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Catequesis mariana de Ntra. Sra. de Las Angustias de Toledo.

Ilmo. Mons. D. José Antonio Martínez García.

Párroco de las Santas Justa y Rufina y Consiliario de la Hermandad

 

«¿A quién debo yo llamar vida mía, sino a ti, Virgen María?»

(Juan del Enzina. Siglo XV)

 

Introducción

         Si utilizamos el pensamiento filosófico más antiguo que conocemos y que influyó en una gran parte de la teología cristiana, la belleza y la bondad son categorías que en último término coinciden con Dios.

En efecto, como dice Ratzinger en una de sus más famosas obras sobre la liturgia, mediante la aparición de lo bello somos heridos en lo más hondo del alma y esta herida nos lleva más allá de nosotros mismos, dando un impulso a la nostalgia, empujándonos al encuentro con lo verdaderamente bello, con lo bueno en sí mismo, es decir, con Dios.

Hay una estrecha relación entre la creación, la cristología y la escatología. Para que lo entendamos mejor: entre la creación, Jesucristo y el cielo, hay un vínculo estrecho: la obra de la creación en manos del hombre, nos habla de la redención que nos ha conseguido Jesús, para que todos participemos de su gloria.

Por eso, cuando contemplamos una imagen sagrada, como la que tenemos en este maravilloso trono, admiramos la obra creadora que ha hecho el artista participando del espíritu creador que Dios inculcó en su alma, expresando un misterio concreto de la epopeya de la Redención; para inmediatamente transportarnos a la realidad de la gloria a la que esta imagen nos invita a vivir. Es una imagen de la historia (la historia sagrada), en la que se nos señala el camino que conduce a Cristo, yendo Él por delante de nosotros y abriéndonos el camino hacia la Casa del Padre.

O de otra manera: nuestro sufrimiento es parte de la historia de Jesús, donde la compasión de Dios se hace palpable, arrebatándonos hacia lo alto envueltos en un mar de esperanza.  

¿Cómo es posible?.... os invito a contemplar a María en su trono de dolor y de gloria…  

 

 

1. Una espada  

 

"Simeón les bendijo y dijo a María, su madre:

«Este está puesto para caída

y elevación de muchos en Israel,

y para ser señal de contradicción

-¡y a ti misma una espada

 te atravesará el alma!-

a fin de que queden

al descubierto las intenciones

de muchos corazones." 

(Lc 2, 34-35

El dolor y la muerte no han sido creados por Dios.

Lo único que ha llegado a conseguir el sufrimiento ha sido provocar un caudal de misericordia que brota desde lo más profundo del corazón del Señor. Es decir, aniquilar el mal con el amor.

Nosotros sufrimos también el dolor y la muerte; a veces, como una espada que nos traspasa el alma incidiendo donde más nos duele. Pero sabemos que tenemos el poder de convertir el dolor en amor. No podemos con nuestras propias fuerzas, sino con la gracia de Dios, con su poder y con su ayuda.

El cansancio, el aburrimiento en el que nos sumerge el paso de los días bajo la sombra de lo cotidiano, mezclada con el sufrimiento, es una oportunidad para contribuir a la Redención con nuestro granito de arena y escuchar esta palabra esperanzadora del Señor:

 

"«Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí »,

como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva.»

Esto lo decía refiriéndose al Espíritu

que iban a recibir los que creyeran en él."

(Jn 7, 37ss)  

 

 

2. La madre

¿Cuál es la palabra que sale de nuestro corazón y de nuestra boca cuando estamos en una situación difícil o nos acecha un peligro? Todo hombre grita, aunque sea instintivamente: ¡¡mamá!!

La profundidad de nuestro corazón guarda siempre el mejor de los recuerdos: los besos de nuestra madre.

Un hombre sin padre y, sobre todo, sin madre, tiene un sentimiento de abandono a veces tan profundo que es imposible llenar. Más aún ¿a caso se podrá llenar alguna vez?

Dice un poeta (Heinric Neuman Alemán):

Si tienes una madre todavía,

da gracias al Señor que te ama tanto,

que no todo mortal contar podría,

dicha tan grande ni placer tan santo.

 

Si tienes una madre...sé tan bueno

que ha de cuidar tu amor, su paz sabrosa,

pues la que un día te llevó en su seno

siguió sufriendo y se creyó dichosa.

 

María es nuestra Madre, es la Madre. Los cristianos jamás estamos huérfanos, siempre tenemos una Madre y, con toda seguridad, conocemos sus rasgos cuando miramos a cada una de nuestras madres en la tierra, signo elocuente del amor maternal que cae del cielo.

María, Ntra. Sra. de Las Angustias, nuestra Madre, mi Madre,… como mi madre.  

 

No me desampare tu amparo,

no me falte tu piedad,

no me olvide tu memoria.

Si tú, Señora, me dejas,

¿quién me sostendrá?

Si tú me olvidas,

¿quién se acordará de mí?

Si tú, que eres Estrella de la mar

y guía de los errados, no me alumbras,

¿dónde iré a parar?

No me dejes tentar del enemigo,

y si me tentare, no me dejes caer,

y si cayere, ayúdame a levantar.

¿Quién te llamó, Señora, que no le oyeses?

¿Quién te pidió, que no le otorgases?

(Fray Luis de Granada)  

3. Mi dolor

«Yahveh me ha abandonado,

el Señor me ha olvidado.»

-¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho,

sin compadecerse del hijo de sus entrañas?

Pues aunque ésas llegasen a olvidar, 

yo no te olvido. Míralo, 

en las palmas de mis manos te tengo tatuada.

(Isaías 49,15ss)

 

Nunca una madre se olvida de sus hijos por muy malos que sean.

¿A caso un hijo es malo para su madre? Si alguna vez ocurriese, Él nunca se olvidará y Ella, nuestra Madre, tampoco.

La Iglesia aplica a María la palabra «compasión» queriendo expresar lo que pasó por su corazón y su alma cuando caminaba con Jesús al Calvario.

María, al pie y junto a la Cruz, se “con-padecía”. Ella sufría cruelmente con su Hijo único, dando a la inmolación de la víctima, nacida de su carne, el consentimiento de su amor; y ahí, su corazón fue realmente traspasado como por una espada.

Los hijos a veces traspasan el corazón de las madres como una espada. Es la lógica del amor puro, como el diamante, que deja atrás todo lo secundario para llegar a lo esencial: el hijo de mis entrañas sufre,… vosotros, mis hijos, sufrís y vuestro sufrimiento traspasa mi corazón.

No estamos sólos con nuestro dolor. Jesús y María nos acompañan. El Señor conoce nuestro corazón, y Ella lo conoce al compás de los latidos de una madre.

Su dolor es el nuestro que Ella acoge.

El dolor de María también es nuestro en cuanto que con sencillez y humildad damos un paso hacia adelante, cargando sobre nuestros hombros la pasión de María, la Virgen de las Angustias.

4. El hijo

Él nos dijo: «quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío».

¡Miradlo,… mirémosle todos,…!

¿Quién osará quejarse para no coger la cruz de cada día?

¿A caso podrás evitar el trabajo, el dolor o el sufrimiento?

¿Puedes evitar con tus propias fuerzas el pecado y sus consecuencias: el mal que parece reinar en nuestro mundo?

¿Podrás evitar un día tu propia muerte o la muerte de los tuyos?

Era necesario que Él padeciera y muriera para librarnos a nosotros de la aniquilación. Jesús no se ahorró el miedo, el abandono y el sufrimiento, sino que lo convirtió en el camino más recto para la salvación y la vida.

Éste es el camino. Decía Santa Teresa, “en la cruz está la vida y el consuelo, y ella sóla es el camino para el cielo”.

No nos engañemos, queramos o no, por ahí se va a la auténtica vida y a la felicidad desbordante.

Reconozcamos esta realidad contundente e insoslachable confesando:  

«¡Oh Hijo Unigénito y Verbo de Dios!

Tú que eres inmortal, te dignaste,

 para salvarnos,

tomar carne de la santa Madre de Dios

y siempre Virgen María.

Tú, Uno de la Santísima Trinidad,

glorificado con el Padre

y el Espíritu Santo,

¡sálvanos!»

(Liturgia bizantina de san Juan Crisóstomo)

«He aquí el corazón

que ha amado tanto a los hombres,

que no se ha ahorrado nada,

hasta extinguirse y consumarse

para demostrarles su amor.

Y en reconocimiento

no recibo de la mayoría

sino ingratitud.»

(Revelaciones a Santa Margarita María de Alacoque

en la Octava del Corpus Christi del año 1675)  

5. La herida del costado  

 

Nos dice San Juan que “al punto, salió sangre y agua”.

La Iglesia siempre ha visto en este hecho subrayado por el evangelista, testigo al pie de la Cruz, un símbolo de la Eucaristía y del Bautismo.

He ahí el corazón traspasado, abierto como una fuente de vida, para que nosotros saciemos la sed del hastío que nos causa este mundo. Está brotando del lado derecho del altar las aguas de la vida que nos dan un motivo para seguir viviendo.

Este caudal, que brota de la intimidad de Dios, nos inunda en la esperanza; une nuestros lazos en una misma sabia; moldea con manos artesanas nuestro común sentir y vivir en el rumbo al que el Espíritu Santo nos somete con su suave yugo y carga ligera.

Un caudal que nos lava, nos purifica, nos revitaliza y hace que surja en nosotros aquella alegría que nada ni nadie podrá quitarnos, pues siempre es nueva, joven, vivificante,…

¿Cómo agradecer este don inmerecido que nos abruma?

¿Quién se atreverá a ser indiferente a tanto derroche de amor y compasión?

¿Serás capaz de mirar para otro lado?

Acerquémonos a este corazón abierto y dejemos que su gracia se desborde en nuestros corazones para que, a su vez, llegue esta fuente inagotable a la tierra seca de nuestros hermanos más queridos y más cercanos.

 

6. La madre y el hijo  

 

 

“Vosotros, los que pasáis por el camino, 

mirad y ved

si hay dolor semejante a mi dolor”

(Lam 1,12)  

 

 

Hay gran diferencia entre oír y escuchar, entre mirar y observar, entre… pasar y detenerse.

Nos dice San Lucas que aquel samaritano que bajaba de Jerusalén a Jericó, se detuvo y no dio un rodeo como el levita y el sacerdote. Es más, se acercó y le vendó sus heridas, montándolo en su cabalgadura y llevándole a la posada.

Cuánto nos hace falta detenernos y no vivir para lo inmediato, lo que se consume aquí y ahora, disfrutando sólo de lo que nos proporciona placer al momento, sin pararse, sin observar, sin escuchar.

Somos adictos a lo inmediato. Somos drogodependientes de lo fácil y rápido: comida rápida, éxito rápido, soluciones rápidas, dinero fácil, etc. Arrojando bien lejos de nuestro alrededor y de nuestro interior todo lo que supone esfuerzo, trabajo, tesón, paciencia, sacrificio, generosidad, renuncia, etc.

¿Hay derecho a comportarnos así con nuestros seres más queridos? ¿Alguno de nosotros no sentiría rubor si tratara así a su madre de la tierra?

¿Alguien sería capaz de tratar a María así?

Mirad su dolor… ¿Pasarías de largo? ¿Tan poco te duele el dolor ajeno? ¿Tan frío tienes el corazón para no pararte ante tu madre?

Te pido con todas mis fuerzas que te detengas aquí, ante este trono de dolor. Te invito a más: a que te acerques, a que le vendes las heridas a Jesús y a su Madre, a que te eches su peso en tu cabalgadura y que te los lleves a tu posada para curarle el dolor del corazón con tu cariño y amor.

 

7. Jesús me invita  

 

«Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera.»

(Mateo 11,28-30)

Ser discípulo de Jesús tiene un precio. No nos deja indiferentes. Cuando le conoces, cuando te encuentras con Él, siempre terminas implicándote hasta el cuello.

Nadie puede ser indiferente ante Jesús, el amor hecho carne que se nos ofrece cada día en la oblación del altar.

Tampoco Jesús, el Señor, se queda indiferente ante nosotros que nos acercamos. Él conoce a la perfección quién es cada uno de nosotros y, a pesar de todo, siempre nos tiende la mano,… nos invita,… nos coge desde y con el corazón.

         Aquella tarde de resurrección dijo: “Mirad mis manos, soy yo,… no temáis”.

Sí, queridos amigos, miremos sus manos, su costado, es Él,… siempre es Él, no cambia, no se esconde, no nos rechaza, siempre está ahí.

Pero miradlo bien, porque en sus manos y en su costado están nuestros nombres,… es el precio que ha pagado por nosotros: por ti y por mí.

Ante esta invitación sugerente debes dar una respuesta,…

En el silencio de la oración que musita ahora nuestros labios y nuestro corazón, contesta a su invitación,…  

 

8. Final

Ntra. Sra. de las Angustias es un símbolo de la victoria del amor.

Ella nos ofrece su mejor trofeo: el amor misericordioso que se ha entregado para que nosotros tengamos vida.

Ella sabe que así, su maternidad ha traspasado todos los horizontes, porque desde ese instante es nuestra Madre y nosotros somos sus hijos.

La Iglesia es como María: desde su regazo ofrece el amor hecho Eucaristía, convirtiéndose en madre de los creyentes y cuidando en su seno a todos los hombres, especialmente a aquellos que más necesitan tener una razón para seguir viviendo.

María y Jesús, en su victoria de Las Angustias, pasea por nuestras calles, visita nuestras casas,… viene a su casa.

Abramos las puertas de nuestros hogares para acogerlos con los brazos abiertos.