naciones nuestras?

¿Dónde está la luz en este mundo que parece haber enloquecido? Y leo a Isaías: “te hago luz de las naciones”. Lo leo mil y una veces: “Te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la Tierra”. Esa luz que el mundo de hoy necesita de forma urgente y vital, eres tú. Esa luz, soy yo. Nos ha hecho luz de las naciones. Y todas las lecturas de hoy dicen cómo ser luz de las naciones: Pablo y Juan el Bautista, señalan a Jesús y dicen “Es Él”. Juan el Bautista lo señala: “Este es el Cordero de Dios. […]. Ese es aquel de quien yo dije […]. Yo lo he visto y he dado testimonio” (Jn 1, 29-34)

A Juan el Bautista le seguía la gente buscando una formalización de su conversión, de su reconocimiento de su pecado y su deseo de vivir más en consonancia con Dios, pero cuando él puede darles todo, es precisamente cuando se quita de en medio y señala a Jesús: “Es Él”. Y Juan se convierte en luz de las naciones.

Somos lunas. Lunas gordotas que reflejan la luz de Cristo. No es nuestra luz la que tiene que brillar –la luna es un pedrusco de polvo: no tiene luz propia-, sino la Suya. En medio de la noche, la luna llena puede iluminar tanto que se puedan ver hasta las sombras de las cosas. El campo en luna llena es un espectáculo de luz. La luna llena ilumina con la luz del Sol y nosotros somos lunas. Nuestra vida debe consistir en gritar al mundo: “¡Es Él! La Paz, el Camino, la Inclusión de todos, la Verdad, el Perdón, es Él. Y la Salvación llegará hasta los confines de la Tierra”.

Podemos ser lunas llenas, pero podemos ser también lunas nuevas, que están ahí, pero no iluminan absolutamente nada. Depende de lo cerca que estemos de Dios. Me gusta pensar que estoy en cuarto creciente. En todo caso, quiero ser luna llena: es mi misión, mi gran honor, el regalo que Dios me hace: ser luz de las naciones.

Alepo ha sufrido horrores, situaciones terribles. Durante los algo más de dos años que Quaragosh ha estado ocupada por DAESH, han sido asesinados prácticamente la totalidad de los cristianos que había. Una de las comunidades cristianas más antiguas de la historia ha sido masacrada. Pero el día de nochebuena recibí una imagen impresionante: sobre los escombros de la nave central de la catedral de Alepo, habían levantado un portal de Belén. Una gran luz para iluminar a las naciones. Al día siguiente, se celebró allí, entre esos mismos escombros, la misa de Navidad. Me enviaron un vídeo en el que se estaba cantando el Gloria y entendí que no es todo oscuro, que hay luz, mucha luz, muchísimas almas que son luz de las naciones. Y que Dios vence. Aquellos supervivientes salieron de sus casas, montaron un belén con ramas sobre una montaña de escombros y cantaron el Gloria al raso, pero lo que estaban haciendo era gritarnos “¡Es Él!”. Y Él vence.

Tú, con tus ramas sobre tu montón de escombros particular, también eres luz de las naciones. Haz con ellas un Belén, un dedo que señale a Cristo y les diga a los demás “¡Es Él”»

Caminar en la luz, creer en Jesús y seguirle. He ahí tres maneras distintas de decir lo mismo. Es siguiendo a Jesús, en la Iglesia donde tendremos la luz de la vida. Pegados al que es la Luz quedaremos transformados en luz para otros.

En esta línea el papa Francisco en su primera encíclica nos ha presentado la fe como una luz que nos hace ver más. ¡Lejos de entender la fe como fe ciega! No, la fe es luminosa, nos hace ver que la luz de la fe viene de Dios y esta tiene la capacidad de iluminar toda nuestra existencia.

El que se ha dejado iluminar por Jesús, puede entonces ser también luz para los demás. Santa Teresa de Calcuta, cuando descubrió “la llamada dentro de su llamada” para servir a Cristo en los pobres más pobres y así saciar la sed de Jesús, cuenta que ante la oscuridad de los lugares de la pobreza más radical de Calcuta escuchaba la voz de Jesús que le decía: Ven, se mi luz.

También nosotros estamos llamados a ser la luz de Jesús. ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Para quién? Tenemos que ponernos delante de Dios y delante de nuestra propia vida para poder responder con sinceridad y con seriedad a estas preguntas y ponernos, iluminados por Jesús, a su disposición para ser luz en medio del mundo. Ese es el deseo de Jesús: vosotros sois la luz del mundo… brille así vuestra luz ante los hombres (Mt 5, 15-16).

Pidamos a María, que como la luna refleja la luz del Sol, nos transforme a nosotros en auténticos testigos de la luz.

 

 

 

 

LO QUE DIOS QUIERE

Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Mateo (3,13-17) 8 de enero de 2017

Hoy, fiesta del Bautismo del Señor, con la que terminamos la Navidad, recordamos también nuestro propio bautismo. Ese Dios nos hizo sus hijos. En el Hijo de Dios hecho carne nosotros hemos sido hechos “hijos en el Hijo.” Sería mucho más “cómodo” que Dios fuera nuestro vecino. Le visitamos un rato, merendamos en su casa y luego nos vamos a la nuestra, cerrando bien la puerta al llegar. Así, tristemente, vivimos a veces nuestro bautismo. Como hijos emancipados, es más, como completos desconocedores de Dios. Le visitamos un rato al día, a veces semanalmente y en ocasiones ni eso, y nos olvidamos de Él. Queremos que Dios se quede en su casa y nosotros en la nuestra.

Pero como dice un dicho español: “Cada uno en su casa y Dios en la de todos.” Dios es Padre, y nosotros somos hijos. Somos amados y predilectos de Dios. No podemos pretender que Dios se desentienda de nosotros, ni nosotros alejarnos de Él. “Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones.” Así es Dios con nosotros.

Bautismo significa inmersión. Se sumergían en el Jordán pidiendo a Dios la limpieza de sus pecados. ¿Qué pinta Cristo sumergiéndose para pedir la limpieza de qué, el perdón de qué? Es francamente surrealista. Parece contradictorio y en cambio nada es más consistente. Cuando Dios adquiere condición humana, la adquiere con todas sus consecuencias y, aunque en Él no pudiera existir el pecado, evidentemente, sufre los rigores de la ruptura con Dios que hizo la humanidad: muere, va a morir. Asume en sí todo, igual que nosotros, y asume también las consecuencias terribles de ser hombre tal como somos nosotros. Y lo hace para restaurar esa relación entre el hombre y Dios, en la que pudiéramos unirnos eliminando las consecuencias de aquel pecado que dio origen a nuestra condición actual. Al hacerse hombre, como nosotros, nos hace a nosotros divinos, como Él: nos lleva a Él, nos permite unirnos a Él. Reinaugura el Paraíso.

Cuando Jesús se va a bautizar y Juan le ve, le dice ese “¿qué haces tú aquí?” que vendríamos a decirle todos, y la respuesta de Jesús es: “Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”. Él nos enseña qué hay que hacer y lo hace, siendo ejemplo para nosotros. A Él no le hacía falta bautizarse, pero a nosotros sí nos hacía falta que Él lo hiciera: nos da ejemplo de qué hacer, de cómo vivir y, sobre todo, de la importancia que tiene el bautismo, en el que se restaura esa cercanía intima de la persona con Dios ya que rescinde las consecuencias finales del pecado que dio origen a nuestra situación de vida sin Dios y nos permite ser hijos.

Se abrió el Cielo: “Este es mi Hijo, el Amado, mi Predilecto”. Eso mismo dice Dios de nosotros al bautizarnos, en eso consiste el bautismo, en la restauración de la unión con Dios de tal manera que, unidos a Cristo, al fin puede decir de nosotros: “este es mi hijo, el amado, el predilecto”. Dios no ha parado de ingeniar formas de llevarnos a Él, de acercarse a nosotros, y se acerca con la esperanza puesta en que le respondamos que sí. Nunca va a forzar esa respuesta nuestra y respetará la que le demos, podemos decir que no, podemos elegir no querer ser sus hijos, pero siempre nos va a dar la oportunidad de decirle que sí, siempre va a perseguirnos en una amorosa persecución para que nos dejemos llamar hijos. Nada anhela tanto.

Pero hoy me quedo con esa respuesta de Cristo a Juan: “Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere”. En muchas ocasiones nos puede parecer absurdo lo que Dios hace, dice, pide o da. Por lo general, además, en esta miopía nuestra del alma, suele parecernos que Dios pide, nada más. Mi experiencia me ha demostrado que Dios siempre da, que sólo da: cuando te pide algo es porque te lo va a dar. Si te pide paciencia es porque la paciencia te hace más feliz y te promete que Él te dará lo que necesitas para vencer tu ímpetu y ser paciente. Siempre da. Y el bautismo, como todos los sacramentos, es Dios dándose.

Cuando Cristo se acerca al Jordán y se bautiza –mayor acto de humildad de la historia-, recibe del Padre esa voz: “Tú eres mi Hijo”. Todos los allí presentes ven la declaración de Dios a Jesús de Nazaret llamándolo “hijo”. El día de tu bautizo no consistió en que un dios caprichoso al que le gusta que la gente se moje de agua y humillarlos haciendo que todos los vean como alejados de un Dios al quien tienen que pedir perdón por algo que no hicieron, estuviera pidiendo que te bautizaran como un antojo sin sentido. No. Dios no es caprichoso, no le gusta que se vea el pecado de nadie, no te considera manchado ni te repudia por nada de lo que hayas o no hecho, no considera que tú seas indigno de Él –tan poco lo considera, que se hizo una persona igual que tú-. Cuando Dios pide que te bautices, lo que está pidiendo es que le dejes decir de ti: “Este es mi hijo”. Y como no puede obligar a nadie a ser hijo suyo, a quererlo o a restaurar la unión con Él que existía antes de que los hombres nos rebeláramos contra Él y nos cargáramos el Paraíso, crea un medio para que, quien quiera, se adscriba a ello, para entrar en quien le quiera dejar entrar: el bautismo. Y así, quien no quiere entrar, no está obligado a hacerlo.

A veces no entiendo lo que Dios quiere, a veces no comprendo eso de “La Ley”, a veces no conozco los motivos ni la utilidad, a veces me pueden parecer extrañas las cosas que aparecen entre Sus enseñanzas, o el hecho de celebrar un rito –el del bautismo, o el del matrimonio, o el de la confesión-, pero son instrumentos que Dios ha creado y lo ha hecho por algo, para algo, y ese “algo” va encaminado únicamente a que podamos ser llamados “hijos” por Él. Nada hay de caprichoso ni de arbitrario en Dios. Él no da puntada sin hilo. Deberíamos confiar. A veces, esa respuesta de “porque es lo que Dios quiere que haga”, nos debería valer, le deberíamos dar más crédito, más relevancia. Eso es confiar. Eso es reconocerse humilde y saber que Papá sabe lo que hace y que siempre es por algo y por algo bueno para nosotros, además.

Dios nos da instrumentos para que podamos volver a Él y Él mismo se hace hombre para enseñárnoslo y hacernos ver la importancia de ellos y que están encaminados hacia nuestra felicidad. No se abrió el Cielo y una voz dijo “No, tú no, hijo mío, a ti no te hace falta”, sino que, reunida toda la humanidad en la persona de Cristo, presentándose Él por cada uno de nosotros ante Dios, del cielo dice esa voz “Este es mi hijo” para poder decírnoslo a nosotros también. ¿Y cuándo?, ¿Cuándo lo podrá decir de nosotros también? Cuando hagamos lo que Cristo hace: utilizar los medios que Él nos da: bautizarnos. Él lo hizo para abrir el Cielo y llamarlo Hijo y que nosotros supiéramos que, si queríamos, el Cielo se abriría y esa voz nos llamaría hijos a nosotros. 

Es Dios quien ha establecido los sacramentos y cómo obtenerlos. No nos inventemos fórmulas nuevas fuera de ellas o estaremos intentando cruzar un muro atravesando la pared cuando tenemos una enorme puerta abierta al lado. Dios creó la confesión a través de un sacerdote porque el pecado es también causa de dolor y agravio hacia otras personas, no algo sólo entre Dios y uno mismo, y porque cuenta con nosotros y quiere que seamos conscientes de que nosotros somos Sus manos y actuará a través de ellas en lo que se las dejemos, y eso dejando aparte otras connotaciones teológicas. Así que, por muy cómodo que nos parezca eso de confesarnos con Dios directamente, o por muy vergonzoso que creamos que es decirle a otro las cosas que hemos hecho mal (y que el otro va a olvidar tal cual las oye), fue Cristo quien instituyó los sacramentos, quien montó la confesión como la forma de acceder al perdón de nuestras ofensas a Él, y esa es la manera de acceder al perdón de Dios y a la fuerza –Gracia- para vencer esas faltas de amor. Pero, como todo con Dios, es una elección: ¿quieres o no quieres?

A veces lo que creemos es que Dios sea como a nosotros nos cuadra, pero Dios es Dios y no es lo que a nosotros nos parece que debería ser sino como es. La búsqueda de la verdad consiste en aceptar que las cosas no tienen por qué ser como yo quiero o a mí me parece que son, sino que serán como son realmente y nada más. Lo otro es la búsqueda de uno mismo.

Hoy es día para recapitular todos nuestros ratos de oración ante el Belén. Hoy es día de dar gracias a Dios por todo y, especialmente, por el bautismo. Hoy es día de contemplar a Jesús y decir, con Juan Bautista: “es Él, el que esperábamos, en el que se cumplen todas las promesas de Dios, en el que se cumple nuestra esperanza.” Por muy grande, hermosa, bien decorada y cómoda que nos parezca “nuestra casa” es una chabola de cartones comparada con la morada que Dios nos ha preparado. Y no sólo para la vida eterna. Hoy, ahora, desde el mismo instante de tu bautismo, puedes decir: Soy hijo de Dios” y llamarle Padre. ¿Puede haber algo más gozoso? No sé por qué nos empeñamos en alejarnos de Dios, como adolescentes en la edad del pavo. Como si Dios se gozase en molestarnos y amargarnos la vida, cuando es todo lo contrario. Dios, nuestro Padre, está deseoso de que seamos felices, que disfrutemos de la vida, que sintamos la libertad de vivir como hijos de Dios, superando la esclavitud del pecado.

Al tener a Dios como Padre tenemos a la Virgen como Madre. Ella es la que arregla la casa de nuestra vida y nos hace sentirnos realmente cómodos. No queramos irnos a casa extraña y disfrutemos de nuestra casa, que es la Santa Iglesia.

 



MIRAR ADENTRO

Los pastores en Belén. Lucas (2,16-21). 31 de diciembre de 2016.


A punto de iniciar 2017, se proyecta en nuestra memoria, como si de una película se tratara, lo que han podido ser los meses de este año que se apaga y los deseos que quisiéramos ver cumplidos para este otro, a punto de clarear. Comenzamos un nuevo año y después del bullicio y aturdimiento de las fiestas, puede ser el momento idóneo para proyectar nuestra mirada hacia el nuevo año que mañana estrenaremos. Y esto es lo que María hace en su comentario a las lecturas de este primer domingo del año.

«Mirar atrás o hacia adelante. Eso es lo que se hace hoy: echar una ojeada al año que acaba y pensar en los proyectos para el año que empieza. Aunque no siempre se hacen ambos pasos con la misma intensidad; de hecho, no siempre se hacen. Se mira atrás para saber en qué punto estamos y por qué estamos ahí. Recordamos risas y las revivimos provocándonos más risas. Rememoramos penas y puede que aún las sintamos: si son cicatrices, nos arrancarán la sonrisa de haberlasvencido y de lo aprendido en ellas; si son aún heridas abiertas, será echar alcohol: necesario y bueno, pero doloroso. Hoy es el día en el que abrimos nuestro corazón a nosotros mismos y nos mostramos lo que hay en él.

El evangelio de mañana, domingo y Año nuevo, nos habla de que, al aparecer los pastores a adorar al niño y contar que les habían avisado los ángeles, “María guardaba todas esas cosas en su corazón, meditándolas en su interior”. Me encanta eso. Las cosas que nos exceden, que son tan excelsas que no se pueden digerir, se guardan en el corazón y se van sacando poco a poco para ir degustándolas y comprendiéndolas. Hay momentos de mi vida de los que guardo el recuerdo tan vivo que hasta sé cómo huelen o los colores de aquel día. Cada cual guardamos en nuestro corazón cosas diferentes. Hay un trozo sagrado en todos los corazones, uno en el que escondemos lo que nos queda de niño, de candidez, de inocencia y de asombro, en el que guardamos los cariños de nuestros abuelos, en el que sigue gestándose el hijo que no llegó a nacer, el de las cosas bellas, el de las victorias del alma, el pequeño rincón en el que cabe todo lo excelso.

Podemos dejar vacío ese trozo de corazón. No es tan difícil hacerlo. Sólo hay que subir el volumen de la música, sólo hay que abrir la tablet, sólo hay que poner la tele. Haz ruido, llena todo de ruido a tu alrededor y así podrás dejar de oírte a ti. El ruido es lo único que no cabe en el rincón de las cosas sagradas. Cabe la música, pero no el ruido. Rodéate de ruido, vive deprisa, no pares, no pienses, no sientas, no sueñes. Sólo vive, deprisa, muy deprisa, sin freno, sin silencios, sin demoras, sin esperar a nadie. ¡Corre! ¡Corre hacia adonde sea! ¡Corre mucho! Y huirás de ti. No es tan difícil lograr que nada entre en ese trozo de corazón.

María guardaba las cosas en su interior. ¿Qué guarda tu corazón este año? ¿De qué lo has llenado? Yo hay cosas que he metido dentro y que no son respuestas sino preguntas abiertas para las que aún no he encontrado solución. He metido miedos que voy mirando poco a poco para que se hagan chiquititos y poder enfrentarlos. He metido fracasos y algunas victorias. He vuelto a meter luchas y he sacado aquellas armas que guardé hace diez años y de las que llegué a pensar que no tendría que utilizar todas a la vez nunca más. La parte mía sagrada guarda los pilares firmes que me mantienen en pie en medio del huracán. La parte en la que habitan las cosas “en proceso”, las que están “meditándose” con el tiempo, contiene unos cuantos interrogantes que están a la espera. A veces, lo importante no es preguntarse qué he hecho y qué quiero hacer sino bajar la música, cerrar la tablet, hacer silencio y abrir el corazón con la emoción y cuidado con el que los niños abren su caja de música –o caja de secretitos, que la llamábamos entonces-. Abrir primero el rincón de las cosas sagradas: recordar y fortalecer nuestros anclajes, atisbar a Dios en nuestra cotidianidad, recibir el calor de Él que albergamos en la parte pura de nosotros en la que Él reside. Después, abrir la caja de cosas en proceso: saca sólo aquello que puedas mirar sin hacerte daño, poco a poco, y ve iluminándolo con lo que has visto en el rinconcito de antes, en ese en el que Dios habita. Eso hacía María, guardar las cosas, dejar que la calaran, sin miedo a ellas, sin permitir que la sobrepasaran o que la resbalasen.

La primera lectura de mañana, con la que abriremos el año, es la fórmula de la bendición que Dios le da a Moisés para que bendigan con ella a sus hijos:


“El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti
y te conceda su favor.
El Señor te muestre tu rostro
y te conceda la paz”

Es bellísima. Encierra todo. El Señor te bendigay te proteja, ilumine Su rostro sobre tiy te conceda su favor. Esta primera parte habla de Él: que Él ilumine su rostro sobre ti: hablamos de Su luz, no la tuya, de Su rostro, aquel del que emana la fuerza, la belleza, la Vida. Y de que todo eso recaiga sobre ti.

La segunda parte habla de nosotros. “El Señor te muestre tu rostro”. Esta vez no es el Suyo, cálido y acogedor, el que se posa sobre nosotros, sino que pide que Él nos muestre a nosotros mismos nuestro propio rosto. Sí, ese que intentamos no ver a base de subir el volumen de la música, ese al que a veces no queremos mirar, esa parte donde están los interrogantes sin respuesta y también esa en la que habitan las cosas sagradas. Tu rostro. El de nadie más. El tuyo. “El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz”. Y te conceda la paz.

Si le pedimos a Dios que nos muestre nuestro propio rostro, el nuestro, de verdad, como lo ve Él, iluminado bajo la luz del Suyo –ilumine tu rostro sobre ti. El Señor te muestre tu rosto-, nos concederá la paz. A veces creemos que si Dios nos tuviera que mirar, nos recriminaría cosas, nos mostraría lagunas, errores, prácticas no ortodoxas, incoherencias. Y las tenemos. ¡Es cierto, claro que sí! Pero esas te las muestras tú. No son las cosas que ve Dios cuando te mira. No. La mano que te acusa es la tuya; la de Dios, no.

Una vez miré mi vida y me sangró el alma. Llevaba más de diez años sin poder mirar atrás y mi vida era un enorme puzle de infinitas piezas, todas negras y todas pequeñas, que yo era incapaz de encajar. Le conté a Cristo mi vida. Se la conté yo, la que yo veía, como yo la veía. Y lo que vi no era bonito. Se me levantó todo el caos en que se había ido convirtiendo mi mente y mi existencia a partes iguales. Le mostré dolor porque yo sólo veía dolor. Me estaba viendo con mis ojos, bajo mi luz: sólo veía oscuridad.

Después le pedí a Él que me contara mi vida, que me lo dijese Él, que me contase Sus recuerdos de mí, lo que Él tenía sobre mí en Su Corazón. Y me contó una historia que es verdad, llena de hechos reales que tenía sepultados en mi memoria. Iluminó Su rostro sobre mí y me mostró mi rostro. Sólo veía de mí las cosas bellas. No veía mi destrucción sino que no había dejado nunca de luchar. No veía mi rebeldía sino que siempre le había buscado. No veía mis piezas negras, no estaban, no existían. Sólo veía de mí aquello en lo que Él se reflejaba. Y era cierto. Todo eso estaba en mí. Hasta entonces no lo había entendido.
Cuando Dios ilumina Su rostro sobre ti y te muestra tu propio rostro, siempre te concede la paz.

El dedo que acusa es tuyo: para Dios tú eres la niña de sus ojos, para Dios tú eres sólo la belleza que encierras.

Abre tu caja –aunque creas que es la caja de Pandora- sin miedo y cuéntale qué hay en ella. Después pídele que te cuente quién eres y qué has hecho en tu vida. Pídele que te muestre tu rostro. A partir de ese momento, te querrás más, mucho más, y mucho mejor.»

Gracias María, es el momento de abrir nuestra caja y mirar adentro, es el momento de enmendar los errores y despropósitos que hemos tenido en el año que termina. Santa María, Madre de Dios, es un buen pórtico por el que podemos entrar y ver con más claridad los caminos que hemos de elegir a la hora de hacernos con esos buenos propósitos para el nuevo año. Ella, nos invita en estos aledaños del nuevo año y en la agonía del viejo a dejar aquello que nos ha producido ansiedad, agobio y desesperanza, tristeza o mediocridad, frialdad y apatía. Este año podrá ser más llevadero y soportable si lo hacemos cogidos de la mano de Dios; atentos a la vida y arropados con las Palabras de Jesús. Ella nos dice una vez más : Haced lo que Él os diga.

 

 

 

SERÉ MAÑANA, VENDRÉ MAÑANA

El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Juan (1, 1-18).  24 de diciembre  de 2016.


Ayer terminábamos las Antífonas “Mayores” de la O, Septenario de preparación a la Natividad del Señor: en ellas se ve el llamamiento que la Esposa (Iglesia) hace al Esposo (Cristo), y lo hace a voz en grito para que Éste adelante su Parusía: El Espíritu y la Esposa dicen: Ven, Señor,... Sí, yo vengo pronto. Amén. (cf. Ap 22, 20). 17-XII: Sapientia (Eclo 24,3; Jn 1). 18-XII: Adonai (Ex 6, 2-3). 19-XII: Radix Iesse (Is 11, 19; Rm 15,12). 20-XII: Clavis David (Is 22, 22; Ap 3,7) . 21-XII: Oriens (Za 6, 12; Lc 1, 78-79). 22-XII: Rexgentium, (Ag 2,8). 23-XII: Emmanuel (Is 7, 14; 8,8).Leídas en sentido inverso las iniciales latinas de la primera palabra se ve el acróstico "ERO CRAS" que significa "seré mañana, vendré mañana".

Pues ya llega ese mañana, hoy es Nochebuena y será mañana Navidad. ¡Ya está aquí! ¡Ya está aquí! Aún cuando lo esperamos, Dios siempre llega de improviso. A pesar de que lo celebramos cada año, Dios es maestro en el arte de sorprendernos siempre. A mí también me ha sorprendido Dios este año con su llegada repentina. Hubiera deseado estar más preparado, hubiera deseado un Adviento perfecto y que esta noche me encontrase con las mejores galas... ¿Llegamos al día 25, en oración profunda, con los ojos clavados en el Vientre de María? Ella llama a nuestras puertas sin importarle que dentro haya pobreza o riqueza, concordia o discordia, salud o enfermedad... Tiene prisa por dar a luz y no se parará en distinciones. Hemos de estar atentos a esa llamada, permanecer en oración, y, cuando llegue la noche, detenernos todos por un instante, en silencio, ante el Belén... Ya viene.

Hay que darse prisa... No, no me entiendas mal. Ya sé que no has parado ni un minuto: compras, llamadas, felicitaciones navideñas, limpieza general de la casa para que esté presentable cuando venga la familia, el árbol, el belén, la estrellita, los detalles de última hora... El teléfono no para de sonar, y así no hay modo de preparar nada. ¡La cantidad de cosas que aún quedan por hacer! Mira: no digo que lo estés haciendo mal. Todo tu esfuerzo y tus preparativos están muy bien. Pero ten cuidado, no vayas a terminar por creerte que la Navidad la tienes que hacer tú; no vayas a encarar la Navidad como un reto, como un desafío a tu capacidad de organización o como una cuestión de "protocolo familiar". Cuando los hombres queremos fabricar la Navidad, el engendro que resulta se llama Papá Noel: he ahí nuestro máximo logro... ¡Una pena! Todo queda reducido a un encuentro familiar y a unos regalos colgados de un árbol. Quizá te parezca que eso ya es mucho, pero -no te ofendas- eso no es Navidad; es una obra humana. Bonita, tierna, maravillosa si quieres, pero humana. La Navidad es obra de Dios.

Tú ya has hecho tus preparativos. Perfecto. También San José tenía sus planes Pero, llegado este momento, es hora de que Dios actúe. Sólo Él puede hacer la Navidad, porque ni tú ni yo podemos poner, en nuestro Belén, al verdadero Hijo de Dios. Por lo tanto... ¡silencio! Es tiempo de oración, es tiempo de abrir las puertas del alma ante la llamada de María, para que Dios entre y llene la casa; es tiempo de hacer una buena confesión, porque, aunque tus invitados encuentren la casa limpia y ordenada, el Niño quiere entrar en tu alma y tu alma -quizá- no está tan limpia ni tan presentable. Quizá con tantas ocupaciones y preparativos, no le has dejado tiempo a Dios para que actúe. Por eso, es muy importante que hoy te entregues a la oración durante un buen rato; que te detengas -no te preocupes si quedan cosas por hacer, no importa-, te recojas, guardes silencio y claves tus ojos en María, la fuente humana de la Navidad. Desconecta los teléfonos, apaga el televisor y siéntate delante del Belén. Allí puedes rezar, con tu familia, el Santo Rosario, o leer algunos pasajes del evangelio... Pero también, mirando a nuestro alrededor con un corazón cristiano de verdad, descubriremos muchas pobrezas: unas, fruto de nuestra propia injusticia; otras, fruto de la debilidad, de las dificultades de comunicación y relación que todos padecemos: niños sin familia, ancianos solitarios, enfermos desatendidos, mujeres maltratadas o explotadas, vagabundos. Cada uno verá qué puede y que tiene qué hacer ante este panorama para no ser cómplice de tanto dolor y empujar hacia una situación mejor. Cáritas nos ofrece la posibilidad de contribuir a una ayuda organizada, permanente, efectiva. De nosotros depende que llegue a nuestros hermanos indigentes y sufrientes la caricia consoladora del amor de Dios hecho amor de hermanos. Abramos las puertas de nuestros corazones al amor y la bondad de Dios para abrir también las puertas de la sociedad y de la vida a tantos hermanos nuestros que nos miran con ojos tristes desde las afueras de la pobreza, de la necesidad, del sufrimiento. Dios estará con nosotros. Seremos más felices. El mundo será más hermoso y más feliz.

Y tú María, ¿cómo vives estos días de preparación a la Navidad?

«Desde niños vemos el Belén, sabemos que Jesús nació en una cueva que servía de establo para el ganado, a las afueras de una aldeucha, que fue envuelto en pañales, que le acomodaron sobre unas pajas… Es algo tan familiar que a veces no nos damos cuenta del trasfondo de esa situación. Además, poner el Belén es algo tremendamente divertido y tierno, tanto que la dureza de la situación se convierte en algo bellísimo. Y es verdad eso: Dios convierte toda situación en algo bellísimo y lo rodea de esas luces ocres y cálidas que también colocamos como iluminación a nuestro Belén de marmolina. Pero hoy miro ese Belén y esa situación y me hace pensar mucho.

María y José habrían preparado todas las cosas para que Jesús naciera rodeado de todas las atenciones, de sus abuelos, tíos, primos, amigos. Ni me imagino la belleza de cuna que debió labrarle san José siendo carpintero y elegido para hacer las veces de padre de Dios en la Tierra. Imagino la ropa preparada, las sábanas planchadas y suaves, la delicadeza y amor con la que prepararon todo. Todos los padres lo hacemos: ni me imagino ellos. Y en cambio Dios decide que no, que no nacerá así, que nacerá sin nada. Jesús nació en mitad de un viaje, de repente, como si no tuviera que haber nacido allí. Eligió un comedero de ovejas como cuna, una aldeucha pequeña de una zona pobre, el frío de la noche y el hambre y el cansancio propio de los viajes a destiempo. Nace despojado de todo. Pero hay algo a lo que no quiere renunciar y Dios no da puntada sin hilo: lo único que tiene es a sus padres. No nace sin ellos.

Nacer sin madre viene a ser difícil, pero podría haber prescindido del padre y en cambio, cuán grande será la necesidad y grandiosidad de un padre que Dios quiso tener uno. Estaban sus padres: lo demás no tenía ninguna importancia.

Miro a tantos niños de hoy. Miro a Siria, no puedo evitarlo. Llevo mirando a Siria desde hace cinco años, cuando empezaron a crucificar a niños y a adultos y sólo salía en redes sociales porque occidente hacía un vergonzoso y culpable silencio. Silencio que sigue haciendo pese a lo clamoroso de la situación. Miro a tantos países, a tantos lugares donde nacen niños así, a destiempo, como si no hubieran tenido que nacer en ese momento ni en ese lugar, desasistidos de todo, incluso carentes de padres. Padres a los que han matado, padres que se han ido, padres que no existen, padres que les han vendido a mafias, incluso. Y resuena en mí: “porque tuve hambre y me disteis de comer”. Resuena en mí “lo que hagáis con cualquiera de estos, mis pequeños, a Mí me lo hacéis”. Los miro y veo a Jesús. Pero no lo veo en un Belén cálido y bello como el que hay en mi salón, sino en el Belén duro en el que Él nació.

Hoy es Nochebuena. Y dirijo mi mirada hacía mis padres. Son mi José y mi María. El José y la María que Dios eligió para mí. He tenido la suerte de tener unos padres que me han enseñado con su ejemplo que el amor es posible, tanto en mi cuna labrada con esmero de Nazareth como en el montón de paja de mi Belén particular.

Nochebuena siempre ha sido la gran fiesta de mi familia. No es que nos haya reunido a todos –y somos muchos- alrededor de la mesa de mis abuelos, es que nos ha juntado. No es lo mismo reunir que juntar. Nochebuena nos junta. Nochebuena es el lugar donde nos hacemos un poco Niño Jesús y contamos sólo con nuestros padres, nuestros abuelos, nuestros hermanos, nuestros primos… nuestra familia –nada menos-. Mi abuela me dijo una vez: “Parí mi último hijo en la madrugada de Nochebuena, os he juntado siempre en Nochebuena y quiero morir en Nochebuena”. Mi abuela, a sus cien años cumplidos, murió la mañana de una Nochebuena que para mí fue luminosa como pocas. Y nos unió de nuevo alrededor de un Niño Jesús que nacía en la Tierra el día que ella nacía en el Cielo. Una Nochebuena con dos partos.

Esta noche estaremos con mi suegro, su mujer, mis cuñados. Es Dios tan grande que, además de a nuestros padres y familia sanguínea, nos regala otros padres, otros hermanos, otro hogar donde encontrar la fuerza y el calor que hacen de Belén el lugar más bello y cómodo del mundo. Mañana, comeré con mis padres.

No os reunáis esta noche, no os sentéis en una silla que está al lado de la silla de otro. Esta noche, juntaos, uníos, sed conscientes de que los padres es lo único de lo que Dios no quiso prescindir y mirad a los vuestros, deteneos en esa mirada.

Esta noche, en la intimidad y el silencio, nace Dios. A destiempo, como tantos niños, como si no debiera haber nacido allí, como tantos niños, con frío, con hambre y para ser, dentro de unos días, terriblemente perseguido, como tantos niños de hoy. No apartemos los ojos y el corazón de esos niños para mirar a un tío vestido de rojo que trae un iphone. Saca ese teléfono que tienes en el bolsillo y marca www.hogardenazaret.es, busca en google “cáritas internacional” y en facebook “Comedor Virgen del Prado Lima (Perú)”. Deja que resuene en ti “porque tuve hambre y me disteis de comer”. Esta noche, sé pastor que encienda un fuego que alumbre y caliente a Jesús: un Dios que quiso prescindir de todo menos de una madre, un padre y un grupo de desconocidos que le amaron compartiendo con Él su pobreza y su cariño.»

Feliz Navidad para todos.

 

 

 

CUMPLIENDO PROMESAS

El sueño de José.  Mateo (1,18-24).  18 de diciembre  de 2016.

Hoy encendemos la última vela de la corona de Adviento. Nos quedan unos pocos días para celebrar la Navidad. ¡Nadie lo diría!. Desde hace muchas semanas estamos viendo belenes (cada vez menos), adornos o similares (cada vez más), villancicos, ofertas de viaje y miles y miles de anuncios con Papa Noel de protagonista. Cada año la Navidad es más larga y el Adviento más corto. Sin embargo, quedan seis días de Adviento para preparar la venida del Señor.

“En aquellos días, el Señor habló a Acaz: -«Pide una señal al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo.» Respondió Acaz: – «No la pido, no quiero tentar al Señor.» Entonces dijo Dios: – «Escucha, casa de David: ¿No os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal.” El pobre Acaz que no quiere molestar y Dios decide molestarse. Seguro que tú y yo, en el lugar de Acaz, hubiéramos pedido alguna señal chorra: “Que gire el sol alrededor de la luna, que nos toque la lotería, que se enamore de nosotros el/la (según los casos) más hermoso/a del mundo, que nos hiciéramos famosos,….” cualquier tontería de esas. Pero cuando Dios hace las cosas por su cuenta las hace muy bien. Quedan unos pocos días para que celebremos el Misterio de la Navidad. No sé qué dirá la RAE pero es un Misterio con mayúsculas. Dios en su infinita liberalidad ha querido encarnarse de las entrañas purísimas de una Virgen y ha querido contar con la participación de los hombres. De ello nos habla hoy María en su comentario.

«En el libro de Isaías, Dios hace una promesa a Acaz: “la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros”. En el Evangelio se cumple esa promesa con exactitud. El Antiguo Testamento es la búsqueda que Dios emprende para encontrarse con el hombre y cómo va preparándonos para ese encuentro y esa unión. Por eso el Antiguo Testamento está lleno de promesas de Dios: son avisos de Su llegada y de cómo se restaurará la unión con Él para quien quiera tenerla.

A la Virgen le pidió permiso para que ella le concibiera. Eso lleva implícita la promesa de que Él iría arreglando los problemas que se encontrase en el camino. No la exentó de problemas, pero sí se los fue solucionando. El primer problema es cómo decirle a tu prometido que estás embarazada cuando él sabe perfectamente que suyo no puede ser. Pero la Virgen no se amedrenta, no se angustia, no se plantea mundos horribles ante lo que iba a ser su abandono (y en aquel momento y aquella sociedad, ese repudio terminaba con una). No, no duda, no sufre ante una situación ciertamente comprometida: sabe que José es justo y, sobre todo, sabe que Dios lo arreglará.

Dios también nos hace promesas a nosotros. Nos promete restaurar su unión con nosotros, nos promete que estará en nuestra vida cotidiana siempre que queramos que esté, nos promete no rendirse y creer en nosotros aunque nosotros decidamos no creer en Él, incluso. Nos promete ser eternos con Él, nos promete abrazarnos, nos promete hacernos capaces de amar. Nos promete volver a unirse a nosotros. Nos promete un corazón como el Suyo. Nos promete que seremos felices. Eso sí, no exento de dificultades, no exento de peligros, no exento de dolores, pero dándonos las fuerzas para solventar esas dificultades, la valentía y la astucia para sortear los peligros y convirtiendo en algo bello y luminoso hasta nuestro dolor. Él no se exentó de dificultades, ni de peligros ni de dolores, pero triunfó. Y esa es Su promesa: que triunfará en nosotros, que viviremos con Él.

Dentro de una semana es Navidad. Celebramos el cumplimiento de esa promesa. Celebramos que Dios cumple todas sus promesas. Y su promesa, su gran promesa, la que reúne a todas las demás, es que está con nosotros. Implicado en nuestra vida. Divinizando todo nuestro ser. Siendo nuestro cómplice, nuestro mayor aliado. Sin excluirnos de situaciones “embarazosas” –nunca mejor dicho- que no quedan más remedio, pero dándonos las armas para luchar contra todo, ayudándonos en todo, allanándonos el camino (ese que deberíamos allanarle a Él por nuestra parte).

Dios cumple sus promesas, pero depende de nosotros aceptarlo y abrazarlo o no. Él nos va a buscar siempre, nos va a dar miles de oportunidades, nos va a llamar de todas las formas en las que se nos puede llamar, pero no nos va a obligar a decirle que sí. A María le pidió permiso: a nosotros, también. Hoy, a una semana de su nacimiento, nos pregunta: “¿quieres que sea Dios-contigo?, ¿quieres que entre en tu vida y en tu corazón? ¿Me quieres?” Y nuestra respuesta será respetada por Él. Eso sí, Él nunca dejará por eso de cumplir su eterna promesa: siempre nos querrá, siempre nos buscará para amarnos.

Toca responder.»

Tienes razón María, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Esa es la promesa de Dios. Piensas que esa enfermedad, ese revés, esa situación, incluso tu muerte, obstaculiza la salvación que Dios te ofrece. ¿No será más bien que en la debilidad se muestra la fortaleza y misericordia de Dios? Tal vez eran tus planes los que impedían o retrasaban tu encuentro con Cristo.

No nos pongamos excusas diciendo que si no estamos más cerca de Dios es que no tenemos salud, fortuna o amor. No, Dios está siempre cumpliendo sus promesas en nosotros, a cada uno nos toca acogerlas.

Qué haces ahí parado? ¡Date prisa, que ya está aquí! ¡Date prisa!... ¿Necesitas, todavía, una buena confesión de tus culpas? ¿No tendrás, todavía, que reconciliarte con alguien? ¡Mira que te queda poco tiempo! ¡Vamos, coge el teléfono y llama a esa persona con la que aún no estás en paz, para desearle unas felices Pascuas! ¡Que no te encuentre el Señor así!

La Virgen María tenía la certeza de que Dios siempre cumple sus promesas, aunque el modo sea misterioso y no lo entendamos. Por eso no pone excusas, sólo dice: ¡Hágase!. Confiemos nosotros igual, de su mano no hay dudas.

 

 

 

 

TENGO EL ALMA ALEGRE

¿Eres tu el que ha de venir… Mateo (11,2-11). 11 de diciembre  de 2016.

Tradicionalmente, a este tercer domingo de Adviento se le conoce como «dominica laetare» o «Gaudete». Ello se debe a que la liturgia se inicia con las palabras de San Pablo: « ¡Estad alegres en el Señor! Os lo repito: ¡Estad alegres!». No se trata de alegría superficial de las fiestas mundanas, tampoco se trata de algo pasajero, sino que se anuncia lo que debe ser un estado permanente para el cristiano que se sabe salvado por la gracia de Cristo. El mundo en que vivimos busca la alegría, pero no encuentra más que una alegría efímera, pasajera, la falsa alegría: la que nace del dinero, del alcohol, de la droga, del ruido, de la búsqueda de la comodidad y del placer... es la alegría superficial y vacía. Es la falsa alegría del mundo que quiere vivir de espaldas a Dios, como si Dios no existiera.

Nos encontramos con la tremenda contradicción de que precisamente en un mundo lleno de ruidos, de diversiones, de «marcha», hay mucha gente vacía, frustrada, amargada, triste, infeliz, desesperada... Hay una alegría «fisiológica», fabricada con alcohol, frivolidad, goces sensibles, olvidos y mentiras consentidas; es la de los borrachos, la de los tontos, la de los pandereteros de temporada y los papanoeles de risa floja. Si la has experimentado, sabrás que pronto llega y pronto pasa, dejando un poso de amargura en alma y cuerpo. No es ésa la alegría cristiana. Hay, también, una alegría causada por el éxito: todo te sale bien, y estás contento... pero, no te engañes: mañana algo te saldrá mal y perderás tu alegría. No es esa la alegría cristiana.

Existe una alegría “espiritual”, fruto de las buenas obras: te estás portando bien, estás siendo generoso, y sientes el dulce gusto de la entrega. Esa alegría «parece» cristiana, y quizá lo sea, pero no es aún «la» alegría cristiana: piensa que mañana puedes caer en el pecado (¡Dios no lo quiera!) y tu alegría se vendrá abajo: te creíste bueno, y tu propia miseria te devolvió a la tristeza.... 

La alegría cristiana es el gozo que experimenta el alma al conocer que Dios es bueno y ama al hombre. Pasará la borrachera... y Dios seguirá siendo bueno y amándome. Pasará el éxito y vendrá el fracaso... pero Dios seguirá siendo bueno, y no me retirará su Amor en mi fracaso. Puede ser que yo, mañana, peque (¡No lo permitas, Dios mío!)... Pero sé que, aun cuando yo con mis pecados te ofenda, Tú, Dios bueno, seguirás amándome, incluso con más ternura que antes, y me otorgarás tu perdón. Dios es bueno; Dios me quiere... ¿Cuántos se alegrarán de ello? ¡Tú y yo, si!, escuchando a Juan y uniéndonos a María, terminando de fijar nuestra vista en el que viene hasta enamorarnos de Él. 

Nosotros sabemos bien la causa de nuestra alegría: Cristo nace para nosotros; viene a decirnos que hay un Dios-Padre que piensa en el hombre; que baja hasta el hombre; que se acerca hasta nosotros y se hace uno de nosotros por amor. Un Dios que se hace caminante para recorrer junto a nosotros el mismo camino, compartiendo nuestras penas y alegrías, nuestras angustias y miserias, nuestras lágrimas y esperanzas; que se hace en todo semejante a nosotros. Un Dios que viene a traernos a todos la salvación, la vida y vida eterna. Un Dios que no sólo viene a colmarnos de dones y gracias, sino que, sobre todo, Él mismo se hace Don, se da, se entrega. Dios se hace hombre para hacer al hombre Dios

La alegría es un don de Dios, un fruto del Espíritu en tu corazón (Gál 5, 22). Solamente puede encontrar la perfecta alegría aquel que está en paz con Dios y que lleva una vida conforme a la voluntad de Dios. Sólo encuentra la verdadera alegría aquel que se deja amar por Dios y se empeña en amarle a Él y a los hermanos. Sólo encuentra la alegría aquel que, a pesar de los problemas de la vida, carga con la cruz y lucha con la esperanza puesta en la salvación.

Sobre esta alegría nos habla María Ferrero hoy: « Hace veintiún años, el día de Nochebuena, acepté que mi mente se había roto y estaba a merced de la enfermedad de la tristeza. Aquel fue el primer día en el que reconocí que estaba ante una depresión. Yo acababa de cumplir veinte años y un santo sacerdote amigo mío, Valentín, me dio un Belén que está dentro de una cajita con unas puertecitas y todo lleno de colores. Me dijo que Dios nacería y que yo nacería con Él. Esa cajita me ha acompañado siempre, la he llevado siempre allá donde he vivido, la he abierto mil veces escudriñando cada rinconcito. Esa cajita en la que al abrirla hay un Nacimiento, me dice que no importa la enfermedad de la tristeza: Dios nace, lo demás está vencido.

Veintiún años después me encuentro escribiendo este artículo sufriendo en estos mismos momentos los rigores de la tristeza que crea la mente rota. Hay alegrías absurdas, efímeras, que son únicamente sentimentalismos y sensaciones que duran más o menos y son más o menos exageradas. Igualmente, hay tristezas sensoriales de un cerebro que desconecta la realidad de lo que siente: tristezas absurdas, sin raíz, sin causa, simples sentimentalismos y sensaciones que duran más o menos y son más o menos exageradas. Da igual. Mi cerebro está enfermo de ambos lados: soy bipolar. Hoy toca la tristeza mortecina en la que las cosas se desarrollan en una lentitud pintada a base de grises. Pero esa es mi mente, lo que siento: no yo. Yo no soy eso. Yo tengo el cerebro triste hoy, es cierto, pero el alma alegre.
Tengo el alma alegre. Eso es lo que me regaló aquel amigo mío encerrado en la cajita-Belén: la alegría del alma. La alegría corriente que proporciona la vida está muy bien, pero es sensorial y pasa por el cerebro y porque éste esté dispuesto a funcionar correctamente y codificarla como debe. Esa no me vale porque mi cerebro tiende a menudo a ser mi enemigo, con lo cual no me permitirá sentirla o agrandará el sentimiento hasta convertirlo en una euforia destructiva que arrase con todo a mi alrededor. No me interesa: es química, depende de la velocidad a la que los neurotransmisores actúen en la sinapsis. Es irreal. Y eso no me vale.

Cuando sólo disponía de esa alegría, era demoledora mi enfermedad: atrapaba hasta destruir y el sufrimiento ahogaba toda mi luz. Necesitaba cimientos más fuertes que me ataran a la vida. Y miraba y miraba el interior de aquella caja, durante años, en aquella búsqueda que emprendí por propia supervivencia. A veces pensaba, incluso con pena, “pues, no ha nacido hoy, tampoco, para mí”.

Hasta que nació. Y entonces comprendí que mi mente no era yo, que yo era también mi alma y que, teniendo el alma alegre, los desbarates de mi cerebro no importaban demasiado. Duelen, pero no destruyen. El monstruito de mi cerebro puede robarme la sensación de alegría, pero no puede robarme la alegría, porque mi alegría está en que Dios ha pisado la Tierra para caminar conmigo, para llenar mi alma y que ésta sea la que domine sobre mí. Para llorar y que yo no lo haga sola. Para que no tenga miedo, pues es el Creador de las Estrellas quien me sostiene. Para que pueda abrazarme a Él y ser como una roca de pedernal ante cualquier tipo de embiste de la vida. Nace para morir –como yo- y resucitar, arrasando así con cualquier tipo de muerte. Se hace humano, uno como yo, para hacerme a mí divina, como Él. Toma un cuerpo físico, químico, y lo llena dándole otra dimensión a los átomos que lo componen. Altera la química y la dota de divinidad: también a la de mi cerebro.

La experiencia de tener una mente tramposa como la mía conlleva que se duda de todo: lo que sientes, lo que ves, lo que percibes… todo puede ser irreal, creado por un cerebro que hace travesuras. Soy escéptica por definición, como algo natural e innato a mí. En cambio hay algo que no puedo dudar. Está encerrado en aquella cajita con un Belén que me acompaña desde hace veintiún años: Dios nació. Se llama Jesús. Está conmigo. Sujeta mi vida. Y llena mi alma de alegría. Y esa alegría, ningún cerebro puede robármela. »

La verdadera alegría se halla en la experiencia de Dios, en vivir la presencia de Dios en la vida, y aunque sea con la mente rota tener el alama alegre como nuestra amiga María en estos momentos. Sólo Dios puede darte la verdadera alegría y la felicidad. La alegría cristiana no es un estado de ánimo ingenuo e inconsciente que olvide los sufrimientos del mundo, sino que nace precisamente de la confianza en el amor de Dios, que no deja de amarte nunca y quiere siempre lo mejor para ti. Para ello, San Pablo indica algunas actitudes fundamentales en la vida del cristiano: la alegría de saberte amado por Dios y que ni nadie ni nada te puede quitar este amor; el vivir sin preocuparte, sin agobiarte, porque descansas en el amor de Dios; la oración constante, porque deseas siempre estar con Dios, vivir su presencia en tu vida; la acción de gracias, porque la respuesta al Amor no puede ser otra que la gratitud y el agradecimiento generoso.

En este día, pasada la Solemnidad de la Inmaculada y esta semana «margarita» (que no puente), podemos examinar cómo es nuestra alegría. Si es camino para que otros encuentren a Dios, si somos «luz y no cruz» para aquellos con quienes tenemos habitualmente una relación más cercana.

La Virgen nos enseña a ser causa de alegría para los demás en el seno de la familia, en el trabajo, en las relaciones con aquellos con quienes tratamos, aunque sea por poco tiempo. Cualquier persona que se nos acerque se ha de ir con más paz, con alegría. Hagamos el propósito de hacer más fácil el camino a los demás, que bastantes problemas trae consigo la vida. Si somos cristianos, rechacemos la tristeza y seamos causa de paz y de alegría para los demás.

 

 

 

CRISTO VIENE RECOSTADO EN UN PESEBRE

Preparad el camino del Señor.  Mateo (3,1-12). 4 de diciembre  de 2016.

Pronto celebraré un nuevo aniversario de ordenación sacerdotal. En estos veintiocho años he aprendido una cosa muy importante: no podemos acostumbrarnos a las cosas importantes. O, mejor dicho, no podemos dar por supuesto lo más importante: la vida del sacerdote pertenece a Cristo para ser entregada al mundo como algo sagrado.

Cuando uno se encuentra con almas, abiertas de par en par, que esperan con una santa ansiedad que se les de la palabra adecuada al “sí” que dieron a Dios, entonces te encuentras con lo más serio del mundo. Se descubre entonces, que perdemos el tiempo en demasiadas tonterías. Nuestros afanes cotidianos (que son muy importantes), suelen estar entretejidos de tantas cosas “nuestras”, que podemos dejar en un rincón a Dios, porque entorpece nuestra actividad (¡incluso trabajando en las cosas de Dios!).

El Adviento, precisamente, es un tiempo para recordarnos que no podemos estar dormidos. Que el tiempo apremia, y hemos de estar muy despiertos. ¡Cristo está por venir!, y nuestro hocico sigue husmeando en rincones donde nunca encontraremos a Dios, y aún menos llegaremos a descubrir a ese Niño recostado en un Pesebre. La Iglesia nos invita a vivir, con tensión sobrenatural, la preparación de un acontecimiento que, cada año, resulta ser extraordinariamente singular. La pedagogía de Dios nos enseña, una vez más, que puede hacer añicos cualquier expectativa nuestra, por muy importante que sea. Que lo extraordinario se encuentra en lo ordinario, y que lo sagrado se descubre en lo más humano.

De ello nos habla hoy María:

«El Adviento no es una época de espera con los brazos caídos. El cristiano nunca debe tener los brazos caídos. El Adviento es el tiempo de esperar preparándose para poder acoger en toda su plenitud a aquel al que está esperando.

En mi familia siempre hemos puesto un Belén enorme que ocupaba toda la mesa del salón y en el que, con mucho esmero, íbamos colocando las piezas, el castillo de Herodes, el pueblo… Y yo ahora lo hago con mis hijos y mi marido. El Belén no está estático como un adorno durante todo el Adviento, sino que las piezas se van moviendo a medida que pasan los días. San José y la Virgen no están y en el portal hay un pastor. Las demás figuras están en sus quehaceres ajenos al portal: la lavandera está en río y el burro con leña va hacia el pueblo de espaldas al portal. Unos días antes de Navidad, san José y la Virgen llegan al portal, pero Jesús no está puesto hasta Nochebuena. Y los Reyes van avanzando, pero no llegan hasta el seis de enero. El Belén no es un adorno, es un instrumento, una herramienta para ir asimilando lo que pasó en Navidad.

“Allanad el camino al Señor”. Dios se va a hacer niño, se va a hacer accesible a nosotros, pero eso podemos vivirlo de muchas maneras. Hoy en día hay muchas distracciones en Navidad que nos pueden hacer olvidar qué es la Navidad, quién viene y para qué lo hace. La Navidad nos es unos días para estar con la familia: aunque es precioso celebrarlo en familia, pero no es la familia de uno en sí mismo lo que se celebra. No son unos días para hacernos regalos o unas vacaciones de invierno para irnos a esquiar. Eso es accesorio a la Navidad y el cristiano no celebra las vacaciones de invierno, como felicitaba el año pasado el Ayuntamiento aquel, sino la llegada de Dios al mundo, la cercanía de Dios. Celebramos que se va a restablecer nuestra unión con Dios, que podremos lograr que venza el bien y se destruya el mal, que Dios es un niño, que no debemos temer nada. Celebramos eso, exclusivamente eso. Y porque eso es algo que nos llena de alegría y nos sobrepasa, lo hacemos juntando a la familia, recibiendo con alegría a unos Reyes Magos que, como aquel día hicieron con Jesús, entran a nuestra casa a llenarla de cariño (y paquetes). No perdamos el norte: el Adviento sirve para allanar el camino al Señor. Para esperarle en una espera activa.

Si queremos que en Navidad Dios nazca en nosotros, preparémosle un hueco muy grande y un alma donde Él esté muy confortable. Confesemos para limpiar los rincones de nuestro corazón, meditemos la grandeza de lo que ocurrió como si fuera la primera vez que nos lo cuentan, vayamos moviendo las piezas de nuestro Belén desde las posiciones en las que cada cual está en su tarea a esa otra posición en la que dejan todo y mirar al Niño.

Ahora es el momento de dejar a nuestra alma preparada para que Navidad no sean cenas y regalos. Confesar, comulgar, meditar este tiempo, desear con impaciencia poner al niño en su pesebre. Lo que esperamos es la victoria del bien absoluto sobre cualquier tipo de actividad. El Creador del Universo está encerrado en un trozo de materia de tres kilos y cincuenta centímetros. Podemos abrazar al Creador de las estrellas. Es sobrecogedor.
El año pasado, mi amiga Cruz, que es una de esas personas para las que el Belén es un asunto muy serio, me regaló una virgen que está embarazada.

El jueves es la fiesta de la Inmaculada Concepción y ese día siempre resuena en mí una frase: “Mi Inmaculado Corazón será tu refugio y el camino que te lleve a Dios”. Miro la figura de la Virgen embarazada: En ella está Jesús y ella es mi refugio. En este tiempo busquemos nuestro refugio en su Inmaculado Corazón, hagámonos un huequito junto a Jesús y dejemos a Mama que nos geste un corazón nuevo junto a Él.

Va a ser Navidad, allanémosle el camino refugiándonos en el Corazón de Mamá: ella nos llevará a Él.».

 

 

 

YA VIENE ¿A QUÉ VIENE?

A la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.  Mateo (24,37-44).

27 de noviembre  de 2016.

 

Este domingo comenzamos el Adviento. El Adviento es el tiempo litúrgico en el cual nos preparamos para celebrar la Navidad como conmemoración de la primera venida del Hijo de Dios entre los hombres y, a la vez, un tiempo en el cual, mediante esta celebración, la fe se dirige a la segunda venida del Señor Jesús, al final de los tiempos. Ambos aspectos forman parte de un mismo misterio, se exigen mutuamente, y se entremezclan continuamente, fundiéndose en una inseparable unidad. Por estos dos motivos, el Adviento es un tiempo de alegre y confiada espera. El Adviento nos recuerda que es el Señor quien llega, quien viene hacia nosotros. Nosotros nos limitamos a acogerle, a recibirle. La Iglesia, impulsada por el Espíritu, repetirá hasta el final de los tiempos su “Maranatha”, su “Ven, Señor” y nosotros debemos unirnos a este grito de la Iglesia.

Desde hace ya dos años María Ferrero, me ayuda con su experiencia de vida en estos artículos semanales de la Tribuna, y ella hoy nos habla de que ya viene y a qué viene.
«Ya viene. Queda poco. Cuatro semanas y vendrá. Celebramos en la Navidad que nació Dios, que se hizo hombre como nosotros y vivió lo mismo que nosotros. Y queda muy poquito. Me gusta la Navidad: Dios se hace tan pequeño que no puede asustar a nadie. También está tan escondido –resulta muy extraño ver al Creador del Universo encerrado en los mofletes de un bebé que reclama leche- que podemos no verlo, no entenderlo, no descubrirlo. Pero está, ahí, a nuestro lado, sufriendo con nosotros y riendo con nosotros, disfrutando de los colores rojizos de un amanecer y padeciendo los rigores del frío de invierno: en todo.

Pero ¿a qué viene? Porque está muy bien eso de hacerse tierno bebé y pasearse por aquí con nosotros pero, ¿para qué?, ¿por qué? ¿A qué viene Dios aquí?, ¿a darse un paseo entre sus criaturas? La lectura de hoy nos dice: “cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán”.(Mt.24). ¡Qué Dios más malo! No, la lectura de hoy, como todas, hay que leerla desde el conjunto del Evangelio, desde el conocimiento de Cristo y desde Su Amor: no se llevará a la mitad de las personas por malas, arrepentido de haberlas creado y con una arbitrariedad incomprensible. Dios no es el enemigo sino el gran aliado del hombre, su mayor cómplice. Entonces, ¿qué significa? ¿Por qué empieza el entrañable tiempo de Adviento con una lectura aparentemente tan dura?

En el hombre, como escribió Rubén Darío en “Los motivos del lobo”, existe mala levadura. Y eso es cierto. Empañamos las cosas con egoísmo, con vanidad, con envidia. En cualquier intención, buena incluso, tenemos una parte de luz y una de oscuridad. Todos tenemos ira, envidia, lujuria, gula, vanidad, soberbia y pereza. Unos con unas en mayor grado y otros en las que predominan con más fuerza otras de estas actitudes, pero todos las tenemos. Y empañan lo que hacemos, nos llevan a no vivir lo que queremos vivir porque nos arrastran a veces, incontrolables por nosotros. Todos tenemos una tendencia a Dios y también una tendencia a rebelarnos a Él, a querer estar por encima de Él, a querer ser nosotros nuestros propios Dioses. Y esa parte, esa que desluce nuestra alma, esa que nos incomoda, nos hace daño, hace daño a los demás y nos quita la libertad haciéndonos esclavos de nuestras tendencias y no de nuestras querencias, es la que se va a llevar, la que va a eliminar, dejando sólo la parte pura, neta, bella y buena de nosotros.

“Dos hombres estarán en el campo […] Dos mujeres estarán moliendo […]”. Están haciendo lo mismo. Es un hombre en el campo trabajando con su mezcla de luz y su mezcla de oscuridad. Están haciendo lo normal, lo cotidiano, lo propio de la vida, lo que les da de comer. Están haciendo lo que hay que hacer. Pero lo están haciendo con su parte buena y su parte mala, mezclando sus luces y sus sombras. Dios se hace niño para separar eso y que pueda crecer la parte buena hasta quedar sólo esa. Para arrasar con esa parte que nos hace deslucir la otra. 

No es inmediato. En el Cielo sí. Al llegar a Casa, sólo quedará nuestra luz. Pero aquí, en la Tierra, vivimos con las dos partes mezcladas y tenemos la oportunidad de elegir cuál queremos que prevalezca, cómo queremos hacer las cosas cotidianas que tenemos que hacer. Y Jesús nace para que podamos hacer grande la parte bella de nuestra alma e ir anulando esa parte de “mala levadura”. Con Su Gracia, comprendiendo, buscando y aceptando Su amor, mirándolo, buscándolo a Él antes de juzgarlo, dejándole estar a nuestro lado, Él irá haciendo de nosotros personas buenas. 

La gran noticia de Navidad es que lo que Dios ha hecho te pone en el privilegio de que, si quieres convertirte en el amor perfecto, lo vas a lograr porque Dios se ha hecho uno como Tú para eso, para que Tú te hagas uno con Él. 

Podemos vivir de forma que agrandemos nuestro corazón. Podemos vivir haciendo grande la parte egoísta. Es nuestra elección y Dios la va a respetar. Nos va a buscar siempre, va a salir a nuestro encuentro siempre intentando que aceptemos Su amor y no se va a dar por vencido, pero va a respetarte y, si es lo que tú quiere, te va a dejar que fomentes el egoísmo en tu corazón: es tu elección y tienes libertad para ello. Él seguirá hecho hombre, en su cuerpo de bebé para que no lo temas y te acerques a Él, Él seguirá siempre buscándote, pero te dejará libertad de elección y de comportamiento. Pero no olvidemos algo, para lo que nace es para llevarse nuestra parte oscura y que, si queremos, nuestra parte generosa, humilde, entregada, disponible, comprensiva, sonriente prevalezca en nosotros. 

Es Adviento. Tiempo de prepararse. Tiempo de elegir qué parte agrandar y cuál empequeñecer. Tiempo de esperar a que Él venga y arrase con nuestras sombras. Y la espera del cristiano no es activa, sino peregrina: caminando, saliendo a su encuentro. Está ahí, en un confesionario, en la Eucaristía. Durante miles de años, los hombres no lo tuvieron. Nosotros sí. Está ahí. Toca elegir. Y Él lo hará –ahora, al fin, sí se puede- Él nos llenará de luz, nos hará luz.»

Hoy leer a María me ha llenado de esperanza. La esperanza cristiana no es una espera “a ver qué sucede.” Sabemos con certeza que el Señor vendrá “con gran poder y majestad,” lo que no sabemos es cuando. El hombre necesita de la esperanza, pero para eso necesita saber qué espera. La esperanza no es inactividad ni pasividad. Por la esperanza sabemos que todos nuestros trabajos, desvelos, fatigas e iniciativas tienen un fin, que no son en balde, aunque no den el resultado que nosotros quisiéramos. Por la esperanza estamos preparados para “levantarnos y alzar la cabeza,” y no podemos dejar que las piernas se nos duerman y se nos anquilosen las articulaciones. Tenemos que “fortalecer las rodillas vacilantes” y eso requiere aumentar la fe y la caridad.

El Adviento es el tiempo mariano por excelencia, pues es durante el Adviento que se pone de especial relieve la relación y la cooperación de la Virgen de Nazaret en el misterio de nuestra reconciliación. La misma solemnidad de la Inmaculada Concepción, cuya novena comenzamos el próximo miércoles, no es una especie de paréntesis o ruptura dentro de la dinámica de este tiempo, sino que forma parte esencial en la recta comprensión del misterio. Ella es la Madre de la expectación, de la espera gozosa, pero es también la Madre donde la espera se convierte en presencia constante.

 

 

¿DIMAS O EL DE AL LADO?

Hoy estarás conmigo en el paraíso. Lucas (23,35-43) 20 de noviembre  de 2016.

 

Al meditar el Evangelio de hoy acude a mi memoria el recuerdo de aquellos cuentos en los que un rey se disfraza para recorrer de incógnito su país y conocer así, de verdad, la condición y actitud de sus súbditos. Ese rey escondido quiere probar la verdad del amor y fidelidad de los ciudadanos. Jesucristo, que ya conoce nuestro interior, se nos acerca a través de los indigentes, no para probarnos sino, para darnos la oportunidad de servirle.

No hay trampa porque Él mismo nos advierte de su presencia en los más necesitados
Hay tres temas que saco de este domingo. El primero es que verdaderamente Jesucristo es Rey. Cristo es nuestro rey, engendrado por el Padre, resucitado por el Padre. Pablo, en la primera lectura, está hablando en Antioquía a los judíos, buenos conocedores de la Escritura. Les explica que el Mesías es Jesús, de Él hablaban todas las profecías del Antiguo Testamento, todo lo anunciado se ha cumplido. Jesús ha sido ungido, con un bautismo, el de la sangre, el de la entrega por nosotros. Y es su voluntad que su realeza sea reconocida. A pesar de las prevenciones de muchos, no puede haber Rey mejor que Jesucristo. Eso significa que nuestro mayor deseo ha de ser servirle a Él y trabajar por su reinado. Cuánto más se reconozca la soberanía de Jesucristo, tanto a nivel individual como social, mejor será la vida de los hombres. Sobre ello no cabe la menor duda. Porque en Jesús se esclarece de forma definitiva el misterio del hombre.

El segundo tema es que el Reino de Cristo no es al modo de los reinos de este mundo. De hecho, recuerda el Catecismo que Jesucristo “reina ya por la Iglesia, pero todavía no le están sometidas todas las cosas de este mundo” (n. 680). Por eso los cristianos rezamos, especialmente en la celebración de la Eucaristía, pidiendo que venga cuanto antes su Reino, en plenitud. Y, en nuestra vida trabajamos por el Reino. La divisa “servir es reinar” es el lema de todo cristiano. De ahí que la colaboración para que venga el Reino de Cristo se realiza en nosotros mediante el ejercicio de la caridad en todas sus vertientes.

El tercer tema, del que nos habla María en su duro pero a la vez real comentario, es que la realeza de Jesucristo se pone de manifiesto en la Cruz. Jesús entrega su vida a favor de los hombres. El buen ladrón que le acompaña en el suplicio, Dimas, experimenta ese mismo día la realeza de Jesús al acogerse a su misericordia. Lo contrario a la realeza de Jesucristo es lo que san Pablo denomina tinieblas. Jesús, con su muerte en cruz, nos alcanza la reconciliación y por su sangre “hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”.

« En las cruces escribían un cartel en el que quedaba grabado el nombre del que allí estaba muriendo y el delito cometido por el que merecía esa muerte. Ladrón, asesino… lo que cada uno hubiese hecho. En la tablilla clavada en la cruz de Jesús ponía: “Jesús Nazareno, Rey de los Judíos”. Le matan por rey. Y la mente me lleva hoy a muchos años antes, treinta y tres, a unos hombres de ciencia que escudriñaban el cielo buscando señales y esperaban que naciera Dios. Tres hombres que cruzaron países guiados solamente por la tenue luz de una estrella que se movía. Debían caminar de noche para ver la dirección de la estrella. Caminaban en medio de la noche, a oscuras, guiados por un punto de luz sobre un fondo oscuro. Pero no pararon, no se detuvieron, no les importó la noche, no les importaron la cantidad de argumentos obvios que se me ocurren para desestimar ese viaje por ser una locura y que a muchos de los suyos –probablemente en alguna ocasión incluso a ellos mismos- también se les ocurrirían. 

Eran reyes. Hombres poderosos a quienes otros obedecían. Dejaron su reino cómodo, majestuoso y seguro y se postraron a rendir pleitesía a un niño que vivía en una humilde casa de una aldea en medio de la nada. Sabían que ese niño era Rey, y sabían que no era un rey como ellos, sino un Rey de otra dimensión, de otra altura, un Rey que deseaban que reinara sobre ellos mismos. 

Jesús nace y ya entonces tres reyes lo proclaman Rey. Al nacer, hay reyes que le buscan y que, cuando lo encuentran, lo aman. Pero hay también otros reyes: reyes apegados a sus cosas, sus posesiones, su soberbia, su vanidad, su afán de protagonismo, para los cuales ese niño es un peligro a combatir cuanto antes. 

Tres reyes sabios buscan a Jesús y, desde antes de encontrarlo, ya van avisando a los demás. Son los primeros discípulos de Jesús, los primeros que anuncian el evangelio. Debían ser de muy lejos y no saber dónde se metían, o muy inocentes y cándidos, tal vez. Quien ama cree que es normal amar y que la respuesta de todos va a estar guiada por el amor. Avisaron del nacimiento de un Rey a Herodes, que no parecía ser sabio, ni cándido, ni bueno, ni desapegado, ni buscador de la verdad ni nada de eso que tenían los Magos. La respuesta de este rey mundano, al sentirse amenazado, es la misma que la de Pilatos: debe morir: ha dicho que es el Rey de los Judíos; está amenazando mi precioso mundo de damasquinado toledano. Jesús muere como nace y por el mismo motivo: es Rey. Y amenaza a quienes quieren reinar aquí y apegarse a su reino de cosas fútiles y cortesanos aduladores. 

Al nacer, unos reyes, magos por ser científicos, le buscan para amarlo y un rey terreno le busca para matarlo. Al morir, un gobernador extranjero siente amenazado su sillón y, sabiendo que no es un mal hombre, graba una tablilla de condena a muerte una cruz: dice que es rey, muere por eso. Y no es un rey mago quien lo busca para amarlo ahora sino un ladrón asesino. Para Jesús ambos son lo mismo: hijos amados del Padre. Muere como nace: levantando odios y levantando amores. Y así sigue. 

Deberíamos plantearnos dónde estamos nosotros. Sí, la respuesta inmediata es “en los Magos”. Yo, que siempre me he sabido la respuesta en clase y soy muy resabidilla, en un punto de comprensión intelectual de ello, pero en absoluto de interiorización, llegaría a decir “soy Dimas”. Pero, ¿en realidad soy Dimas? Dimas está muriendo y sale en defensa del que está al lado: ¿salgo yo en defensa de Jesús cuando el mundo aprieta o atosiga, o me quedo calladita para que no se levanten comentarios contra Dios y contra mí que me resultan dolorosos? 

Dimas está muriendo y en la cruz se muere de asfixia y agotamiento: cuando las cosas se ponen feas, cuando el dolor aparece, cuando me falta aire, cuando parece que todo acaba ¿sigo saliendo en defensa de Jesús? Es más, ¿miro a Jesús o me miro sólo a mí y las cosas que me pasan exhibiendo lamentos y envolviéndome en la sombra de la desesperanza, en el mejor de los casos? En esos momentos, ¿no seré mejor el otro asesino, el ladrón de la cruz de al lado y me dedico a renegar, a rebelarme contra Dios, a enfadarme con Él porque no me resuelve las cosas como quiero, a verle como a un enemigo? A veces vemos a Jesús en la Cruz y le vemos como enemigo, seamos claros. 

Dimas sólo le pide una cosa a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. Le reconoce Rey, como hicieron aquellos otros tres treinta y tres años antes, y le rinde pleitesía, como también hicieran en su día los Magos. Si yo fuera Dimas, le pediría a Jesús que reinara en mí, le rendiría pleitesía, querría someterme a sus leyes, hacer Su Voluntad, vivir en Su cercanía. ¿Realmente soy Dimas? ¿Sirvo a Dios o me sirvo de Él? 

La pregunta es dura, durísima. Es tan dura que conduce irremediablemente a un confesionario. Pero es tan bella, tan real, tan necesaria. Es fundamental darle respuesta: nos va la vida en ello. Es una buena pregunta para la antesala del Adviento. ¿Reyes Magos o Herodes? ¿Dimas o el de al lado? Sin respuestas rápidas. Con la mano en el corazón. 

No pasa nada: Dimas, cuando subió a la cruz, era como el de al lado: la diferencia es que él miró a Jesús y no a su cartel. Después de responder a esa pregunta, miremos de nuevo a Jesús: no su cartel, no nos sintamos amenazados, no nos regodeemos en nosotros mismos, no le declaremos culpable de nuestras cosas, no. Sólo mirémosle. Como los Magos, caminando en medio de nuestra noche, tengamos esperanza y sigamos paso a paso tras su estela. Sin ver, sin comprender: pero paso a paso. Como Dimas, miremos a Jesús y deseemos que Él reine, pidámosle que nuestro corazón y nuestros actos se muevan reinando en ellos Su Amor. Con sólo pedirlo a Él le basta. Con sólo desearlo, Él lo regala.»

Cuánta razón tienes amiga María, reconocer la realeza de Jesucristo supone darnos cuenta de que estamos necesitados de misericordia y de que sólo su amor es la respuesta a todas las necesidades del hombre y de las sociedades. En el Concilio Vaticano II se dice: “El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones”. El buen ladrón lo descubrió en los últimos instantes de su vida, muchos hombres lo ignoran; nosotros que lo sabemos, le pedimos la gracia para poder vivir según sus mandamientos y también para servirle de manera que muchas otras personas se sientan atraídas por su amor.

Que María Reina prepare en nuestro corazón el auténtico reinado de Jesucristo.

 

 

 

 

ESPERA, CONFÍA. NOS BASTA SU GRACIA

Jesús predica en el templo. Lucas (21,5-19) 13 de noviembre  de 2016.

En las últimas semanas del año litúrgico se nos anuncian momentos de tribulación y catástrofes. Sin embargo todos esos eventos, cuyo sentido no siempre es fácil interpretar, no deben hacernos temer. Jesús nos dice que, por dura que sea la prueba, Él no deja de ocuparse de nosotros. En el Evangelio de hoy se nos habla de una dura prueba. El Catecismo alude al texto de san Lucas para hablar de la persecución que acompaña a la Iglesia en su peregrinación por la tierra.

En el evangelio de hoy Jesús nos anuncia tribulación y angustia, pero también nos previene que no hemos de tener pánico. En este momento vivimos una crisis económica profunda, que quizás aún sea peor. Muchas personas están pasándolo mal y el problema parece que va a agravarse aún más. Es un tiempo para fortalecer la esperanza.

Jesús también nos dice que en los momentos de tribulación es fácil dejarse engañar. Nuestra confianza puede pasar de estar en Dios a que la pongamos en otras realidades. Pero fuera de Dios no hay seguridad para el hombre. La historia demuestra que los santos siempre han salido adelante. Muchas veces no han tenido éxito humano, pero cuando podemos mirar en perspectiva lo que hicieron descubrimos que era lo más adecuado. Y los santos siempre han actuado fiándose de Dios.

Todo lo que se anuncia para la Iglesia puede entenderse también aplicado a nuestra vida espiritual. Las desgracias materiales, el ser menospreciados o humillados, la enfermedad, las tentaciones… son momentos de prueba. Para vencer, nos dice el Señor, hay que perseverar y confiar

Hay una oración de confianza al Corazón de Jesús. En una de sus estrofas dice:

 

Evita las preocupaciones angustiosas

y los pensamientos sobre lo que puede suceder después.

No estropees mis planes, queriéndome imponer tus ideas.

Déjame ser DIOS y actuar con libertad.

Entrégate confiadamente a mí.

Reposa en mí y deja en mis manos tu futuro.

Dime frecuentemente: “JESÚS, YO CONFÍO EN TI”

 

De ello nos habla María en su comentario “Nada quedará. De todo esto que ahora tocamos, vemos, sentimos y tenemos, no quedará nada. ¿Cuándo? Para empezar, cuando muramos. Al morir se desvanecerá todo eso y nuestros logros profesionales, nuestros bienes materiales y los oropeles con los que adornamos nuestra existencia no servirán para nada. Vivir “en el recuerdo de los demás”, eso de “estás vivo en nuestros corazones” que mucha gente dice en los funerales, es un consuelo para el que se queda y sólo puede agarrarse a eso, pero es bastante lamentable porque lleva escondido –escondido, pero impreso- que esa persona ha desaparecido y sólo queda el recuerdo en la mente y el cariño de un puñado de personas que también desaparecerán.

Si al final eso es todo, si consiste en que un grupo de personas me añoren, el único sentido de esta vida es estar a gusto en ella. La lógica dice eso: si lo que tienes es únicamente sentidos, la felicidad es tenerlos satisfechos. Entonces cobra relevancia en la vida el éxito profesional como fin, ya que satisface nuestra vanidad; ese deseo infinito de ser valorado y admirado. También es importante estar tranquilo, tener el cuerpo sereno, caliente en invierno, frío en verano, descansado, placentero… y hasta podemos llegar a confundir paz con quietud. El sacrificio no tiene valor alguno y es una carga que no queda más remedio que vivir pero que molesta, que quita bienestar, que resta satisfacción, que hay que eliminar. Cuanto menos sacrificio en la vida, mejor. Y como los hijos son sacrificados, los padres, cuando son mayores, son sacrificados y el trabajo conlleva un sacrificio, se vive sin hijos, se arrincona a los ancianos y se espera a que llegue el viernes para estar a gustito y creer que eso es ser feliz. Hasta llegamos a creer que es caridad hacia nuestros hijos impedirles que nos cuiden cuando seamos mayores y demandamos un testamento vital para descargarlos de nosotros.

La lectura de hoy parece catastrófica, pero no lo es. De hecho, es una lectura llena de esperanza. Cuenta la verdad. Dios no engaña ni se anda con paños calientes. Nos dice lo que hay y que lo que hay es eso, sacrificio, guerra, muerte, destrucción. Sí lo hay, existe. Les avisa de que serán injustos con ellos, de que les perseguirán y les matarán. Igual que a nosotros hoy. Es así, no nos miente. No nos presenta una vida de placeres (pero, ahí va la letra pequeña, repleta de oquedades a las que no mirar), sino las cosas como son, con toda su dureza, con toda su realidad. Pero tampoco nos cuenta le verdad a medias: “Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en seguida. […] Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” (Lc 21, 5.18-19). Es decir, no tengáis miedo, que pase lo que pase, Yo estaré con vosotros.

Eso es lo que me dice hoy. Cuando veas todo mal, cuando veas que parece que sólo hay dolor, que Dios no está, que ha abandonado esta Tierra, que nos ha olvidado, que lo único que hay es maldad y equivocaciones, cuando esta cultura de la muerte te hostigue, cuando te vendan que lo importante es tu tarjeta de visita, el lugar de vacaciones, el asueto de los fines de semana y los sentidos satisfechos –esos que por su naturaleza nunca pueden satisfacerse del todo-, cuando veas que el mundo a tu alrededor se desmorona, no tengas miedo, no te angusties, no dudes de Dios. Espera, confía. Nos lo ha avisado en la lectura de hoy. Todo eso pasará, tiene que pasar. Pero Él está con nosotros y, permaneciendo en Él, agarrados a Él, confiados a Él, defendiendo que la vida va más allá de los sentidos y las apetencias, más allá de esta existencia terrena, ningún tipo de muerte podrá vencernos. Desaparecerá lo que tiene que desaparecer: la materia, los sentidos, las ambiciones, pero no “viviremos en el recuerdo” de nadie sino que viviremos realmente, viviremos eternamente, Viviremos en toda su dimensión; no como metáfora de que mientras alguien no te olvide de alguna manera sigues existiendo, sino que existiremos porque tenemos un alma eterna e inmortal que se ha unido a Cristo y con Él resucita.

No es el final la muerte sino la Vida. El final es la resurrección: este tiempo está para decidir si la queremos o no y trabajar por tenerla. Está para aprender a amar, para elegir el bien o el mal, para aprender a confiar en Dios y vivir de nuestro abandono a Él, para que utilicemos nuestro trabajo, nuestros bienes y nuestros sentidos en construir un mundo donde el Amor de Dios llene todo. El trabajo es importante, es necesario y es bueno, y querer progresar en él, ocupar puestos de relevancia, también es importante, necesario y bueno, pero lo es si está dirigido a crear ese mundo de Amor que es el Reino de Dios. Será dañino si está dirigido por la ambición y la vanidad para mera satisfacción de uno mismo.

Cuando el final no es la muerte sino la Vida, el abrazo con Cristo, la existencia en un estado en la que sólo hay amor, felicidad y son los sentidos del alma los que están llenos a rebosar, la vida aquí, en este espacio de tiempo desde que somos concebidos hasta que morimos, se lleva a cabo de otra manera. El sacrificio es bello en sí mismo porque lleva al bienestar ajeno y eso ensancha nuestro corazón haciéndolo capaz de amar. Llenaremos ese corazón de Amor infinito: cuanto más lo hayamos agrandado aquí, más cabrá. El trabajo es un medio para proveer a la sociedad de bienes necesarios, de avances que mejoren la existencia aquí, para dar de comer a tus hijos y a tus mayores, para aprender, para esforzarnos: es un medio para agrandar el corazón, también. Y los sentidos no parece que vayan a estar muy a gusto dentro de este plan: lo estarán a ratos y otros ratos no, pero es que eso tampoco va a importarnos demasiado porque, al final, esos se desvanecen, desaparecen, y queda ese corazón y lo que lo hayamos agrandado aquí.

La lectura de hoy nos dice que no tengamos miedo, pase lo que pase, que aunque veamos guerras, dolor, destrucción, maldad, muerte, aunque nos persigan, aunque nos arranquen la satisfacción de los sentidos, aunque nos arranquen esta vida terrena, Él está con nosotros y nada de lo que hagamos quedará en saco roto. Nos dice que Él está, que confiemos, que esta vida es lo que es pero en ella está ya Su abrazo y que ese abrazo se hará pleno después. ¿Qué importa perder esta vida cuando se es inmortal? Eso es lo que mueve a los mártires: el amor de Dios, la consciencia absoluta de que, en Cristo, resucitarán, el abandono total a Él. Y Él nos da Su Gracia para llevarlo a cabo: “Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro” (Lc 21, 15). Nos basta Su Gracia.

Tiene toda la razón María, Podemos sentirnos desbordados, pero con su gracia tenemos la capacidad para crecer en el amor, a Dios y al prójimo. Cuando todo parece hundirse y el horizonte se torna oscuro sabemos que podemos volvernos hacia el sagrario y que allí está Él. Poniéndonos a sus pies, abriéndole nuestro corazón, sabemos que nadie podrá engañarnos y que, además, no quedaremos defraudados. Encontraremos en su corazón el consuelo que necesitamos y las fuerzas para vivir.

Nuestra Madre la Virgen supo y sabe esperar, nueve largos meses, treinta largos años y dos mil años más, esperando a reunirnos a todos sus hijos con su Hijo. ¡Qué gran maestra de paciencia y confianza!

 

 

 

DIOS DE VIVOS

Jesús y los Saduceos.  Lucas (20,27-38) 6 de noviembre  de 2016.

Se han puesto de moda las películas de zombies, vampiros, muertos vivientes y demás seres con vísceras colgando. Están bien para verlos por televisión o en el cine, pero desde luego no es nada agradable encontrarlos por las calles de Toledo. Son cosas para las películas, y películas de miedo…, aunque en ocasiones consiguen hacer gracia por lo burdo de la puesta en escena. Mirando al mundo, cada vez hay más gente que quiere hacer de su vida una película, aunque sea una película de miedo de serie B. Como Michael Jackson hace un porrón de años, queremos llenar de muertos vivientes nuestras calles y plazas, intentando hacer atrayente lo feo, hermoso lo feo, verdadero lo falso y luminoso lo obscuro. Puede parecer exagerado, pero cuando nos alejamos de la luz caemos en las tinieblas inexorablemente. Y cuando al que vive en las tinieblas se le recuerda que no tiene luz se enfada. Cuando al muerto le recuerdas que no tiene vida se retuerce en su tumba. Y cuando el Papa nos recuerda que nos estamos alejando de Cristo nos enfadamos.

El Evangelio de este día nos habla de la resurrección de los muertos. Algunas estadísticas indican que muchos cristianos no son conscientes de esta verdad de fe. Yo mismo he comprobado, hablando con adolescentes y jóvenes, que consideran la resurrección de la carne como algo metafórico. En los primeros tiempos pasaba algo parecido. San Pablo, cuando anuncia en Atenas que los muertos resucitarán, ve con sorpresa que todos dejan de escucharle. Encontraban aquella doctrina extravagante.

Al decir que resucita la carne, lo cual es posible gracias a la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, afirmamos también el valor de todo lo humano. La Iglesia siempre ha huido del angelismo. En la historia han existido muchos movimientos, nacidos en el seno del cristianismo, que despreciaban lo material. Daban tanta importancia a lo espiritual que negaban el valor del cuerpo. Era el caso, por ejemplo, de los maniqueos. Sin embargo, Jesús, con su encarnación asume todo lo humano y, en primer lugar el cuerpo y el alma. Muere verdaderamente y resucita.

Hoy los saduceos quieren utilizar a Dios en su contra para reafirmar sus ideas. Y es Jesús el que les hace ver que son sus ideas las que están muertas. Dios es Dios de vivos, no el dios de ideas muertas. Arrancando las raíces cristianas de Europa, suprimiendo el valor sagrado de la vida, destruyendo el matrimonio y la familia, destruyendo la trascendencia del hombre… entonces pastoreamos cadáveres. Es muy fácil adoctrinar a zombies, hacer que sus máximas aspiraciones sean su vientre, sus vergüenzas y su cartera y ofrecerle soluciones fáciles y sencillas que no elevan su espíritu muerto ni un palmo del suelo.

Pero Dios no es Dios de muertos sino de vivos. Esta fue la convicción de los que siguieron a Jesús desde el comienzo, como vemos hoy en el evangelio de Lucas. No una convicción de virtualidades ilusas, sino la certidumbre de una vida. Lo dieron todo por él. Le siguieron, como esas mujeres que le ayudaban con sus bienes, presenciaron la crucifixión; ellas, de cerca, ellos, desde bien lejos. Bajaron el cuerpo muerto para enterrarlo en una tumba nueva. Y la mañana del domingo fueron testigos de la resurrección y vieron al Resucitado, le contemplaron con sus ojos, metieron sus dedos en sus llagas y la mano en su costado, comieron con él, y él les envió a predicar por todo el mundo el evangelio de salvación y de resurrección.

Nuestra resurrección será a ejemplo de la resurrección de Cristo. Será un cuerpo material (come, bebe, lleva las señales de la crucifixión,…), pero tendrá cualidades propias de lo espiritual (atravesaba paredes, era visto en distintos lugares a la vez), no padecerá dolor, cansancio,…

El Catecismo de la Iglesia recuerda que la resurrección no es la mera pervivencia del alma después de la muerte. La Iglesia enseña algo más y es que resucitaremos en la carne. Por la resurrección de Jesús, Dios dará a nuestros cuerpos una vida incorruptible. La muerte lo que hace es separar alma y cuerpo. En la resurrección volverán a unirse, pero, entonces, ya no podrán morir. Es muy bonito pensar en la resurrección, porque todo lo corporal toma valor. Cuando Jesús asume la carne humana no lo hace como quien se pone el traje de trabajo y se lo quita al acabar la faena. Resucitó con la carne que había asumido en el seno de María Virgen y, resucitado, está con ella para siempre. La fe en la resurrección no señala también la bondad del mundo material. De ahí que, ya que este cuerpo ha de resucitar, lo valoremos en su justa medida. No sólo privándolo de lo malo, sino también haciéndole gozar ordenadamente de lo bueno: la contemplación de la naturaleza, el abrazo de los esposos, una comida bien preparada, la visión de un cuadro o la suavidad de la lana… El catolicismo siempre ha subrayado los aspectos agradables del mundo que, por otra parte, dan noticia, aunque imperfecta, de la gloria de la resurrección.

Hoy mucha gente no cree en la resurrección de la carne. El Catecismo dice que “en ningún punto la fe cristiana encuentra más incomprensión que en la resurrección de la carne”. Es como si lo que sucede con nuestro cuerpo no tuviera nada que ver con la vida eterna. Así puedo usarlo de cualquier manera. Parece que lo único importante son las buenas intenciones, esas de las que está empedrado el infierno. Nosotros creemos en la resurrección, y por eso gozamos del mundo sin dejar que el mundo marchite nuestra alma. Y eso con la única medida que conocemos: apasionadamente, como nos enseña a amarlo Jesús. De hecho, cuando uno se adentra en la realidad con rectitud de intención, y no con esa doblez de que hacen gala los saduceos de hoy, se acaba encontrando con la verdad de Dios.

Los muertos resucitan, porque todos los misterios de la vida de Cristo son para nosotros. El para nosotros es esencial en la creación y en la redención. Dios no es un Dios de nosotros los muertos, sino de nosotros los vivos. Vivos para siempre por su gracia; vivos pues resucitaremos, participando de la resureeción del Hijo, muerto en la cruz por nosotros.

Las cosas de Dios que tienen que ver con la creación y la redención son siempre por nosotros. Somos nosotros los destinatarios de la gracia. No participantes por una casualidad de lo que Dios hace en sí mismo y para sí mismo, como si dijéramos, tuvimos la suerte de que pasábamos por ahí y dimos a Dios la oportunidad de hacernos el regalo de algunas migajas de divinización. No, de eso nada. Todo el inmenso movimiento de Dios en su creación, en su providencia y en el enorme recorrido de la encarnación redentora, con la venida del Espíritu a nuestra carne para gritar en nosotros: Abba, Padre, lo hace por nosotros. Nosotros somos la finalidad de su amor. Mas nosotros resucitados en la profundidad de nuestro ser, es decir, en nuestra carne. Por eso hablaremos siempre de la resurrección de la carne. Menos es no haber comprendido la obra de Dios ni la grandeza de sus criaturas creadas a su imagen y semejanza. No haber comprendido el rol del pecado y de la muerte en nuestra vida. No haber comprendido la cruz de Cristo, su resurrección. No haber comprendido su Iglesia, de la que él es cabeza.

María nos habla también de la Resurrección: «Si Cristo no hubiera resucitado, habría sido un buen hombre matado injustamente, un gurú con una bella filosofía de vida, pero nada más. No tendría sentido un final en el que el cuerpo es separado del alma, incluso bajo el supuesto de que el alma viviese eternamente y fuera eternamente feliz. El hombre fue creado con cuerpo y alma porque es ambas cosas, están intrínsecamente unidas. El drama de la muerte es esa separación, y lo es porque es ruptura de algo que es unidad.

El pecado original, aquel que consistió en la rebeldía del hombre separándose de Dios para ser él mismo su propio dios, provocó que nuestro cuerpo fuera este de ahora, que envejece, y se marchita, y se rompe, y se deshace en polvo, pero el hombre fue creado en cuerpo y alma “a imagen y semejanza de Dios”: es decir, inmortal, como Él. La Resurrección es volver a aquel cuerpo glorioso que deberíamos haber tenido si el pecado original no hubiera existido. Cristo restaura el Paraíso: la persona inicial que soñó y creó Dios. Y para eso, hemos de resucitar y volver a tomar cuerpo: el cuerpo según Dios nos soñó para el paraíso.

Cuando alguien a mi alrededor muere, siempre pienso “bueno, resucitará y volveré a abrazarlo”. Una amiga mía me lo dijo cuando me despedí de ella antes de que muriera “Tranquila, esta ausencia es sólo un rato: tenemos toda la eternidad para estar juntas”. Ese estar juntas consiste en que resucitaremos y volveré a abrazarla. No sé cómo será el mundo después de la Resurrección de nuestros cuerpos, no tengo la menor idea. Lo que sí sé es que resucitaremos y yo quiero estar en el lado de los que resucitan con Cristo. Lo que sí sé es que volveré a abrazar a mi dulce Bego. Lo que sí sé es que, con brazos reales, podré abrazar a Jesús de Nazareth. Y él, con sus brazos, los suyos, brazos verdaderos, me abrazará. Al lado de ese abrazo, nada importa. Ese abrazo será con alma y cuerpo.»

Que la Virgen María, en quien se ha manifestado plenamente el triunfo de la resurrección de su Hijo y está en los cielos en cuerpo y alma, avive la esperanza en la resurrección de los cuerpos al final de los tiempos.

 

 

 

 

QUIERO VER A JESÚS

Jesús se encuentra con Zaqueo. Lucas (19,1-10) 30 de octubre de 2016.

¿De donde vengo? ¿A dónde voy?

San Ignacio de Loyola al comienzo de sus Ejercicios Espirituales se plantea esta cuestión y nos responde, en palabras de su época, de la siguiente manera:
El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma; y las otras cosas sobre la faz de la tierra son creadas para el hombre para que le ayuden a conseguir el fin para el que es creado. De donde se sigue que el hombre tanto ha de usar de ellas cuanto le ayuden para su fin, y tanto debe privarse de ellas cuando para ello le impiden (EE.23)

El punto de partida está claro: El hombre es creado, que es decir, yo soy creado, salido de las manos de Dios. Soy criatura; obra de arte; Dios soñaba conmigo. Dios tiene un plan, Dios no improvisa las cosas, existe un proyecto de Dios sobre mí, un proyecto que responde a la pregunta que todo hombre se hace: ¿Qué sentido tiene mi vida? ¿De dónde vengo? La Biblia nos responde que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, con capacidad para conocer y amar a su creador.

En otras palabras podríamos decir que somos creados para ser felices, para tener una vida grande y bella, una vida plena, eterna… 
El comentario de María al evangelio de este domingo nos ayuda a profundizar en esta cuestión.

“La imagen de Zaqueo subido en el árbol para ver pasar a Jesús, y la de Jesús bajo él, es realmente gráfica. Dios que se pone por debajo de nosotros para hacerse accesible a nosotros. Zaqueo quería verle pasar. Sólo eso. Se conformaba con eso, con verle pasar. No es Zaqueo quien invita a Jesús a su casa. Pero sí hace algo Zaqueo para encontrarse con Jesús: consciente de que es un señor bajito y de que no tiene capacidad para verle, busca cómo subirse a algún sitio desde el que poder contemplarlo. A su manera, está buscando la compañía de Dios. Pero nace de algo fundamental: darse cuenta de que es bajito y no puede de otra manera.

Quizá deberíamos empezar por reconocer que somos bajitos al lado de Dios y que las cosas que nos rodean son, en muchas ocasiones, más grandes que nosotros y nos impiden verlo. Para reconocer a Dios, hay que ser consciente primero de quién es uno mismo y, después, hay que querer “verle pasar”. Buscaremos subirnos a la higuera de turno que, muchas veces, suele ser otra persona y, generalmente, una persona de la Iglesia (mal que, en nuestros prejuicios, pueda pesarnos al principio). Sea cual sea nuestra higuera, darnos cuenta de que somos bajitos hace que la higuera no nos parezca tan mala. Y, en todo caso, no importa: lo que importa es que Zaqueo quería “verle pasar”.

No sabemos los motivos por los que quería verle pasar: si era curiosidad, deseo de seguirlo, si buscaba a Dios en Él o “algo” en Él, o si simplemente algo en su interior le inquirió a voces que lo hiciera. El caso es que quiso verle e hizo lo posible por ello. Dios también quería ver a Zaqueo. Quería estar con él y comer en su casa, pasar tiempo con él, quererlo, formar parte de su vida. Lo quería hasta tal punto que se hizo hombre, un hombre más alto que Zaqueo pero más pequeño que una higuera. Si Zaqueo elevó un metro su cuerpo al Cielo; Dios bajó entero a la Tierra para poder abrazarlo.

Sólo quería verlo y terminó comiendo con Él, recibiéndolo en su casa. La lectura, en su inicio, dice sólo que Zaqueo era “un hombre muy rico”: información sin matices. Pero la gente recrimina a Jesús haber ido a comer con él porque lo tenían por ladrón y, de hecho, ese “si a alguien he robado” que dice Zaqueo al final es algo más que una declaración de intenciones; es una confesión con todas las de la ley. Me hace pensar que Zaqueo quería verle pasar, medio escondido incluso, porque no se atrevía a abordar directamente a Jesús, no se atrevía a enfrentar su mirada a la de aquel hombre que resultó ser Dios. Pero con sólo querer acercarnos a Dios, Él sale a nuestro encuentro y se autoinvita a nuestra vida. Es más fácil de lo que pensamos. A Él le basta con que nos subamos a la higuera, con que deseemos verle, con que lo busquemos.

El efecto de Jesús en Zaqueo es impresionante. Jesús no lo juzga sino que se va a compartir la intimidad de su mesa con él: lo elige, lo prefiere, lo escoge, lo cuida, le demuestra que esto va de amor, no de juicios. Y de ese corazón duro de Zaqueo que acaba de ser amado, sale una respuesta natural al amor: querer amar. Quien se encuentra con Dios siente el impulso natural de querer ser justo, de reparar el daño cometido, de dar ese amor que acaba de recibir de Dios. Saberse amado de esa manera, haber enfrentado tu mirada a Sus ojos y tu corazón bajito al Suyo enorme, lleva a no desear nada fuera de ese amor y a convertirse en cauce del amor de Dios. Zaqueo era tan pobre que sólo tenía dinero: al encontrarse con Jesús, se vuelve tan rico que entrega todo y, por supuesto, también su dinero, al que ya no da el valor que daba antes. Nada se valora de la misma manera tras haber pasado una sobremesa con Cristo.

De reconocer que es bajito y necesita una higuera a reconocer que es un ladrón y necesita ser justo hay sólo una cosa: ha estado un rato con Jesús. Jesús salió de la casa de Zaqueo y Zaqueo cambió de vida para siempre. Es tremendo lo que puede cambiar todo con diez minutos bajo Su mirada. Solamente por buscar saber qué es lo que pasa al mirarse en sus ojos, deberíamos subirnos a todas las higueras de todos los caminos hasta lograr verle pasar. Y en el silencio, en la quietud de nuestra alma bajita, buscarlo: es Dios, que pasa”.

Después de leer el comentario de María al evangelio de hoy me hago esta pregunta ¿Qué cosas en mi vida me impiden ver a Jesús? Quizás sea algo mío que me hace estar más pendiente de mí mismo; quizás sean cosas externas, bienes, relaciones, amistades, cosas, etc.

Como el ciego del camino, también Zaqueo quiere ver a Jesús. Quiere verle y se pone manos a la obra. No es un querer el de este jefe de publicanos irreal, hipotético… quiere y pone los medios para ello: se sube a una higuera que estaba en el camino por donde iba a pasar Jesús.

No sólo lo vio sino que además fue visto. En nuestra vida cristiana es más importante saber que Dios me mira que mirarle a Él. Así podemos, entonces, definir la fe: como un cruce de miradas, la de Jesús y la de Zaqueo; la de Jesús y la mía.

Vemos en el Evangelio que a Zaqueo no le importa el qué dirán, y allí tenemos a todo un jefe de publicanos, a una persona con cierto estatus social, subido a una higuera… Es posible que el motivo de su deseo de ver a Jesús sea sólo por curiosidad pero algo le dice que va a suceder… ¡Y sucede! Jesús se autoinvita a su casa. ¡Cómo le gusta a Jesús autoinvitarse!

Una vez más vemos que cuando Jesús entra en la vida de uno la transforma. Zaqueo descubre que en el fondo lo que le impide ver a Jesús no es su altura, que sea bajo de estatura, sino las riquezas que ha acumulado defraudando. Jesús le hace ver más: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.

La salvación es esa transformación: Hoy a entrado la salvación a esta casa…
Este texto contiene importantes enseñanzas para todos nosotros. En primer lugar nos muestra que no vemos a Dios cuando nosotros queremos sino que Él tiene sus tiempos. Ningún instante de nuestra vida queda fuera de sus designios salvíficos. Por eso debemos permanecer siempre con el corazón atento.

Al mismo tiempo nos muestra como las diferentes acciones que vamos realizando suponen un posicionamiento por nuestra parte. Ensanchamos o estrechamos el corazón según nuestro comportamiento. De ahí que debamos prestar atención a todo lo que hacemos. Nada es irrelevante. Cada paso que vamos nos coloca en una dirección.

Dios no se esconde, pero se muestra a quienes lo buscan con sinceridad. Señalaba san Agustín que el tardó en encontrarlo porque lo buscaba en las cosas exteriores y desatendía a su corazón

Pidamos a la Virgen que nos ayude a estar siempre atentos a la voluntad del Señor para que sepamos reconocer siempre su cercanía y no nos despistemos por el camino del pecado.

Pidamos a la Virgen María que nos quite los complejos que nos impiden poner todos los medios para romper con aquello que no nos deja ver a Jesús y que con confianza y fidelidad dejemos entrar a Jesús en nuestra casa para que su salvación nos transforme.

 

 

 

 

DIOS SIEMPRE SORPRENDE

Parábola del fariseo y el publicano. Lucas (18,9-14) 23 de octubre de 2016.

Como sacerdote tengo que escuchar a mucha gente hablar de cosas espirituales (también mundanas, pero eso entra en el pack). De vez en cuando tenemos charlas, cursillos, retiros y conferencias en los que se habla de espiritualidad. Creo que no existe peor público para esto que los sacerdotes, somos de lo más crítico. Tengo que reconocer que en muchas ocasiones me he quedado marcado por la sensibilidad, sabiduría y profundidad de los ponentes/predicadores. En otras ocasiones, me gustaría que hubiesen dicho mucho más, o más claro. Pero también tengo que reconocer que las grandes lecciones espirituales me las he encontrado donde menos lo esperas: confesando a una viejecita, tomando una cervecilla con un joven, charlando con alguno de los amigos que tengo, estando algún día rezando en alguna parroquia distinta a la mía. Muchas veces, Dios te muestra la acción del Espíritu Santo en algunas personas y te quedas asombrado. Pienso: “Yo seré cura, pero mira que soy burro” y envidio sanamente a aquellos que escucho.

“En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: – «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.» Esto nos pasa a veces. Pensamos que ya sabemos lo que Dios quiere, cómo es Dios y cómo contentarlo. Hacemos cosas por Dios, pero no dejamos que Dios haga cosas en nosotros. El fariseo era buen tipo, hacía todo lo que creía que tenía que hacer, pero no dejaba espacio para Dios. Tampoco nosotros somos malas personas: oramos, guardamos la abstinencia, hacemos alguna obra de caridad… en fin: cumplimos. Yo creo que me puedo apuntar a este grupo, así que me pondré de ejemplo y no involucro a nadie más. Imaginaos el día que llegue a estar delante de Dios (para eso hay que morirse, pero es un paso necesario), ¿Qué le diré? “Señor, he cumplido todo” mientras le enseño la lista de las cosas que he hecho. El Señor la leerá atentamente (siempre es muy considerado con sus hijos), levantará la cabeza y dirá: “Es perfecto Javier, has hecho muchas cosas, pero en esta lista no está ninguna de las que yo te mandé”. Y tendré que irme avergonzado.

” El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador.” Aquí están los que te dan sorpresas. No es que no tengan que hacer oración, limosnas y penitencias, pero saben que Dios es el que las hace en ellos. No se sienten orgullosos de dar lo que tienen porque saben que no es suyo. No dan su tiempo a Dios, sino que están agradeciendo el tiempo que han recibido. No se jactan de sus méritos, pues saben que Dios es el que ama primero. Se saben pecadores, pero redimidos y, por lo tanto, agradecidos. Eso lo he encontrado en las personas que humanamente menos esperaba, porque Dios siempre sorprende.

¿A que si María? ¿ a que Dios siempre sorprende? 

«Él tiene su lógica y he de reconocer que su lógica es la correcta, pero no es la mía, no es como funciona mi cerebro. Por eso sorprende. Nosotros nos fijamos en quién es más poderoso, más admirado, más inteligente, más divertido, y nos complace su compañía. En cambio, Dios prefiere al débil, al de manos vacías, al que no puede y lo sabe. Y es radicalmente opuesto a nosotros, pero es una lógica perfecta y comprensible: quien cree tenerlo todo, no se deja ayudar, impide que Dios actúe y entre en su vida, impide que esa vida sea transformada. Es más, tiene un franco temor a esa transformación. En cambio, quien es capaz de reconocer que es pequeño, que le falta una infinidad para ser infinito, que no llega a todo, quien es capaz de mirarse –valiente mirada- por dentro y ver que es egoísta, o vanidoso, o soberbio, o perezoso, o todo junto, empieza a dejarle a Dios que Él lo haga. Le pide fuerza y se apoya en Él. Reconoce el amor de Dios como algo inmerecido y lo acepta por amor. Y, además, no cree que se esté jugando nada: sabe que con Dios no tiene nada que perder y sí mucho –todo- que ganar.

Cuando estamos seguros de nosotros, tenemos miedo a desapegarnos de nuestros éxitos. Son nuestros, los conseguimos nosotros y nos costó mucho lograrlos. El cambio está cuando nos damos cuenta de lo poco que valen, de la nada que son comparados con la felicidad, la paz y el amor que Dios nos da. 

Cuando era joven, con el ímpetu de los dieciséis años y una reciente conversión, viví soñando presentarme ante Él habiendo logrado éxitos para Él, con las manos repletas de ellos: Yo cuidaría de otros, Yo estudiaría más, Yo sería mejor persona, Yo le acompañaría –tremenda soberbia-, Yo le querría –qué poco conocía aún el corazón que tengo-, Yo… Lo estoy escribiendo y me hace gracias y todo. 

La infancia espiritual es así: obnubilada por Él, por el celo a amarlo, pretendía ser Yo quien hiciera las cosas. Yo, perfectamente capaz, vamos. Yo decidiría dónde invertir mis talentos y Yo les sacaría un rédito importante con el que presentarme ante él con la cabeza muy alta. Bien, no es del todo mal principio porque estaba movido por la intención de amar, pero, en todo eso, ¿dónde entraba Él, qué espacio le dejaba, dónde estaba Jesús de Nazareth?, ¿era parte implicada en mi vida o era algo accesorio, a quien mantenía a mi lado –que no conmigo-, pero al que no permitía entrar en mí porque ese Yo que se creía capaz de todo “no le necesitaba”?

Un tiempo después, tuve la Gracia de estrellarme estrepitosamente en mi vida y aquellos talentos que me jugué, no sólo no dieron interese sino que los perdí (o creí haberlos perdido). Manos vacías. Tenía las manos vacías y la mente y el corazón a oscuras. Rota por dentro, me convertí en nada. Y viví el terrible dolor de sentarme en el rincón de la última fila a decirle que no tenía nada que pudiera darle: ni siquiera la fuerza para vivir. 

Pero no era cierto: sí había algo que podía darle: mi oscuridad, mis infidelidades, mis miedos, mis manos vacías, mi mente rota, mis lágrimas… mi nada. Esa absorbente nada en la que me había convertido y que se tragaba todo como si fuera un agujero negro.
El Jesús de Nazareth que no me había montado años atrás, desapareció y, después de muchas últimas filas, de mucho pelearme contra Él y contra mí, de mucho buscar en todos sitios, encontré a Cristo crucificado. Llevaba todo el tiempo ahí, pero yo no había sido capaz de verlo. 

Siendo yo nada, siendo incapaz, me apoyaba en Él para todo; le miraba en su Cruz y le sabía conmigo, tirando de mí, roto de dolor en Getsemaní para estar conmigo en mi dolor y que yo no estuviera sola –que no yo acompañándolo a Él, como mi soberbia infantil y mi vida ortodoxa y autojustificada me hicieron creer años atrás-.

Las manos llenas de cosas no sirven para acariciar. Son las manos vacías las que son susceptibles de coger una azada y ponerse a trabajar. Para abrazar hay que soltar los puñados de cosas que hemos atesorado con apego, las justificaciones a nosotros mismos que nos llevan a no creer que tengamos que pedir perdón, las soberbias de creernos sin necesidad de nadie, las certidumbres inventadas sobre que lo que yo pienso es así porque yo lo pienso, la comodidad de la vida ortodoxa. 

Las manos de Jesús clavadas en la Cruz están vacías. Y fueron esas las que a mí me devolvieron la sonrisa. 

La gran sorpresa es esa: que Dios llena nuestras manos vacías.
Ojalá nos dejemos sorprender por Dios. Sin duda nuestra Madre Virgen, es la mujer más sorprendente de la historia. Nos hemos acostumbrado a su figura, pero si nos fijamos en ella despacio descubrimos que Dios hace lo que quiere con quien quiere.

 

 

 

 

CONFÍA. ESPERA.

Parábola de la viuda y el juez injusto. Lucas (18,1-8) 16 de octubre de 2016.

 

En las lecturas de hoy, somos invitados a dos insistencias. Por una parte, Pablo nos anima a no desanimarnos en la predicación: “insiste a tiempo y a destiempo…”. Por otra, la primera lectura y el evangelio nos invitan a la oración. Tanto en la predicación como en la oración, no hay que desanimarse. Curiosamente se trata de dos aspectos de la vida cristiana en los que es muy fácil perder la paciencia y acabar pensando que no vale la pena seguir intentándolo.

Son muchas las personas que tienen dificultades para rezar. No les es fácil ponerse ante el Señor. En parte, el problema viene de que no descubren la utilidad y lo consideran como un tiempo perdido. Eso implica una falta de fe. Por ello no es extraño que la enseñanza que hoy nos da Jesús acabe con una pregunta: “Pero cuándo venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. La oración, entonces, nos es dada como una medida de nuestra fe. Cree quien pide. El que no reza, o está desesperado o simplemente confía excesivamente en sus propias fuerzas.

Jesús, en la parábola que explica, nos da una enseñanza por contraposición. Dice que si somos capaces de insistir por cosas mundanas ante personas e instituciones que, a veces, ni siquiera son justas, ¿cómo es que no tenemos confianza para dirigirnos a Dios, que es nuestro Padre y nos ama? Así, la oración cristiana nos es propuesta como un diálogo amoroso con un Dios que es Padre. Como decía santa Teresa, “en la oración tratamos de amistad con quien sabemos nos ama”. De ello nos habla María en su comentario a las lecturas de hoy.

«Si no conocemos la profundidad de Dios, al menos sí conocemos cómo somos los hombres. Incluso conocemos nuestras miserias y nuestra capacidad para ser injustos. Y, sin conocer a Dios en toda su dimensión, sí sabemos muchas cosas de Él. Sabemos, al menos, una fundamental: lleva toda nuestra existencia buscando al hombre y ofreciéndonos su amor, haciendo filigranas a nuestros pies para dirigir nuestros pasos hacia Él, respetando nuestra voluntad de aceptarlo o no pero saliendo a nuestro encuentro. La Biblia es la historia de una búsqueda y un rescate. Sabemos tanto de Dios como que se hizo hombre y se mostró ante nosotros aclarando, en todo caso, una cosa: el Amor infinito que Dios nos tiene.

Hoy nos está diciendo: si no comprendes a Dios, fíjate al menos hasta en los injustos, que ellos, por motivos ajenos al amor, son capaces hasta de ser justos y dar las cosas buenas que los otros necesitan: ¿cómo Dios no lo hará?, ¿cómo no te daré lo que necesites, si te he dado hasta mi vida?

Confiar es difícil porque tenemos nuestros tiempos y Dios tiene los suyos, tenemos nuestras soluciones y Dios tiene las suyas, tenemos nuestra lógica y Dios tiene la suya: y no suelen ser las mismas. Vemos a corto plazo, Dios ve tiene miras para la eternidad; tenemos un cerebro inteligente que busca soluciones, pero Dios abarca todo conocimiento y sabe lo que hay que hacer. Tenemos urgencias, impaciencias, incomprensiones, cosas que se escapan a nuestro entendimiento y a nuestro sentir. Confiar es difícil porque incluye tener que esperar. Esperar no se nos da bien, al menos a mí.

Hace ya bastante tiempo que tiendo a no pedirle a Dios que se ocupe de las cosas aportándole la solución para ellas, sino que le pido que lo solucione. En la boda de Caná, la Virgen le expone el problema que hay, no le indica cómo resolverlo: sólo le notifica que sus hijos tienen una necesidad que cubrir. Cuando a Dios le aportamos la solución esperando el cumplimiento de esa solución a nuestra manera, la confianza se tambalea mucho y rápidamente. Cuando a Dios le contamos el problema y nada más, la espera puede hacerse larga. Seamos sinceros, a veces cuesta mucho el aparente silencio de Dios.

En cambio, el Evangelio de hoy nos da mucha luz y mucha esperanza. Nos grita: tranquilos, que lo voy a hacer, que lo estoy haciendo, de hecho. Mira a los hombres y entiende que, si ellos pueden llegar a ser justos, incluso quienes no son lo que venimos a decir buenos, Yo, que os quiero con locura, ¿no lo seré?

Hay cosas por las que llevo años rezando, hasta llegar a importunar a Dios. En ocasiones, siento dudas y hasta cansancio, me siento a oscuras, pero en cambio sé que estoy siendo escuchada. Lo he visto en mi vida: he visto la acción de Dios en mí y rezo a menudo por aquellos que rezan o han rezado por mí: aquellos que importunaron a Dios por mí. Dios siempre ha estado pendiente de mí, pero a Dios le gusta que recemos por otros: es una forma de que nos amemos. Rezar por otro es quererle, es ocuparse de él y ser sensible a sus necesidades. Y eso a Dios le encanta: sus hijos se quieren, no les negará nada de lo que sea bueno para ellos.

No entiendo muchas cosas, no comprendo a veces ese escrupuloso respeto a nuestra libertad incluso de hacer daño. Entiendo cerebralmente que lo tiene que hacer, que está obligado porque el amor tiene que ser libre y exige que se pueda elegir entre él y el odio. Pero también sé que Dios vence. Aunque no puedo olvidar que sigo a un Dios crucificado, a alguien que es humanamente un fracaso. Y a un Dios resucitado, que ha ganado la partida para nosotros.

Llevo al cuello un instrumento de tortura y a un hombre muerto: un crucifijo. No lo llevo por ser bonito que, evidentemente, no es una imagen agradable la de un torturado: lo llevo porque me hace saber que, pese a todo, pase lo que pase, Dios vence. El muerto de mi cruz resucitó. No llevo a un muerto, no llevo un fracaso: llevo la vida, la eterna, la razón para confiar, para esperar. Llevo una imagen que me recuerda continuamente algo aparentemente contradictorio a ella: que Dios vence. Y, en mí, también vencerá.

El martes pasado se cumplieron 25 años de mi conversión, de mi primer encuentro con Él. Han pasado muchas cosas entre nosotros: mi historia es la historia de una persecución y un rescate. Miro atrás y compruebo que sí, que Dios vence, que va ganando mi partida.

Gracias a todos los que, en algún momento de mi vida, le dijisteis a Dios: “A María le falta…”. Gracias a todos los que me habéis querido de esa manera tan especial. Gracias a todos los que arrancasteis una sonrisa a Dios al ver cómo me queríais. Va ganando mi partida. Gracias.»

Gracias a ti, María, por confiar y esperar. Mientras seamos fieles a la oración venceremos al mal y al pecado. Por el contrario, si dejamos de impetrar la ayuda de Dios seremos derrotados. Así se nos muestra que nuestro combate en el mundo no consiste en enfrentarnos directamente a las cosas, sino en hacerlo desde Dios. De alguna manera nosotros, ante la dificultad, acudimos a Él, y es Dios quien nos envía la fuerza para que de una manera nueva estemos ante las cosas. En la oración se vive, de una forma especial, la cercanía de Dios al hombre.

“La oración no se reduce al brote espontáneo de un impulso interior: para orar es necesario querer orar. No basta sólo con saber lo que las Escrituras revelan sobre la oración: es necesario también aprender a orar.” (Catecismo de la Iglesia Católica 2650). Orar es mirarle a Él no a nosotros, y en Él vernos nosotros, aprender a ver las cosas con sus ojos, a tener en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús ( cfr. Flp 2,5). El Santo Cura de Ars, observaba un hombre que entraba todos los días a la Iglesia, dejando en la puerta con gran ruido, los aperos de labranza… Un día el Cura de Ars sale a su encuentro para preguntarle qué es lo que hace; la respuesta: “nada, yo entro, le miro, Él me mira, y ya está”. Esto es oración y de la buena.

Pidamos a nuestra Madre buscar con verdadera pasión buscar cada día un tiempo para estar a solas con quien sabemos que nos ama, como decía Santa Teresa, Maestra de oración.

 

 

 

 

MIOPIA

Los diez leprosos. Lucas (17, 11-19) 9 de octubre de 2016.

«Las personas solemos tener una cierta miopía. Nos quedamos en las cosas cercanas, inmediatas, y lo lejano se nos configura enseguida como algo borroso. En la lectura de hoy hay nueve miopes. En otras ocasiones, Jesús, al curar, lo hacía en el momento, con un resultado inmediato: “Levántate”, y se levantaba; “Effetá” y se le abrían los oídos en ese mismo instante. Pero esta vez, a los diez leprosos que se acercan a Él, les dice “Id a presentaros a los sacerdotes”. Y ellos van. Y, de camino, quedan limpios. El milagro existe, pero ha pasado un corto tiempo entre la orden y la realización de éste: sólo uno vuelve. ¿El resto?

Hay dos cosas que resuenan en mí en este Evangelio: “Ellos van”. Jesús les dice que vayan ante los sacerdotes y ellos se dan media vuelta y se van. Sinceramente, en el mundo de hoy –o a mí al menos- esa docilidad falta. Me viene a la cabeza ese “¿por qué un sacerdote si es un tío como yo o peor?” que mucha gente se pregunta ante la idea de ir a confesar, por ejemplo, o de acercarse a Dios. “¿Por qué hablar de esto o de aquello con alguien de la Iglesia?”. Como todo el mundo, no siempre he tenido una respuesta perfecta por parte de todos los miembros que conozco de la Iglesia –igual que, como miembro de la Iglesia, yo tampoco la he dado siempre-, y me han dolido cosas, y he encontrado incomprensiones, pero es Jesús quien dice, como en la lectura de hoy: “Ve a los sacerdotes”.

En ese ir hacia la Iglesia, muchas veces se encuentra la belleza de la Iglesia y su efecto antes incluso de llegar, como estos leprosos, que se curaron de camino. En muchas personas se encuentra un algo que, pese a la maldad o bondad de la persona concreta en sí, de repente sana, cura heridas. Dios tiene muchas formas de hablar y suele hacerlo como la brisa: rozando. Algunas de las cosas más importantes de mi vida me las ha dicho por medio de una frase pronunciada por alguien que no sabía de la trascendencia que eso podía tener para mí, pero con la que me ha iluminado la mente y me ha sosegado el corazón. Vayamos a la Iglesia perdonándola de antemano, sabiendo que está hecha de gente corriente y, por supuesto, deficitaria en muchas cosas y con las mismas oscuridades que cualquiera, pero a través de las cuales, por algún motivo, Dios quiere hablarnos. Él quiere contar con nosotros para todo: para presentarse ante los hombres y amarles, también.

La otra parte, que me causa dolor incluso –en parte por verme reflejada en ellos y, en otra parte, por el dolor que debió causarle a Jesús esa indiferencia de aquellos ante quien Él no fue indiferente-, es que no volvieron. Eran miopes, tremendamente miopes. Se vieron curados y se fueron a su vida tan contentos, pero habían olvidado que un rato antes había sido Jesús quien les había curado. Pasó un tiempo entre la orden y la curación: el justo para que olvidaran de dónde, de Quién, venía su salud recobrada.

Olvidamos a Dios. Aparece en nuestra vida, cura nuestras heridas y no somos capaces de reconocerle, de darnos cuenta de que ha sido Él. No volvemos para decirle “gracias”: se nos olvida quién es y qué ha hecho. Aquellos nueve que no vuelven no serían mala gente; sólo miopes. Y, probablemente, pasaran el resto de su vida hablando a la gente de lo que Jesús hizo por ellos y hasta le reconocieran como Hijo de Dios, pero no volvieron a Él, no vivieron con Él, no compartieron nada con Él. ¿De qué sirve eso? Se les curó el cuerpo, pero desaprovecharon la ocasión de vivir junto a Dios: se dejaron el alma a medias.

No se puede hablar de Cristo a los hombres sin haberle hablado antes a Él de los hombres. No se puede seguir a Cristo sin Cristo, sin pasar ratitos con Él, sin comulgar, sin Eucaristías con las que compartir lo más sublime con el resto de hermanos, sin confesar y recibir su abrazo, sin estar con Él, sin vivir con Él, sin amarle a Él. No tiene sentido.

Sólo uno volvió a Jesús, a amarlo. Uno. El resto no eran malos tipos: sólo eran miopes. Dios me libre de esa miopía. ¿De qué habrían servido los mensajes que, en la brisa, me va enviando Dios?, ¿de qué habría servido, incluso, la curación de mis heridas cuando mi alma hubiera seguido siendo raquítica?»

Yo tampoco, querida amiga María, querría tener esa miopía. Por eso intento todos los días ser muy agradecido. Tengo para mí que el agradecimiento embellece todas las cosas. Cuando damos las gracias por cualquier cosa es que caemos en la cuenta de que allí hay una belleza o un bien que merecen ser reconocidos. Y nuestra acción de gracias, por sencilla que sea, hace que refulja y no pase desapercibido. Sin duda dar las gracias hace que seamos más conscientes del gran regalo de la vida y de tantas cosas buenas que pasan a nuestro alrededor. De esa manera también somos capaces de afrontar las dificultades con otra mirada y mayor generosidad.

La gratitud es esa virtud que nos ayuda a conectar el don con el donante. Si lo que nos han dado gratis es bueno, quien nos lo ha dado es bueno y quiere nuestro bien. La gratitud impide quedarse en uno mismo gozando del bien recibido. Es como si un hilo invisible uniera el regalo con el dador y al tirar de él apareciese el otro. El leproso, viéndose curado, se dio cuenta de que Dios es bueno y no cruelmente caprichoso. Entonces sucedió otra cosa provocada por la gratitud. El leproso reconoció en aquel maestro judío al Hijo de Dios. Y es que la gratitud nos abre los ojos y el entendimiento y nos permite “reconocer” al otro. Creíamos conocerlo, pero resulta que con su favor, con su regalo, nos ha sorprendido y conocemos así algo nuevo en él, o mejor, lo conocemos como realmente es, más auténticamente.

Este leproso, por la gratitud, reconoció a Cristo y eso le llevó a la fe, una fe que quizás estuviera perdiendo. A mí esto me ha hecho pensar que quizás nosotros no agradecemos ni el diez por ciento de las cosas que recibimos. Si me paro a pensarlo creo que aún es mucho menor mi agradecimiento. De hecho desde que me levanto hasta que me acuesto debería estar agradeciendo al Señor por sus dones. Me gustaría hacerlo.

Jesús nos enseña también que el agradecimiento es una manera de alabar a Dios, de darle gloria. Porque cuando damos gracias por cualquier cosa, al final estamos reconociendo a Aquel de quien procede todo bien y que muestra su grandeza en la misericordia que tiene con nosotros.

Que María nos ayude a vivir la gratitud, reconociendo a Dios cada día en todo lo que nos da. Amén

 

 

 

 

DEJAR A DIOS SER DIOS

Parábola del grano de mostaza. (Lucas 17, 5-10)  2 de octubre de 2016.

«La fe no consiste únicamente en reconocer que Dios existe y que Cristo es Dios. La fe consiste en confiar. Y eso ya sí son palabras aún más mayores. Confiar en que Él lo arregla. Confiar en que Él puede con las cosas. Confiar en que lo hace a su manera y esa es la mejor posible. Comprender que Dios se pasa el día haciendo filigranas a nuestros pies. Confiar, en definitiva, en que nos quiere y, además, en que Dios es Dios.

Un amigo me dijo un día, ¿por qué no dejas a Dios ser Dios? Y me resultó dura la pregunta. Para empezar, ¿cómo que yo no le dejaba ser Dios si le reconocía como Dios? Pero es que una cosa es reconocerle como tal y otra es dejarle ser Dios.

Muy a menudo tenemos soluciones ideadas para nuestros problemas y nuestras carencias y nos parecen la mejor forma de arreglarlos, así que, en vez de exponerle a Dios el problema y confiar en que Él se ocupa, le pedimos que lleve a cabo nuestra solución. Le tratamos como si fuera Harry Potter y tuviera una varita, así que nos enfadamos cuando no comprendemos, cuando esperamos un suceso concreto que no ocurre –en vez de esperar una solución que sí está ocurriendo-.

Confiar en Dios consiste en dejarle que haga las cosas a Su manera. Y consiste en creer que nos quiere. Me dolería terriblemente que mis hijos se plantearan que, pudiendo yo ayudarles a algo, no lo voy a hacer y les voy a dejar tirados. En cambio eso es lo que hago con Dios muchas veces. Hay noches oscuras en las que Dios parece que no va ganando, en las que se le echa de menos hasta que duele, en las que parece no estar o estar callado. En esas noches parece que el alma sangra. Y esas noches pueden durar mucho. Confiar en medio de la noche no es fácil.

En cambio hoy el Evangelio nos dice: “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: "Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Es decir, nos está diciendo: “Oye, tú sólo haz lo que tengas que hacer, hasta donde llegues, pero lo que tengas que hacer: Yo me ocupo del resto, confía en mí”.

Cuando me miro, sinceramente, veo que yo esta batalla espiritual que se libra en la vida, al igual que el resto de batallas serias a las que nos vamos enfrentando, no sería capaz de ganarla solita. No puedo, no dispongo de medios, no tengo el corazón ni el valor suficientes. Pero ni yo ni nadie. Aunque sí hay algo que puedo hacer: hacer lo que tengo que hacer, lo que Dios pide –que además es bastante poco (difícil, sí, pero poco)-. De lo demás se encarga él, que sí puede con ello. Y yo no debería plantearme nada más.

Hacer lo que tengo que hacer consiste en vivir con honestidad, es mirar a las personas a los ojos haciéndonos sensibles a sus problemas y ayudándoles en ellos, es hacer la cena a los niños y ocuparse de lo que pasa por su cole, es trabajar con diligencia, es sonreír. Hacer lo que tengo que hacer consiste en vivir nuestra vida como es, en la sencillez que tiene, en la vocación a la que hemos sido llamados, pero en clave de Dios: buscando amar, reconociendo el rostro de Cristo en cada persona. Y después, dejar el resto de cosas en sus manos.

Él sabe lo que hace. Aun cuando es de noche, Él sabe lo que hace. Deberíamos dejar a Dios ser Dios.»

Una de las grandezas y misterios de nuestra fe, amiga María, es la gratuidad de Dios. Dios no nos ha llamado a la vida ni nos cuida cada día de nuestra vida porque hagamos cosas por él. El amor de Dios nace de la gratuidad, nos quiere porque quiere. Cuando nosotros vivimos la gratuidad nos vamos pareciendo más a Dios y, por lo tanto, somos más humanos. “Los que confían en él comprenderán la verdad, los fieles a su amor seguirán a su lado; porque quiere a sus devotos, se apiada de ellos y mira por sus elegidos.” Si cada noche, cuando llegas a la cama y te dispones a dormir, haces un breve examen de conciencia y piensas; “He hecho lo que tenía que hacer” no creas que Dios no te dará nada, te harás más de Dios y descubrirás la maravilla de vivir cerca de Dios y la grandeza de tu vida. Tal vez no tengas más cosas, ni te vaya mejor, ni tengas más suerte…, pero vivirás mejor. Muchas veces tendrás que recoger la basura de otros y nadie te lo agradecerá, sólo sentirás la sonrisa de Dios.

Como muy bien nos recuerdan los últimos pontificados Dios no se impone, se propone, y en libertad tenemos que acoger su Palabra y hacerla vida en nuestra vida. Por eso no hay que evitar esfuerzos para entender a Dios. Y para entenderle son necesarias ciertas actitudes previas:

– Lo primero, la confianza. Sabes que Dios te quiere bien, que no está para fastidiarte, ni te ha creado para humillarte. En ocasiones no entenderemos sus actos, pero confiando comprenderemos que Dios hace las cosas porque nos quiere.

– Lo segundo, la escucha. No podemos esperar a que Dios zarandee violentamente nuestra vida, además nos sentaría mal. Debemos permanecer a la escucha en los acontecimientos de cada día y descubrir la voz de Dios en lo más rutinario.

– Lo tercero, la humildad. Humildad para reconocer que lo que Dios nos dice a lo mejor no es lo que más nos gusta, pero solamente escuchándole y poniendo por práctica lo que nos dice llegaremos a ser felices.

Un ejemplo de confianza, escucha y humildad lo tenemos en santa Teresita del Niño Jesús y su camino de infancia espiritual. Me costó mucho años leer, y que me gustase, su “historia de un alma” y ahora pocas cosas tan sencillas me parecen tan apasionantes.

Este domingo coincide con la Fiesta de los Ángeles Custodios. Trata a tu ángel de la guarda con confianza, ponle nombre, cuéntale tus cosas y confía en él. Nunca te encuentres solo ni dudes de la providencia de Dios en tu vida. Confía en Dios que te quiere, quiere a quien Dios te ha puesto a tu lado y jamás te sientas solo.

La Virgen nos muestra esa providencia cuidadosa de Dios para con cada uno, que de ella aprendamos a tratar con confianza a los ángeles, a nuestro ángel que nos guarda. Pídele hoy a la Virgen crecer en gratuidad, conocerás más a Dios y te conocerás más a ti.

 

 

 

 

 

LA SATISFACCIÓN DE LOS SENTIDOS.

Parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. (Lucas 16, 19-31)  25 de septiembre de 2016.

«A menudo nos quejamos de nuestras carencias, de lo que no tenemos y otros tienen, y no somos conscientes de que tenemos todo. Una amiga mía de otro país me decía hace poco “Europa es lo más parecido al paraíso en la Tierra”. Discrepé un poco y le dije que Europa estaba herida, pero luego pensé en por qué decía aquello: tenemos sanidad y educación, tenemos comida en el frigorífico y tiendas capaces de abastecer a la población, prestación de desempleo, un teléfono con whatsapp y skype para poder comunicarnos y tener cerca una hermana que se va a vivir a la otra parte del mundo, ordenador con conexión a internet sin que nos corten las páginas que a unos gobernantes les parece bien que no veamos. Somos libres para pensar, libres para opinar, libres para acceder a la información que queramos, libres para movernos donde nos apetezca. Tenemos oportunidades y aviones que nos llevan a otras culturas de las que aprender. Tenemos universidades donde estudiar y aprender a ser críticos y entrenar nuestro cerebro. Tenemos padres, hermanos, amigos. Incluso cuando vienen malas, tenemos servicios sociales y tenemos hasta a Cáritas, que da ayuda, amor y cariño a quien lo necesita.

Miras el mundo de ahí afuera y te das cuenta de que es verdad: somos lo más parecido al paraíso en la Tierra. Pero aun así, nos quejamos, nos parece poco, nos parece que vivimos en una situación de carestía y que podríamos tener más. Estamos llenos de bendiciones y no somos capaces de verlo. Y lo que es peor, no somos capaces de ver la situación de esos otros países en los que las personas no pueden hablar, donde google está prohibido, donde la comida no llega y las tiendas están desabastecidas, donde el agua es un bien de lujo, donde las guerras arrasan con todo, donde convierten a los niños en soldados y en esclavos y venden a las niñas casándolas a los nueve años. Pero no lo vemos.

Buscamos la satisfacción plena de nuestros sentidos pero es una trampa: los sentidos siempre piden. Y, además, la satisfacción de los sentidos, como meta, endurece el corazón y nos hace insensibles a los que les falta esa riqueza nuestra. Santa Teresa de Calcuta era capaz de ver a los pobres y, es más, era capaz de amarlos. Ella era albana, no de la India, pertenecía a una familia acomodada, no tenía por qué haberse metido en aquellos agujeros. De hecho, no tenía por qué haberlo visto siquiera. Pero fue capaz de verlo, de ser consciente de ello; y de amarlo. ¿Por qué ella sí pudo? La respuesta la dio ella: en todas sus casas hay una frase ante ellas: “Este es el Cuerpo de Cristo”. Ella veía a Cristo “en el angustioso disfraz de los pobres”.

La búsqueda de los sentidos satisfechos endurece el corazón porque nos hace mirarnos a nosotros mismo. Y la dureza del corazón hace que no podamos escuchar los mensajes de Dios, sus avisos, sus propuestas, sus delicadas palabras que lleva diciéndonos desde el principio de nuestra ruptura con Él para que podamos llegar de nuevo hasta Él mismo: su presencia en los demás, la oportunidad de quererle, de mimarle, de vivir para Él, que nos da el vivir para los demás. Cuando nuestro corazón es duro, ni siquiera viendo a Jesús podríamos reconocerle. La dureza del corazón nos vuelve ciegos a la voz de Dios, a percibir su presencia y comprender la belleza y la felicidad de sus mandatos, que son lo que nos hacen libres y plenos.

Me miro ahora a mí y me siento como ese rico que no era capaz de ver que había alguien a su puerta esperando sus migajas tan solo. Al leer la lectura de hoy me hago consciente de mi posición, de todo lo que tengo. De repente me doy cuenta de que en ese Lázaro está Cristo escondido: no puedo amar a Dios si no es amando a sus hijos, a mis hermanos, a aquellos que, de una forma o de otra –hay muchos tipos de pobreza- , necesitan algo que yo puedo darles.

En otras cosas yo soy Lázaro: pobre en valentía, pobre en consciencia, pobre en fe, pobre en disposición, pobre en corazón. Necesitada de ayuda en unos aspectos; capaz de darla en otros. No podemos quedarnos a medias, cuidando la satisfacción de nuestros sentidos y volviéndonos duros e inconscientes: moriríamos sin haber vivido; viviríamos la eternidad sin haber aprendido a vivir.»

El comentario de María a las lecturas de este domingo me ha recordado la conversación de hace años con la madre de un chaval de diecisiete años que lo estaba pasando francamente mal. El chaval estaba cumpliendo condena en un centro cerrado, tenía dieciocho meses por delante, y tras unas primeras semanas en que no se enteraba demasiado, se fue dando cuenta que ningún “amigo” le escribía. Y es que sus amigos son colegas, estupendos para tomar una cerveza o hacer algún destrozo, pero cuando las cosas se tuercen y no puedes ofrecerles nada, se olvidan de ti. Es muy triste darte cuenta a los diecisiete años que no tienes amigos, que cada uno va a lo suyo. Sólo sus padres son los que, semana tras semana, van a verle.

“En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:- «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico.”

El gran pecado del rico no era ser rico (que el Evangelio no lo ha escrito la ministra de hacienda), sino que no se daba cuenta de la presencia de Lázaro a su puerta. No trataba al otro como una persona, su presencia nunca le movió a la compasión o a la caridad. Tampoco parece que lo maltratase, simplemente no existía, había dejado de escribirle cartas, no era interesante. Sólo se fija en él cuando puede utilizarlo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas.” “Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento.” Pero ya es demasiado tarde. Dios no castiga la riqueza, sino que la riqueza nos cierre el corazón.

Tal vez nosotros pensemos: “Bueno, yo no soy rico, yo no puedo hacer grandes cosas y cambiar el mundo, este Evangelio no me afecta demasiado”. Si los colegas de este chico de la cárcel fuesen a Misa y escuchasen hoy este Evangelio tendrían que darse cuenta que su riqueza es poder dar esperanza a este chaval. Y tu y yo cuando salgamos de la celebración de la Eucaristía tendremos que pararnos a pensar cuál es nuestra riqueza y dársela a los demás. Tal vez una visita a ese enfermos que hace tiempo que no vamos a ver, esa llamada de teléfono que llevamos días retrasando, escuchar a esa que llevamos tiempo evitando porque es muy pesada, dar nuestro tiempo para una buena causa,… lo que sea. No podremos llegar delante de Dios a decirle: “No he hecho nada malo”, y no presentarle nuestras buenas obras. La vida cristiana es justamente eso: vida. No es evitar pecados, sino llenarnos de buenas obras para las que Dios nos capacita. “Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe. Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado, y de la que hiciste noble profesión ante muchos testigos.” Es una conquista que hay que pelear y sus armas son la fe, la esperanza y la caridad.

La parábola nos instruye también sobre el más allá. La distancia entre los condenados y los redimidos es infranqueable. Epulón no se queja de su destino final, lo cual nos indica que es consciente de que lo ha elegido él y de que no se le está haciendo ninguna injusticia. Pero esa distancia imposible la podía haber salvado levantándose de la mesa y acudiendo a la puerta en la que languidecía Lázaro. Las distancias cortas de esta vida se vuelven infinitas en la otra. De hecho, sólo en la vida eterna nos será dado el conocer la verdadera dimensión de nuestros actos. La fe nos enseña que, con la muerte, nos adviene la sanción de nuestras obras. A partir de ese momento no hay capacidad de elección. El hombre queda fijado, para siempre, en el lugar al que le han conducido sus pasos. Aunque el momento de la muerte y del juicio particular, en el que cada uno ante Jesucristo, juez misericordioso, da cuentas de su vida, están envueltos de cierto misterio, sabemos que se hará justicia (algo que, por otra parte, espera todo hombre).

La misericordia divina espera algo del hombre: ser acogida. Ahora bien, el signo de que se acepta el amor de Dios es que empezamos a amar como Dios ama. Dios es lo primero en la intención, pero el prójimo necesitado antecede en nuestra acción.
Epulón vivía para sí mismo y por ello se regalaba con toda clase de placeres. Resulta difícil pensar que, de haber entrado en el cielo, donde la vida es comunión de amor, se hubiera sentido a gusto. Todo amor auténtico exige cierta reciprocidad. Tengo para mí que el egoísmo de los condenados es tan grande que, aunque fueran muchos, todos sentirían una soledad inmensa.

¿Te he hablado alguna vez de la Madre de Lázaro? Es tu Madre y la mía. Pasea, entre inquieta y dolorida, sus ojos de un hijo a otro: de Lázaro a Epulón, de Lázaro a ti, y de ti a Lázaro. Espera algo… ¿cuándo se lo darás?

 

LAS PEQUEÑAS COSAS.

 Parábola del mayordomo infiel. (Lucas 16, 1-13)   18 de septiembre de 2016.

“El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado”. Esta sentencia del Señor, tan llena de sentido común, en principio debería ser sencilla, hacer vida, convertirla en criterio de actuación habitual; pero muchas veces no es así. Cuántas veces no decimos algo semejante a esto: bueno, este detalle es pequeño, se trata de un mentira sin importancia, es una mentira piadosa – como si la piedad y la mentira se pudieran conjugar juntas – ¿No se trata acaso de quitar importancia a lo pequeño? Podríamos ir recorriendo cada virtud cristiana y descubriríamos lo mismo: ¡se trata de una pequeña falta de caridad, es algo de detalle, si vamos a ser tan meticulosos! No damos importancia a nuestros enfados y se termina sembrando la indiferencia. Empezamos por no dar importancia a la murmuración, a comentar defectos ajenos, y acabamos calumniando, maltratando el buen nombre de los demás diciendo cosas de los demás que no son verdad, sin apenas descubrir la gravedad de la injusticia. Debemos cuidar las pequeñas cosas, y de eso nos habla hoy María.

“Muchas veces nos parece que a las cosas nimias no hay que cuidarlas, que no son trascendentes, que son pequeñas, chiquititas, y eso las convierte en asuntos sin importancia que no afectan a nadie y, por tanto, con los que podemos obrar como nos parezca sin cuidado de si es la forma correcta o no. En cambio son precisamente esas cosas las que determinan nuestro obrar, las que nos hacen cómo ir por la vida.
En el Evangelio de hoy, el Señor hace hincapié precisamente en eso: la importancia de nuestra actuación ante las cosas pequeñas. ¿Qué más da lo poco si sólo es eso: poco? La trascendencia de las cosas pequeñas puede que sea pequeña en lo que afecte a los demás, pero siempre va a afectarles y tenemos que velar porque nuestros actos engrandezcan a los demás y no les provoquen ningún daño. Pero hay un problema añadido, uno que es grave: no cuidar el cómo actuamos en lo pequeño nos enfría el corazón, lo insensibiliza.

“El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado” (Lc 16, 10). De esto nos avisa el Señor: ¿cómo obrar bien en las cosas importantes cuando en aquellas que no cuestan tanto no lo hacemos? El que no es de fiar en lo poco es porque no valora lo poco, porque no vive para las pequeñas cosas cotidianas y esas son precisamente de las que más hay, a las que nos enfrentamos continuamente, las que configuran nuestro día a día. Si no lo cuidamos, el corazón se va haciendo a ese no cuidar, a ese obrar relativizando todo hasta banalizarlo. Y con un corazón insensible, ¿cómo vamos a ser sensibles a las cosas importantes? Con un corazón enfriado, ¿cómo vamos a ser fuego en el mundo? Con un corazón acostumbrado a las medias tintas de forma cotidiana, ¿cómo vamos a tener la valentía necesaria para amar hasta el extremo?

Lo pequeño es importante porque nos configura el modo de actuación, la manera de ir por la vida. A Dios le encantan las pequeñas cosas: se ha encerrado en la pequeña cosa de un alimento y, además, de lo más simple: pan. Y, seamos claros, las personas somos también pequeñas cosas: miras al Universo, a la grandeza de la Creación, y nosotros somos pequeños, insignificantes comparado con ello. Ni siquiera estamos un tiempo considerable en la Tierra en comparación con otros seres u otras formaciones. Somos pequeñas cosas. Nuestra grandeza reside en que somos hijos de Dios, amados por Dios.

El Dios de las pequeñas cosas reside en lo cotidiano, lo encontramos cada día en nuestros hijos, en nuestras alegrías –y también en el consuelo ante nuestros dolores-; lo llevamos cada día de paseo y lo entregamos a los demás en la sonrisa franca al señor que sube con nosotros en el ascensor, en el trato cariñoso a nuestros compañeros de trabajo, en la ayuda prestada a quien lo necesita, en el poner la mesa para que no sea otro quien realice ese trabajo. En las cosas cotidianas, pequeñas: esas que más transcendencia tienen; esas que determinan cómo andamos por la vida. “

Como nos decía María en su comentario a las lecturas de este domingo, en el cuidado de los “detalles” pequeños nos jugamos mucho más de lo que pueda parecernos. San Juan Pablo II nos recordaba en la Exhortación “Reconciliación y penitencia” 17, comentando la parábola del hijo pródigo cómo la decisión de abandonar la casa del Padre no se improvisa. “A una decisión de ese género no se llega de repente: que esto no se nos olvide. Ya antes habría consentido pensamientos solapados de rebeldía, de crítica contra su padre, de celos hacia su hermano,…” De ordinario, Dios nos pide pequeñas cosas, vencimientos casi insignificantes, pero que llenos de cariño agrandan el corazón haciéndolo capaz de amar con más generosidad, capaz de amores más grandes. Cuando no mantenemos “engrasado” el motor del amor, la caridad, nos enfriamos y no somos capaces de ser honrados en lo importante. “No penséis que los que se pierden caen víctimas de un fracaso repentino; cada uno de ellos erró en los comienzos de su senda, o bien descuidó por largo tiempo su alma, de modo que debilitándose progresivamente la fuerza de sus virtudes y creciendo, en cambio, poco a poco la de los vicios, vino a quebrantarse miserablemente… Una casa no se derrumba de golpe por un accidente imprevisible: o había ya algún defecto en sus fundamentos, o la desidia de los que la habitaban se prolongó por mucho tiempo, de forma, que los desperfectos, en un principio pequeñísimos, fueron corroyendo la firmeza de la armadura, por lo que, cuando llegó la tempestad o arreciaron las lluvias torrenciales, se destruyó sin remedio, poniendo de manifiesto lo antiguo del descuido” (Casiano, Collationes, 6, 17 (PL 49, 667-668).

El amor hay que cuidarlo, mimarlo, alimentarlo,… ¡defenderlo! continuamente. El amor está hecho de pequeños y repetidos actos de amor, de entrega. Las dejaciones pequeñas van creando una muralla que no deja a la fuerza de Dios llegar a nuestras almas y que las cambie. Es como esas barreras de coral que frena la fuerza del mar, del oleaje y que están hechas de miles y miles de pequeños animales (pólipos). El Espíritu Santo advierte a la Iglesia de Sardes – y a nosotros -: “conozco tu conducta; tienes nombre de viviente pero estás muerto” (Apoc 3,1). Como estar muerto y seguir andando por el impulso, la inercia, pero ya no está movido por el amor, cuando nuestro corazón está hecho para amar. Hemos de aprender a no quitar importancia a lo pequeño.

Madre mía, Madre nuestra, descúbrenos el tesoro escondido en la fidelidad y el amor en lo pequeño, que lleva al amor hasta el extremo.